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El Buen Pastor (y VI)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Cuando Jesucristo describe las cualidades del buen Pastor dice que las ovejas atienden su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando las ha sacado todas, va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. En cambio ---continúa Jesucristo--- a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños.[1]

 Tales palabras fueron tradicionalmente aceptadas como de fácil interpretación, aunque plantean a la Pastoral y a los fieles de la Iglesia actual un difícil y grave problema que afecta al modo en el que deben ser entendidas. Dado el giro sustancial que la Iglesia postconciliar ha impreso a todo el contenido de la Revelación, los nuevos acontecimientos surgidos obligan a analizar dichas palabras teniendo en cuenta las dificultades que suscita su interpretación en los momentos actuales. Por otra parte, la complejidad y lo delicado del problema plantean la necesidad de un detenido análisis, realizado por partes, como único medio de lograr una aclaración satisfactoria.

 Y en primer lugar, lo referente a las palabras mismas del texto:

 Según el cual, las ovejas siguen al Pastor porque conocen su voz, mientras que no siguen la voz de los extraños porque no conocen la voz de los extraños.

 La conclusión se desprende por sí sola: cuando la voz del Pastor es conocida por las ovejas (lo cual significa obviamente que están acostumbradas a oírla anteriormente), entonces siguen al Pastor. Mientras que, por el contrario, cuando la voz del Pastor suena a las ovejas como extraña, entonces no la conocen (lo cual quiere decir que es diferente y distinta a la voz que siempre habían oído y les era conocida) y por lo tanto no lo siguen.

Ahora sólo quedaría por determinar lo que se entiende por voz conocida y por voz extraña. Lo que siguiendo una lógica elemental no puede significar sino una referencia a la voz que siempre se ha oído y ya se conoce como legítima o, por el contrario, la que apunta a una voz que se oye como cosa nueva y distinta y que carece, por lo tanto, de legitimación.

 Dicho lo cual, corresponde ahora analizar los hechos:

 Debe advertirse, en primer lugar y según se deduce necesariamente del texto, que las ovejas siguen al Pastor cuando conocen su voz. De donde se desprende que cuando las ovejas no conocen la voz del Pastor, y no obstante le siguen, es porque tales ovejas no pertenecen al rebaño.

 En segundo lugar, continuando con el análisis de los hechos, encontramos en la Iglesia actual una gran mayoría de Pastores que han abandonado las Enseñanzas de la Tradición y han aceptado en su lugar las asumidas por la herejía modernista. De donde se deduce en pura lógica que su voz es extraña a la de Jesucristo, el Príncipe de los Pastores según San Pedro,[2] la cual está contenida en el Evangelio y mantenida por la Tradición.

 En tercer lugar, y como hecho no menos importante, nos enfrentamos a la innegable realidad de que la inmensa mayoría de los católicos siguen hoy incuestionablemente a tales Pastores.

 Lo que a su vez aboca a la conclusión de que la casi globalidad de los católicos han dejado de pertenecer al Rebaño de Jesucristo.

 Conclusión que, sin embargo, pese a estar bien fundamentada en la Enseñanza evangélica con lógica aplastante, no será aceptada y será casi unánimemente rechazada. ¿La razón? Porque, una vez más, trabajan en contra de la verdad argumentos varios y poderosos.

 Ante todo, porque los malos Pastores siguen siendo legítima Jerarquía. De hecho, aunque sean malos Pastores, son legítimos Pastores. Y un cristiano fiel a su Fe no puede rebelarse abiertamente contra la legítima Jerarquía a la cual debe sumisión y respeto.

 Aunque cualquier miembro de la Iglesia puede e incluso debe mostrar su discrepancia y combatir el error, viniere de donde viniere, desde cualquier lugar que ocupe dentro de la comunidad eclesial. Lo cual puede conducirlo indudablemente a la difícil situación de mantener un sereno equilibrio entre el respeto a la Jerarquía, de un lado, y la obligación de denunciar el error, de otro.

 En situaciones sumamente complicadas, como las que vive hoy la Iglesia, mantener un sano equilibrio en la Fe es sumamente difícil y requiere una especial asistencia de la Gracia, además de gran fidelidad a las luces del Espíritu conducidas bajo la guía del auténtico Magisterio de siempre. Y decimos Magisterio de siempre porque los modernos papólatras defienden falsamente que el Magisterio de la Iglesia ha de ser definido por el del Pontífice reinante. Por poner un ejemplo, baste considerar la dificultad que alguien puede sentir hoy en mantener la Fe entre dos errores opuestos de gran vigencia y que afectan, por un lado o por otro, a la gran mayoría de los católicos. Y al decir esto nos referimos al conciliarismo, de un lado, y a la papolatría, de otro.

 De esta situación se aprovecha injustamente la Iglesia progresista para exigir obediencia a la Jerarquía y a un pretendido espíritu del Concilio que en realidad nadie sabe en lo que consiste. E igualmente el Progresismo ha aprovechado el pretexto para perseguir a los pocos fieles que aún mantienen la fidelidad a la Iglesia que se atiene a las Enseñanzas de la Tradición. Una actitud de abuso de autoridad que en, último término, viene a ser una manifestación de verdadera papolatría cuando no de tiranía.

 Otra poderosa razón por la que las conclusiones aquí expuestas no serán aceptadas se explica por el hecho de que, después de más de cincuenta años de haber sido machacada la Catolicidad por la herejía modernista, sin haber encontrado prácticamente oposición alguna, la gran masa de fieles ha terminado por rendirse al espíritu de la mentira y no está dispuesta a ofrecer la menor resistencia. El Modernismo proporciona un Cristianismo conforme al mundo y solo para este mundo, que desconoce el misterio de la Cruz y que ha desterrado el sentido del pecado. Desde un punto de vista puramente naturalista que ha renegado de Dios, no tiene nada de extraño que la Catolicidad haya capitulado y rendido la fortaleza. En situación semejante, el sentimiento oportunista y la cobardía impulsan a que prácticamente nadie esté dispuesto a defender la verdad.

 Como prueba evidente de lo que venimos diciendo puede aducirse lo que ha sucedido con la Nueva Misa del Novus Ordo. Fue impuesta por el Papa Pablo VI para sustituir obligatoriamente a la Misa Tradicional mediante una disposición ilegítima que hizo caso omiso de que la Misa Tradicional jamás podía ser abolida, como al fin reconoció Benedicto XVI. A pesar de que la Nueva Misa minimizaba hasta el extremo, hasta casi hacerlo desaparecer, el esencial sentido Sacrificial de la verdadera Misa, fue recibida sin resistencia por todo el Orbe Católico.

 Ciertamente que fue recibida sin resistencia, pero también sin aceptación, como están demostrando los hechos. A propósito de lo cual, alguien ha dicho últimamente que no vale la pena insistir en los valores de la Misa Tradicional con el fin de mostrar el daño ocasionado por la imposición de la Nueva Misa, puesto que dada su misma carencia de contenido acabará irremisiblemente por desaparecer y ser engullida por la marea progresista. Y si alguien muestra dudas ante la oportunidad del razonamiento, basta con que ponga atención al hecho de que la casi totalidad de las Iglesias del mundo católico, adictas al Rito de la Nueva Misa, han visto disminuir la asistencia de fieles hasta el punto de quedar paulatinamente desiertas, como puede comprobarse consultando las estadísticas.

 El Pastor llamado mercenario por el mismo Jesucristo, al que no le importan las ovejas, no viene sino para robar, matar y destruir. El resultado ha sido una Catolicidad desolada de la que no queda sino un reducido resto esparcido y perseguido. Según el Evangelio de San Mateo, el mismo Jesucristo al ver a las multitudes se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.[3]

 Pero un resto que sin embargo hace realidad la Promesa que jamás quedará sin cumplimiento: Y las Puertas del Infierno no prevalecerán contra ella.[4] De ahí que quienes creen en Jesucristo y lo aman siguen animando sus corazones con la virtud de la esperanza, siempre a la escucha de aquellas consoladoras palabras que siguen sonando y que no se han apagado: Pero cuando veáis que suceden estas cosas, levantad el ánimo y alzad vuestras cabezas, porque se acerca vuestra redención.[5]


[1] Jn 10: 3--5.

[2] 1 Pe 5:4.

[3] Mt 9:36.

[4] Mt 16:18.

[5] Lc 21:28.