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Las "contradicciones" del Evangelio

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

Siempre he sentido una cierta admiración hacia Pío Moa. Pertenece a esa generación, ya casi desaparecida, de llaneros solitarios o quijotes renacidos que todavía se empeñan en defender la Realidad de España como nación y la Verdad de la Civilización cristiana.

Por desgracia la sociedad en la que vivimos es una sociedad de apóstatas, o de renegados y traidores a los valores de la civilización cristiana. Sea como fuere, el mundo moderno no está por escuchar a estos luchadores.

Pío Moa es un buen historiador, aunque sus rabiosos enemigos no lo reconozcan y aunque el Sistema haya arrojado sobre él un manto de sombra, que es el procedimiento con el que trata de ahogar la Verdad y a todos los que la proclaman.

Por supuesto que en las apreciaciones que puedan hacerse sobre cualquier hombre siempre hay, según suele decirse, sus luces y sus sombras. Pío Moa, por ejemplo, sostiene que el Evangelio contiene contradicciones.

Personalmente estoy dispuesto a promover un intento de explicación, ya que no de justificación, a la postura de un historiador al que ya he dicho que estimo.

Hace ya bastante tiempo que el Evangelio, incluso dentro del campo católico, sufre la influencia de la crítica racionalista protestante. Después del Concilio Vaticano II la situación ha empeorado bastante, sobre todo bajo la influencia de la herejía modernista que actualmente impera en la Iglesia. Por otra parte, las interpretaciones del Papa Francisco sobre los Evangelios y la Moral contenida en él han extendido la confusión en el campo católico, y la incredulidad en cuanto al mundo en general. En definitiva, la situación de Apostasía General que actualmente está viviendo la Iglesia no es precisamente la más adecuada para entender el Evangelio, y no creo que sea exagerado decir que apenas si existe ya en ella quien crea en él.

Ante todo, hay que tener en cuenta que el Evangelio no es el Discurso del Método ni la Crítica de la Razón Pura. El Evangelio es un Mensaje de Salvación promulgado para que pueda ser entendido fácilmente por todos los hombres. Sin embargo, dado que es una Doctrina de orden sobrenatural, la tarea de profundizar en su Misterio es cosa mucho más compleja y complicada. Ignoro el tiempo que Pío Moa habrá dedicado a su estudio, aunque, como hombre erudito que es, supongo que no habrá sido poco. Con todo, eso no sería suficiente, ni mucho menos.

Algo que suele olvidarse es que no se puede leer la Palabra de Dios con los mismos ojos con los que se lee la palabra de los hombres. Para entender el Evangelio es absolutamente necesario, además del espíritu crítico, utilizar sobre todo el espíritu de Fe. Nadie puede acercarse a la Palabra de Dios tratando de juzgarla, sino tratando de entenderla.

El Evangelio depende enteramente de la Persona de su Fundador, el cual ha sido establecido como signo de contradicción, según profetizó en el Templo el Anciano Simeón. Y según el Apóstol San Pablo, la Doctrina de la Cruz será siempre un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles. Como tal Doctrina de Salvación no podía dejar de encontrar dos tremendos obstáculos: la labor de guerra y de destrucción por parte del Enemigo del género humano, de un lado, y la concupiscencia y debilidad de los hombres como restos que han quedado en ellos después del pecado de origen, de otro.

El Evangelio posee unas bases racionales sobradamente suficientes. Pero requiere, para ser acogido, que el hombre reconozca sencillamente su condición de criatura y que no pretenda erigirse, como ahora hacen los modernistas, en juez de la Palabra de Dios. ¿De dónde procede ese profundo sentimiento de pretender ser igual a Dios? El Diablo lo intentó, antes del principio de los tiempos, y desde entonces es llamado el Padre de la Mentira. Ahora bien, ¿desde cuándo ha podido la Mentira conducir al hombre por el camino de la felicidad?

Es como lo que ocurre con quienes dicen que no creen en Dios. Pero, ¿por qué no creen en Dios? Indudablemente debe existir alguna razón que avale su postura. Pero, si bien se examina, al final se descubre que no creen en Dios porque así lo han decidido por ellos mismos, sin dar paso a la mera posibilidad de estar equivocados.

Sin embargo, no existe ninguna razón que apoye la no existencia de Dios, además de que es imposible probar su no existencia. Claro que el no creyente argumentará a su vez que las pruebas que concluyen en su existencia no tienen consistencia. Ahora bien, ¿qué es la consistencia? Algo que el hombre ha de decidir por sí mismo, aunque no sabemos nunca cuanta consistencia es necesaria para que pueda ser verdaderamente considerada como consistente. Por lo que de nuevo tenemos a la criatura juzgando al Creador. Por eso son muchos también los que, para probar la Creación, prefieren acoger en su mente el absurdo antes que dar paso a la suave naturalidad de la razón conducida por el sentido común.

En cuanto a las que aparecen a Pío Moa como contradicciones, he de decir que existen en el Evangelio afirmaciones que verdaderamente parecen tales cuando se leen sin espíritu de fe. El Evangelio es una doctrina revelada por Dios, inteligible y fundamentada en base racional, pero imposible de comprender en profundidad y en toda su realidad si no se añade la Fe. Aún no acabamos de comprender que las verdades sobrenaturales no son accesibles a la mera naturaleza del hombre cuando no está ayudada por la Gracia. La capacidad natural del hombre no está preparada para asomarse al abismo de lo sobrenatural, y aún se complica la cosa cuando el ser humano se empeña en bastarse a sí mismo. Los misterios de Fe contenidos en el Evangelio son demasiado sublimes como para ser capaces incluso de asustar a un hombre sin Fe. Atendamos a declaraciones como las siguientes:

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Quien come mi carne y bebe mi sangre
vive en mí y Yo vivo en él.
 
Solamente quien pierda la vida por amor de mí,
la encontrará. 

Afirmaciones como éstas, y tantas otras semejantes, pueden parecer incomprensibles, absurdas y hasta contradictorias a quienes no creen que existen sublimes Misterios que superan a su capacidad. Cuando se escuchan a la luz de la oración, y se comprende que provienen del Corazón de un Dios que es todo Amor y que ha dado su vida por los hombres, entonces, y sólo entonces, es cuando se puede entender con San Francisco de Asís cuál es el camino de la Perfecta Alegría.

Siempre he creído que el hombre ha sido creado para amar y para ser amado. Pero, ¿existe alguna realidad más grande que el amor? ¿O Aquella de quien decía Dante que mueve al Sol y a las demás estrellas? He pasado toda mi larga vida buscando con ansiedad el verdadero amor. Y solamente lo he encontrado en el Evangelio y en la Persona de Jesucristo. Con todo, yo rogaría humildemente, con afecto y sin ánimo alguno de controversia, que si alguno entre aquellos que no creen en el Evangelio lo han encontrado en otra parte, no dejen de hacérmelo saber.