| De Gloria Olivae (III) (De la Gloria del Olivo) |
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| Domingo, 20 de Junio de 2010 00:00 |
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Con respecto a los tremendos acontecimientos que tuvieron lugar en la Noche del Huerto de los Olivos, habíamos insinuado, sin darlo como seguro, que el Triunfo de Satanás sobre Jesucristo en aquellos cruciales momentos fue meramente aparente. Pero se trataba simplemente de un recurso literario con objeto de introducir el tema, puesto que, en realidad, la Victoria del Gran Enemigo sobre el Hijo de Dios hecho Hombre fue entonces absolutamente real. Es cierto, sin embargo, que fue un Triunfo transitorio, aunque Satanás, envuelto en las redes de su propia Mentira, estaba convencido de que había sido definitivo. No descubrió su error —decisivo e incalificable error— hasta el momento en que Jesús exhaló en la Cruz su último aliento. Fue ahí donde, al fin y cuando ya no había remedio, Satanás se dio cuenta de la insondable profundidad de su equivocación (1 Cor 2:8). Resulta curioso comprobar que los mentirosos acaban siempre creyendo sus propias mentiras, según una regla que habría de cumplirse en grado sumo en el Padre de todas ellas; y de ahí que él mismo acabara siendo, a su vez, el Padre de todos los Engañados (Jn 8:44). Pero el Triunfo del Gran Enemigo sobre Jesucristo aquella terrible Noche no tuvo nada de aparente. Todo lo contrario, puesto que fue enteramente real. Una Victoria que ya había tenido su origen en tiempos demasiado remotos cuando, disfrazado de Serpiente, el Enemigo de Dios y del hombre consiguió engañar a los Primeros Padres de la Humanidad. Aunque ahora, por fin, después de milenios, lograba su consumación. La Noche del Huerto de los Olivos fue, por lo tanto, el momento de la Gloria de Satanás —la gloria del Olivo o la que tuvo lugar en el llamado Huerto de los Olivos— frente a lo que entonces se presentaba —y lo era— como el fracaso total de la Misión que había venido a realizar el Hijo del Hombre.
El horror de lo que supuso aquella Noche para Jesucristo jamás podrá ser comprendido en profundidad por los hombres. Porque efectivamente fue un horror saturado de realidad. Como fue real la Angustia de Jesucristo: hasta la muerte, según sus propias palabras. Y lo mismo puede decirse del sudor de sangre; del abismo insondable de lo que hubieron de significar las Tentaciones a las que se vio sometido; de la Oscuridad indescriptible de la Noche de su Alma en la que Él —Inocente entre los inocentes— se vio cargado con las miserias y pecados de toda la Humanidad; de la congoja infinita de sentirse abandonado de su Padre, y hasta como calificado de culpable… En aquella terrible Noche, de haber sido la Gloria a la que se vio encumbrado Satanás solamente aparente…, los horrores que destrozaron el Alma de Jesucristo hubieran sido también meramente aparentes. Es imposible desconocer la relación de lo uno con lo otro. Es tan cierta esta doctrina como que Jesucristo —verdadero Hombre al fin— hubiera estado dispuesto a rechazar tales angustias: Padre, si es posible, aparta de mí este caliz… En la vida de todo hombre, y con mayor razón si es cristiano, ocurren momentos de terrible oscuridad, en los que se siente abandonado y donde todo le parece perdido —las Noches del Espíritu, de las que hablaban los místicos—. En tales situaciones, la intensidad de la Fe no puede disipar el sentimiento del abandono por parte de Dios, del oscurecimiento hasta el paroxismo de la misma idea de Dios, de la inutilidad de la propia existencia, de la falta de sentido de todas las cosas…, o dicho en pocas palabras: del fracaso total. Jesucristo —verdadero Hombre también, no lo olvidemos— vivió en aquella Noche tales sentimientos hasta un grado cuyo conocimiento nos sobrepasa a los humanos. Resulta interesante señalar que el Pueblo Cristiano, y hasta la misma Doctrina, ha sufrido siempre la tendencia en insistir más en la Naturaleza Divina de Jesucristo que en su Naturaleza Humana. Aunque parezca increíble, parece más fácil creer en sus milagros que en sus sufrimientos. Y sin embargo, no es precisamente a través de tales prodigios y hechos espectaculares, sino del dolor y de la sangre, como Jesucristo va a parecerse y a hacerse uno de nosotros. Ya decía la Carta a los Hebreos que sin derramamiento de sangre no hay remisión (Heb 9:22). ¿Y qué relación guarda todo esto con el lema De la gloria del Olivo, aplicado por la profecía de San Malaquías al momento histórico del Pontificado de Benedicto XVI? Para quien así quiera verlo, tal relación no es difícil de comprender: un absoluto paralelismo que sobrepasa los límites de lo inquietante para cualquiera que posea buena voluntad. Pues nunca la Iglesia, a lo largo de toda su Historia, había sufrido una crisis tan profunda y peligrosa como la actual. Momento en el cual —pese a todos los falsarios y engañadores de la Propaganda del Sistema— hasta podría parecer que está a punto de desaparecer. Incluso la gran crisis arriana (siglo IV), en modo alguno tuvo nada que ver con la totalidad de la Fe. En todo caso, con ciertos aspectos que afectaban a la recta doctrina (dogma, herejía). No así la crisis actual, en la que ya no se trata de tales o cuales aspectos de la Fe, sino de la existencia y sentido de la misma Fe. En la terrible Noche a que se está viendo sometida, la Iglesia tendría razones para dudar de su propia subsistencia (son muchos, incluso dentro de Ella misma, los que ya la dan por desaparecida), puesto que está viviendo momentos de Angustia como jamás los había experimentado. Otra nueva Noche del Huerto de los Olivos que se está traduciendo en otra Noche de Gloria para Satanás. Que es lo que vamos a intentar hacer ver a continuación. |
| Última actualización el Sábado, 19 de Junio de 2010 13:28 |



