| Cervantes contra el mundo de la mentira... o de las utopías (II) |
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| Jueves, 17 de Septiembre de 2009 18:53 |
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Si dejamos aparte las Utopías de los clásicos (Platón, con su República; o Santo Tomás Moro, con su isla de Utopia), cuya influencia queda limitada casi exclusivamente al campo de la literatura, lo que hoy conocemos como utopías son los objetivos a los que apuntan las ideologías como metas a conseguir. Objetivos ofrecidos y presentados como maravillosos y repletos de promesas para el ser humano; pero cuya falsedad los relega inevitablemente al reino de la fantasía y de la ensoñación. Lo cual no impide que sirvan como eficaz señuelo para engañar a las masas; no en vano la falsía parece poseer un extraño poder de seducción sobre el ser humano, puesto que después de todo el Príncipe de este Mundo no es otro que el Diablo (Jn 12:31), calificado también por Jesucristo como el Padre de la Mentira (Jn 8:44). Por lo demás, es indiferente que quienes las propugnan crean en ellas o no, porque su contenido y la base en la que se fundan son siempre la mentira y nada más que la mentira. Otro error que suelen cometer las gentes con respecto a las utopías es el de limitar su actualidad al campo de la vida civil. Cuando en realidad han invadido con fuerza el recinto de una Iglesia en la que, conforme a las profecías (Mt 24:11), parecen actuar impunemente multitud de embaucadores, seduciendo a muchos.
Es imposible negar que las modernas tendencias de pensamiento con carta de naturaleza en la Iglesia, más o menos tocadas de neomodernismo, han dado cabida en ella a utopías cuya eficacia y éxito han influenciado hasta lo increíble la mentalidad de multitud de creyentes. Aparecen con la fuerza y vigor de modernas y rejuvenecedoras teologías, dispuestas a edificar la Nueva Iglesia que a toda costa trata de ser impuesta por la Edad Nueva y el Nuevo Orden Mundial. Son más numerosas de lo que la gente cree. Citaremos algunas, de forma resumida y lo más brevemente posible: En primer lugar, la del Pacifismo. La cual está convencida de la posibilidad de alcanzar en todo el orbe una paz definitiva. Aunque entendida la paz al modo mundano, enteramente distinto, por otra parte, del modo cristiano (Jn 14:27). Bastantes Jerarcas y responsables de la Iglesia han hecho suyo este concepto–utopía de la paz, como lo demuestran algunos solemnes discursos al respecto ante lo ONU; muestras flagrantes, por lo demás, de actuaciones carentes de sentido, y absolutamente ineficaces. Siguiendo un cierto orden de importancia, es obligado colocar en segundo lugar a la utopía del Diálogo. Extraño y nuevo instrumento al que se le atribuyen poderes mágicos; como el de lograr resolver todos los problemas, una vez aplicado y como ex opere operato, a cualquier dificultad, por insoluble que parezca. No se le concede importancia al hecho de que, hasta la fecha, en materias como la del Diálogo Ecuménico, no haya obtenido otro resultado sino el de que sea la Iglesia Católica la que siempre ceda haciendo concesiones; pero sin que nadie haya visto jamás contrapartida alguna por las otras partes dialogantes. Constituiría una grave falta no hacer pronta memoria de los derechos humanos, sin ninguna referencia a la Ley Natural o a la Ley divina. Una de las mayores utopías que la raza humana ha sido capaz de inventar, y en la que viven y de la que se alimentan numerosos Pueblos. Desgraciadamente ha conseguido arraigar también dentro de la Iglesia, donde son muchos los Pastores e Instancias influyentes que se acogen a ellos; y aun con un mayor asentimiento del que prestarían al misterio trinitario. Abundan los Documentos, Alocuciones, Discursos y Predicación en general, que utilizan como fundamento de sus exhortaciones los derechos humanos, conectados a veces también con la Constitución de éste o de aquél país. Olvidando sin duda que las leyes puramente humanas, como producto elaborado por los hombres, fácilmente pueden ser modificadas o abrogadas por ellos mismos. Quizá convendría recordar a un buen número de Pastores acomplejados, quienes a fin de congraciarse con el Mundo no vacilan en sustituir la Palabra de Dios por preceptos humanos, la consigna del Apóstol San Pablo: Yo no me avergüenzo del Evangelio (Ro 1:16). La utopía de la Nueva (y Única) Iglesia, en la que tendrán cabida todas las religiones, incluidas las que no creen en dios alguno. Ha dado lugar, como raro fruto, a un extraño Ecumenismo sincretista en el que la Iglesia Católica queda relegada a la condición de una más; desde el momento en que todas las Iglesias, de una manera o de otra, son portadoras de la totalidad o de parte de la verdad. Se le atribuye la responsabilidad con respecto a la pérdida de la fe y a la deserción de innumerables católicos. Con todo, aún ha tenido más cabida la del cristianismo fácil, o prêt a porter. Abarca todo un conjunto de fantasías tranquilizadoras. Como la del cristianismo anónimo, para el que todo el mundo es bueno y todo el mundo se salva; por lo cual ya no hace falta el Infierno; o bien no existe, o en todo caso a lo más está vacío. Es paralela a la que predica la bondad de un Dios comprensivo y Padre que no puede condenar a nadie. Por desgracia olvida que, además de misericordioso, Dios es también justo. Éxito rotundo ha obtenido la utopía de la moral a decidir por cada individuo, en la que cada uno actúa según su propia verdad. Ha logrado el milagro de hacer compatibles con el catolicismo opiniones y actitudes que, si bien fueron consideradas en otro tiempo como aberrantes y contrarias a la Fe, ahora son aceptadas y hasta aplaudidas. Ya son buenos católicos, por ejemplo, aptos para recibir cualquier sacramento, los partidarios del divorcio, del aborto, de la eutanasia, de las uniones de homosexuales, etc. ¡Atrasadas Edades y Tiempos Oscuros aquellos en los que no se creía en la cuadratura del círculo…! Inenarrable ha sido la acogida alcanzada por la utopía de la Primavera de la Iglesia. La cual cuenta, entre sus logros asombrosos, el de presentar a esta última como gozando de un verdadero estado paradisíaco, tal como jamás hubiera sido soñado en siglos pasados. Y aun otro de ellos ha consistido en convencer a todo el mundo de que lo blanco es negro: y así por ejemplo, no son sino pesimistas, derrotistas, oscurantistas, enemigos del progreso y ajenos al espíritu del Concilio, quienes piensan que la realidad de la situación es totalmente otra. Aunque ninguna ha sido tan aplaudida, ni se ha visto tan extendida, como la propugnada por la Teología de la Liberación, cuya falacia de su auténtica interpretación del Evangelio —¡al fin! — en favor de los oprimidos (en realidad puro marxismo) ha sojuzgado y descristianizado a gran parte de Hispanoamérica. Por no hablar del nuevo concepto de la teología y de la Iglesia preconizados por el visionario Teilhard de Chardin. Quien, con sus fantasías del Cristo Omega y de la Evolución del Universo, ha conseguido un éxito sin precedentes en la tarea de difuminar la figura histórica de Jesucristo. (Continuará) |
| Última actualización el Viernes, 18 de Septiembre de 2009 05:40 |



