| De Gloria Olivae (I) (De la Gloria del Olivo) |
|
|
| Lunes, 14 de Junio de 2010 05:05 |
|
La Profecía de San Malaquías fue revelada, según parece, a San Malaquías, Arzobispo de Irlanda, al término de una peregrinación a Roma que tuvo lugar hacia el año 1140; si bien no fue conocida hasta bastantes años después. Contiene dos partes. La segunda de las cuales, que es la correspondiente a los Papas y la más conocida (la primera se refiere a Irlanda), fue publicada por primera vez hacia el año 1595. Según algunos, habría permanecido durante unos cuatrocientos años en los Archivos Secretos del Vaticano. Es de la que se va a hablar aquí. La Profecía —escueta y breve en su forma— contiene una serie de motes o lemas, redactados en frases cortas de contenido ambiguo y esotérico referentes a 112 Papas. Comienza con Celestino II (1143–1144) y acaba en el que se supone que marca el final de la Historia. Según la relación, estaríamos viviendo en estos momentos el período correspondiente al penúltimo de la serie: Benedicto XVI, quien lleva adscrito el lema De gloria Olivæ (De la gloria del Olivo). El lema de Petrus Romanus (Pedro Romano) corresponde al último de todos; quien marcará el final de los Tiempos, a saber: el momento en el que ocurrirá la aparición del Supremo Juez, que será quien lleve a cabo la celebración del Juicio definitivo sobre todos los hombres que han vivido a lo largo de la Historia. No es necesario decir que, puesto que esta Profecía pertenece al género de las revelaciones privadas, carece enteramente de valor oficial. La Iglesia no la ha reconocido nunca, aunque tampoco la ha rechazado. Cada cual puede considerarse libre, por lo tanto, para creer o no en ella. Sin que parezca honesto calificar a nadie, por razón de la postura adoptada ante su contenido, ni como incrédulo por rechazarlo ni como ingenuo por admitirlo.
El texto en el que aparecen redactados los lemas o motes es oscuro. Cosa que no puede extrañar a nadie, dado que el lenguaje profético es siempre misterioso y ambiguo por naturaleza. A veces es fácil descubrir el significado de los lemas, con respecto a alguno o algunos de los Papas a los que se refieren; hasta el punto de que, en no pocas ocasiones, la conveniencia o conformidad del texto con el personaje (o con el entorno correspondiente a su Pontificado) es francamente sorprendente. Mientras que con respecto a otros, sin embargo, o bien resulta bastante difícil de encontrar en su leyenda un sentido que sea aplicable al Papa en cuestión, o bien la tarea parece imposible y su significado permanece indescifrable. Por descontado que los lemas se pueden interpretar de muy variadas maneras, sin que ninguna de ellas pueda considerarse como absolutamente segura. Cabe que alguna interpretación se acerque a la verdad más que otras también posibles, en el sentido de que parezca más verosímil o más ajustada a los hechos históricos; pero sin que jamás podamos asegurar que es la definitiva. De todas formas, hay que tener en cuenta que el lenguaje profético no se ha hecho para que lo entienda todo el mundo. Incluso puede suceder, cosa que parece normal dentro de lo que significa el carisma de profecía, que haya sido formulado para ser entendido por muy pocos o incluso por nadie; a pesar de que está ahí, y bien patente a veces: A vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de Dios; pero a los demás, sólo a través de parábolas, de modo que viendo no vean y oyendo no entiendan (Lc 8:10). Las profecías de Jesucristo acerca del fin del mundo son claras y enteramente inteligibles; las señales de las que en ellas se habla tienen poco de misterioso y sí mucho de clamorosas y de patéticas: y sin embargo no serán reconocidas prácticamente por nadie; lo cual incluso también está anunciado como que sucederá así. A veces Jesucristo habla proféticamente con la expresa intención de que lo entienda quien pueda; algo así como si se dijera: quien pueda cogerlo, que lo coja. De tal manera que aquí se sobreentiende que puede haber alguien que comprenda su significado, aunque es posible también que nadie consiga entenderlo: Cuando veáis la abominación de la desolación, que predijo el profeta Daniel, erigida en el lugar santo —quien lea, entienda—… (Mt 24:15). La profecía está ahí, si acaso alguien logra comprenderla; aunque precisamente se da la circunstancia de que, hasta ahora, nadie ha conseguido saber a ciencia cierta en lo que consiste la abominación de la desolación sentándose en el lugar santo. Y, sin embargo, ha sido pronunciada para que los discípulos conozcan que, cuando se produzca tal circunstancia, es que ha llegado el momento del Final de la Historia de la Humanidad. Vistas así las cosas, parece razonable pensar que el profeta no habla por hablar. Algo así como si lo hiciera a sabiendas de que su anuncio carecería de utilidad, en cuanto que no iba a ser entendido por nadie. Tratándose de cosas serias, como efectivamente es el caso, no es admisible tal consideración; y menos todavía al referirse a Jesucristo. Por eso es de suponer que está en la mente del profeta que sus palabras siempre serán entendidas por algunos; los cuales, sin duda alguna, es más que probable que no pasarán de ser una ínfima minoría —tal vez los elegidos, o una parte de los elegidos—. Quienes, a su vez, tampoco seguramente serán creídos por nadie. La Profecía de San Malaquías —no debe olvidarse su carácter de revelación privada— posee todas las apariencias de pertenecer a este último género. Todo parece indicar que los lemas que hablan de la persona y la obra de cada uno de los Papas —o de los acontecimientos de su entorno y de su época— están ahí, a fin de proporcionar una clave para quien logre desentrañar su significado. Aquí no nos pronunciamos a su favor, así como tampoco pretendemos rechazarlos. Aunque reconocemos, de todas formas, su carácter inquietante y misterioso. En cuanto que, en no pocos de ellos, después de haber sido examinados minuciosamente, se ha logrado establecer una clara concordancia entre el lema y su personaje correspondiente. Todo lo cual tenido en cuenta, estudiaremos el correspondiente al Papa actual, Benedicto XVI. Cuyo lema reza precisamente así: De Gloria Olivæ, en lengua latina. De la gloria del olivo, en lengua vulgar. Para formular inmediatamente la pregunta obligada: ¿Realmente parece razonable creer que contiene algún significado, más o menos patente, cuyo sentido parezca convenir al actual Pontificado? Por nuestra parte, nos sentimos inclinados a pensar que la respuesta es afirmativa, como vamos a intentar mostrar. |
| Última actualización el Viernes, 18 de Junio de 2010 01:38 |



