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O amor a Dios o amor al hombre

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El hombre fue hecho para amar y, por supuesto, para ser amado, dado que el amor supone siempre la reciprocidad.

Para amar a Dios en primer lugar. Pero también a sí mismo, a su prójimo e incluso a todas las cosas de la creación. Aunque la clave de la cuestión está en el grado de intensidad del amor y en el orden en el que se otorga.

El amor a Dios no excluye el amor a todas las cosas y a las demás personas. Muy al contrario, y solamente requiere regular su fuerza de intensidad y su aplicación en el debido orden, como acabamos de decir.

Lo que sí requiere el amor a Dios es que sea sobre todo y por encima de todo. No se ponen límites al amor a las otras personas o a las cosas que componen el universo de la Creación, con tal que se ame a Dios más que a todas ellas y por encima de todas ellas:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el primer y el mayor mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.[1]

De manera que a Dios se debe amar con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Según San Lucas con todas tus fuerzas (10:27). El segundo mandamiento, que es solamente semejante al primero, dice que el prójimo debe ser amado como a uno mismo. De donde, como puede verse, la diferencia es esencial.

No se puede amar a ninguna criatura en el mismo grado y en la misma intensidad que a Dios. Lo contrario no tendría sentido alguno, puesto que la fuente y el origen de todo amor es Dios, que incluso San Juan identifica con el mismo Amor (1 Jn 4:8).

Pues solamente Dios es digno de ser amado por encima de todo y sobre todo, e incluso sobre uno mismo. Y no se puede amar a las criaturas del mismo modo, como ya se ha dicho: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.[2] Incluso Jesucristo especifica más: Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.[3]

Bien entendido que no se trata de odiar a nadie, y menos aún a los seres más queridos (próximos). Jesucristo no abolió ninguno de los mandamientos, y por supuesto tampoco el cuarto. Además inculca el amor al prójimo, como hemos visto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo... Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros. Incluso prescribe solemnemente el amor a los enemigos (Mt 5:44; Lc 6:27; 6:35.) Se trata simplemente de formas de hablar, como hace cualquier hombre en la conversación ordinaria y el mismo Jesucristo en ocasiones (Mt 5: 29–30; 18: 8–9, etc.). Se trata simplemente en este caso de poner énfasis en el modo y en el grado de intensidad de amar a Dios.

El amor a Dios no excluye el amor a las criaturas, las cuales son al fin y al cabo hechura de Dios: Y vio Dios que era bueno todo cuanto había hecho.[4] Enteramente dignas de ser amadas como reflejo que son de su bondad y de su belleza. En la Espiritualidad Cristiana nadie lo ha reconocido y proclamado mejor que la Mística, que si unas veces se ha limitado a cantar la belleza y bondad de todas las criaturas como exponentes de la gloria de Dios, otras en cambio ha preferido subrayar la supremacía del amor divino o del amor divino–humano sobre el que es meramente humano. Un ejemplo de lo primero puede verse en la siguiente estrofa de San Juan de la Cruz:

 

Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.[5]

 

O bien un ejemplo de lo segundo:

 
Me pediste te hablara de las cosas
las cuatro para mí las más hermosas.
Pues bien, hélas aquí, mi bien Amado,
en un ritmo ascendente elaborado:
 
El silencio de bosque en el estío,
el suave borbotar del manso río,
las matinales gotas del rocío...
 
 
¿La más bella de todas, mi Adorado...?
El timbre de tu voz de enamorado.[6] 
 

Para el cristiano, el amor de Dios se concreta en la Persona de Jesucristo. Que es para él su misma vida, según lo afirmaba San Pablo (Col 3:4) en una expresión que nada tiene que ver con el lenguaje metafórico y cuya realidad cobra sentido en las palabras del mismo Jesucristo: Yo soy la Vida.[7] Lo cual supone que la existencia de un cristiano queda como perdida (abscondita)[8] en Jesucristo: Quien pierda su vida por mí, la encontrará,[9] en un verdadero intercambio de vidas en el que, permaneciendo intacta la propia personalidad, cada uno vive la vida del otro: Vivo, pero ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.[10]

Tal es en resumen el programa que Dios, a través de la Encarnación de su Hijo, ofreció a los hombres.

Otra cosa es la respuesta que los hombres han dado a ese ofrecimiento. Aun sin considerar la situación de apostasía general que actualmente está viviendo la Iglesia (con sus Jerarquías a la cabeza), lo normal en el mejor de los casos es que la existencia cristiana no sobrepase el nivel de la mediocridad. Todo el mundo está de acuerdo en que la santidad queda reservada solamente a los santos, mientras que la vida mística es considerada un fenómeno propio de un reducido número de cristianos fuera de serie (un eufemismo para no decir fuera de la realidad). Miradas las cosas, sin embargo, con penoso realismo —penoso, pero realismo—, la situación en la que vive la Humanidad hoy día es la de un absoluto paganismo.

¿Qué sucede cuando los hombres rechazan en totalidad el amor de Dios? Si tenemos en cuenta que el hombre, tal como está constituida su naturaleza, no puede prescindir del amor... Y que el amor propiamente sólo puede darse entre personas (el amor a las cosas, ordenado o desordenado, no es amor sino en un sentido impropio), la respuesta ineludible en tal caso es que el objeto del amor para el hombre es solamente el hombre.

En este caso, se trata del amor de cada uno de los dos sexos hacia el otro sexo (heterosexualidad), o del amor de cada uno de los sexos hacia el mismo sexo (homosexualidad, en sus dos formas de sodomía y lesbianismo).

Como cualquiera puede entender, aquí hablamos de lo que sucede a la generalidad, que en realidad viene a estar constituida por la mayor parte de los hombres que integran la Sociedad moderna. Pero que es una globalidad tan numerosa y extendida que bien se puede hablar de una verdadera enfermedad (mortal, por supuesto) de toda la Humanidad.

Para seguir un cierto orden que en otras épocas se hubiera considerado lógico, hablaremos en primer lugar de la heterosexualidad para dirigir después la atención hacia la homosexualidad.

Hecha la advertencia, lo primero que hay que decir con respecto a la heterosexualidad (la forma normal de llevar a cabo el amor y de practicar el sexo desde que el hombre es hombre), considerada en términos de estadística, es que el número de sus adeptos retrocede cada día con respecto a la homosexualidad. Si se considera a esta última como una verdadera anormalidad (por decir lo menos), el hecho puede compararse al de un tumor maligno que se extiende paulatina pero inexorablemente en un organismo humano.

Considerar exagerada la afirmación de que en el mundo actual la heterosexualidad se ha convertido en mero sexo, en el más burdo sentido de la expresión, sería desconocer (o ignorar voluntariamente) que la sociedad postcristiana del siglo XXI, absolutamente paganizada, ha convertido el sexo en el elemento principal de su existencia, abarcando todos los órdenes de la vida y del pensamiento. El cine, el teatro, la televisión, la prensa, las salas de fiestas (término genérico que puede incluir desde burdeles declarados hasta discotecas, gimnasios, salas de masajes, casas de citas, etc.), los videojuegos, los móviles como vehículos del porno, el universo de facilidades pornográficas de Internet, la enseñanza en las escuelas (ya obligatoria), las asambleas y jornadas de juventud, las conversaciones de bar (donde alternan mitad y mitad con el fútbol), etc., etc.

El primero y más grave de los problemas que plantea la heterosexualidad, cuando queda reducida a mero sexo, es que degrada y profana la sublime grandeza de la unión carnal del hombre y la mujer, llevada a cabo en la unión conyugal bendecida por Dios en el matrimonio, la cual expresa el mutuo amor entre los esposos a la vez que procura el cumplimiento de su fin principal cual es la procreación de los hijos.

Otro problema que plantea la heterosexualidad convertida en nada más que sexo (aparte de las connotaciones que pueda merecer desde el punto de vista cristiano), es que cada una de las dos personas que la practican queda convertida para la otra en una simple cosa o un mero instrumento de placer. Con lo que ambas pierden simultáneamente su condición de persona para convertirse en cosa.

El hecho de que nadie hable de la gravedad de un problema no lo exime de su importancia. Si alguien piensa que la dignidad de una persona humana no queda rebajada, humillada y vilipendiada al convertirse en simple cosa, es que está ciego o no quiere ver. Se podría pensar, con razón, en la imposibilidad de bocabajear y envilecer más a la naturaleza humana de no ser por la homosexualidad, que acude a la liza para degradarla más.

¿Y cómo se puede llamar amor a los sentimientos que una persona experimenta hacia otra a la cual considera como una mera cosa para su propia delectación o godeo?

Por lo que hace a la homosexualidad (en sus dos formas de sodomía y lesbianismo), el problema se hace más grave.

La razón de lo cual se explica (prescindiendo nuevamente de connotaciones que podrían hacerse desde el punto de vista cristiano) porque, si bien coincide con la heterosexualidad en considerar a la otra parte de la relación como un mero instrumento o una simple cosa para procurarse placer, pero aquí el instrumento no es un mero utensilio para realizar algo que se considera útil o conveniente. Porque aquí la herramienta o instrumento utilizado es algo enteramente degradante, tal como pueden serlo un condón o un aparato para masturbarse. Y si alguien considera exagerada o fuera de tono la comparación, que piense si la misma forma de practicar el coito anal no merece idéntica calificación.

En definitiva, el problema principal que aquí se plantea, causa de todos los demás, no es otro sino que el concepto del amor ha sido borrado por completo del acervo de tesoros (y éste como el principal de todos) que poseía la actual Humanidad y que le habían sido otorgados por Dios. Que la misma Iglesia ha sido cómplice de tamaña desgracia lo prueba el hecho de haber admitido el divorcio como hecho normal, contraviniendo la misma Ley divina de la indisolubilidad del matrimonio. Cuando las cosas han llegado a ese punto, estamos ante una señal clara de que se aproxima el Final.


[1] Mt 22: 37–39.

[2] Mt 10:37.

[3] Lc 14:26.

[4] Ge 1:31.

[5] San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual.

[6] Alfonso Gálvez, Cantos del Final del Camino, n. 98.

[7] Jn 14:6; 6:56, etc.

[8] Col 3:3.

[9] Mt 10:39.

[10] Ga 2:20.