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El Buen Pastor (IV)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

4. El problema del diaconado permanente

Una de las armas principales utilizadas por la herejía modernista para destruir la Iglesia es la del fomento indiscriminado de la confusión. Para lo que ha utilizado con éxito todas las figuras retóricas del lenguaje apropiadas para el caso, como la ambigüedad, la anfibología y el equívoco, tanto en todo lo que se refiere a la doctrina y al culto como a las mismas instituciones. Utilizando las mismas palabras o vocablos de siempre, conocidos ancestralmente por el Pueblo cristiano, pero cambiándolos y vaciándolos de sentido a fin de infundirles otro diferente y de contenido puramente humano.

 Es lo que ha sucedido con la nueva institución del diaconado permanente.

 La cual ha suscitado no pequeños inconvenientes de los que nadie suele hablar. Como tampoco se alude nunca a las posibles intenciones de quienes impulsaron la creación de esta nueva institución. Las cuales, si realmente las hubieron, no parece que fueran otras que la eliminación del celibato sacerdotal, que es un tema que abordaremos con extensión más adelante.

 La hemos llamado nueva institución porque, aunque es cierto que siempre existieron en la Iglesia diáconos permanentes y más frecuentemente en la comunidad primitiva, pero estaban revestidos de un contenido y de un significado diferentes a los de la actualidad, puesto que se consideraban clérigos consagrados ajenos a la vida de los laicos y dispuestos a vivir perpetuamente el celibato. Mientras que el moderno diaconado permanente, integrado en su mayoría por varones casados que continúan ejerciendo sus deberes familiares y profesionales, no excluye la posibilidad de acceder al sacerdocio permaneciendo de todos modos los diáconos en su condición de vida matrimonial. Lo que convierte a este diaconado en una institución nueva y distinta a la conocida tradicionalmente por la Iglesia. Por lo demás, esta posibilidad de acceder fácilmente al sacerdocio, aunque sin abandonar la situación de convivencia matrimonial, es un importante detalle que conviene tener en cuenta.

 No corresponde a este lugar relatar la historia de las funciones de los diáconos permanentes en la Iglesia primitiva. Baste decir, a modo de resumen, que su dedicación principal tenía que ver con funciones sociales, de asistencia de caridad y administrativas. Como demuestran las palabras de San Pedro al instituir a los primeros diáconos: No es conveniente que nosotros abandonemos la palabra de Dios para servir las mesas. Escoged, hermanos, de entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, a los que designemos para esta tarea. Mientras, nosotros nos dedicaremos asiduamente a la oración y al ministerio de la palabra.[1] El diácono San Lorenzo (martirizado en el año 258), por ejemplo, era Ecónomo de la Iglesia de Roma.

 La principal razón aducida para la institución del nuevo diaconado permanente fue la extraordinaria escasez de sacerdotes. Y efectivamente existen regiones demasiado extensas (como sucede en Brasil) que apenas conocen alguno, mientras que en numerosas otras los escasos sacerdotes que ejercen el ministerio se ven desbordados en sus funciones. Una realidad que nadie va a negar por ser demasiado patente y porque afecta gravemente a la vida de toda la Iglesia.

 Dejamos aquí aparte el grave problema de que nunca fueron atendidas las verdaderas causas que dieron lugar a esta situación, así como que tampoco se aplicaron los remedios que la hubieran solucionado o al menos mitigado. El estudio de cuestión tan delicada ocuparía demasiado tiempo y espacio y no corresponde a este lugar.

 Sea como fuere y ante la urgente y grave necesidad suscitada, una gran cantidad de varones, generalmente ligados a sus deberes matrimoniales y familiares además de los profesionales, se hicieron eco del llamamiento de la Iglesia y se mostraron generosamente dispuestos a recibir el diaconado. Hombres de buena voluntad, dotados en su mayoría de las más elevadas intenciones, han venido realizando su tarea dignamente por lo general y hasta con laudable celo en ocasiones, remediando de algún modo situaciones que no dejaban de ser angustiosas.

 Pero como suele suceder con las instituciones surgidas en la Iglesia por disposiciones disciplinares, no tardaron en aparecer dificultades dignas de ser consideradas. No siempre las cosas buenas dejan de ir acompañadas de inconvenientes. Ante todo, debe tenerse en cuenta que no resulta fácil definir la entidad teológica o jurídica de los nuevos diáconos, dada su naturaleza peculiar. Por una parte son clérigos, puesto que han recibido el sacramento del Orden (aunque sea en su grado ínfimo) y quedan obligados al rezo del Oficio Divino. Pero por otra viven prácticamente como seglares, continúan con sus deberes familiares y profesionales y el común de los fieles difícilmente los cataloga como clérigos. Esta circunstancia, aparentemente sin importancia, ha contribuido inevitablemente a diluir la figura y el papel del sacerdote en la mentalidad de los fieles.

 Otro inconveniente surgido ha tenido su origen en la falta de sacerdotes en algunos lugares, o su escasez en otros, lo cual ha venido haciendo difícil o imposible la celebración de la Misa. De ahí la aparición de la Liturgia de la Palabra, en la que los diáconos permanentes, revestidos de ornamentos, celebran una liturgia donde leen los textos correspondientes a las lecturas de la Misa, celebran algunas ceremonias no vinculadas a lo esencial del Santo Sacrificio y predican la Palabra. Así resulta una especie de sucedáneo o sustitutivo de la Santa Misa que sirve de piadosa consolación a los fieles que no pueden disponer de otra cosa.

 Desgraciadamente no siempre los remedios resultan prácticos, y hasta pueden acarrear inconvenientes. De hecho el común de los fieles, por lo general muy escaso de formación, se ha acostumbrado a confundir la Liturgia de la Palabra con la Misa, y de ahí que no resulte raro oír decir a gente sencilla que han asistido a una Misa sin consagración. Con lo que desaparece la idea de la necesidad de asistir al Santo Sacrificio y de aprovechar los tesoros que lleva consigo, además de diluirse su sentido de ser el centro insustituible del culto cristiano. Y sin embargo, la eliminación de la Misa, independientemente de las causas de su motivación, dada su transcendental importancia y que no puede ser sustituida por nada, lleva consigo necesariamente la desaparición del Catolicismo allí donde se produce.

 Han surgido además otros inconvenientes de índole más grave que los anteriores. Como ha ocurrido, por ejemplo, con el abuso del derecho a la predicación por parte de los diáconos permanentes, en el que es imposible excluir una clara intención de disminuir la importancia del ministerio y la figura representativa del sacerdote.

 Lo cual se ha llevado a cabo mediante una retorcida interpretación del Ritual de Ordenación de Diáconos en el que se dice que es oficio del diácono el predicar. Palabras cuyo sentido ha sido manipulado para hacerlas significar algo así como que es oficio exclusivo del diácono el predicar. Una burda falsedad que olvida intencionadamente que los tres grados que componen el sacramento del Orden Sacerdotal ---diaconado, presbiterado y episcopado, de menor a mayor--- son inclusivos y de ningún modo exclusivos. Lo cual quiere decir que el presbítero no pierde las facultades recibidas en el diaconado, además de adquirir las suyas propias, lo mismo que el Obispo tampoco pierde las adquiridas en el diaconado y presbiterado, además de poseer las que son exclusivamente suyas.

 Lo que ha dado lugar a que se haya generalizado el hecho de obligar a muchos sacerdotes a permanecer sentados durante la ceremonia religiosa, con el único fin de dar lugar a la predicación del diácono, quien en muchas ocasiones se ha creído incluso con derechos superiores al presbítero celebrante. Todo lo cual ha desembocado en otro modo más de depreciar la figura y el papel del ministerio sacerdotal.[2]

 A lo que hay que añadir otra circunstancia no menos grave. El hecho de encomendar la función de predicar a hombres avezados en la vida secular, cuya bondad y buena fe no se discute en la mayoría de los casos, pero que también se encuentran faltos de la formación requerida para tan delicada tarea, ha dado lugar al desprestigio de la sagrada función de transmitir al Pueblo cristiano la Palabra de Dios. Por otra parte, argumentar ---por más que sea razonablemente--- que la predicación de los sacerdotes ya había decaído bastante, no es una objeción seria. Pues, si bien es de lamentar que una institución no funcione por culpa de obstáculos externos o circunstanciales que se lo impiden, el hecho no se puede juzgar al mismo nivel que cuando otra no cumple su cometido por razones que dependen de su misma naturaleza. Si el sacerdote actual vive un estado de lamentable decadencia y de progresiva degradación, tal cosa no se debe a la naturaleza misma del ministerio (existen causas que lo explican, como es la influencia de la herejía modernista y la rendición ante el mundo que ella misma ha provocado). Mientras que el diácono permanente, aunque posea como oficio propio el de predicar, siempre carece de la necesaria preparación para la predicación sagrada. La cual es una función que no se puede adquirir en un cursillo ---que es a lo más a lo que llega la formación de los diáconos permanentes---, sino que requiere años de estudio, además de una intensa práctica y experiencia en la vida interior y de oración, puesto que es imposible hablar de Dios a los hombres si primero no se ha aprendido a hablar de los hombres a Dios.

 Aun contando con todo lo dicho, el problema más grave que presenta en la actualidad el diaconado permanente en su presente forma, del cual no se suele hablar y que además se oculta celosamente, es el de los verdaderos motivos que condujeron a instituirlo. Acerca de los cuales existen razones para sospechar que tuvieron que ver con la eliminación del celibato sacerdotal en el Sacerdocio de la Iglesia Católica. Un verdadero tesoro sobrenatural ---el del celibato--- que adornó durante siglos el sagrado ministerio y que ha sido una fuente constante de santificación, tanto para quienes lo poseían como para las almas que les estaban encomendadas.

 Como es lógico, aquí no se puede demostrar esta afirmación con pruebas documentales. Aunque existen argumentos más que razonables capaces de conducir a esta conclusión para cualquiera que piense desapasionadamente.

 En primer lugar, porque es un hecho de general dominio la feroz campaña emprendida contra el celibato eclesiástico desde el momento en que la ola modernista se introdujo en la Iglesia. Puestos a determinar fechas, habría que señalar una vez más los comienzos de los años sesenta del siglo pasado, con la inauguración del Concilio Vaticano II y el auge de las doctrinas progresistas.

 Los argumentos ofrecidos por la progresía en contra del celibato son numerosos, y han seguido siendo utilizados todavía para desorientar a los fieles durante un largo período de adoctrinamiento que ha durado ya más de cincuenta años. La escasez de sacerdotes y la necesidad de que el sacerdote se identifique mejor con el mundo secular y no parezca un ente extraño separado del mundo, son las principales razones aducidas para difundir la idea de la necesidad de abolir la obligación del celibato. Aunque en realidad sean un puro pretexto.

 Pero es evidente que las campañas largas e insistentes realizadas para difundir una idea, utilizando indiscriminadamente todos los medios y sin oposición alguna dentro del ámbito de cualquier Sociedad humana, siempre indican propósitos bien determinados y nunca confesados claramente.

 Es cierto, por otra parte, que el Papa Juan Pablo II insistió fuertemente en la necesidad del celibato eclesiástico en su Carta a todos los sacerdotes escrita con ocasión del Jueves Santo del año 1979. El énfasis con el que se expresaba sobre el tema en la parte más importante del Documento entusiasmó a grupos de tradicionalistas que llegaron a afirmar que el Pontífice había hablado ex catedra. Cosa que, ante el revuelo organizado, el mismo Papa se apresuró enseguida a desmentir asegurando que no había tenido ninguna intención de hablar con infalibilidad.

 Una de las maniobras más importantes y efectivas realizadas en la Iglesia postconciliar, con el claro fin de facilitar la idea de la conveniencia de abolir el celibato eclesiástico, fue la indiscriminada admisión en masa de grupos conversos provenientes del anglicanismo en el que figuraban lo mismo Pastores (casados, por supuesto) que simples fieles. Las condiciones para su admisión dentro del Catolicismo, permitiendo la permanencia de ritos y costumbres, fueron lo suficientemente laxas como para dudar de que se tratara efectivamente de una verdadera conversión. Teniendo en cuenta que el clero anglicano no es verdadero clero, según declaró oficialmente León XIII en la Bula Apostólica Apostolicæ Curæ (1896) puesto que había perdido la sucesión apostólica, se procedió rápidamente a ordenar Sacerdotes a los correspondientes Pastores y Obispos anglicanos conversos.

 Resulta difícil encontrar razones para explicar semejante apresuramiento en las ordenaciones sacerdotales de ministros que evidentemente carecían de suficiente formación en la Doctrina Católica. Las explicaciones aportadas referentes al ecumenismo, pastoralismo, comprensión, etc., es evidente que carecían de seriedad, al no tener en cuenta la importancia de una situación que comprometía tan gravemente la salvación de las almas, tanto anglicanas como las de los fieles católicos inducidos de tal forma a confusión. La condición de casados de estos Pastores ---ahora sacerdotes--- también contribuiría eficazmente a difundir y legitimar en el Pueblo cristiano la existencia de Ministros sagrados viviendo en situación estado matrimonial. Cabe preguntar si acaso existió alguna razón más profunda que justificara tan extraña aceleración de semejantes procesos

 Como es lógico, en un asunto de tan vital importancia como el que estamos comentando, cada cual es libre de sostener la opinión que le parezca más oportuna. Sin embargo, encuadrado el problema en el contexto de la fuerte campaña organizada para contribuir a la abolición del celibato eclesiástico, no parece irrazonable adivinar aquí unas intenciones que apuntan claramente en una dirección determinada.

 Con todo, el argumento más fuerte en favor de lo que venimos diciendo es el anuncio ya realizado, aunque aún no de modo oficial, del tema a tratar en el Sínodo Episcopal del año 2016. El cual no va a ser otro que la discusión acerca de la conveniencia de mantener en la Iglesia la obligación del celibato eclesiástico. Y ya se sabe cuál es siempre el resultado de las deliberaciones llevadas a cabo en estos Sínodos, según ha quedado demostrado en la experiencia de los ya realizados hasta ahora. Pues sea cual fuere el sentido y el resultado obtenido en las discusiones, la decisión final siempre viene a coincidir con el propósito para el cual el Sínodo había sido convocado. En definitiva, el colofón final de una campaña llevada a cabo de modo pertinaz durante sesenta años.

 En todo este asunto ---como en tantos otros de los que ahora se están planteando en la Iglesia--- concurren varios factores esenciales pero que ordinariamente pasan desapercibidos.

 De un lado está el hecho innegable de que el Modernismo actúa en la Iglesia utilizando dos importantes instrumentos: el factor tiempo, sabia y pacientemente dosificado. Por otra parte la mentira, siempre envuelta a su vez en el ropaje de un falso lenguaje y de una pretendidas buenas intenciones (ecuménicas, de comprensión y misericordia, de conseguir un cristianismo más adaptado al mundo, etc.)

 De otro lado hay que contar con la triste circunstancia de que la gran masa del Pueblo cristiano ha hecho su opción por la mentira y se ha decidido por un cristianismo abierto al mundo. Que es lo mismo que decir más mundano.

 Por otra parte, es indudable que al Modernismo le urgía la necesidad de acabar con el sacerdocio católico, para lo cual era importante el necesario paso previo de la supresión del celibato. Por eso era necesario ---teniendo en cuenta también todo el conjunto de sus propósitos--- fabricar toda una urdimbre de instituciones y costumbres nuevas, vaciando o desacreditando las antiguas, difundiendo entre los fieles la creencia en la necesidad de adaptar el cristianismo a las nuevas necesidades, diluyendo la Fe en la Tradición, desacreditando a la Jerarquía, etc., etc.

 Nada tiene de extraño, por lo tanto, que en este ambiente creado de modo tan artificial muchos hombres de buena fe y dotados de la mejor buena voluntad imaginable, se hayan prestado generosamente a formar parte de una institución todo lo buena que se quiera conceder, pero cuyos propósitos en definitiva no resultan demasiado claros.

 Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la ingenuidad y la buena fe no son suficientes para justificar, o bien la aceptación de una situación equivocada, o bien para dar por bueno un hecho erróneo. El cristiano tiene una obligación que pesa sobre él en todo momento, cual es la de discernir para distinguir la verdad del error y el bien del mal. Pues no todo lo que parece caer del cielo es bueno (a veces caen rayos o granizo), ni todo lo que se oye es verdad. Debe saber que siempre han existido en la Iglesia Pastores buenos y Pastores mercenarios (como ya lo explicó Jesucristo), y que todo el Nuevo Testamento está lleno de avisos y advertencias acerca de los falsos Pastores y los falsos Maestros que abundarán sobre todo en los Últimos Tiempos y que engañarán a muchos. Ante la abundancia del engaño y de las falsedades que reinan en el mundo, ya avisó el mismo Jesucristo acerca de la necesidad conocer y distinguir a los hombres por sus frutos y no meramente por sus palabras. Lo cierto es que apenas si se ha pensado en los efectos que producirá la facilidad con que los diáconos casados serán admitidos en el sacerdocio. Efectos que contribuirán a difuminar entre la masa de los fieles las idea de la necesidad y de la conveniencia del celibato sacerdotal.

 Quienes fácilmente se dejan conducir por sus impulsos sin preocuparse de discernir lo conveniente de lo falso ni de buscar seriamente la verdad, debieran tener en cuenta la grave advertencia formulada por el Apóstol San Pablo en la Segunda Carta a los Tesalonicenses (2 Te 2: 11--12). En la que avisa que Dios envía un espíritu seductor para que acaben creyendo en la mentira y sean finalmente condenados todos aquellos que no creyeron en la verdad, por haberse dejado llevar por su complacencia en lo injusto incluso cuando a veces se presente bajo la etiqueta de lo bueno. De ahí que equivocarse de buena fe en un asunto tan grave como es el de la salvación, no es suficiente en modo alguno para apartar del camino de la perdición eterna.

 (Continuará)


[1] Hech 6: 2--3.

[2] En las Misas solemnes que se celebraban tradicionalmente y que eran presididas por el Obispo, era costumbre que el Obispo celebrante tomara asiento en el trono mientras otro ministro predicaba en su nombre. Cosa que siempre se hacía mediante una breve ceremonia previa en la que el Obispo diputaba al predicador para que predicara la Palabra mediante mandato del Obispo, pues siempre se habían guardado en la Iglesia el orden jerárquico y respetado las funciones propias del oficio.