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El Yelmo de Mambrino (5)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El Concilio Vaticano II, en la Constitución Sacrosanctum Concilium (I,7), habló de los diferentes modos de presencia de Cristo en su Iglesia. El texto es de gran importancia.

Cristo está siempre presente a su Iglesia sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea en la persona del ministro, "ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz",[1] sea sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza.[2] Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18:20).

Como puede verse, el texto conciliar expone con claridad, conjuntamente y como en paralelo, los diversos modos de presencia de Cristo en su Iglesia. Es comprensible que ponga cuidado en aclarar, por medio de la expresión maxime, el modo de presencia bajo las especies eucarísticas, distinguiéndolo de los otros. Importante precaución esclarecedora que no deja de tener transcendencia.[3]

No obstante lo cual existe la posibilidad de la aparición de problemas debido al hecho de presentar los diversos modos de presencia en paralelo. Puesto que en todos ellos (a excepción de la Presencia Real Eucarística) se habla de presencia mediante su virtud, lo que se puede expresar igualmente por lo que podríamos llamar presencia moral, el peligro de considerar todos los diversos modos de presencia como equivalentes, o en el mismo plano, es más que evidente. Debe tenerse en cuenta que el conjunto del Pueblo Cristiano no es docto en teología ni menos aún experto en sutiles distinciones; por lo que resulta bastante difícil eliminar por completo el riesgo de confusión.

El texto conciliar alude a Mt 18:20 para referirse a la presencia de Cristo cuando la Iglesia suplica o canta salmos: Cuando dos o tres se congreguen en mi nombre, "allí estaré yo en medio de ellos". Y es regla fundamental de la Exégesis bíblica la de que los textos han de interpretarse según su sentido propio y más obvio, sin olvidar tampoco el contexto en el que se hallan contenidos. Por eso es evidente que el texto de Mt 18:20 no puede interpretarse en el mismo sentido estrictamente literal que los que se refieren a la institución de la Eucaristía en la Última Cena; y dígase lo mismo del fragmento paulino de 1 Cor 11: 23–26. sobre el mismo tema.

Hoc est corpus meum (Mt 26: 26 y ss.; Mc 14: 22 y ss.; Lc 22: 19 y ss.), es una expresión que el Magisterio ha entendido siempre en sentido estrictamente literal. La presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía es tan real como que supone la actualización completa (y no simbólica), aquí y ahora, de la Humanidad del Señor (con su cuerpo y su alma, por lo tanto) y su Divinidad, a las que podríamos denominar con toda verdad presencia real si se tiene en cuenta su independencia con respecto a todos los accidentes, y singularmente al de la quantitas. Tal presencia real sacramental, según doctrina inconmovible del Magisterio perenne de la Iglesia, es distinta de la mera presencia moral o virtual, que es la que perdura en el sujeto que recibe el Sacramento después de la desaparición de las especies eucarísticas.

Por lo demás, la misma ciencia exegética ha sostenido siempre que no todos los textos bíblicos pueden interpretarse en el mismo sentido. De donde la necesidad de no abandonar nunca la guía de la buena doctrina y, sobre todo, del Magisterio. Y así como, de una parte, existen textos que no pueden ser entendidos en sentido estrictamente literal (como los que se refieren, por ejemplo, a la conveniencia de extirparse un ojo o una mano para evitar el peligro del escándalo y del pecado), la Escritura contiene sin embargo otros cuyo sentido estrictamente literal, además de ser obvio, es exigido absolutamente por el Magisterio y acerca de los cuales la Tradición no ha vacilado nunca.[4] Como los textos eucarísticos de los que estamos tratando. Pero el riesgo aparece cuando se alinean conjuntamente textos que no pueden ser interpretados en el mismo sentido, puesto que en ese caso se abre la puerta al peligro de la confusión. Y es evidente que la presencia real o física no es idéntica a la presencia moral, si es que hemos de atenernos a lo que se entiende en el lenguaje corriente y a lo que cualquier persona normal puede comprender.

Los hechos de la vida real son bastante elocuentes y enseñan por sí solos. De tal forma, por ejemplo, que cuando se habla de la presencia real o física de una persona, no tiene sentido alguno hablar al mismo tiempo, como en el mismo o semejante plano, de su presencia moral: ¿Qué sentido tendría hablar de la presencia moral o virtual de tal o cual persona, como que permanece ausente, cuando en realidad la tenemos ante nuestros ojos? De ahí que no parezca muy afortunado el hecho de poner en paralelo textos cuyo sentido es diferente o ambivalente, dado el peligro de confusión y, en último término, de equiparación de la realidad de una presencia con la virtualidad de un mero recuerdo. En el lenguaje real de la vida corriente, cuando se dice, por ejemplo, aludiendo a una persona querida y ya desaparecida, que permanece siempre con nosotros, es claro que se está hablando en un sentido simbólico o figurado. La naturaleza humana es tal que no raras veces, y demasiado fácilmente además, acaba confundiendo la Historia con la Leyenda, para terminar después relegándola al olvido. Y el ser humano efectivamente, tal como muestra la experiencia, pasa tan fácilmente de lo uno a lo otro como pasa de lo real a lo simbólico. Como decía enfática y bellamente el novelista americano Robert Jordan: La Rueda del Tiempo gira mientras que las Edades llegan y pasan, dejando tras de sí memorias que luego se convierten en Leyendas. Y las Leyendas a su vez se desvanecen en el mito, hasta que también el mito es olvidado.[5] Por lo cual, y todo tenido en cuenta, quizá sea lo mejor dejar bien sentada la realidad (en este caso referida a la presencia) en su plena integridad; perfectamente diferenciada, con rotunda nitidez, de lo que no es sino una presencia, una fuerza, o una influencia moral o virtual. La claridad meridiana, tanto en los conceptos como en las palabras, es sin duda alguna la mejor salvaguarda de la verdad. Cuando lo real va siendo desplazado por lo simbólico, lo real acaba siendo considerado también como meramente simbólico; hasta que después, por la simple lógica del pensamiento, como pura nada: pues, ¿qué sentido podría pretender poseer un símbolo que no significara absolutamente nada?

El problema es más grave de lo que parece. El lenguaje es una forma noble de comunicación dada por Dios a los hombres a fin de que se transmitan mutuamente sus pensamientos y sentimientos. Manipularlo supone siempre la intención de engañar, y utilizarlo con el fin de hacer creer al prójimo algo distinto de lo que se piensa o se pretende es un verdadero delito de estafa y una injuria al semejante.

Pero ha sido el Modernismo el que ha usado con profusión el lenguaje ambivalente con la intención expresa de engañar, pero presentándolo de tal forma que conserve las apariencias de verdad. Expresiones que siempre se han utilizado en un determinado sentido y que aún ahora se conservan, pero que por su misma naturaleza son capaces de admitir otro, que es el que en realidad se pretende. La forma tradicional sirve de escudo ante la posible acusación de engaño, así como también de pasaporte para que lo que se pretende inculcar pase sin problemas; mientras que la verdaderamente intencional queda de momento disimulada. Los hechos han demostrado que tales formas ocultas acaban por aparecer e imponerse a las aparentes, en una eficiente manera que muchos han denominado bombas de relojería o de retardo.

 (Continuará)


[1] Cita del Concilio de Trento, ses. 22, decr. De Ss. Misæ Sacrif., can. 2.

[2] Aquí una referencia a San Agustín, en (Io. Evang., tr. 6, c. 1, n. 7.

[3] Cuando habla de la presencia de Cristo en los sacramentos también puntualiza atinadamente, utilizando la expresión virtute sua. No lo hace, sin embargo, cuando se refiere a su presencia mediante la predicación de la Palabra.

[4] La Reforma, como se sabe, es caso aparte. También debemos citar aquí, como rara excepción, a Berengario de Tours (1000–1088), que cometió la herejía de negar la transubstanciación y, según la mayoría siguiendo a Santo Tomás, también la presencia real.

[5] Robert Jordan, de la Saga The Wheel of Time, en The Dragon Reborn, New York, 1992, pag 31.