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El Yelmo de Mambrino (1)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

1. De cómo se puede hacer para que lo blanco parezca negro y viceversa.[1]

 

Los objetos que se ofrecen a nuestro conocimiento, o los sucesos de los que nos apercibimos, no siempre son lo que parecen ni siempre parecen lo que son. Lo cual ocurre a menudo por la simple naturalidad de las cosas, para cuyo conocimiento hemos de contar con las limitaciones de nuestro entendimiento y de nuestra capacidad de percepción. Vemos algo determinado, lo consideramos, lo clasificamos y lo encasillamos; pero sucede con frecuencia que nos equivocamos en nuestra estimación, sencillamente y sin más.

Tampoco es raro que el engaño se produzca a causa de nuestras propias estupideces, que parecen poseer cierta tendencia a sumarse a nuestra de por sí escasa capacidad intelectiva.

Pero el error en nuestras apreciaciones no siempre proviene exclusivamente de las limitaciones o defectos personales que afectan a nuestras capacidades perceptivas e intelectivas. De hecho también puede ser causado por algún agente exterior ajeno a nosotros. Y por extraño que parezca, esta fuente de confusión es la que interviene con mayor frecuencia en nuestra vida.

Sea como fuere, sin embargo, muchos de los que son engañados han puesto previamente algo por su propia cuenta, aunque en grado suficiente para hacerlos más o menos culpables del error. Pues el que obra según la verdad, viene a la luz.[2] No parece exagerado decir que ser víctima del engaño supone en muchos casos una cierta complicidad con la mentira. Para un cristiano, por ejemplo, la fidelidad a la Palabra de su Señor lleva consigo la garantía de alcanzar el conocimiento de la verdad; para llegar desde ahí a la consiguiente y auténtica liberación (Jn 8: 31–32).

Pero no siempre el error es imputable a la víctima. Forzoso es reconocer que, en no pocas ocasiones, resultaría difícil precisar la posible culpabilidad de la víctima del engaño. Y aún más todavía el grado de imputabilidad en que incurre quien confunde culpablemente lo blanco con lo negro, o viceversa. ¿Se trata de culpabilidad, de necedad, de locura, o de simple ingenuidad...? ¿Quién es capaz de apreciar los grados de debilidad cognoscitiva o tal vez de locura, con culpabilidad o sin ella, a los que puede llegar la naturaleza humana? Don Quijote, por ejemplo, estaba obstinadamente convencido de que la bacía robada al barbero (conquistada en buena lid, según su propio punto de vista) era nada menos que el yelmo de Mambrino; e igualmente también, que la albarda del burro del fígaro (también convertida en objeto de trofeo) era un jaez de caballo. Si bien hay que reconocer que, aunque de mal grado, don Quijote estaba dispuesto a ceder en este último punto:

 

... Cuando el demonio, que no duerme, ordenó que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero a quien don Quijote quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno, que trocó con los del suyo;... y se atrevió a arremeter a Sancho, diciendo:

—¡Ah don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos mis aparejos que me robastes...!

Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien se defendía y ofendía su escudero, y túvole desde allí adelante por hombre de pro, y propuso en su corazón de armalle caballero en la primera ocasión que se le ofreciese, por parecerle que sería en él bien empleada la orden de la caballería. Entre otras cosas que el barbero decía en el discurso de la pendencia, vino a decir:

—Señores, así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y así la conozco como si la hubiera parido; y ahí está mi asno en el establo, que no me dejará mentir; si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yo quedaré por infame. Y hay más: que el mismo día que ella se me quitó, me quitaron también una bacía de azófar nueva, que no se había estrenado, que era señora de un escudo.

Aquí no se pudo contener don Quijote, sin responder, y poniéndose entre los dos y apartándoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de manifiesto hasta que la verdad se aclarase, dijo:

—¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que está este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo de Mambrino, el cual se le quité yo en buena guerra, y me hice señor dél con ligítima y lícita posesión! En lo del albarda no me entremeto; que lo que en ello sabré decir es que mi escudero Sancho me pidió licencia para quitar los jaeces del caballo de este vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo; yo se la di, y él los tomó, y de haberse convertido de jaez en albarda, no sabré dar otra razón si no es la ordinaria: que como esas transformaciones se ven en los sucesos de la caballería; para confirmación de lo cual corre, Sancho hijo, y saca aquí el yelmo que este hombre dice ser bacía.

—¡Pardiez, señor —dijo Sancho—, si no tenemos otra prueba de nuestra intención que la que vuestra merced dice, tan bacía es el yelmo de Malino como el jaez de este buen hombre albarda!

—Haz lo que te mando —replicó don Quijote—; que no todas las cosas deste castillo han de ser guiadas por encantamento...

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:

—Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio, y tengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco muy bien de todos los instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menos fui un tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo, y qué es morrión, y celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a los géneros de armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer, remitiéndome siempre al mejor entendimiento, que esta pieza que está aquí delante y que este buen señor tiene en las manos, no sólo no es bacía de barbero, pero está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negro y la verdad de la mentira; también digo que éste, aunque es yelmo, no es yelmo entero.[3]

 

De manera que, tal como se desprende de este divertido episodio que describe Cervantes, hay gente que, al igual que don Quijote, es capaz de convencerse plenamente de que una bacía de barbero no es otra cosa que el legendario e imaginario yelmo de Mambrino. Ya no tan segura, en cambio, de que la albarda del jumento sea un jaez de caballo; porque bien puede haber sucedido, a su parecer, que el cambio se deba a algún maligno encantamiento de los que se han visto suceder en el castillo de marras que los aloja. Aquí dejamos para otra ocasión el intento de determinar el grado de culpabilidad (aunque en realidad parece que ninguno) que pudiera haber existido en don Quijote. En cambio sí que habremos de incluir a la gran multitud de ingenuos, locos, semilocos y tantos engañados como existen en el mundo.[4]

Otros, por el contrario, sabían que la albarda del burro era efectivamente una albarda, y no un jaez de caballo; y dígase lo mismo del yelmo de Mambrino. Pero debido a la conveniencia de las circunstancias, estarían dispuestos a aceptar la falsedad de la situación como si fuera realidad; lo cual, por otra parte, les convenía, en cuanto que les proporcionaba una cierta seguridad (entiéndase ausencia de problemas) además de mejoras. Dicho de otra manera, son éstos los que estarían dispuestos a admitir como cierta y real una situación acerca de cuya falsedad preferirían no pensar. Se trata de estar con el que manda y puede, cuya palabra es más decisiva que la verdad; lo cual es para ellos tan seguro como el hecho de no buscarse complicaciones indagando acerca de veracidades:

 

En eso no hay duda —dijo a esta sazón Sancho—; porque desde que mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.[5]

 

Martín de Riquer anota que la palabra baciyelmo fue inventada socarronamente por Sancho para no contradecir a don Quijote, el cual creía que se trataba de un yelmo; y también para no traicionar su propia opinión, puesto que sabía que en realidad era una bacía de barbero. Es evidente que con esta ambigüedad Sancho salvaba su propia situación ante su señor..., al tiempo que procuraba no oír la voz de su conciencia que trataba (casi inútilmente) de imponerse. Estoy enteramente de acuerdo; aunque ya no tanto con Martín de Riquer en cuanto a que la actitud del escudero estuviera animada por una pura socarronería.

Aquí podríamos traer a colación como curiosidad histórica el hecho de que, durante el año 2004, el Gobierno socialista español, ateo y sectario, buscó el consentimiento de los ciudadanos para aprobar en referéndum el Proyecto de Constitución Europea. Para lo cual no vaciló en agotar todos los medios de propaganda, como el de hacer popular un eslogan, difundido a todas horas por todos los medios de comunicación, según el cual no era necesario para nada leer el texto del Proyecto (por otra parte bastante farragoso, aunque este detalle se ocultaba), y sí solamente atender al pensamiento de los que saben y entienden (sin especificar nombres, por supuesto), que ya lo daban por aprobado y bueno, según los esbirros y portavoces del Gobierno. Como se sabe, el Pueblo español, de antigua y reconocida raigambre cristiana ahora desaparecida, aprobó sin más el texto de una Constitución masónica y anticristiana; sin necesidad de buscarse las complicaciones que hubieran supuesto su lectura y, por supuesto, la enemiga del Gobierno.

Pero la actividad de fomentar errores entre la gente (engañarla), haciendo aparecer lo blanco como negro y viceversa con plena conciencia de la maniobra, es por desgracia bastante frecuente. Fue la actitud adoptada por el barbero convecino de don Quijote con respecto a su sufrido y agraviado colega:

 

Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el humor de don Quijote,[6] quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla para que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero...

 

En esta ocasión para seguir adelante con la burla. Aunque también hay quien hace lo mismo para evitar problemas o prevenir nuevas complicaciones; hasta pagando si fuera necesario, como fue el caso del cura de nuestro don Quijote:

 

... Y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el cura, a socapa y sin que don Quijote lo entendiese,[7] le dio por la bacía ocho reales, y el barbero le hizo una cédula del recibo, y de no llamarse a engaño por entonces, ni por siempre jamás amén.[8]

 

E incluso en otras ocasiones, que es lo más frecuente, con plena malicia y entera voluntad de perseguir ocultos intereses. Los cuales siempre conducen a la manipulación de la gente para hacerla pensar, decir o hacer, lo que desea el Sistema o los aprovechados del momento. Y la gente, bien por maldad, por debilidad, y aun a veces por pura ingenuidad, se deja fácilmente conducir y así acaba por prevalecer el engaño:

 

Finalmente el rumor se apaciguó por entonces, la albarda se quedó por jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.[9]

 

En la imaginación de don Quijote en este caso, o en la imaginación de la gente en tantos otros, según el negocio de que se trate. Prescindamos por el momento del evidente y jocundo humor cervantino; aunque sin dejar de recordar que la facultad de reír, además de ser exclusiva y una de las que diferencian al ser humano de los irracionales, es también uno de sus estados anímicos más misteriosos y difíciles de explicar. Si bien con frecuencia es un sentimiento de reacción ante la comicidad o el ridículo, también puede aparecer como un estado de defensa ante lo trágico: No sé si reír o llorar, por ejemplo, es una expresión que se escucha a menudo. Y en efecto, puesto que no es raro que suceda que ante lo horrible e inusitado de situaciones que asustan, el ser humano se escude en sentimientos que tratan de disimularlas, de apartarlas de la mente, o de darles al menos otro matiz que, aunque suele apreciarse como falso, alivia o diluye el sentimiento de tener que aceptarlas como son. Es sin duda alguna la ambivalencia de la risa, que también a veces sirve para disimular, para justificar, para olvidar, o para apartar ideas del pensamiento y de las que no se desea ni el recuerdo:

 

Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa.[10]

 

Por supuesto que lo que viene a significar el adjetivo tragicómico posee más actualidad de lo que parece. Porque lo trágico, cuando es consecuencia de una situación deliberadamente buscada y aceptada, aparece siempre asociado con lo ridículo; por más que pueda no parecerlo. Que es justamente lo que explica que la angustiada y trágica sociedad postcristiana del siglo veintiuno, que ha rechazado a Dios de manera tan absoluta, aparezca al mismo tiempo como el espectáculo del conglomerado humano más cómico y burlesco que ha conocido la historia del Mundo. San Pablo ya lo había hecho notar aludiendo sobre todo a sus posibles consecuencias trágicas: No os engañéis: de Dios nadie se burla,[11] mientras que su cariz ridículo ya había sido señalado antes por el Salmista: El que está sentado en los cielos se ríe de ellos.[12] En definitiva, tanto es así que puede decirse que estamos ante una sociedad que se ha dado a vivir enteramente en la Farsa y de la Farsa; como vamos a tratar de mostrar de inmediato.

Por supuesto que mientras se trate de confundir bacías de barbero con el yelmo de Mambrino, o albardas de burro con arreos de caballo, la cosa no tiene más transcendencia. Unos dan rienda suelta a su locura, inofensiva en este caso, y otros se divierten sin más.[13] Pero el horizonte se vuelve más sombrío cuando las transformaciones tienen lugar en cosas de más importancia, dando lugar a errores y apreciaciones equivocadas de mucho más bulto, que incluso afectan a los individuos y a las sociedades en temas vitales que también tienen que ver con el significado y el sentido de la existencia humana.

Por supuesto que no hablamos aquí de casos aislados, raros o extemporáneos. Ojalá fuera así. Porque los encantamentos que influyen sobre la sociedad moderna son tantos, y con tan enorme capacidad de manejo y manipulación, que han hecho de la humanidad de nuestro tiempo un Guiñol universal en el que, hasta los mismos que mueven los hilos de las marionetas, forman parte de la Farsa.[14] Si el Demonio es el Padre de la Mentira (Jn 8:44), también es cierto que es el Príncipe de este Mundo (Jn 12:31); y de ahí que haya logrado hacer de él un gigantesco Teatro en el que los hombres, mediante los apropiados disfraces, representan y tratan de parecer lo que no son y de ocultar lo que son.

El Diablo no siempre dice la mentira y solamente la mentira. Algunas veces, si bien que raras, también dice la verdad cuando le conviene. Cuando, por ejemplo, en el desierto tienta a Jesucristo y le ofrece todas las glorias del mundo (que se atribuye como suyas), con tal de que le preste adoración, no anda lejos de la verdad. Por eso sería interesante que los cristianos prestaran más atención a la lectura del Evangelio.

 (Continuará)


[1] Primera entrega de una serie tomada del libro Esperando a Don Quijote, Alfonso Gálvez, Shoreless Lake Press, New Jersey, 2007, capítulo El Yelmo de Mambrino, pags. 229 y ss.

[2] Jn 3:21.

[3] Quijote, I, 44–45.

[4] Para el Eclesiastés (1:5), stultorum numerus infinitus est, tal como lo expone la Vulgata. Aunque en la Neovulgata el texto haya desaparecido, por exigencias seguramente de la crítica textual exegética. Por más que algunos se empeñan en decir que, al fin y al cabo, una verdad tan patente y tan comprobada cada día no necesita ser objeto de Revelación. Después de todo hay que reconocer que la discusión del problema sería intranscendente. A lo más, quizá valga la pena notar que el término stultus se puede traducir igualmente por necio o por tonto. En la sociedad moderna que ha prescindido de Dios sería difícil determinar, de manera siquiera aproximada, los diferentes grados de necedad, de imbecilidad o de locura de los que está compuesta la atmósfera en la que vive. Sea como fuere, el hecho de que las cosas sean así es un plato servido en bandeja para los aprovechados del momento.

[5] Quijote, I, 44.

[6] Es evidente que la expresión ha de entenderse aquí como estado de ánimo; y no en el sentido de situación de jovialidad o alegría.

[7] Sin que don Quijote se enterara.

[8] Quijote, I, 46.

[9] Quijote, I, 45.

[10] Jacinto Benavente, Los Intereses Creados, Prólogo.

[11] Ga 6:7.

[12] Sal 2:4.

[13] Se ha escrito mucho (y se seguirá haciendo) acerca de la filosofía del Quijote y de las intenciones de Cervantes al escribir su libro inmortal. Y debe reconocerse que el tema y la importancia de la obra lo merecen y lo justifican. Pero prescindiendo de lo que se concluya en tales consideraciones (las cuales no son de este lugar), es evidente que el Quijote es también una novela de humor. El problema de los libros de caballerías sería importante en su tiempo y digno de ser abordado para acabar con él. Pero no creo que hiciera caer en la locura a mucha gente, además de Alonso Quijano el Bueno, ni que fueran muchos los que abordaran el asunto con excesiva preocupación; como lo prueba el mismo hecho de la hilaridad con la que siempre han sido abordados los dos héroes del libro y sus jocosas aventuras. Si Cervantes hubiera vivido en nuestro tiempo, es probable que hubiera encontrado temas mucho más graves y preocupantes, al mismo tiempo que también más chuscos y sorprendentes, a los que hacer objeto de su aguda ironía.

[14] Los medios para la manipulación de las masas son hoy, gracias a los avances de la técnica, más numerosos y eficaces que nunca.