| De Gloria Olivae (VII-1ªParte) (De la Gloria del Olivo) |
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| Jueves, 12 de Agosto de 2010 06:57 |
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La elaboración de este Estudio, escrito en forma fragmentada como de pequeños capítulos o Editoriales por entregas, ha tenido por objeto la Profecía de San Malaquías acerca de los Papas. Si bien ha enfocado exclusivamente la investigación en el posible significado del motto correspondiente al actual Pontificado —De la Gloria del Olivo—. La enfermedad, sin embargo, de la que aún no ha podido reponerse, ha obligado al autor a dejar transcurrir demasiado tiempo entre el último Editorial (VI) y su continuación en el actual. Por lo que espera la comprensión de sus pacientes lectores, dada la imposibilidad de que las cosas hayan transcurrido como hubiera sido deseable. Aunque no ha sido ésa la única razón de la demora en escribirlo. El autor ha aprovechado este tiempo para reflexionar sobre la conveniencia de continuar y de culminar un Estudio que, al fin y al cabo, está basado en meras especulaciones (lo que no obsta a la absoluta verdad de los fundamentos en los que se apoya). A lo largo de los anteriores Capítulos (o Editoriales), se ha venido interpretando el lema correspondiente de San Malaquías como una alusión, en forma profética, a la crisis que sufre la Iglesia actual. Cosa que se ha hecho sucintamente y sin acudir de manera expresa al apoyo de referencias bibliográficas, dado el carácter puramente periodístico de este Estudio y las naturales exigencias de brevedad. Existe, sin embargo, una abundantísima Documentación enteramente fiable, la cual puede servir como prueba de lo que aquí se afirma. Por lo que no habría inconveniente alguno en ponerla al alcance de quien quisiera asegurarse de la veracidad de las opiniones vertidas aquí. Hemos repetido insistentemente que, a nuestro modesto parecer, la crisis a la que se alude es la más grave y peligrosa que ha padecido la Iglesia a lo largo de toda su Historia.
También hemos intentado mostrar que la terrible situación actual, por la que atraviesa la Iglesia, no es sino la consecuencia de los pecados de los cristianos (si bien es verdad que aquí la referencia apunta principalmente a los católicos, que son quienes integran la Única y Verdadera Iglesia), concretados en una tremenda y general Apostasía de la que no es ajena la misma Jerarquía Eclesiástica. La Apostasía, que supone un consciente y voluntario abandono de la Fe, es quizá la más grave traición que los miembros de la Iglesia pueden cometer. Aquí se han enumerado brevemente y de manera superficial las diversas formas bajo las que se ha manifestado, con las consiguientes graves faltas que los católicos han cargado sobre sus espaldas. Aunque deliberadamente se han reservado las dos más importantes (al menos según nuestra opinión) para su exposición final. La situación es tan grave que ha terminado por culminar en esos dos hechos, cuya extraordinaria delicadeza y transcendental repercusión son innegables. De ahí que haya pasado por la mente del autor la idea de abandonar el tema. ¿Razones para tal determinación? Siempre es preciso pensar en el posible escándalo de los débiles en la Fe, dado que una inmensa mayoría de los fieles ignoran la gravedad del momento en el que viven; aunque no por eso dejan de sufrir sus consecuencias: muchos han optado libremente por abandonar su Catolicismo, mientras que otros —aún más numerosos— han dejado de ser católicos sin saberlo. El problema cabría plantearlo así: Cuando el Mal hace estragos y se extiende libremente sin encontrar apenas oposición, dando lugar a que multitud de gentes sean engañadas y a que se ponga en juego la salvación de sus almas; cuando el Gran Enemigo de la Fe está consiguiendo cambiar el concepto y la configuración de la Iglesia —mantenidos incólumes durante veinte siglos—, además de privar de sentido a la Redención operada por Jesucristo, a difuminar el ámbito de lo sobrenatural, a operar una transformación en la que el culto a Dios es sustituido por el culto al hombre, provocando la deserción de tantos católicos en número de cientos de millares…, por hacer una breve enumeración. Así las cosas, ¿aún se puede pensar en la conveniencia de guardar silencio, sin advertir acerca del peligro, para quien todavía quiera liberarse del poder de la Mentira y no poner en juego la propia salvación? ¿Acaso no es incluso un deber denunciarlo? Y llegados a este punto, es hora ya de empezar a exponer la primera de esas dos situaciones, reservando la más grave y aterradora para la parte final de este Estudio. Advirtiendo, sin embargo, que dadas las limitaciones que imponen esta clase de artículos de índole periodística, habremos de hacerlo de manera sucinta y resumida. Aunque, puesto que todo ha de tenerse en cuenta, ha sido necesario dividir este Editorial en varias partes, dada la complejidad y gravedad del problema. Como sabe cualquier católico, las fuentes de la Revelación son únicamente dos: la Sagrada Escritura y la Tradición Apostólica. La Iglesia no ha reconocido nunca la interpretación subjetiva de tales fuentes (que es en lo que consiste la herejía de Lutero, al preconizar la libre y personal interpretación de la Biblia y rechazar por completo la Tradición). Es la Iglesia como tal, y solamente Ella, la que goza de la asistencia del Espíritu Santo al objeto de interpretar con total garantía los datos de la Revelación. La Revelación escrita (Sagrada Escritura) quedó definitivamente cerrada con la muerte del último Apóstol. La Tradición Apostólica procede de los Apóstoles, y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesucristo y lo que aprendieron del Espíritu Santo. Dado que, como hemos dicho, no existe en la Iglesia la posibilidad de la interpretación subjetiva de la Revelación, la única a quien corresponde garantizar la seguridad y veracidad de los datos revelados, y la encargada de su custodia, es la Iglesia. Cuya infalibilidad en este sentido está garantizada por la asistencia del Espíritu Santo, a través del auténtico y legítimo Magisterio; quien ha ido ahondando en los datos revelados a través de los siglos, aunque manteniendo siempre su inmutabilidad, puesto que no puede el hombre añadir ni quitar nada a las palabras reveladas por Dios. Pero profundizar en el estudio del dato revelado no significa añadir, ni quitar, ni cambiar nada de él. De ahí la importancia fundamental y transcendental del Magisterio Eclesiástico. El cual, asistido por el Espíritu, se ha mantenido incólume e inmutable a través de veinte siglos. Lo cual lo constituye como la única garantía que posee el cristiano de que lo enseñado por la Iglesia es exactamente el contenido fiel de la auténtica Revelación. La consecuencia se deduce por sí misma: Si el Magisterio vacilara o quedara desautorizado (mediante cambios, adiciones o sustracciones, o puesto en duda en todo o en parte), ya no no podría existir seguridad alguna de que la Iglesia sigue enseñando la auténtica Doctrina de Jesucristo. Con lo que todo el edificio de la Iglesia se vendría abajo, a la vez que dejaría de gozar de la característica de la seguridad el entero contenido de la Fe. Es el caso que, durante veinte siglos, el Magisterio había permanecido intacto e inmutable, como no podía ser de otra manera. Los católicos se han mantenido en perfecta unidad, gozando de unanimidad y seguridad en cuanto al contenido su Fe (salvo las herejías, las cuales, por el hecho de serlo, quedaban separadas de la Iglesia). Hemos dicho durante veinte siglos. Sin embargo, a partir de la celebración del Concilio Vaticano II, un poderoso Movimiento dentro de la Iglesia ha intentado torpedear el Magisterio. Y con gran éxito, al parecer. De ahí lo tremendo de la situación actual. Numerosas masas de católicos ya no saben dónde acogerse, ni en qué consiste con exactitud el contenido de su Fe. La Teología neomodernista de los tiempos del Concilio y posteriores ha puesto en duda el valor del Magisterio anterior al Concilio. Y hasta algunos elevados miembros de la Jerarquía Eclesiástica, apoyándose en el mismo Concilio, han atacado el Magisterio de los Papas que lo han precedido. Por otro lado, la ambigüedad de algunos textos conciliares ha dado lugar a suscitar dudas sobre verdades fundamentales de la Fe, así como a ser interpretados como cambios con respecto al Magisterio anterior. Las dudas que la Teología neomodernista ha hecho surgir con respecto al Magisterio anterior al Concilio, atacándolo al parecer desde el mismo Magisterio posterior y despojando, por lo tanto, de su credibilidad tanto a uno como a otro, son las que han provocado el presente momento de confusión y de oscuridad en el seno de la Iglesia. Es justamente el arma que necesitaba la Nueva Religión de la Nueva Edad para destruirla. Vamos a intentar exponerlo a continuación. |
| Última actualización el Jueves, 12 de Agosto de 2010 07:10 |



