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Los obreros enviados a la viña (y III)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

Dijimos al comienzo de esta disertación que la parábola contiene dos importantes temas que afectan de lleno a la existencia cristiana. Una vez examinado el primero de ellos corresponde ahora fijar la atención sobre el segundo, cuya importancia y transcendencia es aún mayor que el primero para la actual Iglesia.

El problema al que aludimos está contemplado en el texto de la parábola y afecta directamente a la misión evangelizadora de la Iglesia la cual el Modernismo ha tratado de eliminar, cosa que por lo visto ha logrado prácticamente casi por completo.

Es de notar que en este punto de la Doctrina el Modernismo, que ya en los últimos tiempos venía prescindiendo de su histrionismo y actuando más abiertamente, se ha decidido a obrar descaradamente y sin disimulo en la tarea de suprimir la misión evangelizadora de la Iglesia. Pero sin que tampoco esta vez se hayan escuchado voces de alarma o de protesta, tal como viene ocurriendo en la actual etapa de su Historia por la que atraviesa la Iglesia

Pero de nuevo la Pastoral modernista se enfrenta aquí a la Revelación y a las enseñanzas derivadas del Evangelio, aunque esta vez más claramente que en otras partes, como veremos enseguida.

Comienza la parábola relatando las diversas salidas que hizo el padre de familias, desde la primera hora de la mañana hasta casi el final de la tarde para contratar obreros para su viña. La premura de tiempo que le induce a salir a hora tan temprana, junto a su insistencia en las siguientes salidas a lo largo de todo el día, indican claramente la urgencia del padre de familias por conseguir obreros para trabajar en su finca. El significado de la parábola es claro y expresivo de la preocupación de Jesucristo por la escasez de obreros para trabajar en su viña que es la Iglesia, con la consiguiente urgencia de conseguirlos: Entonces dijo a sus discípulos: La mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues al señor de la mies para que envíe obreros a su mies.[1] Por otra parte, el mandato de Jesucristo es nítido e imperativo: Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado.[2]

La última salida que hizo el dueño de la viña, ya hacia el final del día, contiene una importante particularidad. Habiendo salido hacia la hora undécima encontró todavía a otros que estaban parados en la plaza, por lo que les dijo:

---¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?

Y le contestaron:

---Porque nadie nos ha contratado.

Entonces les dijo:

---Id también vosotros a mi viña.

Y aquí es de notar la insistencia de la parábola en mostrar la urgencia del dueño de la finca por conseguir obreros, puesto que incluso contrata a los que encuentra a última hora y los envía también a trabajar. De donde se desprende la intención de señalar, como necesidad ineludible, la existencia de obreros para llevar a cabo la obra de la Evangelización, con la obligación, por lo tanto, de buscarlos con prisa y a la vez con insistencia por los medios que sean necesarios. Si no se los busca y no se los encuentra no irán a trabajar, y si no hay obreros en la viña la Evangelización no se realizará.

El inciso observación de los obreros ociosos a última hora del día parece puesto intencionadamente: Es que nadie nos ha contratado. Donde es evidente una indicación de la necesidad de buscar obreros. Y si hay necesidad de buscar obreros es precisamente para algo, a saber: para la Evangelización que es preciso llevar a cabo.

Un texto del Evangelio de San Lucas contenido en la parábola de los invitados a la gran cena es muy expresivo a este respecto: Entonces dijo el Señor a su siervo: "Sal a los caminos y a los cercados y oblígalos a entrar, para que se llene mi casa".[3]

Pero la nueva Pastoral de índole modernista, haciendo caso omiso de los textos de la Escritura y de una Tradición de veinte siglos, se ha opuesto a cualquier labor de Evangelización que suponga un esfuerzo para que alguien entre a formar parte de la Iglesia. Olvidando la tradicional Doctrina según la cual fuera de la Iglesia no hay salvación, y partiendo de la falsedad de que todas las religiones son válidas y aptas para la Salvación, ha eliminado una labor misionera de la Iglesia que había perdurado desde el tiempo del mismo Jesucristo. Con prohibiciones expresas para llevarla a cabo, como ha ocurrido en el caso de las relaciones con el Judaísmo.

Que la Evangelización es necesaria lo hemos visto expresado en las mismas palabras de los mandatos de Jesucristo: Id por todo el mundo y haced discípulos a todos los pueblos... Rogad al señor de la mies para que envíe obreros a su mies. Pero el Modernismo introducido en la Iglesia hace ya mucho tiempo que acostumbra a desconocer los mandatos de su Fundador, y de ahí la conclusión obligatoria: sin Fundador y con una Doctrina nueva, Iglesia distinta.

Existe además un texto clave de San Pablo, contenido en la Carta a los Romanos, que es un mentís rotundo a las nuevas enseñanzas modernistas que se oponen a la Evangelización:

¿Pero cómo invocarán a Aquel en quien no creyeron? ¿O cómo creerán si no oyeron hablar de Él? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?[4]

El Catolicismo ha llegado a un punto en el que han sido trastocados todos sus principios y enseñanzas ---en realidad falsificados y vueltos del revés---, resultando una Doctrina nueva que nada tiene que ver con la Escritura ni con la Tradición de la Iglesia. El resto de extrañeza que se siente al pensar que fueron desafortunados los obreros llegados a trabajar a la primera hora, olvidando todas las Enseñanzas transmitidas según las cuales siempre resultan contrarias a lo que prefiere la debilitada naturaleza humana, es otra prueba de ello. Por eso Jesucristo termina la palabra con una enseñanza que la cierra y que es otro principio clave en la existencia cristiana: Así resulta que los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos.

La deriva de la Iglesia, comenzada a partir del Concilio Vaticano II ha alcanzado su punto culminante y está próxima a acabar. El río caudaloso que fluía desde fuentes puras y abundantes se separó de su curso, se perdió en un desierto y ahora sólo queda de él un cauce seco. La fase final culminante del eclipse está cercana, no sin antes ir precedida de la más dura persecución sufrida por la Iglesia a lo largo de su Historia. Ya dijo San Pío X que quienes se empeñaron en abrirse al mundo acabaron siempre naufragando y pereciendo.

Han precedido ciertamente tiempos de tribulación en los que han perecido millones de quienes habían sido bautizados en la Fe católica. Aunque no habrán sido tiempos tan duros como los que aguardan todavía, y en donde los elegidos habrán de hacer grandes alardes de firmeza.

Aunque nunca cesarán de resonar las Palabras de Aquel que dijo que las suyas no pasarían para siempre. Y entre ellas, las más consoladoras: Fundaré mi Iglesia y las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.


[1] Mt 9: 37--38.

[2] Mt 28: 19--20.

[3] Lc 14: 23.

[4] Ro 10: 14--15.