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El Yelmo de Mambrino (6)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 
Las predicciones insólitas de los sabios
se convierten en Historia antigua
cuando el discurrir del tiempo descubre
su condición de augurios raquíticos.

(Proverbio Chino)

 

5. Donde se prosigue la historia del yelmo de Mambrino y se cuenta la extraña parábola de las cien ovejas rebeldes, junto con otras menudencias de acompañamiento que añaden sabor al tema

 

Si por una parte el Señor había dicho que su Reino no es de este Mundo (Jn 18:36), el Diablo en cambio tuvo el descaro de atribuirse el dominio sobre él (Lc 4:6). Sin embargo, por más que el Diablo sea el Gran Mentiroso y el Padre de la Mentira (dicterios que provienen de la misma boca del Señor), es justo reconocer que, al menos en esta ocasión, no andaba muy lejos de la verdad.

Efectivamente el Demonio es el Gran Mentiroso. Pero algunas veces, cuando así lo exige su propia conveniencia, dice la verdad. En todo, en parte, o en mixtura en forma de embrollo, según convenga. En ocasiones lo hace así para engañar a los mentirosos natos, aunque parezca paradoja pero que en realidad no lo es. Pues el mentiroso, como el ladrón, piensa que todos son de su condición, y de ahí que en ocasiones parezca conveniente decirle la verdad justamente para que piense lo contrario.

La consecuencia es obvia: Lo único que puede hacer cualquier persona avisada es no creer jamás al Diablo. O mejor todavía, no dialogar con él bajo ningún concepto. Y como en estos últimos tiempos de la Historia parece haber extendido su Reino en no pequeña medida, nada tiene de exagerado afirmar que vivimos bajo el imperio de la Mentira.

Se ha convertido en cosa normal que lo que no es aparezca como lo que es, y viceversa. La moderna sociedad ya no se siente escandalizada de que al pan se le llame vino ni que al vino se le llame pan. En el teatro clásico antiguo se utilizaban la per–sona y el coturno como instrumentos de disfraz.[1] En la actualidad no hay necesidad de emplear medios tan artificiosos, por otra parte tan incómodos, y que poseen además el inconveniente de mostrar con excesiva estridencia su carácter farandulero. Y aunque es un género que abunda entre los componentes de la actual sociedad, a nadie le gusta aparecer como arlequín. Lo que es evidente en el mundo moderno es el hecho de que, en algunos de sus ámbitos, el disfraz y el recurso a la apariencia se han puesto de moda, y que son tantos los que los utilizan que a menudo llegan a ser multitud. Ahora no tendría sentido el tumulto organizado en la venta en donde vino a parar la cuadrilla que acompañaba a don Quijote: la bacía de barbero sería efectivamente el yelmo de Mambrino, y la albarda del burro sería reconocida como jaez de caballo. Todo lo cual sin dar lugar a discusiones ni a problema alguno.

Los integrantes del tinglado de la moderna farsa tienen, sin embargo, algo en común con los actores del teatro clásico antiguo: también aparecen en la escena como héroes. Con alguna importante diferencia, sin embargo. Porque ahora no se pretende representar a grandes, sobrehumanos y casi (o puramente) legendarios personajes, tal como aparecen en el mundo de Esquilo, de Sófocles o de Eurípides, por ejemplo. Pues ya no es el momento ya de representar o de traer a la memoria lo sublime y heroico, sino de pretender serlo. De ahí que la moderna farsa ya no se presenta ante el mundo como farsa, sino con pretensiones de realidad. Lo dicho más arriba. Las cosas han evolucionado de tal manera que ya no tiene sentido que el teatro, como había ocurrido siempre, acepte su cometido de reflejar (mejor o peor) la vida real. Porque de hecho la ha invadido y se ha identificado con ella, de tal manera que la vida ordinaria se ha convertido a sí misma en el mundo de la carátula.

Pero en definitiva, ¿cuál es el papel que se atribuyen los nuevos actores de la moderna farándula? Por supuesto que el de héroes, tal como acabamos de decirlo. Pero con una peculiaridad importante que los diferencia por completo de los superhombres antiguos. Porque los modernos paladines se presentan ante el mundo que los contempla, entre asombrado y temeroso..., con la pretensión de ser auténticos rebeldes.

Los héroes del teatro clásico antiguo luchaban contra la injusticia, contra el Mal, y por encima de todo contra el Destino. Aunque no parece que jamás se atribuyeran la condición de rebeldes. Incluso cuando se enfrentaban abiertamente contra el Destino, jamás lo hacían bajo la pretensión de rebelarse contra lo que más bien consideraban como irremediable.

Claro está que rebeldía significa oposición. Por lo general tan furibunda y colérica como dispuesta a derribar, por cualquier medio, los obstáculos que traten de impedir sus propósitos. Según lo cual cabe el interrogante: ¿Contra qué o contra quiénes se alzan entonces los modernos subversivos? La pregunta no es tan ociosa como puede parecer, puesto que hasta los mismos insumisos encontrarían dificultades para contestarla abiertamente. Puestos a la tarea, responderían seguramente con una larga lista de vocablos, aunque tan evanescentes y vaporosos como quizá poco convincentes para muchos: la protesta —nos dirían— va dirigida contra el Sistema establecido, contra la opresión y la falta de libertad, contra las injusticias sociales, contra el conservadurismo obsoleto y constrictivo, contra la burguesía reaccionaria..., y contra un numeroso montón de etcéteras. En realidad, todos y cada uno de estos elementos provocadores de indignación y protesta no andan sobrados de un significado preciso y concreto, por lo que estarían necesitando abundantes aclaraciones que muchos agradecerían. Pero aparte de la dificultad de la tarea, no hay que olvidar que el mundo moderno prefiere los eslóganes y los tópicos a las explicaciones rigurosas y racionales.

Afortunadamente sin embargo, por esta vez al menos, creemos estar en posesión de la explicación adecuada. La que responde realmente al fondo y a la causa de tales Movimientos de inconformismo. Con todo, antes de intentar calmar la inquietud de intelectuales curiosos e investigadores del pasado, y previamente también al descubrimiento de la verdadera faz de las modernas rebeliones, quizá sea conveniente, con fines aclaratorios, un breve resumen recordatorio.

Los Movimientos Revolucionarios, por lo que se refiere al Mundo Occidental, parecen haber comenzado propiamente con la caída del Ancien Régime. Por supuesto que las revoluciones sociales de carácter obrero, las cuales alcanzan su punto álgido durante el siglo XIX y comienzos del XX, poseen un carácter distinto de las que comienzan a partir de la mitad del siglo XX. Nos referimos en estas últimas a las Revoluciones Estudiantiles, a las de los Jóvenes, a las de los Intelectuales, a las de los Homosexuales o los (las) Feministas y hasta las de los Clérigos, entre otras. Y, como es lógico, todas han pretendido siempre luchar contra la injusticia. Una intención que, de ser siempre cierta supondría, puesto que el Mal está actuando desde el principio (2 Te 2:7), que la lucha contra él (contra la injusticia) ha existido siempre. Aunque no con el carácter revolucionario que ha adquirido en el mundo de la modernidad.

El problema, sin embargo, es mucho más complicado de lo que parece. Por lo general suele darse por resuelto con el planteamiento que se acaba de esbozar. Los rebeldes han luchado siempre contra la injusticia, en cualquier forma que se haya presentado. Y, si bien es cierto que en determinados momentos se han cometido excesos, e incluso abusos, todo es comprensible si se tiene en cuenta el ansia legítima de acabar con las injusticias (con el mal en todas sus formas) por parte de los revolucionarios. En definitiva, estamos ante males ocasionales y marginales, necesarios por su parte para alcanzar los honrosos fines que se perseguían, etc.... Pero sucede que es aquí precisamente donde reside el fondo oscuro y ominoso del problema.

Porque lo único que legitimaría la protesta contra la injusticia sería el hecho de que realmente se proteste contra la injusticia. Pues, aparte de que las intenciones no siempre son tan claras, como cualquiera de buena voluntad puede comprender y como vamos a ver ahora, lo primero que ha de exigirse a un reformador es la condición de que empiece por reformarse a sí mismo: Médico, cúrate a ti mismo.[2] Ahora bien, ¿hasta qué punto pueden clamar por la justicia y la integridad quienes jamás han pensado seriamente en ellas...? Puestos a decir la verdad, el único que ha podido atribuirse a Sí mismo la condición de verdadero Revolucionario no es otro que el mismo Jesucristo. Pues la revolución y la rebeldía nunca son verdaderamente tales mientras no son realidad en el sujeto que las pretende y clama por ellas. Lo cual supone necesariamente la negación de sí mismo mediante la propia inmolación, de un lado; además de la lucha seria e incesante contra las pasiones, la concupiscencia y los desórdenes del propio yo, de otro: Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.[3] Y lo cierto es que no hay otro camino, dígase lo que se quiera.

Pero, ¿acaso puede alguien pretender seriamente que los numerosos y clamorosos Grupos Rebeldes, o los mismos que hacen funcionar la tramoya de la moderna farsa, luchan verdaderamente por la verdad, la libertad y la justicia...? Porque, según Jesucristo, el pecado es la única cosa que realmente priva de la libertad (Jn 8:34). Por otra parte, solamente Él es capaz de conducir hasta la auténtica verdad (Jn 14:6), y el único que puede pretender haber dado testimonio de ella (Jn 18:37). Además, y como consecuencia de ello, es el único también que otorga la verdadera libertad (Jn 8: 32–36).

Ahora bien —podemos insistir de nuevo—, ¿realmente son tales realidades aquellas por las que claman, con tan abultado alboroto, los Modernos Rebeldes...?

Por desgracia, sin embargo, los hechos, harto evidentes por otra parte para quien quiera verlos, hacen sospechar que no es así. Por eso justamente hemos hablado antes de farsa teatral y de los modernos actores. Llevan sobre sí el disfraz de rebeldes cuando en realidad jamás han pensado en la verdadera rebeldía. Pero entonces, de ser así las cosas, ¿cuál es el objeto verdadero de la protesta y contra qué o contra quién va dirigida exactamente?

La respuesta es clara, también para quien desee verla. Es probable incluso que muchos de tales rebeldes, sin poseer una conciencia clara de los motivos de su conducta, se dejen manejar por el Sistema. En el fondo, tanto unos como otros no son sino marionetas manejadas hábilmente desde arriba. De nuevo nos encontramos con el teatro, esta vez en forma de guiñol. Y si queremos una respuesta acertada y definitiva, vamos a descubrir que aquello contra lo que verdaderamente dirigen su rabia tales Movimientos no es otra cosa —quieran reconocerlo o no— que lo que todavía resta de raíces y valores cristianos en la moderna sociedad. Como ha dicho tan certeramente el escritor americano Kreeft: No tiene nada de sorprendente que en una cultura en la que los filósofos desprecian la sabiduría y los moralistas la moralidad, los predicadores son los mayores hipócritas del mundo, los sociólogos los únicos que no saben lo que es una sociedad recta, los psicólogos los que poseen las mentes más confusas, los profesionales del arte los únicos que en realidad odian la belleza, mientras que los liturgistas son para la religión lo que el Dr. Von Helsing significa para Drácula...,[4] suceda lo que viene sucediendo, por supuesto. El autor aplica su arenga al desprecio por los buenos libros, aunque claramente se ve que lo dicho puede extenderse a todos los aspectos de la moderna sociedad, como en definitiva es lo que él hace. ¿Estamos o no ante la cultura y el mundo de la moderna farándula? Los actores se han tomado tan en serio su papel que se han identificado con él, olvidando que no son sino actores, y de ahí que los modernos rebeldes hayan acabado creyendo que alzaban espadas cuando en realidad no son sino muñecos manejados mediante hilos.

La que algunos han llamado Rebelión de los Clérigos merecería un capítulo aparte.

La protesta clerical comenzó a manifestarse abiertamente ya en los momentos en los que se celebraba el Concilio Vaticano II, aunque la cresta de la ola alcanzó su punto culminante en los años que siguieron.

Se puede atribuir su origen a dos clases de causas: unas de superficie y otras de fondo. Estas últimas que, como es lógico, son las menos conocidas y ofrecen además la particularidad de que prácticamente no se ha hablado de ellas, son dos en realidad.

Nos encontramos, en primer lugar, con la deficiente formación que se venía impartiendo a los candidatos al sacerdocio en los Seminarios Tridentinos, tanto en el ámbito académico como en el espiritual. Dirigidos por lo general por hombres de buena fe, tales Centros no supieron adaptarse al Mundo que siguió al final de la Primera Guerra Mundial, ya desde antes de acabar el primer tercio del siglo XX.[5]

La segunda causa no es menos importante, y se refiere a la infiltración de elementos extraños, principalmente la Masonería, que tuvo lugar en los Seminarios a partir sobre todo de los años cuarenta del siglo pasado. La Masonería tampoco tuvo reparo en utilizar elementos doctrinales pertenecientes a la ideología marxista, los cuales ejercieron una gran influencia en la formación de agitadores dentro de los Centros de formación. Nos referimos, sobre todo, a la ayuda que proporcionó en este sentido la Teología de la Liberación. Por mi parte pienso que en aquella época, si alguien hubiera tenido el atrevimiento de advertir a los Obispos acerca de lo que estaba ocurriendo, habría sido sometido a tratamiento psiquiátrico. A pesar de que yo mismo fui testigo directo de hechos bastante elocuentes, y más que convincentes, durante mis seis años de permanencia internado en un Seminario. Pero con todo, incluso hoy es poco recomendable aludir al tema.

En Norteamérica hubo además otra causa muy peculiar y más grave aún, si cabe. Los Seminarios fueron abiertos sin trabas de ninguna clase, y sin que nadie haya explicado todavía la razón, a los homosexuales. El tema permaneció velado durante bastantes años hasta que al fin, en los tiempos actuales, ha estallado con las consecuencias catastróficas que eran de esperar.[6] Es difícil explicar el hecho de que, tanto los Obispos norteamericanos como el mismo Vaticano, hayan podido permanecer ignorantes durante tanto tiempo acerca de lo que estaba sucediendo. En la actualidad la situación de la Iglesia americana es bastante delicada. Incluso problemática y bastante peligrosa, por decirlo de un modo suave.

En cuanto a las causas que hemos llamado de superficie, que son por definición más fáciles de comprender y de detectar, también son principalmente dos. Nos referimos a la famosa Promoción de los Seglares y a la llamada Crisis de Identidad Sacerdotal. El enorme shock producido por la primera de estas causas, nacida de ideas difundidas por algunos de los elementos que más intervinieron en el Concilio Vaticano II, colocaron prácticamente al clero (o presbiterado) en una situación de olvido y de total abandono. El mundo del clero llano quedó prácticamente aislado entre las doctrinas que pugnaron por poner en su puesto tanto al Episcopado como al Laicado.

 Una vez descubierta la gran importancia que representaba para la Iglesia el papel del Laicado (hasta ahora al parecer ignorada), y extendida la idea, difundida por los teólogos progres, de la falta de identidad sacerdotal (o del desconocimiento de la naturaleza del sacerdocio, por no hablar de su utilidad práctica), no es de extrañar que el Clero en masa se entregara ardorosamente a la tarea de asemejarse a los seglares.

Fue así como surgió el extraño fenómeno del clero dedicado a tareas profanas. Se hizo común el eslogan de la necesidad de dar testimonio y no aparecer como diferentes de los laicos. La naturaleza humana es tan extraña, o tan divertida si se quiere, que a veces resulta bastante difícil encontrar una explicación racional a su comportamiento. Semejante necesidad de dar testimonio fue la que impulsó a muchos clérigos a dedicarse a tareas como las de fontanero o de electricista, por ejemplo. Inexplicablemente, por lo que parece, nadie pareció darse cuenta de que la única forma de dar testimonio, para un sacerdote, no puede ser otra que la de ser sacerdote. Por otra parte, con todo el respeto que se merecen tantos profesionales de tareas profanas, es bien sabido que se obtiene de ellas mucho más dinero, y con menos trabajo, que mediante la dedicación a las tareas pastorales. Los sacerdotes, por ejemplo (y hablamos solamente de los auténticos), gozan de sueldos inmensamente más pobres, además de estar sometidos a una dedicación diaria de veinticuatro horas y carecer en absoluto de días festivos y vacacionales. Lo extraordinario del caso es que tampoco aquí hubo quien cuestionara la tan pregonada necesidad de no diferenciarse de los seglares: algo que nada tiene que ver con los verdaderos deseos de los fieles, los cuales son justamente quienes más están interesados en que el sacerdote se diferencie de ellos.

(Continuará)


[1] Máscara y calzado, respectivamente, utilizado por los actores del teatro greco–romano.

[2] Lc 4:23.

[3] Mt 16: 24–25.

[4] Peter J. Kreeft, The Philosophy of Tolkien, Ignatius Press, San Francisco, 2005, pag. 14.

[5] El tema ha sido tratado con más extensión en alguno de mis escritos. Puede verse mi libro Notas sobre la Espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Shoreless Lake Press, New Jersey, USA, 1994.

[6] Michael S. Rose, GOODBYE, GOOD MEN: How Liberals Brought Corruption Into the Catholic Church, Washington, 2002. El libro, que es un Documento serio e importante, causó en su momento un enorme revuelo en los Estados Unidos.