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Los obreros enviados a la viña (II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El apenas perceptible sentimiento de perplejidad que suscita la parábola en el oyente de hoy ---la aparente incongruencia de unos obreros que habían trabajado más, recibiendo sin embargo el mismo salario que los que habían trabajado menos--- es la mejor señal de la distancia que media entre las Enseñanzas Evangélicas y la mentalidad del hombre moderno. Dicho de otra forma, esto quiere decir que el hombre moderno, en un grado mayor o menor, ha dejado de ser cristiano. Habrá olvidado dichas Enseñanzas o simplemente habrá dejado de creer en ellas pero, de una forma o de otra, si algo queda claro es que el Evangelio ya no informa su vida.

Entre la praxis hedonista materialista pagana de la filosofía del bienestar y la praxis derivada de la Doctrina Evangélica se ha abierto un abismo casi infranqueable. La Apologética cristiana, que dispondría de mil caminos para demostrar con razones la falsedad del paganismo, tropieza sin embargo con el grave obstáculo de que el hombre moderno ya no atiende a razones. Pues se ha tomado demasiado trabajo en destruir el valor de la razón a fin de dejar de creer en ella, con lo que los criterios de credibilidad y todas las pruebas que pudiera aportar la Apologética cristiana quedan de antemano desprovistos de valor.

La Apologética es consciente de que su tarea se ha hecho doblemente difícil en un mundo que ya no es meramente pagano, sino enteramente anticristiano. En este sentido, es evidente que los primeros apologetas cristianos se encontraron con una labor a realizar incomparablemente más fácil que la que tendrían que afrontar los modernos apologetas. Y es obligado decir aquí tendrían que afrontar porque, por si todo esto fuera poco, la Iglesia actual ha eliminado de sus funciones la de evangelizar e impide cualquier intento de proselitismo, después de haber proclamado oficialmente que todas las religiones son iguales (lo que equivale a decir que ninguna es la verdadera).

Ante esta disyuntiva, el verdadero creyente de hoy se encuentra ante un camino por recorrer sumamente difícil. El más difícil seguramente de los que se han visto obligados a seguir los discípulos de Jesucristo desde el comienzo de la Iglesia. Lo cual jamás justificaría una actitud de abandono que en realidad equivaldría a una traición, pues es ésta una historia en la que solamente cuentan los que resisten hasta el final: El que perseverare hasta el fin, será salvo.[1]

Sin embargo la Apologética cristiana no puede renunciar a la razón para llevar a cabo su cometido, lo que sería prestar su asentimiento a la falacia de quienes pretenden su invalidez. Sobre todo cuando la Progresía modernista se contradice a sí misma, negando el valor de la razón y al mismo tiempo elevándola hasta ponerla por encima de la Palabra de Dios. Que sea la razón humana la que juzgue a la Revelación es la obra del liberalismo racionalista protestante (plenamente asimilado por el Catolicismo actual) al que ha seguido después el historicismo modernista, pero estando ambos de acuerdo en que la Revelación divina solamente puede ser admitida y valorada desde el punto de vista de la razón humana.

El Modernismo, por su parte, no encuentra inconveniente en utilizar uno u otro de esos dos caminos según la ocasión e incluso ambos a la vez, desde el momento en que valora las contradicciones del mismo modo que suelen valorarse en la jerga de los políticos. Al fin y al cabo la contradicción supone mentir por turno, y el Modernismo se encuentra tan cómodo en la mentira como el pez en el agua.

La renuncia de la Apologética a reconocer el valor de la razón significaría una traición a sí misma y una ofensa contra Dios, que fue quien otorgó al hombre la facultad de pensar. Otra cosa es que la Apologética no haya agotado el arsenal de argumentos de que dispone y no haya hecho uso de algunos de excepcional importancia.

El Paganismo ha decidido prescindir de Dios negando incluso su existencia, con lo que se aparta de la verdad y se sumerge de lleno en la mentira. Pero Dios es la Verdad Infinita en la cual adquiere su fundamento toda verdad. Por otra parte, Jesucristo dijo de Sí mismo que Él era la Verdad y que había venido para dar testimonio de la Verdad,[2] además de afirmar claramente que la fidelidad a sus palabras es el camino para conocer la verdad (Jn 8: 31--32), asegurando a sus discípulos que sería el Espíritu Santo el único que les enseñaría toda la verdad.[3]

El Paganismo puede negar todo esto, como efectivamente lo ha hecho. Para lo que argumenta que las pruebas de la existencia de Dios no son concluyentes. Lo cual le obliga a mantener la creencia de que el Universo procede de un primer elemento que sin embargo jamás ha logrado explicar en lo que pudo consistir, ni menos aún de dónde pudo surgir, con lo que su argumentación queda desprovista de toda argumentación (una explicación que al final se queda sin explicaciones). A no ser que se empeñe en sostener que el primer elemento surgió de la nada, que es una manera de pretender que lo absurdo ha de imponerse a lo razonable.

De lo cual se sigue que los puntos de partida (y de llegada) de la Paganía solamente pueden ser dos: o una argumentación carente de conclusiones, que es lo mismo que decir que no concluye en nada (en cuanto que falta la conclusión definitiva que cerraría la argumentación). O bien otra en la que se pretenda que lo razonable consiste en aceptar lo absolutamente irrazonable.

A todo lo cual hay que añadir el problema del Amor.

Según el Cristianismo el hombre fue hecho por el Amor y para el Amor (con mayúscula y también con minúscula), siendo la única Doctrina capaz de explicar los insaciables deseos de felicidad y de infinitud del corazón humano, que es cosa para la cual la Paganía carece de explicación alguna.

De ahí que la Paganía se vea privada de la realidad del amor, con lo que ha dejado al hombre condenado a un angustioso vacío. Por eso ha sustituido el amor por el sexo, cuya principal particularidad es la de conducir al hombre a un callejón sin salida. Pues al estar desprovisto el sexo de todo sentimiento del verdadero amor (el cual necesariamente ha de ser determinado por la razón), rebaja al hombre a una condición inferior a la de los irracionales. Pues lo coloca en una situación más baja que aquella que le corresponde, en cuanto que al ponerlo al nivel de los irracionales en realidad lo reduce a un nivel todavía más inferior (es infamante para el hombre quedar igualado al nivel de los animales). Por otra parte, la renuncia deliberada del hombre a su condición de ser superior lo conduce irremediablemente a toda clase de aberraciones.

La Doctrina del Cristianismo ha sido constante en enseñar que el Amor es Dios (1 Jn 4:8; 4:16), y que todo amor creado no es sino una participación del Amor Infinito. Sin embargo, al verse privada de Dios la Paganía, se queda sin ninguna explicación de orden superior que pueda dar razón del amor. Con lo que el amor queda reducido al ámbito de lo puramente natural, sin que valga objetar que se trata, de todos modos, de una animalidad racional; pues sería bastante difícil encontrar alguna explicación para una racionalidad que no haga referencia a un orden superior y quede reducida, por lo tanto, a mera animalidad. A no ser que se quiera defender que el espíritu es una función de la materia o que procede de la materia, que es creencia que conduce a una obligada alternativa: o bien se trata de otro argumento que carece de argumentos (pues sería preciso demostrar primero la posibilidad de que el espíritu proceda de la materia), o bien se trata del absurdo de pretender que la materia y el espíritu son la misma cosa (que además es otra afirmación también carente de demostración).

Al renunciar a la realidad del amor el hombre se ha quedado vacío y sin alma. Decía San Pablo que el hombre sin amor es como un bronce que suena o címbalo que retiñe,[4] que es una forma de compararlo con un sonido que se oye por unos segundos, como una ráfaga de aire que pasa, para quedar enseguida reducido a la nada. Y es que el hombre, nacido para amar (necesaria relación entre un y un yo), sin el amor no puede conocer otra cosa que la soledad.

Es cierto que existe el amor puramente humano, incluso sin la Gracia, absolutamente sincero en las diversas formas en las que puede manifestarse, tales como el amor conyugal, el amor paterno--filial o el amor de amistad. Pero si no está arraigado firmemente en Dios, que es la Fuente de todo Amor, jamás alcanzará capas profundas ni cotas demasiado altas, con lo que nunca conseguirá la categoría de verdadero amor. A lo que contribuye el hecho de que el hombre se ha acostumbrado demasiado a conformarse con un poco rayano en la nada, pero creyendo que eso es precisamente lo mucho y todo lo que cabía esperar, en la cual trágica ignorancia transcurre toda su existencia. A eso se refería Jesucristo cuando decía que aquél que no fuera capaz de perder la vida por amor de Él (única forma de encontrarla), perdería su propia vida,[5] con todos los tremendos significados (imaginables y no imaginables) que se le quieran dar a la expresión perder la vida puesta en boca de Jesucristo.

Como prueba de lo dicho basta acudir a las estadísticas que muestran la situación actual de la sociedad: la familia disuelta, los matrimonios desavenidos y destrozados como algo generalizado, el divorcio convertido en cosa normal (la misma Iglesia ha dejado de creer en el amor estable), los matrimonios civiles y las uniones de hecho superando en mucho al matrimonio canónico, el cual tiende a desaparecer, las relaciones padres e hijos en franca crisis cuando no destruidas, la infancia sin calor de hogar y entregada su educación a Estados laicistas, las relaciones prematrimoniales reducidas al sexo, etc.

La pérdida del amor ha ocasionado la pérdida de prácticamente todos los valores, los cuales han sido sustituidos por aberraciones que han ocupado su lugar con todas las consideraciones que hubieran correspondido a los primeros. Así es como han sido legitimados y reconocidos como triunfo de la nueva civilización y un avance de la Humanidad cosas como el divorcio, la homosexualidad y el aborto, por citar los casos más sobresalientes

Uno de los puntos en los que aparece más claramente la corrupción del concepto del amor ha tenido lugar recientemente en la misma Iglesia y donde menos cabría esperar. Y estamos hablando del trato que está siendo tributado al concepto de la misericordia.

La misericordia es el atributo divino más consolador para el ser humano desde el momento en que se refiere al perdón de los pecados ofrecido por Dios por amor. Pero la misericordia es efectivamente un acto de amor y supone necesariamente, por lo tanto, la relación bilateral, la cual es esencial al amor. En este caso la de Dios con su criatura, pues no existe el amor cuando no hay una relación de igualdad y correspondencia entre el y el yo, la cual exige necesariamente la identificación de voluntades que ha de existir entre ambos.

Sin embargo, la actual Pastoral está presentando la misericordia ---y así lo está entendiendo la generalidad de los fieles--- como si fuera un acto bondadoso unilateral por parte de Dios, sin exigir de la criatura otra disposición que la de recibirlo. Con lo cual la moderna Pastoral modernista desvaloriza (en realidad los rechaza) los conceptos de culpabilidad o de pecado por parte de la criatura, junto a la consiguiente necesidad del arrepentimiento. Un concepto erróneo de la misericordia que no es sino una falsificación de la verdadera, en cuanto que rompe la relación amorosa bilateral y hace imposible, por lo tanto, la entrega amorosa de Dios a su criatura. En último término supone el rebajamiento del hombre a la categoría de una mera cosa, al privarlo de su capacidad de la libre y responsable respuesta al amor (la cual, para ser auténtica, requiere el previo reconocimiento de la culpa). Dios no trata al hombre como un pelele, sino como un ser responsable con capacidad de decidir libremente (y el amor es esencialmente libertad). En la posible relación amorosa, caso de que la parte humana se empeñe en mantener su postura de rebelión contra Dios, manifiesta claramente con ello una oposición de voluntades que se convierten entonces en contrarias: lo cual hace imposible la relación amorosa y consiguientemente desaparece todo vestigio de que pueda darse la posibilidad de misericordia.

Habrá quien objete que la moderna Pastoral difunde el uso de los confesonarios en las convocatorias religiosas a celebrar. Sin embargo, a cualquier observador perspicaz no habrá escapado la circunstancia de que se habla del confesonario con más insistencia que del debido uso del sacramento de la confesión. Resulta difícil huir de la impresión, tal como queda presentado todo el aparato de la misericordia, de que se trata más bien de un adorno de oropel destinado a conseguir una mayor afluencia de público.

 (Continuará)


[1] Mt 10:22; cf 13:13; 24:13.

[2] Jn 14:6; 18:37.

[3] Jn 16:13.

[4] 1 Cor 13:1.

[5] Cf Mt 10:39; 16:25; Mc 8:35; Lc 17:33.