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El Misterio del Sacerdocio (II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Las cualidades propias del sacerdocio como su realidad sobrenatural y su carácter transcendente a los pensamientos y sentimientos humanos, quedan reflejadas en cierto modo en la Poesía:

 

Hablarlo sin vivirlo es triste cosa,
vivirlo sin hablarlo es lo sublime;
Tú que velas mis sueños, ven y dime
cómo alcanzar esa existencia hermosa.

 

Cualquier especulación acerca del sacerdocio, en la medida en que quiera acercarse a la verdad, habrá de llevarse a cabo sobre la base de su propia vivencia. Pues solamente desde dentro podría ahondarse en el conocimiento --- siempre relativo--- de su realidad. El sacerdocio podrá ser estudiado desde una pluralidad de puntos de vista ---histórico, teológico, sociológico---, aunque ninguno de ellos será suficiente para alcanzar lo más profundo de su contenido. El hecho de que un simple hombre viva la Vida misma de Cristo, cumpliendo sus mismas funciones, no puede abordarse en orden a su conocimiento sin reconocer su naturaleza de misterio sobrenatural.

 Pero las realidades sobrenaturales otorgadas al hombre afectan a su vez a su naturaleza como tal, de modo que la existencia del ser humano que las recibe queda enteramente transformada. Desde el momento en que el ministerio sacerdotal convierte a un hombre en otro Cristo, y si se admite que los conceptos y las palabras poseen el sentido de lo que significan, es imposible que tal hombre sea considerado como igual a los demás. Una vez revestido de las Realidades de lo Alto, el sacerdote es un hombre diferente a los demás hombres, hasta el punto de que su condición jamás podrá ser ya comprendida por ellos y aun ni siquiera por él mismo.

 Sus manos, por ejemplo, han sido especialmente consagradas para entrar en contacto con el Cuerpo del Señor en el Sacramento Eucarístico. Si es dable atribuir algún significado al rito de la consagración, como que la ceremonia en la que se otorga posee algún sentido, debe concluirse que ninguna otra persona está autorizada para poner sus manos en el Cuerpo del Señor. De otro modo, ¿qué sentido tendría esa solemne ceremonia destinada exclusivamente para el sacerdote, cuyo objeto es convertir sus manos en algo consagrado? Se cuenta en el Antiguo Testamento que Oza fue castigado por Dios con la muerte instantánea por poner sus manos para tocar el Arca de la Alianza.[1]

 Pero también aquí, una vez más, el Modernismo ha invadido el campo para tratar de desacralizar todo lo sagrado. Incomprensiblemente también la Iglesia contribuyó a la labor de profanación emprendida por la herejía, autorizando a todos los fieles a poner sus manos en la Sagrada Eucaristía. El sacerdote a este respecto ya había hecho dejación de sus funciones, al mismo tiempo que el laicado se adjudicaba las que no les correspondían.[2] Las consecuencias no se han hecho esperar, y no ha sido la menor de ellas la pérdida de la fe en la Presencia Real. La práctica de recibir la Sagrada Comunión en la mano, introducida en la Iglesia a base de artimañas desde los tiempos del postconcilio, ha resultado desastrosa en este sentido para la fe del conjunto del Pueblo cristiano.

Aunque un hecho tan importante como éste haya pasado inadvertido sin que apenas se haya denunciado su enorme gravedad, no por ello deja de ser una profanación de carácter colectivo y, en último término, un desprecio del Pueblo Cristiano hacia algo tan sublime como es la Sagrada Eucaristía. La conspiración universal del silencio, como si fuera fruto de un acuerdo, acompañada de una práctica indiferencia ante hechos que claman al Cielo, no son suficientes para disimular la realidad de una ofensa acerca de la cual es imposible suponer que Dios va a permanecer indiferente.

 Tal vez por eso no podría considerarse exceso de prudencia la actitud del fiel cristiano laico que, enfrentado a la ocasión de poner sus manos en contacto con el Cuerpo del Señor, dedicara primero unos instantes a pensar cuidadosamente acerca de lo que iba a hacer.

 De hecho los sucesos que están ocurriendo en el Mundo, acordes con el camino de total degeneración que ha emprendido la Humanidad, son demasiado clamorosos y patentes por más que nadie quiera hablar de ellos. Es imposible negar que la Humanidad ha entrado en una vertiginosa pendiente de descomposición y de obstinada destrucción de todo lo que la hizo subsistir durante siglos. Aunque no se quiera reconocer, la Humanidad se está devorando a sí misma, dentro de un proceso de autocanibalismo que no tardará en acabar con ella. La exaltación y la proclamación del Error y de la Mentira como únicas alternativas admisibles, el reconocimiento y legitimación de las mayores aberraciones, a las que se atribuye la categoría de triunfos conseguidos por el ser humano en esta New Age, el odio universal al Cristianismo, la demolición de todos los valores que hacían posible el reconocimiento del hombre como ser humano, la aparición de la Nueva Iglesia del culto al hombre en sustitución de la Iglesia verdadera del culto a Dios, etc., etc., son algunos de los signos en los que aparece con evidencia que Dios ha abandonado al hombre. Aunque tal vez fuera mejor decir que es el hombre quien primero ha abandonado a Dios.

 Sería absurdo suponer que un hecho de tal gravedad como es el desprecio general hacia la Eucaristía, acerca de lo cual nadie habla y a lo que nadie concede importancia, vaya a quedar impune: De Dios no se ríe nadie, decía San Pablo.[3] Y de hecho, la carrera que el Mundo ha emprendido a velocidad acelerada hacia su implacable autodestrucción, es la prueba más evidente de que el castigo divino ya está teniendo lugar, y con alarmantes visos de que no ha hecho sino comenzar. La voluntaria ignorancia del hecho, junto a los esfuerzos de la Sociedad y de los Gobiernos por disimularlo y disfrazarlo, no van a disminuir en lo más mínimo ni su intensidad ni los plazos que Dios ha señalado según sus designios.

 Es imposible calcular el grado de insensatez en el que ha caído la Humanidad, tal como queda demostrado en el paralelismo a establecer con la fábula del avestruz. Según la cual el animal esconde la cabeza para no ver al cazador, creyendo que así conjura el peligro. Mientras que el ser humano, yendo mucho más allá, ni siquiera está dispuesto a creer que exista tal peligro: Lo mismo sucedió en los días de Lot: comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban. Hasta el día en que Lot salió de Sodoma, cuando llovió fuego y azufre y los hizo perecer a todos.[4]

Frente a las pretensiones del Mundo y del Modernismo, según las cuales el sacerdote es un hombre igual a los demás, carente de carácter sobrenatural y de la condición numinosa de lo sagrado, la Fe lo ha considerando siempre, según el designio divino, como entresacado de entre los hombres para las cosas que miran a Dios.

 Por eso ya no puede dedicarse a las actividades comunes de los negocios humanos. No porque constituyan por sí mismas algo ilegítimo, sino porque son quehaceres a los que alguien calificaría seguramente como que están para él fuera de contexto: ajenos a la esfera del oficio sacerdotal y más bien propios de los seglares. Un sacerdote trabajando como fontanero, por ejemplo, para dar testimonio no deja constancia de nada, salvo de que sus ideas y sus sentimientos han perdido el rumbo. El desconocimiento de sí mismo del que venimos hablando, motivado por la profundidad y el misterio de su carácter sacerdotal, se ha convertido ahora en una terrible ignorancia acerca de su persona y de su ministerio, fruto obligado de una psicopatía patológica que lo conducirá irremediablemente al fracaso de su existencia.

 Trasladado el problema al tema de la predicación ---una de sus funciones fundamentales--- es importante hacer notar que, tanto por parte de los temas tratados o por el lenguaje utilizado, como por los instrumentos empleados como preparación para el cumplimiento de tan arduo ministerio, han de poseer carácter sobrenatural. Jesucristo instaba a sus discípulos para que renunciaran a los medios puramente humanos en sus tareas de Evangelización: No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras bolsas, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón, pues el que trabaja merece su sustento.[5] La razón es fácil de comprender, puesto que no pueden guardar proporcionalidad los medios naturales con los fines sobrenaturales, y de ahí que resulte peligroso poner la confianza en los primeros esperando alcanzar los segundos.

 Así se explican los catastróficos resultados de toda la Pastoral desde el Concilio Vaticano II. Desde los sistemas utilizados en los Centros de Formación del Clero o de los Religiosos (Seminarios, Noviciados, Facultades de Teología), pasando por la Pastoral de Vocaciones, Sistemas de impartir la Catequesis, etc., todos ellos ponen el acento en las ciencias y en los procedimientos de la sociología y la psicología humanas. Olvidando algo tan evidente como que utilizando medios puramente naturales sólo se pueden alcanzar resultados puramente naturales.

 De ahí que la predicación del sacerdote no puede estar basada ni en la sabiduría humana ni en razonamientos humanos. Es la Sabiduría y la Palabra de Dios manifestadas a los hombres, cuya distancia a las de ellos es justamente la que va del Cielo a la Tierra: Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos.[6] El sacerdote nunca habla de sí mismo ni expone sus propios pensamientos; pues siendo otro Cristo, su palabra y su Mensaje son la voz de Dios: El que a vosotros escucha, a mí me escucha.[7] Por eso no es lo más importante para él la elocuencia humana, que es un tema en el que insistía San Pablo: Y yo hermanos, cuando vine a vosotros, no vine a anunciaros el misterio se Dios con elocuencia o sabiduría sublimes... Y mi mensaje y mi predicación no se han basado en palabras persuasivas del sabiduría, sino en la manifestación del Espíritu y del poder.[8]

 Y todavía remachaba más adelante: Y enseñamos estas cosas, no con palabras aprendidas por sabiduría humana, sino con palabras aprendidas del Espíritu, expresando las cosas espirituales con palabras espirituales.[9]

Pero lo más lamentable del caso es que el sacerdote de la New Age ---o de la Nueva Iglesia, como se quiera decir---, al haber sido privado del sentido de lo sobrenatural y de lo mistagógico y verse convertido, todo lo más, en un simple funcionario, ha perdido su capacidad de soñar y de abrirse a misteriosos horizontes que lo sobrepasan. Sería como un águila que se viera repentinamente en tierra, sin posibilidades de volar, y que con toda seguridad moriría de tristeza antes que de hambre.

 Desde hace más de medio siglo miles de sacerdotes han sido educados en la idea de que la Iglesia comienza en el Concilio Vaticano II. Las inmensas riquezas de Doctrina y de sabiduría, junto a la vida heroica de miles de mártires y de santos, mas todo el misterio de las maravillas de la gracia hechas realidad en el alma de millones de cristianos durante tantos siglos, les resultan desconocidos. Su ignorancia acerca de la Persona de Jesucristo (que en la Nueva Iglesia ha sido desmitologizado), con la consiguiente pérdida de las infinitas posibilidades de conocer y de vivir el Amor que tal cosa lleva consigo, los han convertido en fuentes secas y cisternas vacías. Desconocen el mundo maravilloso de la vida interior y de la intimidad de amor con Jesucristo, todo lo cual lleva consigo una vida de oración. La Teología postconciliar está falta de Vida por razón de que se ha apartado de la fuente de la Verdad, las cuales en definitiva son la misma cosa: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.[10]

 Su situación recuerda a la de los hombres descritos por Platón en el mito de la caverna.[11] Atados de pies y por el cuello y obligados a mirar siempre hacia adelante, solamente pueden ver las sombras proyectadas por el fuego de lo que sucede en el exterior, las cuales correspondientes a hombres y animales que pasan. Los prisioneros acaban por creer que las sombras que ven es la única realidad que existe. Cuando uno de ellos es liberado y sale a la luz del sol, para volver luego y explicar la verdad a los demás, ninguno está dispuesto a creerlo hasta el punto de que se irritan y pretenden quitarle la vida.

 No importa que muchos de ellos, pertenecientes sobre todo a las últimas generaciones que milagrosamente van escapando de los Seminarios, sigan creyendo todavía en la sobrenaturalidad de su sacerdocio; como una prueba más de la perennidad de la Iglesia a la que no podrán destruir las Puertas del Infierno. Pero, con todo, no dejan de ser una excepción dentro del desierto desolado de lo que es actualmente la Tierra del Catolicismo. Los nuevos sacerdotes, y con ellos casi todos los católicos nacidos de las aguas brotadas después del Concilio Vaticano II, han llegado a creer, al igual que los hombres del mito platónico, que las puras sombras que contemplan son las únicas realidades que cabe poseer y a las que cabe esperar. Y sin embargo, tanto la doctrina que han aprendido, como el culto que practican o la pastoral para la que se entrenan esos sacerdotes, son en realidad meras sombras privadas de vida y de consistencia. Como se lamentaba Dios por medio del profeta Jeremías: Me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, para excavarse cisternas rotas que no pueden contener el agua.[12]

 (Continuará)


[1] 2 Samuel 6:7.

[2] Como siempre, es especialidad del Modernismo la de introducir la confusión. Aquí entraron en juego simultáneamente dos disparates pastorales entremezclados que la herejía tuvo cuidado en difundir: la secularización de los sacerdotes y la clericalización de los seglares.

[3] Ga 6:7.

[4] Lc 17: 28--30.

[5] Mt 10: 9--10. Cf Mc 6:8; Lc 9:3; 10:4.

[6] Is 55:8.

[7] Lc 10:16.

[8] 1 Cor 2: 1--4.

[9] 1 Cor 2:13.

[10] Jn 14:6.

[11] Platón, La República, VII.

[12] Jer 2:13.