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Ciudades hermanadas: Sodoma - Madrid

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

La Historia es Maestra de la Vida es una frase contenida en uno de los tratados de Cicerón de donde, a lo largo de la Historia, pasó a formar parte del acervo cultural de la Humanidad. La frase ha corrido un destino semejante al de esos libros llamativos colocados en un lugar visible de la biblioteca a fin de ser vistos por los visitantes, pero a los cuales nadie lee nunca. Tal como sucede con la observación de Cicerón, que ha sido reconocida por todos por su exactitud y agudeza pero a la que pocas veces se ha visto que alguien eche mano de ella para obtener lecciones. El Papa Juan XXIII, evocando seguramente la intuición ciceroniana, escribió una Encíclica referida a la Iglesia a la que puso el nombre de Mater et Magistra, la cual fue escrita oportunamente en el momento justo en el que la Iglesia dejaba de ser a la vez Madre y Maestra.

 Una vez que ha sido reconocida la oportunidad y la ingeniosidad de la frase, no tiene nada de particular que alguien trate de aplicarla a diversas situaciones de la Historia en las que se dan circunstancias semejantes. Como sucede precisamente con las ciudades de Sodoma y Madrid. Aunque advertimos de antemano que nadie tiene porqué llamarse a escándalo. Pues, si bien es cierto que Sodoma es una Ciudad ya bastante antigua: se le atribuyen varios miles de años y la historia de su destrucción está narrada en los capítulos 18 y 19 del Génesis. Pero aquí no aludimos ahora a su destrucción por un castigo divino, sino a la situación en la que se encontraba anteriormente a ese suceso. La cual nadie podrá negar que es bastante similar a la situación actual de la ciudad de Madrid.

 Aunque es seguro que serán muchos los que protesten y digan lo contrario, es muy difícil negar que la equiparación entre ambas ciudades —Sodoma y Madrid— es sobradamente justa. Madrid es una ciudad de algo más de tres millones de habitantes,[1] mientras que el desfile del Orgullo Gay, celebrado el pasado día tres de este mismo mes, reunió a un millón de partidarios o integrantes del Orgullo. Donde es preciso reconocer que un tercio de los habitantes de la ciudad es una cifra más que considerable. Más aún si se tiene en cuenta que iban capitaneados por la alcaldesa de la ciudad y sus principales representantes, además de encabezados por todos los partidos políticos con carrozas incluidas; a excepción de uno de ellos, todo hay que decirlo, el cual había sido castigado a no asistir al desfile por el Orgullo y dando lugar a que hiciera un bonito papel con sus llantos, berridos y humildes súplicas con los cuales se arrastró para implorar que se le permitiera asistir. También es de notar que el evento fue aplaudido y jaleado por toda la prensa nacional, cuya casi totalidad tiene su sede precisamente en Madrid. Ni tampoco es de olvidar el silencio y la pasividad de toda la población madrileña, con respecto a la cual no se conoce ninguna protesta que al menos haya sido proclamada en voz alta.

 Según la narración del Génesis, Dios se hubiera conformado con la existencia al menos de diez justos en la ciudad de Sodoma para no castigarla. Los cuales por lo visto tampoco fueron hallados, y de ahí el castigo. Por supuesto que sería altamente injusto y falso suponer que todos los habitantes varones de Madrid fueran sodomitas y todas las mujeres lesbianas. Cosa más que sabida y que siempre se tiene en cuenta cuando se trata de calificar a una ciudad. Que Ginebra sea considerada la ciudad de Calvino no quiere decir que todos sus habitantes sean o hayan sido calvinistas; como el hecho de que Detroit sea considerada la ciudad del motor no quiere decir que todos los que habitan en ella sean automovilistas o tengan algo que ver con las grandes compañías General Motors, la Ford o la Chrysler; y algo se podría decir de Chicago, la ciudad de Al Capone, lo que de ningún modo significa que sus habitantes participen de algún modo del gansterismo.

 Sutilezas aparte y puestos a hablar en serio, es imposible dejar de reconocer que un millón de participantes, conducidos y animados por sus autoridades, impulsados y encabezados por todos los partidos políticos, con la promesa oficial de que en el año próximo Madrid será declarada la Capital Mundial del Orgullo Gay, a lo que hay que sumar la pasividad y el silencio del resto de la población..., es un acontecimiento que debe ser considerado seriamente.

 Sin embargo, por lo que hace concretamente al silencio, no dejan de aparecer algunos problemas que quizá convenga solucionar. Ante todo hay que tener en cuenta que el silencio, que parece ser una realidad en los espacios siderales, no existe como tal en la convivencia humana. Se suele decir, por ejemplo y no sin cierta razón, que el silencio es un suceso que tiene por virtud quedar roto en el momento mismo en el que se habla de él. Y en efecto, puesto que es enteramente cierto que entre los humanos el silencio habla por sí solo, ya que siempre es expresivo de una manera o de otra. Por poner un caso concreto a considerar, es un hecho que ante los actos celebrados con motivo del Orgullo Gay ha parecido bastante elocuente el silencio de las Autoridades eclesiásticas diocesanas y, sobre todo, el de la Conferencia Episcopal. En cuanto a las primeras, algunos han querido ver una explicación de la actitud silenciosa adoptada por el Arzobispo. Pues después de haber afirmado el Prelado, a propósito de unas declaraciones del Cardenal de Valencia en contra de los homosexuales, que el Cardenal tenía derecho a sostener lo que él piensa con respecto a su Diócesis, algunos se han sentido movidos a decir, de modo enteramente injustificado, que tales declaraciones respondían a que el Arzobispo pensaba otra cosa con respecto a la suya.

 Lo que prueba que el silencio como tal tropieza con el hecho indiscutible de que siempre es interpretado, de una forma o de otra. Los antiguos filósofos y moralistas solían utilizar un adagio, valedero tanto en Derecho como en Moral, según el cual qui tacet consentire videtur. Que significa algo así como quien calla parece estar de acuerdo, y que el lenguaje popular expresa en forma más llana diciendo que quien calla otorga. El mismo Derecho moderno concede valor a lo que llama el silencio administrativo; y así sucesivamente.

 Una prueba de que el silencio como tal no existe en la convivencia humana lo tenemos en la misma actitud de la Iglesia ante la doctrina de los homosexuales. A una primera y tradicional actitud de repulsa contra la homosexualidad, que era un rechazo que se decía conforme con la Ley divina, las corrientes progresistas introdujeron la nueva actitud del silencio..., a la cual ha seguido, ya en la actualidad, la del arrodillamiento y la petición de perdón. Los antiguos católicos se hubieran escandalizado, o mejor no lo hubieran creído en modo alguno, que la Iglesia llegara a pedir perdón por haber combatido a la homosexualidad, e incluso a perseguir a sus propios ministros que se oponen a ella. Sin embargo tales son los hechos.[2]

 Y es que, como prueban la sociología y la psicología, el silencio en el trato entre los hombres no es sino otra forma de expresión que incluso a veces es más elocuente que el habla. De ahí el fenómeno actual de la postura de arrodillamiento, puesto que el ser humano está obligado, lo quiera o no, a permanecer en actitud genuflexa como criatura que es: cuando se niega a estarlo ante Dios, acaba necesariamente postrándose ante el Diablo. Como puede verse probado en el quehacer diario de la vida humana, en la que los hombres que renegaron de Dios terminaron siempre adorando a otros dioses baales. Incluso dentro de la misma Iglesia puede observarse el fenómeno: la Iglesia del culto al hombre, que es la que ha suplantado a la Iglesia del culto a Dios, después de haber perdido la fe en la Presencia real eucarística se niega a arrodillarse ante la Eucaristía en las funciones del culto, como puede comprobarse tanto en las actitudes de las Altas Jerarquías como en las de los mismos fieles en la Misa. Lo que viene a ser en último término, se diga o no se diga, una postura de postración ante el Diablo.

 El triunfalismo del Orgullo Gay tropieza sin embargo todavía con otros importantes problemas. Las personas homosexuales tienen derecho a sentirse orgullosas, tanto de sus sentimientos como de su comportamiento. Aunque conviene tener en cuenta, sin embargo, que el orgullo —entendido el término en su mejor acepción— significa en todo caso la legítima satisfacción por actos que se consideran meritorios, laudables dignos de elogio, de aprobación y de aplauso, que son cualidades que los homosexuales no dudan en otorgar a su conducta. Y desde un punto de vista pagano no pueden ponerse objeciones a tal argumentación. Sin embargo, aun manteniéndose dentro de ese campo de pensamiento, es necesario reconocer que a tales cualidades aún les falta otra a la que es imposible dar de lado: la ausencia de connotaciones negativas; como sucede en el deporte, en el que todos los méritos son anulados cuando se demuestra la existencia del dopaje. Y es en este sentido en el que la homosexualidad tiene todavía la necesidad de desterrar de sus actos un sentimiento anejo bastante difícil de borrar: el ridículo. El cual es casi imposible de evitar ante la contemplación —o la simple imaginación— de dos hombres besándose o practicando el coito anal. Cualquiera que se vea ante la imagen de dos hombres practicando la sodomía —uno en actitud activa y, lo que es todavía peor, otro en actitud pasiva—, puede sentirse inclinado a ser víctima de la risa provocada por la contemplación de lo que puede parecer ridículo (el mismo sentimiento que se produce al contemplar las evoluciones de los payasos en el circo).

 El Orgullo Gay defiende legítimamente su postura y apela a las leyes de libertad de pensamiento y de expresión. Claro está que por la misma razón, y en atención a las mismas leyes, está obligado a respetar a quienes piensan que la homosexualidad les suscita los mismos sentimientos que producen el ridículo o la risa, cuando no además el de la compasión.

 Y con esto hemos llegado al punto álgido de las objeciones que pueden ser esgrimidas contra el Orgullo y que están todavía por resolver.

 Todo el mundo conoce el tremendo poder de presión desplegado por el Lobby Gay contra quienes son contrarios a sus ideas. El cual es ejercido de muchos modos y desde todos los ámbitos de Poder, pero que incluso se convierte a menudo en verdadera persecución contra todos los que el Lobby considera que no comparten sus doctrinas.

 Pero ha de tenerse en cuenta, sin embargo, que desde hace mucho tiempo se ha venido acusando a la Iglesia, incluso sin vacilar en aportar falsedades históricas de todo tipo, de actuaciones de ese orden por parte de la llamada Inquisición. Por más que nadie las haya demostrado con suficiencia y seriedad histórica hasta ahora, y puesto que los procedimientos de la Inquisición, a poco que se examine la Historia sin apasionamiento, se convierten en nimiedades comparados con los del Lobby. El cual goza de unos poderes de difusión y de coacción ante la Sociedad —amparado como está por todos los Poderes Públicos, por todas las Instituciones (incluida la Iglesia) y por todos los llamados mass media— tal como jamás hubieran podido soñar los frailes inquisidores españoles de los siglos XVI y XVII —aun en el caso inimaginable de que hubieran querido utilizarlos—. Con lo cual el Lobby Gay, tal vez sin pretenderlo, lleva a cabo un increíble alarde y una patente demostración de ser enemigo de la Libertad. La misma que predica a los cuatro vientos pero que él tiene buen cuidado de no practicar. Como decía el coronel Wainwright Purdy III de La Casa de Te de la Luna de Agosto cuando clamaba: ¡El Ejército Americano ha venido a Okinawa a implantar la democracia, no a practicarla![3]

 Queda todavía otro importante obstáculo al que el Orgullo Gay no ha dado todavía suficiente satisfacción. Dado que el Orgullo defiende las ideas de libertad de pensamiento, del amor libre, de la propiedad del propio cuerpo y de la libertad de elección de la forma de practicar la sexualidad, sucede que al final, dígase lo que se quiera, se viene a concluir en la práctica sexual con las personas del mismo sexo: hombre con hombre y mujer con mujer. Pero la practica de una preferencia exclusiva hacia el propio sexo, descubre necesariamente, una actitud de desprecio, de desdén o de desaire hacia el sexo contrario. Los cristianos habían dado forma de principio jurídico a una práctica que, por otra parte, venía siendo inmemorial desde los primeros tiempos de existencia de la Humanidad. Principio que fue formulado por boca de su Apóstol San Pablo cuando dijo que ni la mujer sin el varón, ni el varón sin la mujer, en el Señor.[4]

 El Orgullo Gay, sin embargo, al quebrantar y volver del revés ese principio, ha obrado contra el sentir milenario de la Humanidad y el sentido común de los hombres, manifestados a través de toda una Historia cuyo principio se pierde en el amanecer de los Tiempos. Tal como el Orgullo lo formula ahora, el principio quedaría establecido según la forma: el hombre sin la mujer y la mujer sin el hombre. Si bien no se trata ahora de defender si es esa la mejor fórmula o no lo es, sino de establecer simplemente los hechos. Aunque para entenderlos mejor tal vez convenga traer a colación el correspondiente pasaje del Génesis:

 Antes que fueran a acostarse, [los Ángeles en forma de hombres visitantes de Lot] los hombres de la ciudad, habitantes de Sodoma, rodearon la casa; mozos y viejos, todos sin excepción. Llamaron a Lot y le dijeron: "¿Dónde están los hombres que han venido a tu casa esta noche? Sácanoslos, para que los conozcamos". Salió Lot a la puerta y cerrándola tras de sí les dijo: "Por favor, hermanos míos, no hagáis semejante maldad. Mirad, dos hijas tengo que no han conocido varón; os las sacaré, para que hagáis con ellas como bien os parezca; pero a esos hombres no les hagáis nada, pues para eso se han acogido a la sombra de mi techo". Ellos le respondieron: "Quítate allá. Quien ha venido como extranjero, ¿va a querer gobernarnos ahora?[5]

 Algo que se desprende del texto es la sed exacerbada que muestran los hombres de la ciudad por practicar la sodomía, aunque haciendo alarde a la vez de una actitud de cierta repulsión hacia las mujeres pese a su condición virginal, tan adecuada para practicar el sexo para los que lo desean. Lo cierto es que la elección entre dos cosas incompatibles, mediante la aceptación de una y el expreso rechazo de la otra, siempre supone hacia esta última una cierta actitud de desprecio. En el pensamiento cristiano el varón y la mujer se complementan mutuamente, mientras que en el pagano se excluyen el uno al otro.

 Nos queda por examinar el último aspecto del problema, o el derivado de la supuesta Hermandad entre las dos ciudades, Sodoma y Madrid. Pues así como parecen participar de idéntica condición, cabe preguntar si acaso compartirán también el mismo y fatal destino. Ante lo cual caben dos respuestas diferentes.

 Para el mundo pagano, o el del Orgullo Gay, que no reconoce al Cristianismo, no existe ninguna razón para que haya de suceder así.

 Para quienes tienen fe en la Doctrina de Jesucristo, en cambio, el castigo que espera a la Capital Mundial del Orgullo Gay es tan seguro como el que sufrió Sodoma. Y aquí si que se aportan razones.

 En primer lugar, porque según esta Doctrina nadie se burla impunemente de Dios. Su emblemático Apóstol San Pablo decía que de Dios no se ríe nadie.[6]

 En segundo lugar, porque no existe ninguna razón para que no haya de suceder así. Dios es infinitamente justo y siempre ha actuado como tal en la Historia de los hombres: ¿Por qué razón no iba a hacerlo ahora? Y en efecto, porque todas sus profecías apuntan a que serán definitivamente destruidas las grandes ciudades corrompidas, o las grandes Rameras, como allí son llamadas.

 En tercer lugar, porque es la misma Historia la que acaba haciendo justicia. Sobre todo porque siendo Dios el verdadero Señor de la Historia —a lo que los cristianos llaman Providencia— no puede ocurrir de otra manera.

 Como puede verse, haciendo balance definitivo de la cuestión, los cristianos aducen razones mientras que el Orgullo Gay no aporta ninguna.

 El Orgullo se muestra enteramente tranquilo, puesto que no existen razones que demuestren que el famoso castigo vaya a caer sobre la capital mundial de su doctrina. Y desde su punto de vista, su postura es efectivamente inatacable.

 Con todo, y para concluir esta ya larga historia, todavía se enfrenta el Orgullo al más inquietante y también inobjetable de los problemas. Pues si bien es cierto que no existen razones para demostrar cumplidamente que vaya a producirse el castigo, pero no es menos cierto que tampoco existen razones que demuestren que no vaya a producirse. Y aquí, desde cualquier punto de vista que se considere.

 Es probable, en el caso de que hubiera existido un hipotético observador imparcial neutral, que se hubiera dirigido a los componentes y partidarios del Orgullo para decirles: Según los cristianos, una espada de Damocles pende sobre sus cabezas, aunque para ustedes la cosa no sea sino fantasía puesto que no existe nada que pruebe su existencia. Sin embargo, y dado que tampoco existen razones para demostrar que no existe la famosa espada, tal vez sería lo más prudente comenzar a adoptar precauciones, por si acaso.

 Nadie puede negar, ya sea partidario de una ideología o ya sea de otra diferente, que la que fuera un día ciudad feliz es ahora una ciudad corrupta hasta los cimientos. Con respecto a quienes la dirigen, sea en lo civil o en lo eclesiástico, cada cual puede pensar según le parezca, sin necesidad de que nadie recuerde el dicho de Santo Tomás de Aquino, según el cual cada Pueblo tiene los gobernantes que se merece.

 Todavía habrán algunos que sentirán añoranzas del viejo Madrid. El de La Verbena de la Paloma o el de La Revoltosa, el del Teatro Real cuando cantaba Julián Gayarre o el de las Fiestas de Toros que cantaba Fernández de Moratín:

 

Madrid, castillo famoso,
que al rey moro alivia el miedo,
arde en fiestas en su coso,
por ser el natal dichoso
de Alimenón de Toledo.

 

Sin embargo los viejos tiempos no volverán. Hasta que por fin, según decía San Pedro, el primer Jefe delegado de los cristianos, amanezcan unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.[7]


[1] Los últimos datos que conozco, según el INE del 2014, le asigna 3.165,235 habitantes, aparte del área metropolitana

[2] El Obispo Knestout (Gaithersburg, Maryland, U.S.A.), según LifeSiteNews.com, acaba de privar de las funciones sacerdotales al P. Marcel Guarnizo por negarse a administrar la Comunión a una lesbiana, amenazándole además con ser encausado.

[3] The Teahouse of de August Moon, película de la Metro, año 1956, protagonizada por Marlon Brando y Glenn Ford y dirigida por Daniel Mann.

[4] 1 Cor 11:11.

[5] Ge 19: 4–9.

[6] Ga 6:7.

[7] 2 Pe 3:13.