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Los obreros enviados a la viña (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Lo primero que se desprende de la parábola para quien la lee o la escucha, al menos de primera impresión, es un sentimiento de extrañeza que la convierte en algo peculiar. Y con todo, existen en su enseñanza dos puntos importantes al menos que afectan sobremanera al conjunto de la existencia cristiana.

El primero de los cuales se refiere a la conducta de los cristianos como tales cristianos, y aun como seres humanos, en su transcurrir de la vida ordinaria de cada día. La cual, como cualquiera sabe por propia experiencia y debido a la debilidad de la propia naturaleza humana, suele resistirse a los principios y enseñanzas derivados del Evangelio.

El segundo tiene que ver con un grave problema que afecta a la moderna Pastoral de la Iglesia. A causa de que la parábola contiene una importante y fundamental enseñanza que, sin embargo, es ajena y aun contraria a uno de los temas fundamentales y más difundidos impuestos por la Catequesis oficial de la Iglesia actual.

Y la primera conclusión a deducir de ella, después de la mera exposición de ambos puntos, es la perenne actualidad de las Enseñanzas contenidas en el Evangelio. En el episodio que vamos a comentar van a aparecer una vez más, descritos con extraña precisión y absoluto realismo, los problemas de los hombres en general y los que afectan a la moderna Iglesia en particular. Con una clara exposición de los errores y desviaciones que se cometen con respecto a la Palabra revelada, al mismo tiempo que se señalan con seguridad las verdaderas soluciones. Pero vayamos, sin embargo, por partes, y lo primero a exponer es un resumen del contenido de la parábola.

En ella se dice que el dueño de una viña salió muy de mañana, a la hora de prima, a contratar obreros para trabajar en su finca. Encontró algunos y les prometió un denario por día, para salir después a las horas de tercia, sexta y nona y encontrar a otros a quienes también contrató prometiéndoles lo justo. Salió por fin a última hora del día, hora undécima, y todavía vio a algunos más que se hallaban ociosos porque, según dijeron, nadie los había contratado. También a éstos los envió igualmente a la viña, con la misma promesa de pagarles lo conveniente. Acabada la jornada ordenó el dueño de la finca a su administrador que pagara a los jornaleros, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Así se hizo, y los que habían llegado a última hora recibieron cada uno un denario; y así sucesivamente hasta llegar a los primeros, los cuales también recibieron igualmente un denario cada uno. Cosa que provocó el descontento de los que comenzaron la faena al principio del día, que murmuraban contra el dueño, pues habiendo trabajado desde la primera hora y soportado el peso del día y del calor, sin embargo cobraban lo mismo que los llegados al final. El dueño advirtió a uno de ellos que les había pagado según lo convenido y no cometía, por lo tanto, ninguna injusticia; y en cuanto a los demás obreros, si acaso quería entregarles lo mismo que a los primeros, al fin y al cabo no hacía otra cosa que disponer de su propio dinero a voluntad, puesto que era suyo. Así sucede que los últimos serán los primeros, mientras que los primeros serán los últimos.

Hasta aquí la parábola y la explicación que el mismo Señor proporciona sobre su contenido. Lo cual una vez oído y después de considerado, es de advertir, como cosa a la vez curiosa y peculiar, que la narración no deja de causar en el ánimo un cierto sentimiento de extrañeza. Es cierto que, una vez dadas las explicaciones por el padre de familias a los jornaleros que protestaban, la claridad de un razonamiento que se apoya en la estricta justicia es cosa que se impone por sí misma, por lo que exige obligado asentimiento. Puesto que, efectivamente, una vez acabado el trabajo y recibido lo que se había convenido, no cabe objetar reclamación alguna: después de pagado lo debido, cada uno puede hacer de su dinero lo que quiera, como dijo el propietario. Queda expuesto claramente que la justicia queda satisfecha.

Y sin embargo es preciso reconocer, para cualquiera que se informe de los hechos, que si bien las exigencias de la justicia quedaron cumplidas, siempre queda latente un cierto sentimiento de que existió falta de equidad, o al menos de generosidad, por parte del dueño de la finca: al fin y al cabo, quienes habían llegado a la primera hora habían trabajado más tiempo y más duramente que los demás.

Y aquí se impone una serie de explicaciones:

Dios quiere la salvación de todos los hombres. Para lo cual derrama su gracia y la abundancia de sus dones sobre todos ellos, sin faltar a nadie. Aunque es cierto que los otorga a unos con más generosidad que a otros, tal como lo afirma claramente la Revelación.

Así lo dice, por ejemplo, el Apóstol San Pablo en su Carta a los Efesios, cuando afirma que a cada uno de nosotros, sin embargo, le ha sido dada la gracia en la medida en que Cristo quiere otorgar sus dones.[1]

Y sobre el mismo tema añade en la Primera Carta a los Corintios: Todas estas cosas las obra el único y mismo Espíritu distribuyéndolas a cada uno según quiere.[2]

Con lo que queda bien patente que, aunque es cierto que Dios concede a cada uno de los hombres los dones más que sobradamente suficientes para su salvación, también es verdad que los otorga a unos con más generosidad que a otros. Una razón suficiente pero que, sin embargo, deja en el ánimo el sentimiento, más o menos larvado, de que Dios parece obrar de este modo con una cierta arbitrariedad: ¿Por qué a unos más que a otros?

Pero sabemos que Dios obra en todo momento con Sabiduría, aunque no siempre seamos capaces de alcanzar la profundidad de sus juicios. Sin embargo existen en la misma Escritura ciertas claves que pueden proporcionar pistas sobre la cuestión. En la parábola de los talentos, por ejemplo, se dice que el hombre que partió de viaje y distribuyó sus bienes entre sus servidores entregó a cada uno según su capacidad.[3] A propósito de lo cual conviene recordar que la infinita Sabiduría y el infinito Poder de Dios se manifestaron en la Creación produciendo una casi infinita variedad de especies y subespecies de criaturas, de las que el hombre tampoco fue una excepción. Pues Dios creó diferentes a cada uno de los hombres, dentro de la unidad de una naturaleza común. Y los creó como almas inmortales y como personas, cada una con su carácter y con sus propias peculiaridades, sin nada que se pareciera a una producción de máquinas robots. Siendo pues diferente la capacidad de cada uno de los hombres, no tiene nada de extraño que Dios distribuya sus dones según criterios que, después de todo, se ajustan a la realidad de las cosas.

Tal razonamiento es efectivamente tranquilizador, aunque sólo hasta cierto punto dado que todavía permanece en el ánimo un cierto sentimiento inconsciente de insatisfacción. Después de todo no deja de ser verdad que Dios crea a unos mejor dotados que a otros.

Pero, como ya hemos dicho, los Juicios de Dios son inescrutables, aunque sabemos con certeza que siempre son buenos y fruto del Amor, a pesar de que nuestro limitado entendimiento no sea capaz de comprenderlos. De nuevo el Apóstol San Pablo alude al problema en su Carta a los Romanos:

¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué incomprensibles son sus juicios y qué inescrutables son sus caminos![4]

Y efectivamente, porque los Atributos de Dios aparecen como diferentes a nuestra razón, cuando en realidad se identifican en la Simplicidad de la Esencia Divina. Por eso Dios no obra nunca de forma misericordiosa sin dar entrada al mismo tiempo a las exigencias de su Justicia, independientemente de que lo comprendamos en cada caso o de que no lo entendamos. De donde se sigue que la atribución a Dios de actitudes misericordiosas pero ajenas a su justicia equivale a una verdadera blasfemia.

Todo lo cual puede conducir a la conclusión de que bajo la aparente arbitrariedad cometida contra los obreros que trabajaron desde la primera hora, y que indudablemente soportaron la peor parte, pudiera existir alguna razón, oculta por ahora a nuestro entendimiento, pero en la que concurran a una la Misericordia, la Sabiduría y la Justicia de Dios.

Ante estas circunstancias, cualquiera puede comprender la acritud del problema. Existen demasiadas ocasiones a lo largo de nuestra vida en las que surgen situaciones difíciles de encajar con la Bondad y la Providencia Divinas: la muerte de seres queridos, enfermedades dolorosas o incurables, graves problemas familiares que aparecen a lo largo de los años, fracasos estrepitosos en la vida diaria de cada uno y un largo etcétera que a veces nos hacen sentir un tanto reacios a admitir las palabras del Apóstol: Para los que aman a Dios, todo lo que les sucede es para su bien.[5] Para después finalmente, quizá con el paso del tiempo, llegar a comprender que la bondad y la sabiduría de los designios de Dios eran el fruto de su amor hacia nosotros ante la búsqueda de nuestro bien. Y el problema es siempre el mismo: la grandeza de Dios frente a lo limitado de nuestro entendimiento.

A propósito de la parábola que estamos comentando, Bruce Marshall, en su conocida novela A cada uno un denario aporta una original y atrevida interpretación de la narración. Según la cual los obreros que trabajaron desde la primera hora fueron precisamente los más favorecidos.

Los que llegaron a primera hora y trabajaron, por lo tanto, durante todo el día, se quejaban de recibir el mismo estipendio que los que habían acudido después incluyendo a los que llegaron solamente al final de la jornada. Y efectivamente fue así; pero ¿puede decirse por eso que fueron tratados injustamente...?

En realidad, dice Bruce Marshall ---y esta afirmación puede parecer sorprendente---, estos obreros aparentemente desfavorecidos recibieron más y mejor que todos los demás. Pues habiendo llegado los primeros, es verdad que cargaron con el mayor trabajo, soportaron el peso del día y del calor y sufrieron un esfuerzo y un sacrificio mayor que los realizados por todos los demás. Pero sucede, sin embargo, que el núcleo y lo más fundamental de la existencia cristiana, o aquello que la justifica y le da todo su sentido, consiste en el Misterio de la Cruz, junto a la virtud del sufrimiento en cuanto participación en los padecimientos y la Muerte de Cristo.

Las verdades más fundamentales de la Fe predicada por Jesucristo son precisamente las más olvidadas y las peor entendidas por los cristianos. Ahí están entre otras cosas, para avalar lo que decimos, lo que suponen realidades tan poco estimadas y mal interpretadas como la gloria de figurar entre los más pequeños y los más humildes, el privilegio de ocupar el último lugar, la bienaventuranza prometida en exclusiva a los pobres y a los que lloran, o la gloria de la Alegría Perfecta otorgada singularmente a los que son perseguidos por su fidelidad a la Fe. ¿Y cuántos cristianos están dispuestos a creer hoy las palabras de Jesucristo, que por otra parte definen para ellos el único Camino a seguir?: ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que los encuentran![6]

Demasiado abocados a los criterios y formas de pensar del Mundo, y ahogados en el entorno infecto que los rodea del que respiran continuamente, los cristianos acaban anhelando y persiguiendo los bienes de esta Tierra; por lo demás siempre caducos pero que ellos consideran que son eternos y de valor absoluto: el bienestar, la ausencia de dolor y del sacrificio, el dinero y los bienes materiales, el poder y la fama, y todo aquello que conduce a lo que el vulgo llama inconscientemente disfrutar de la vida. Olvidando la consigna del Apóstol San Pablo: Buscad las cosas de arriba, saboread las cosas de arriba y no las de la tierra,[7] de la cual se desprende que, si existe algo que valga la pena saborear son precisamente y sólo precisamente las cosas de arriba. Por otra parte, la promesa de las bienaventuranzas (la Alegría Perfecta), hecha por Jesucristo, de ninguna manera se refiere al conjunto de cosas que el Mundo entiende como que son las que conducen a disfrutar de la vida.

En atención a la brevedad no vamos a traer aquí a colación la multitud de textos de la Escritura ---en realidad todo el Nuevo Testamento--- que señalan la Cruz y la imitación de Jesucristo como el único camino a seguir para sus discípulos. Bastaría con citar uno importante de la Carta a los Romanos: ¿Acaso no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo hemos sido bautizados para participar en su Muerte?[8] Un texto suficiente para darse cuenta, a poco que se quiera considerar, del afortunado destino que había sido deparado a los trabajadores de la primera hora.

El Progresismo modernista ha privado de contenido la existencia cristiana y le ha robado su sentido. Ser católico en el mundo de hoy no significa nada, y por eso es frecuente oír soy católico, pero no practicante, como si un vocablo vaciado de sentido significara algo. A los trabajadores de la primera hora de la parábola se les ofreció la posibilidad de figurar en el último lugar (cuando habían sido los primeros) y de cargar con el sacrificio mayor y el fardo más pesado. Pero el heroísmo consiste en aceptar la tarea más fatigosa y difícil ---que puede incluso conducir a la muerte--- y, a ser posible, en tomar la carga que correspondería a los otros: Llevad cada uno la carga de los demás y así cumpliréis la ley de Cristo.[9] En definitiva, es evidente que a los trabajadores llamados a la hora más temprana se les ofreció la oportunidad de tomar para sí lo mejor de lo mejor.

(Continuará)


[1] Ef 4:7.

[2] 1 Cor 12:11.

[3] Mt 25:15.

[4] Ro 11:33.

[5] Ro 8:28.

[6] Mt 7:14.

[7] Col 3: 1--2.

[8] Ro 6:3.

[9] Ga 6:2.