| De Gloria Olivae (VII-2ªParte) (De la Gloria del Olivo) |
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| Miércoles, 18 de Agosto de 2010 00:00 |
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Los ataques de la Teología neomodernista contra el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II han ido dirigidos con frecuencia, aunque no de forma exclusiva, contra el Concilio de Trento; y han tratado de fundamentarse, como era de esperar, en el mismo Concilio Vaticano II. Sin darse cuenta, tal vez, de que las consecuencias podrían ser demoledoras para la Iglesia. Si un Concilio previo puede ser atacado por otro posterior, por la misma razón y según las reglas de la Lógica, el segundo puede ser también desautorizado desde el primero. Una vez admitido que un Concilio es capaz de poner en entredicho las Doctrinas proclamadas por otro, es evidente que el valor y credibilidad de todos los Concilios se destruyen por sí mismos y caen por su propio peso. Si se alega, como viene haciendo la Teología neomodernista, apuntando sobre todo al Concilio de Trento, que las Doctrinas promulgadas en un Concilio solamente son válidas para su época y según las categorías de pensamiento propias de su tiempo, es evidente que, según eso, exactamente lo mismo podrá ser dicho de cualquier Concilio: ¿Quién sería capaz de garantizar que los Documentos del Concilio Vaticano II no serán rechazados por una Teología posterior, bajo el pretexto de que habrán de ser interpretados según las categorías de pensamiento actuales, y reconocidos como válidos, por lo tanto, sólo para nuestra época? Pero si el ataque, además, se hubiera llevado a cabo conscientemente, es indudable que alguien podría afirmar entonces, con toda seguridad, que la destrucción del Magisterio sería un objetivo que se habría buscado a propósito.
En el supuesto de que tal intento tuviera éxito —cosa impensable, dada la promesa de Jesucristo acerca de que las Puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia—, una vez desaparecido el Magisterio o desautorizado por completo, los católicos carecerían de todo fundamento firme con respecto a su Fe. Desde el momento en que cualquier verdad de la Fe fuera capaz de ser cuestionada, sin nadie ni cosa alguna que la pudieran garantizar ni asegurar, todo equivaldría a la imposibilidad de creer en nada transcendente y sobrenatural. Dicho sencillamente, estaríamos ya ante el puro ateísmo. La Iglesia parece encontrarse en ese momento. O tal vez a punto de entrar en él. Nunca Satanás había visto, como ahora, tan cercano y tan completo el momento de su Victoria. Y nunca la Iglesia se había visto tan cercenada y semiderruida como en el momento actual. Al igual de lo sucedido aquella Noche a Jesucristo entre los Olivos del Huerto. Aunque se haya procurado que el hecho no revista forma de ataque, sino de discrepancia o de variedad de matices o puntualizaciones, la diversidad y hasta la contradicción entre declaraciones magisteriales, antes y después del Concilio, incluso en referencia a verdades fundamentales, es un hecho tan patente que nadie puede negar. El Cardenal Ratzinger (hoy Benedicto XVI), cuando era perito en el Concilio, hizo notar durante el mismo, a propósito de la colegialidad de los Obispos, que en la Doctrina de la Iglesia se había producido una fractura con respecto a la enseñanza sostenida en la Iglesia primitiva, o de los Padres. Según el Cardenal, el responsable de tal fractura había sido Santo Tomás de Aquino (y con él, toda la Teología Escolástica o Medieval). El Concilio Vaticano II, según él, vino a reparar esa brecha; la cual se habría sostenido en la Iglesia por espacio de siete siglos. Ya como Papa, Benedicto XVI ha negado que el Concilio Vaticano II haya llevado a cabo algún tipo de ruptura con respecto a la Tradición, o Iglesia primitiva. Aseveración que, en relación con la anterior, sería deseable que fuera acompañada de una aclaración por parte del Santo Padre. Y en efecto, sería importante saber si tal conexión nunca rota entre la Tradición y la Iglesia primitiva, llevada a cabo por el Concilio Vaticano II y confirmada por el Papa, comprende y abarca también esos siete siglos de Teología Medieval o si, por el contrario, cabría mantener un enorme hueco o vacío en el tiempo que sería necesario saltar. También resulta difícil de explicar que el Magisterio Eclesiástico haya podido errar, y en cuestiones fundamentales, durante tantos siglos; sin la asistencia, por lo tanto, del Espíritu Santo. Es igualmente conocido que el Cardenal Ratzinger (nunca desmentido por Benedicto XVI), sostuvo públicamente que la Constitución Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, es un auténtico Documento “contra–Syllabus” (el Syllabus fue publicado al mismo tiempo de la Encíclica Quanta Cura, de Pío IX). Si se tiene en cuenta que el Syllabus, junto con la Encíclica Pascendi de San Pío X, son los Documentos que condenaron solemnemente el Modernismo y pretendieron acabar de raíz con dicha herejía, es indudable que el problema de la aparente discrepancia de Magisterios queda claramente planteado. Y aún se agrava más el problema si se tiene en cuenta que algunas declaraciones de los Documentos Conciliares (del Vaticano II) se refieren a verdades fundamentales de la Fe Católica, en un evidente desacuerdo capaz de producir preocupación. Como sucede con el concepto de Iglesia, por ejemplo. La Iglesia ha sostenido durante veinte siglos, sin la menor vacilación, que Jesucristo fundó una sola Iglesia, la cual es precisamente la Católica: Credo…in Unam Sanctam Catholicam et Apostolicam Ecclesiam. El último Documento Magisterial al respecto, anterior al Concilio Vaticano II, es la Encíclica de Pío XII Mystici Corporis (1943), en la que el Papa dice expresamente, después de insistir en que la Iglesia es un Cuerpo y es Única, que la Iglesia de Cristo “es” la Iglesia de Roma. Sin embargo, el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, Capítulo I, n. 8, b) introduce el importante cambio de sustituir el verbo es por la expresión subsiste en. Según lo cual La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica. Lo que indudablemente la priva de su condición de Única, dando entrada así a las otras religiones a las que repetidamente se las reconoce también como válidos instrumentos de salvación. Que no se trata de una interpretación arbitraria por nuestra parte lo prueba el hecho de los Encuentros de Asís, en los que se concedió paridad a todas las religiones, incluidas las de aquéllos que no profesan culto a Dios alguno. En los altares de la Patria del Serafín de Asís fueron entronizados por igual los cultos cristianos, judíos, musulmanes, brahmanistas, hinduístas; y hasta las prácticas de los brujos africanos y la magia negra de los vudús. Queda disipada cualquier duda cuando se considera que en las Encíclicas del Papa Juan Pablo II (especialmente las tres primeras, por él llamadas Trinitarias), se reconoce el legítimo valor de salvación de todas las religiones. Un Magisterio que, en último término, vino a acabar definitivamente con la actividad misionera de la Iglesia, puesto que las Encíclicas de Juan Pablo II también defienden la teoría del cristianismo anónimo y de la salvación universal de todos los hombres, sin excepción. Por su parte, el Papa Pío XII (en su Encíclica Humani Generis, 1950) condenó expresamente la teoría de Henry de Lubac, según la cual la gracia es debida a la naturaleza humana, así como las doctrinas de la evolución creadora de Teilhard de Chardin. Los cuales personajes fueron rehabilitados después por los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II (de Lubac fue elevado a la categoría de Cardenal). El carácter y las dimensiones de este Escrito hacen imposible añadir aquí más testimonios acerca del tema. Tarea cuya exposición completa requeriría varios extensos volúmenes y cuya bibliografía existe. Hemos aportado unos pocos, a modo de ejemplo, que sin embargo proporcionan suficientes elementos de juicio para pensar en la posibilidad de una ruptura, referida en este caso a los Magisterios anteriores y posteriores al Concilio Vaticano II. Por lo que dejaremos para el siguiente Editorial el comentario final acerca de los problemas que se plantean en orden a un Magisterio que parece no estar siempre acorde consigo mismo. |



