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El Yelmo de Mambrino (3)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

3. Donde se hace un breve resumen de la evolución sufrida por la idea del teatro en la mentalidad de la Iglesia,
desde sus primeros tiempos hasta nuestros días.

La época clásica miró con desprecio al teatro y consideró a los actores como gentes de baja ralea. Incluso Platón fue uno de los más ilustres enemigos del mundo de la escena.

En cuanto al Cristianismo, es sabido que la Iglesia primitiva (con los Concilios y los Padres a la cabeza) mantuvo contra el teatro una constante hostilidad. Tertuliano (De Spectaculis) y San Agustín (Enarrationes in Psalmos, De Fide et Operibus, De Vera Religione, etc.) fueron quizá, entre otros muchos, sus más encarnizados detractores. En realidad la enemiga duró hasta pasado el siglo XVII (incluyendo a personajes como Bossuet), a pesar de la existencia de períodos contradictorios de consideración e incluso de cooperación.

Es de notar, como importante curiosidad histórica, el hecho de que, en plena Edad Media, Santo Tomás fue uno de los escasos teólogos que sostuvieron la honorabilidad del teatro y del oficio de los actores, siempre que se tuviera en cuenta la moralidad (Summa Theol. II–II, q. 168, a. 3). E incluso defendió la licitud de los estipendios recibidos por los actores que actuaban honradamente (II–II, q. 87, a. 2, ad. 2).

El estudio detenido de las razones que motivaron todo este movimiento de ideas no es de este lugar. Puede decirse que, en general, desde la época clásica y primeros tiempos de la Iglesia, los elevados grados de inmoralidad alcanzados por el teatro fueron los causantes de la multitud de prohibiciones lanzadas contra él. En realidad estaba aquí involucrado el complejo y lascivo mundo dionisíaco, con sus bacanales, sus cultos fálicos y sus representaciones escénicas profundamente obscenas. Sin olvidar el sangriento y cruel espectáculo de los juegos circenses. No es de extrañar que la Reforma no fuera menos hostil al teatro que el Catolicismo.

Parece razonable, por lo tanto, en lo que se refiere a las relaciones de la Iglesia con el teatro, hablar de una primera época en la que prevalecieron la animosidad y la aversión. Sigue una segunda en la que la condescendencia y la cooperación alternaron con fuertes prohibiciones, hasta llegar a una relativa calma ya en tiempos muy modernos. Bossuet, como hemos dicho, ya casi en el siglo XVIII, todavía condenaba acremente el teatro. Desde la Edad Media hasta bien entrada la Moderna, las representaciones de carácter religioso centradas en la Eucaristía (Autos Sacramentales), en la Pasión del Señor, o en otros acontecimientos bíblicos (los Misterios también gozaron de gran popularidad), fueron frecuentes y en ellas intervinieron tanto clérigos como laicos. Lo que no fue obstáculo para que abundaran también las de tinte obsceno, burlesco y hasta blasfemo (incluidas las que se mofaban de algunos Papas o hacían befa de la Misa). No es de extrañar que las condenaciones sucedieran a la tolerancia, y viceversa. En España, por ejemplo, la cuna de Calderón, de Lope de Rueda, de Lope de Vega (y a un nivel menor Juan del Enzina), el mundo de la dramaturgia y de la comedia alcanzó cotas elevadas. Las comedias de Lope de Vega de carácter moralizante alternaron con otras de tonalidad bastante picaresca, y de ahí los períodos de prohibición, impuestos por el Rey, que no tardaban en alternar con otros de permisión. Y por último otra tercera época, que es la que abarca la actualidad y que ofrece la particularidad de estar adornada de caracteres sorprendentes.

Y decimos sorprendentes porque, en primer lugar, a pesar de tratarse de un hecho social tan relevante, sin embargo ha pasado prácticamente desapercibido, como tal fenómeno, en la conciencia de la sociedad moderna. A partir de la mitad del siglo XX aproximadamente, los avances de la técnica y el extraordinario desarrollo de los medios de comunicación, proporcionaron una nueva faceta al fenómeno religioso como hecho social. Los acontecimientos religiosos pasaron a integrarse profundamente, con carácter de espectáculo, en el entramado del mundo de la televisión y de la prensa informativa diaria (cuya tirada había aumentado ya en una proporción muy superior a la del mil por cien).

En segundo lugar, porque no es posible negar la realidad de que, al parecer de manera casi inadvertida, la conciencia de actuar de cara a la galería ha influido poderosamente en el contenido y en la forma de las actuaciones eclesiales. Y de un modo más específico en la predicación y hasta en toda la Pastoral cristiana. Sería interesante, por ejemplo, elaborar un estudio sobre el modo como los media han influido en la actuación de los Obispos. Con lo cual no se pretende aquí anticipar un juicio negativo acerca de tales actuaciones, sino simplemente llamar la atención acerca de la transcendencia que podría alcanzar una investigación que, en todo caso, sería tan esclarecedora como útil.

Debemos dejar claro, ante todo, que aquí no se pretende hacer crítica negativa, sino meramente crítica, sin adjetivo alguno.[1] No es necesario hablar aquí de la forma de proceder la naturaleza humana, ni menos aún de la medida en que los hechos sociales pueden afectar a su comportamiento (positiva o negativamente). Los hechos sociales sencillamente están ahí, con la posibilidad de influir, de una manera o de otra, en la psicología y en el comportamiento de los individuos.

Aclarado lo cual, ya podemos hablar de lo que parece ser un hecho social de gran transcendencia. Con lo que nos referimos a la circunstancia de que, tanto la esfera del parecer como la del aparecer, han adquirido tanta relevancia en el mundo moderno, incluido el ámbito de la Iglesia, como para afirmar su supremacía sobre la del ser. Que algunos confundan una bacía de barbero con el yelmo de Mambrino, o la albarda de un burro con un jaez de caballo, pueden ser hechos considerados como un mero acontecimiento cómico y burlesco que suscita la hilaridad. Lo extraordinario del caso, sin embargo, es que muchos de los sucesos normales de la moderna vida eclesial, por extraño que parezca, poseen la rara cualidad de ser vistos también como algo muy distinto de lo que en realidad son. Sólo que aquí la paridad no es exacta, en cuanto que ahora no se presentan con carácter de comicidad (al menos a primera vista, y salvo lo que vamos a decir ahora). No pocos de ellos configuran una parte importante de la sociología eclesial, pero sin que se pueda decir que han prescindido de un cierto carácter cómico a descubrir en su fondo. Por lo que más bien sería obligado hablar aquí de algo tragicómico. Sobre todo porque, desde el momento en que tales hechos se relacionan con frecuencia con elementos importantes de la vida de la Iglesia, producen consecuencias desastrosas en el común de los fieles. Ya desde muy antiguo lo trágico y lo ridículo convinieron en aparecer juntos en la tragicomedia, y de ahí el empleo intencionado del término que hemos utilizado, en cuanto que da paso al viejo y conocido aforismo de reír por no llorar.

El cambio de mentalidad de la Iglesia con respecto al teatro ha dado lugar a la aparición de un hecho social de enormes repercusiones, tal como hemos dicho. Y si volvemos a trazar ahora, a fin de entender mejor el problema, un resumen de la evolución histórica de la que hemos hablado, nos encontramos con una primera etapa de hostilidad, por parte de la Iglesia, y en la que todo parece indicar que existían razones sobradas para justificar tal animosidad. Aparece después un segundo período, ya bastante próximo a nosotros, en el que la Iglesia participa en el mundo de la farándula y en el que alternan las aprobaciones con las prohibiciones. Siguen después los años de calma más o menos real, que son los que dan paso al momento actual y que es justamente al que nos referimos.

Conviene que insistamos en que este último momento se caracteriza por una sorprendente peculiaridad. La Iglesia ha dado luz verde al teatro. Para lo que no ha tenido inconveniente en introducirlo en muchos de los aspectos que conforman el desenvolvimiento normal de su praxis diaria. Aunque con la particularidad de que no ha realizado tal cosa atendiendo a las formalidades de un pretendido acontecimiento artístico (lo cual no tendría sentido), sino como un elemento estructural de su intrínseca realidad. Para decirlo con palabras más claras aunque puedan sonar a extrañas, es un hecho que muchas actividades eclesiales, referentes al culto así como a la Pastoral en general, han adoptado, consciente o inconscientemente, una índole teatral. En la que ya no prima tanto la realidad del Misterio cuanto los sentimientos que se pretenden provocar en los fieles. La moderna Pastoral ya no se propone como principal objetivo el de fomentar y facilitar la acción del Espíritu Santo en la vida cristiana, sino que tiende más bien a suscitar sentimientos entre los fieles, por lo general de agrado y pasatiempo, y que prescinden de la realidad objetiva de su provecho espiritual.

Afirmación que puede sonar demasiado dura, en cuanto que supone admitir, como un fenómeno del momento, la paulatina desaparición de la realidad objetiva sobrenatural en favor de un mero sentimentalismo. Que a su vez, como ya puede suponerse, asienta sus bases en un puro subjetivismo individual.

Desde este punto de vista, muchos de los fenómenos que estructuran la moderna vida eclesial adquieren un sentido muy peculiar. Ahora ya no importa tanto el hecho de que el teatro refleje la vida ordinaria, con mayor o menor realismo y con moralidad o sin ella, puesto que es la praxis eclesial la que ha adoptado las pautas del teatro. De tal manera que la Pastoral ha dado entrada a la teatralidad en muchas de sus líneas de actuación.

 

4. Donde se aportan ejemplos que aclaran algunas de las afirmaciones hechas arriba,
y donde se continúa exponiendo la historia del "show" eclesial.

 

El Concilio Vaticano II, y el Papa Pablo VI que lo presidió en su mayor parte, introdujeron modificaciones de gran transcendencia en el ejercicio del culto eclesial.[2] La Liturgia en general fue dotada de gran capacidad de flexibilidad, quedando en buena medida al arbitrio y responsabilidad de los Obispos y de las Conferencias Episcopales. Ni el Papa ni el Concilio temieron afrontar los problemas que presumiblemente se iban a presentar, y que de hecho se presentaron.

En principio nada se puede objetar al hecho de que la Iglesia ejerza los derechos que le competen, tanto de gobierno como de magisterio, dentro de su ámbito propio y siempre que se cumplan las debidas condiciones.

Pero las legítimas modificaciones de normas disciplinares no eliminan la posibilidad de que surjan riesgos y problemas concomitantes; sobre todo cuando se trata de disposiciones que atañen a lo más íntimo y delicado de la vida de la Iglesia, tales como la Misa y la administración de los Sacramentos, y que además modifican de raíz procedimientos y modos de actuación varias veces seculares. Y nadie debe extrañarse del hecho de que determinadas acciones humanas, no sujetas a ningún tipo de infalibilidad, sean susceptibles de efectos que no son siempre los deseados. Determinadas actuaciones o decisiones pastorales quedan sujetas al albur de lo que pueda suceder, según el curso de los acontecimientos y el mayor o menor acierto del gobernante.[3] Es necesario reconocer, sin embargo, que en el caso presente la situación se hizo más complicada por el hecho de que, en no pocas ocasiones, los Obispos y las Conferencias Episcopales se excedieron en atribuciones y adoptaron determinaciones en modo alguno previstas ni deseadas por el Concilio Vaticano II. Si bien, puestos a juzgar con serenidad, también es necesario admitir que los abundantes abusos que se han venido produciendo, tanto por parte de algunas Conferencias Episcopales como de numerosos Obispos, adquieren su fundamento último en el mismo Concilio. El Discurso pronunciado en su Apertura por Juan XXIII, proclamando la apertura al Mundo por parte de la Iglesia, señala probablemente el final de una Era y el comienzo de una nueva Etapa que es, muy probablemente, la de los Ultimos Tiempos.

La sustitución del latín por las lenguas vernáculas, por ejemplo, parecía que abría un ancho campo a la participación de los fieles en el Culto y muy particularmente en la Misa. Aunque en realidad fue un espejismo de trágicas consecuencias.

Por desgracia, como hemos dicho arriba, también hicieron acto de presencia los problemas colaterales. Es realmente difícil que muchas acciones humanas, pese a estar animadas por las mejores y más nobles intenciones, produzcan siempre efectos beneficiosos en estado puro. Es cierto que, aunque a menudo se tienda a pensar que las cosas son sencillas y claras, es imposible evitar que al final acabe por aparecer el temido fantasma de los inconvenientes. Una realidad que no exime, a quien corresponda, del derecho y del deber de tomar las decisiones que considere convenientes; aunque sí que obliga a ponderar con cuidado las circunstancias y a considerar las posibles eventualidades.

El uso de las lenguas vernáculas también dio lugar a la aparición de serios inconvenientes. Como el problema de las traducciones de los libros litúrgicos, por ejemplo. Las normas exigían que las diversas traslaciones de los textos fueran aprobadas por las correspondientes Conferencias Episcopales, y en su caso por el Vaticano. Lo cual fue un precepto imposible de cumplir, como fácilmente se puede comprender. Las lenguas y dialectos existentes en el mundo se cuentan por bastantes millares, por lo que no hay posibilidad alguna de que el Vaticano cuente con expertos para conocerlos todos. Y de ahí que los grandes Maestros de los tratados clásicos sobre el tema De Legibus, como Santo Tomás, Suárez, Vitoria y otros, exigieran siempre, como condición esencial de una ley, la posibilidad de su cumplimiento.

La experiencia de los años ha demostrado que los resultados han sido en gran medida deplorables, puesto que fue necesario abandonar las traducciones al arbitrio de personas o Instituciones que, además de su incompetencia, no fueron conscientes de la seriedad e importancia de la tarea. Así es como se hicieron posibles la arbitrariedad, la inventiva, la traducción errónea de los textos e incluso su manipulación; además de la extraordinaria profusión de ministros lectores que a menudo confundían su oficio con la actuación de los actores en la escena. 

Hoy día, pasados más de cincuenta años, resulta difícil juzgar con buenismo el problema de las lenguas vernáculas introducidas en la Liturgia. Suponer ahora, con las nuevas aportaciones históricas y a vista de las consecuencias producidas, que los organizadores del cambio, con la abundancia de medios y conocimientos que poseían no pudieron prever los resultados, supondría dormirse en la ingenuidad. Evidentemente hubo algo más.

Realmente la introducción del teatro ha supuesto en la Liturgia de la Iglesia un tremendo desastre para la vida de los fieles. Fue el Papa Juan Pablo II, el cual, aunque modesto, ya había sido histrión en su juventud, el primero que comenzó a introducirlo como espectáculo de masas en las funciones litúrgicas de sus numeros viajes. Donde todo parecía girar en torno a la búsqueda del entretenimiento y disfrute del público más bien que en el de su aprovechamiento espiritual.[4]

Bajo el Papa Francisco la influencia del teatro en la Liturgia ha alcanzado su punto más alto. En una posible rememoracion de las danzas de la comedia griega, el espectáculo de los Obispos con ornamentos sagrados, bailando con monjas y laicos en las Jornadas Mundiales de la Juventud en Brasil y Cracovia, ha estado dando la vuelta al mundo. La sublime grandeza del teatro griego reaparece ahora en la Nueva Iglesia, aunque en la forma inédita hasta ahora de descomunal ridículo.

(Continuará)


[1] El sustantivo crítica no tiene primariamente un sentido peyorativo. Su significado más propio es el de juzgar y evaluar las cosas (ordinariamente para que mejoren). María Moliner, en su Diccionario, lo califica en su primer y más importante significado como la expresión de un juicio sobre algo; sencillamente y sin más.

[2] Constitución Sacrosanctum Concilium.

[3] Siempre se podría preguntar, a manera de juicios de valor meramente histórico, acerca del éxito o del desacierto de los viajes de los Papas a Cuba a fin de visitar al dictador Fidel Castro. Por ejemplo. Es evidente que son muchas las actuaciones pastorales a lo largo de la Historia que nada tienen que ver con el auténtico Magisterio.

[4] Modernamente existen historiadores que se han planteado el problema de la necesidad de elaborar un estudio que haga balance acerca de la utilidad espiritual que aportaron a la Iglesia tales viajes.