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La Cruz y el Misterio del Dolor (y II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

De ahí que no comprender el misterio de la Cruz es no comprender el misterio del amor. Y puesto que el hombre ha sido creado por el Amor y para el amor (para amar y para ser amado, ya desde el plano natural, pero ordenado al plano sobrenatural), prescindir de la Cruz es lo mismo que prescindir del Amor. Lo que significa para el hombre la destrucción definitiva de su propio destino.

Pues el misterio de la Cruz es inexplicable y deja de tener sentido sin otro misterio que lo fundamenta y lo justifica, cual es el misterio del amor, que es la razón que encuentra el Apóstol para encontrar en la Cruz la condición de su propia gloria. El escándalo de la Cruz se convierte en sentimiento glorioso cuando se descubre que la Cruz no es sino el resultado y la prueba definitiva del amor. Y el amor es la más sublime realidad existente tanto en el Cielo como en la Tierra, puesto que, en último término se identifica con el mismo Dios. Y el amor creado, otorgado a las criaturas, es una participación en la misma Naturaleza y gloria divinas.

Y dado que el Amor, según se ha dicho, se identifica con Dios (1 Jn 4:8), y una vez establecido también que al hombre le resulta imposible conocer a Dios en Sí mismo y por Sí mismo, salvo de forma indirecta y por indicios, sin embargo puede conocerlo en Jesucristo: A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien nos lo ha dado a conocer.[1] Y es precisamente en Jesucristo, que nos amó hasta el fin (Jn 13:1), donde el hombre conoce en plenitud el amor. Y después de conocido el amor y Quién es el objeto de tal amor, es cuando cobran todo su sentido el dolor y el sufrimiento.

De ahí resulta a su vez que el hecho de que el sufrimiento adquiera sentido para el hombre no significa que también llegue a comprenderlo en plenitud. Al cristiano enamorado de Jesucristo le basta esa condición por la que se siente vinculado a Él, lo cual es en definitiva lo que más le importa. Pues quien ama a Jesucristo quiere sobre todo vivir con Él, sufrir con Él y morir con Él. Por lo que comprender la naturaleza íntima del dolor es para el cristiano cosa secundaria, en cuanto que se siente satisfecho con saber que es el amor el que le otorga sentido a su existencia.

 Para comprender en profundidad el sentido del dolor sería necesario conocer el sentido último del pecado ---abismo de maldad y mysterium iniquitatis---. Y para comprender la razón final del sentido del pecado, desde el punto de vista cristiano, sería necesario comprender el misterio de la Redención y, sobre todo, el misterio del amor. De tal manera que es el amor el último y principal de todos los misterios que encierra la explicación definitiva de la Historia de la Salvación y del Plan de Dios sobre toda la especie humana.

Y en cuanto a comprender en plenitud el misterio del amor es tarea imposible, por cuanto que sería lo mismo que entender en plenitud a Dios. Pero Dios, sin embargo, no solamente quiso darse a conocer al hombre de alguna manera ---que alcanza, sin embargo, un grado demasiado elevado que hubiera sido inaccesible para el hombre---, sino hacerlo partícipe de su propia Naturaleza y otorgarle el don del amor. Lo cual ha significado, por parte de Dios, su decisión de amar al hombre de modo íntimo; y por parte del hombre, la posibilidad de corresponder y amar a Dios del mismo modo, según las posibilidades de su naturaleza elevadas por la gracia (ha de tenerse en cuenta que el amor siempre se establece mediante una relación).

Para el cristiano que ama a Jesucristo, el Misterio de la Cruz queda definitivamente explicado. Y una vez reconocido el sentido de la Cruz ya es inteligible el misterio del dolor. Pues el discípulo enamorado quiere compartir la vida de su Maestro, pero llegando hasta el fin para sufrir y morir con Él. Lo que sucede una vez que el discípulo ya no se pertenece a sí mismo, sino que su vida es ahora la de Jesucristo así como la de Jesucristo es la suya. Una paridad de existencias en la vida y en la muerte en la que cada uno comparte el destino del otro.

Es indudable que el verdadero amor induce a sentir y compartir los sentimientos de la persona amada. La consigna del Apóstol, según la cual el cristiano debe gozar con los que gozan y llorar con los que lloran,[2] suena más bien ---al menos a primera vista--- a un sentimiento de solidaridad e incluso de caridad cristiana. Si bien es de reconocer que este mandato apostólico no es sino un precepto de carácter general, superado luego por los textos más profundos y más directamente personales también del Apóstol:

Ninguno de nosotros vive para sí y ninguno de nosotros muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. En fin, sea que vivamos o sea que muramos, del Señor somos.[3]

Y añade en otro lugar:

El amor de Cristo nos urge, persuadidos como estamos de que si uno murió por todos en consecuencia todos murieron. Y murió por todos a fin de que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.[4]

Todos estos textos conducen a la conclusión paradójica ---por lo general olvidada, como en general casi todas las verdades de la Fe--- de que el cristiano ya no es dueño de su vida, desde el momento que pertenece a Jesucristo. De manera que, más que ser él, es Cristo quien vive en él: Vivo yo, pero ya no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí.[5] Lo cual, lejos de disminuir o eliminar su personalidad ---otra paradoja--- es justamente lo que la dignifica y eleva: Quien encuentre su vida, la perderá; y quien pierda su vida por mí, la hallará.[6]

Nunca se insistirá bastante en que el Cristianismo es una religión de paradojas. O al menos de verdades tan elevadas que bien puede decirse que escapan, por su profundidad y grandeza, al alcance de la inteligencia humana. ¿Cómo puede decirse que el hombre solamente puede vivir su verdadera vida precisamente cuando la pierde...?

Téngase en cuenta, sin embargo, que la pierde para que Cristo viva en él, que es condición indispensable para que, a su vez, pueda él vivir la vida de Cristo. La unión amorosa, cuando es verdadera, produce el milagro de hacer de dos una sola cosa, manteniendo sin embargo la identidad de cada uno. Pues si no hay un cada uno ---un yo y un --- no puede existir el amor. Pero vivir en Cristo es vivir en el amor:

Ni la altura, ni lo profundo, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, el cual está en Cristo Jesús Nuestro Señor.[7]

Y resulta que el hombre solamente puede ser él mismo cuando vive en el amor, dado que su naturaleza fue creada para el amor. De donde se desprende que quien no ama, no solamente no conoce a Dios (1 Jn 4:8), sino que permanece en la muerte (1 Jn 3:14). Y si es el amor a Jesucristo lo único que da sentido a la vida del hombre, es normal que quien está verdaderamente enamorado no pueda vivir sin el amor de la persona amada. Afirmación esta última a lo que no debe atribuirse un sentido meramente metafórico, pues es Jesucristo quien proporciona la vida: Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.[8]

El Misterio de la Cruz supone necesariamente una totalidad. La voluntad de Dios de redimir al mundo fue un exceso de amor: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito.[9] Por eso quiso realizar la Redención del mundo mediante la Muerte de su Hijo; aunque no mediante una forma de muerte soportada de cualquier modo, sino del modo más cruel imaginable y en el suplicio más doloroso, tan infamante entonces como que estaba reservado para los peores delincuentes. La razón de tal disposición de Dios puede ser colegida, en cierto modo, incluso por el entendimiento humano: Pues siendo la mayor demostración de amor posible a proporcionar a los hombres, era conveniente que llegara hasta la muerte (Jn 15:13) y además bajo el signo de la totalidad, tal como se dice en la Carta a los Filipenses: Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.[10] Y tal como lo exige también la razón del verdadero amor, cuya naturaleza y esencia son las de la absoluta totalidad.

De ahí puede deducirse la insania de todas las teorías que niegan el Sacrificio cruento de la Cruz y, en consecuencia, el Amor como esencia del Cristianismo y aun el Cristianismo en su totalidad. Han sido propagadas gracias a la doctrina de la salvación universal, inventada por Rahner y acogida en sus Encíclicas por el Papa Juan Pablo II. Aunque ha sido el Movimiento Catecumenal, extrañamente aprobado y bendecido por Benedicto XVI y confirmado por el Papa Francisco, el causante de su mayor difusión en la Iglesia. En cuanto al posible desastre e irreparable daño ocasionado a las almas por estos errores en todo el orbe católico, sólo de Dios es conocido.

A primera vista, tal profusión de falsedades y herejías modernistas no son sino el fruto de la soberbia humana, convencida de su capacidad para enmendar la plana a Dios y corregir sus equivocaciones. Sería lo más lógico pensar que cualquier persona dotada de sentido común se apresurará a rechazarlas, ya que haría falta ser ciego para no percibir enseguida el monstruoso disparate que se desprende del mero hecho de enunciarlas. Desgraciadamente la lógica del sentido común no es hoy muy frecuente dentro del conjunto del Pueblo cristiano, demasiado afectado por una situación de apostasía general bien alimentada, a su vez, por la eficaz y bien montada propaganda de un Sistema empeñado en acabar con el Catolicismo.

Sin embargo, la explicación fácil del origen de un fenómeno, aun siendo verdadera, no siempre acierta a señalar su causa más profunda. El recurso a la humana soberbia carece de la necesaria entidad para dar razón de un fenómeno, tan fácil y universalmente aceptado, y que además ha producido tamaño desastre en todo el Pueblo cristiano.

La profundidad y malicia de tales errores, además de su extraordinaria universal aceptación, obliga a acudir al satanismo como su única explicación. Por más que en la Iglesia de hoy, en medio de un ambiente general de rechazo de lo sobrenatural, nombrar a Satanás como principal causante de la actual disolución de la Iglesia equivale a suscitar el escándalo. La inteligencia de Satanás supera en mucho la natural estulticia humana, y de ahí su máximo interés en pasar desapercibido y hasta ignorado, que es el modo más eficaz, al fin y al cabo, de actuar libremente en la mentalidad de los hombres.

San Pablo advertía acerca de que no lo había enviado Cristo a bautizar sino a evangelizar; aunque no por medio de la sabiduría de la palabra, a fin de que no quede desvirtuada la cruz de Cristo (1 Cor 1:17). Palabras no fáciles de interpretar, pero que seguramente apuntan a la idea de que la Sabiduría de Dios, manifestada en la Cruz, supera infinitamente a cualquier pretensión de sabiduría y de pensamientos humanos. No tiene nada de particular que el Modernismo, que de manera tan radical rechaza todo lo sobrenatural (y al hacerlo rebaja también la naturaleza humana hasta el límite de su degradación), y todos aquellos que de un modo más o menos abierto siguen esta herejía, nieguen hasta el paroxismo el Misterio de la Cruz.


[1] Jn 1:18.

[2] Ro 12:15.

[3] Ro 14: 7--8.

[4] 2 Cor 5: 14--15.

[5] Ga 2:20.

[6] Mt 10:39; 16:25; Mc 8:35; Lc 9:24.

[7] Ro 8:39.

[8] Jn 10:10.

[9] Jn 3:16.

[10] Flp 2:8.