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Mística y Poesía

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Ensayos para católicos desanimados y para católicos que han dejado de serlo pero que siguen creyendo que lo son. También pueden ser útiles para la exigua minoría de cristianos creyentes.

 

 I

 

Estos ensayos, artículos o lo que sean, no pretenden ser un estudio serio sobre las relaciones entre la Mística y la Poesía. Cualquier intento de emprender semejante tarea requeriría en quien se atreviera a llevarla a cabo las cualidades de místico y de poeta. Y yo no soy ni lo uno ni lo otro.

 De todas formas, el hecho de ponerse a hablar sobre un tema tan difícil y complejo parece cosa sólo posible para locos, y aún más si se tiene en cuenta la clase de personas a las que va dirigido. O tal vez también puede parecer cosa de ancianos desocupados, seguramente aburridos y desengañados de la vida.

 Y posiblemente tales sospechas no dejan de tener algo de verdad, siquiera sea en parte. Puesto que en realidad se fundamentan en una visión equivocada de los conceptos, tanto los de locura y vejez como los de cordura y locura.

 En cuanto al de vejez, fue Cicerón, en el siglo I antes de Cristo, quien escribió su famoso tratado De senectute, donde en forma de diálogo trata de exponer las ventajas que ofrece la ancianidad frente a sus inconvenientes, objetados por sus adversarios. Cicerón escribió su obra pasados los sesenta años, poco antes de morir asesinado a manos de sus enemigos.

 El tratado es lo suficientemente profundo como para ofrecer temas para hablar y discutir todo cuanto se desee, y así es como se considera hoy día. Y efectivamente, la vejez tiene sus ventajas y también sus inconvenientes, aunque normalmente se procure dar de lado a las primeras y en cambio se ponga el énfasis en los segundos.

 Pero, como sucede tan a menudo con respecto a temas que son fundamentales, aquí también suele enfocarse mal el problema. Porque en este caso se considera solamente el cuerpo, olvidando que el hombre es también alma y espíritu formando un todo completo. De manera que no es el cuerpo humano el que es joven o se hace viejo, sino que es el hombre el que ha de afrontar esos dos estados fundamentales de su vida llamados juventud o vejez. De donde se deduce que los conceptos de juventud o de vejez son relativos, abocados a consecuencias falsas cuando se usan impropiamente. Así es como pueden existir hombres de corta edad, pero de espíritu enteramente viejo y corrompido, u otros de avanzada edad cuyo espíritu, no solamente se ha mantenido joven, sino que incluso ha adquirido la frescura y el dinamismo que proporcionan la experiencia, la sabiduría, la ilusión y hasta la capacidad de soñar.

 El Apóstol San Pablo lo afirmaba claramente: Por eso no desfallecemos. Al contrario, pues aunque nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.[1]

 ¿Quién se atreverá a afirmar seriamente que son jóvenes los integrantes de esa inmensa hornada de nuevas generaciones, educadas desde su más tierna infancia en el ateísmo, en toda clase de aberraciones sexuales, en el desprecio de todos los valores, y cuya cultura y el horizonte de sus vidas se reducen a la fiesta del botellón y a la práctica frecuente del alcohol, de las drogas y del sexo?

 Y dígase lo mismo con respecto a los conceptos de cordura y de locura. Ya hice constar en mi libro Esperando a Don Quijote que resulta casi imposible ponerse de acuerdo acerca de establecer una clara diferencia entre uno y otro. Y aún resulta más difícil cuando ambos conceptos se contrastan, según el punto de vista puramente humano y la visión cristiana de ambos, donde no cabe olvidar toda la teología y enseñanzas derivadas de la Cruz de Cristo (1 Cor: 1). Definitivamente, la visión cristiana o la visión mundana de la cordura o de la necedad son incompatibles.

 Y aquí, como siempre, el Mundo suele usar mal tales conceptos fundamentales, incluso aplicándolos al revés, llamando locos a quienes están cuerdos y considerando cuerdos a quienes están locos. Consideradas las cosas serena y objetivamente, la locura de Don Quijote, por ejemplo, supone un juicio más sano que el demostrado con su conducta por el hombre moderno.

 Los ejemplos serían tan innumerables que harían falta varios volúmenes para enumerar siquiera unos cuantos. ¿Quién se atrevería, por ejemplo, a asegurar la cordura de gentes que han sido capaces de elegir como gobernantes de los dos municipios más importantes de España a engendros tales como los equipos que los dirigen? ¿O la de millones de ciudadanos que los obedecen mansamente, como dóciles borregos, sin emitir la menor protesta? ¿Quién será capaz de afirmar el sano juicio de quienes, no solamente han aceptado, sino consagradas como legítimas las mayores aberraciones que rebajan al ser humano a un nivel muy inferior al de los animales? ¿Realmente pueden considerarse cuerdas y de entero juicio a personas que han renegado de su Fe y de la de sus padres, que son capaces de tragar como verdades las más atroces falsedades, por otra parte fácilmente discernibles, que les ofrece la Nueva Iglesia Modernista? ¿Se atreverá alguien a creer en la pretendida cordura de alguien que sea capaz de escuchar y de tomar en serio ciertos sermones pronunciados casi periódicamente por miembros destacados de la Jerarquía llamada Católica?

 Pero es posible, de todas formas, que abordar hoy el tema de la Mística suponga igualmente otra locura. Pues se trata, nada más y nada menos, que de traer a colación el tema de una rara avis hoy por completo desconocida, cuando no despreciada y escarnecida. Los pocos católicos que aún persisten en mantener su Fe, luchando contra toda clase de vientos y de mareas, prefieren sin embargo las modernas Místicas de las nuevas visionarias y videntes, de los nuevos maestros y pretendidos profetas, de quienes alardean de posesión de carismas tanto como de manejar a su capricho al Espíritu Santo. Pero olvidando todos ellos a nuestros auténticos místicos del Siglo de Oro, a los verdaderos Santos y a la auténtica y seria Espiritualidad, fundamentada en la Fe y en el auténtico Magisterio de la Iglesia, que durante tantos siglos alimentó lo que fue un verdadero Cristianismo y hoy ya no es sino un recuerdo.

 Por eso nuestra tarea va a consistir en esbozar unos simples escarceos, sin más pretensiones. Pero abiertos, de todas formas, a cualquier intento de discusión sobre un tema apasionante, y a la vez tan complejo y difícil. Tales escarceos, sin embargo, vienen a responder a deseos muy naturales y propios del corazón humano, cuales son el deseo y la nostalgia de la belleza, el de la verdad y el del sincero amor. Que es decir, por lo tanto, de la verdadera Mística y de la auténtica Poesía.

 Como en toda época de crisis, y ésta presente en la que vivimos sufre la mayor sequía espiritual conocida por la Humanidad en toda su Historia, también ahora abundan los falsos místicos y los falsos poetas. La vida mística es un estado del alma sumamente raro y difícil, que a mayor abundamiento depende de la gracia y supera las meras posibilidades humanas. La condición de poeta no depende de la gracia, pero sí de los dones naturales otorgados por Dios, y por lo que a éste respecta concretamente, parece ser concedido con tanta parsimonia y con tanta escasez que bien puede ser considerado como una cualidad de extraña rareza. Con razón decía Gilson que el poeta nace, pero no se hace.

 Y como ocurre con ciertos tesoros valiosos pero sumamente raros, las falsificaciones abundan. Los profetas, las videntes y los carismáticos abundan como moscas en verano.

 Dejaremos aparte casos como el de Fátima, en el que creo sinceramente, pero del que desgraciadamente de nada, o de muy poco, se puede estar seguro en relación con este acontecimiento. El contenido del famoso tercer secreto ha sido ampliamente manipulado, falsificado y escamoteado. Y en cuanto a la personalidad de Sor Lucía fue sustituida tendenciosamente por otra distinta, sin que al fin se haya sabido nada del paradero de la auténtica. Todo por obra de un Poderoso Sistema cuyo eje principal es la más elevada Jerarquía de la Iglesia. En la actualidad apenas si cabe certeza sobre lo único que parece seguro: que la voluntad de la Virgen ha sido dada de lado en favor de intereses creados ideológicos y políticos.

 Respeto fielmente la posible autenticidad de las visiones o revelaciones privadas y doy por bueno el juicio de la Iglesia en cada caso, aunque es bien conocido que ninguna de ellas tiene carácter oficial ni exige de nadie la obligación de ser creídas.

 Pero una vez afirmado ese principio, veamos algunos ejemplos en particular que alertan acerca de la prudencia con que se debe proceder en este punto. En cuanto al caso de la Beata Ana Catalina Emmerich (siglos XVIII–XIX), hay que reconocer su extraordinaria virtud cuya autenticidad estoy por respetar enteramente. Sus visiones y revelaciones abarcan un conjunto de cinco volúmenes nada menos, casi tantas como todas las contenidas en la Biblia. Algo así como si al Espíritu Santo le hubiera quedado algo por decir. San Juan de la Cruz, quien era muy poco amigo de visiones y de revelaciones, solía decir que el Padre, en su única Palabra que es el Hijo ahora hecho Hombre, ya había dicho todo lo que tenía que decir y que es necesario para la salvación de los hombres.

 Volviendo a tiempos más recientes, nos enfrentamos al caso de Medjugorje, acerca del que mucho se ha dicho y se ha escrito además de haber sido examinado por expertos, diversas comisiones y subcomisiones, y acreditado por Obispos y personas de actualidad (unas veces a favor y otras en contra), etc., hasta lo indecible. En la actualidad, lo último decidido por el Vaticano de manera oficial, es que al fin van a ser aceptadas solamente las siete primeras visiones, aunque acerca de las demás nada se dice. Según lo cual cabe la posibilidad de que las restantes sean falsas. El problema que se plantea entonces consiste en que, caso de que se consideren las siete primeras visiones como verdaderas, no parecería probable que unas verdaderas videntes fueran capaces de inventarse las siguientes. Pero si se admite que, admitidas las siete primeras, todas las siguientes pueden ser falsas, ¿cómo entonces se puede creer en la sinceridad de las videntes con respecto a las primeras?

 Este extraño caso consiguió recordarme una curiosa anécdota que me ocurrió hace ya bastantes años. Me encontraba conversando con cierto sujeto cuando, al cabo de un buen rato, me dice sin preámbulos:

 —Y ahora, esto que le voy a decir sí que es cierto.

 Confieso que me quedé sorprendido, pero para pensar a continuación: Si lo que me ha dicho hasta ahora es una mentira, este hombre es un embustero. Pero si es un embustero, ¿por qué voy yo a creerme lo que piensa decirme a partir de ahora?

 Por otra parte, según aseguró firmemente la vidente principal, la Virgen le había dicho que el Papa Francisco era el mejor Papa que la Iglesia había tenido en toda su Historia.

 La cosa era para quedarse perplejo. Pues parece difícil admitir que la Virgen María desconozca la Historia de la Iglesia, y no ya la pasada, sino ni siquiera la presente. Decir tal cosa, por muchas alabanzas que se pudieran acumular a favor del Papa Francisco, puede parecer que se usan palabras mayores. Por lo demás, las razones que pueda tener el Vaticano para admitir semejante montaje, del que podría decirse que carece de Lógica, son completamente desconocidas.

 Los tesoros materiales falsificados son normalmente difíciles de descubrir. Y aunque no debiera suceder lo mismo con los que pertenecen al orden espiritual o sobrenatural, los falsos y falsas videntes a lo largo de la Historia de la Iglesia han existido siempre con tanta abundancia, que a menudo han sido muchos los engañados. Bastaría, sin embargo, poseer un verdadero amor a Dios y estar animado de un sincero afán por la verdad, para descubrirlos con prontitud.

 Pero los verdaderos tesoros de la auténtica Mística y de la buena Poesía son inapreciables, y de ahí que sean difíciles de falsificar. Con todo, en los momentos actuales y a falta de lo auténtico, los hombres han optado en dar por bueno lo que en realidad todo el mundo sabe que es falso. O bien se ha caído en tal estado de corrupción y de bajeza, que la Modernidad está dispuesta a considerar sinceramente como bueno y auténtico lo que realmente es bajo y despreciable.

 Que es, ni más ni menos, lo que está ocurriendo con la Poesía actual. La cual, sencillamente, no existe. Cualquiera puede acudir a Internet y buscar la lista de poetas contemporáneos. Aparecen por centenares, siendo cosa curiosa, y hasta extraordinariamente divertida, examinar sus producciones. Sucede que hoy cualquiera se considera poeta. Lo cual recuerda lo que decía el ignorante Fray Gerundio de la famosa novela del P. Isla: Para predicar como se predica por ahí, yo no necesito libro alguno. Y el P. Isla añadía que el muy burro tenía razón. De la misma forma, admitido el concepto moderno de Poesía, cualquiera puede considerarse a sí mismo como apto para ser nombrado ilustre miembro del Parnaso. Y por supuesto que mucho facilita el camino, si es que se quiere ser considerado prontamente como un excelso vate, poseer la condición de ateo y ser políticamente de izquierdas.

 No es extraño que en mundo que ha renegado de Dios, y ya dentro de la Iglesia de la Apostasía, la Mística y la Poesía sean tan escasas y difíciles de encontrar.

 Claro que siempre quedan, por aquí o por allá, personas ilusionadas con capacidad de soñar. Amantes de la Belleza, del Bien y de la Verdad, aún mantienen la llama de la creencia en que tales cosas, con razón llamadas transcendentales, siguen existiendo. De tales Valores se podría decir, en una peculiar traslación de las palabras que la Biblia aplica a Jesucristo: Ellos fueron, son y serán lo mismo y los mismos. Y ayer, y hoy y por los siglos. En la moderna Sociedad tales gentes quizá vagan olvidadas por lugares y vericuetos escondidos, ignoradas de un Mundo que ha renegado de Dios. Y con Él, de todo aquello que signifique cualquier valor que fuera capaz de elevar al hombre a mayor altura que los irracionales. Pero están ahí. Y con ellas la Mística y la Poesía.

 (Continuará)


[1] 2 Cor 4:16.