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El Buen Pastor (II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 
 
Del barullo introducido en la Iglesia
cuando el Demonio engañó a los laicos
haciéndoles creer que para realizarse como tales
debían ser mitad seglares y mitad curas.
O sea: ni lo uno ni lo otro.
 

Continuando con el tema acerca de los enredos organizados por el Gran Embustero dentro de la Iglesia, es de notar que todavía fue mayor la otra patraña introducida en esta materia por el Modernismo en el seno del Catolicismo, puesto que produjo mayor confusión y peores daños que los causados por la anterior. Esta nueva y disparatada falsedad fue difundida por la herejía en el ámbito eclesial con un éxito sin precedentes y sin oposición alguna, de tal manera que aun hoy resulta imposible comprender la forma en que fue aceptada unánimemente por el estamento laical.

La herejía modernista aseguraba que los seglares habían estado oprimidos durante veinte siglos por el clero. Por lo que ya era hora de que los hasta ahora vejados se alzaran para reivindicar sus derechos, utilizando para ello los procedimientos que fueran necesarios. Según los modernistas, el laicado debía recuperar el ámbito de autonomía y de libertad que le corresponde por derecho propio, único modo de cumplir en la Iglesia según las exigencias de su propio carisma, una vez liberado del yugo con el que había sido sojuzgado por el clero durante tanto tiempo.

Y tal como ocurre con el espíritu de novedad que siempre acompaña a cualquier invento, el alegato era tan original e inédito entre el pueblo cristiano que hubiera sido suficiente para que ni siquiera fuera tenido en cuenta, de no ser porque el ambiente se encontraba ya bien abonado para aceptar cualquier clase de mentiras. Las cuales, como se sabe, son recibidas con más unanimidad y más íntima adhesión según sea mayor la magnitud del engaño, tal como dicta la famosa y conocida regla de Lenin.

A fuer de verdad, a lo largo de toda la historia de la Iglesia jamás el conjunto de los fieles había abrigado la más mínima idea de sentirse oprimido por el clero. Por lo que no puede decirse que la teoría fuera recibida como la expresión de sentimientos reprimidos y nunca expresados, sino como algo tan nuevo y sorprendente como lo que pudo haber ocurrido en el mundo con el descubrimiento de la ley de la gravedad o la invención de la imprenta. Lo cual no pudo impedir que el infundio fuera aceptado por la unanimidad de los fieles como si siempre hubiera estado latente en el ánimo de todos.

Lo que hace patente dos grandes realidades que, al igual que tantas otras, suelen pasar inadvertidas. La primera de las cuales se refiere al estado lastimoso al que ha sido reducida la naturaleza humana después de la caída, a pesar de la restauración que le había sido otorgada por la Redención; siempre dispuesta la naturaleza a aceptar cualquier cosa, por falsa y nociva que sea, con tal que satisfaga las apetencias de sus sentimientos más bajos. En cuanto a la segunda realidad, es otra muestra del estado progresivo de degradación que ya afectaba al mundo cristiano y que haría definitivamente eclosión con los resultados del Concilio Vaticano II, para desembocar finalmente en la situación de apostasía general que ya se cernía sobre la Iglesia.

La doctrina de la Revelación, junto a las enseñanzas constantes de los Padres y del Magisterio a lo largo de toda la historia de la Iglesia, fueron unánimes en afirmar lo contrario de lo difundido por el engaño modernista. El Nuevo Testamento señala al sacerdote como constituido en favor de los hombres a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados.[1] De manera que constituido en favor de los hombres. Y para que ofrezca sacrificios por los pecados, no sólo por los del pueblo cristiano, sino también por los suyos propios como uno más entre sus hermanos, puesto que también él está rodeado de debilidad.[2] Por otra parte, ya Jesucristo había dejado bien establecido que el verdadero pastor es aquél que da la vida por sus ovejas.[3] Doctrinas que en modo alguno parecen compatibles con el concepto de opresor que el Modernismo asigna al sacerdote.

Sin embargo, una vez más el Gran Enredador consiguió sus propósitos. Las ovejas se lanzaron como locas a convertirse en pastores, olvidando que la condición de oveja en la Iglesia no supone ninguna humillación, pues también los Pastores son ovejas en el Rebaño de Cristo, que es el único Pastor Supremo[4] de todas ellas.

De este modo el Padre de todas las Mentiras logró que muchos laicos, a semejanza de lo que lo que había ocurrido con el clero, cayeran en el absurdo de creer que la mejor manera de realizarse como seglares era la de convertirse en sacerdotes. O al menos en medio sacerdotes o cuasisacerdotes, que es otro producto híbrido todavía peor.

A partir de ese momento, una inmensa turba de ministros, ministros eucarísticos y de otras actividades pastorales, agentes pastorales, predicadores, educadores laicos, seglares avanzados dispuestos a monitorear cualquier actividad eclesiástica..., y todo un numeroso ejército de seglares que se sintieron repentinamente animados de espíritu de mando dentro de la Iglesia. La desgraciada masa de infelices fieles de Jesucristo se vio forzada a sufrir, quizá de forma más o menos inconsciente, las tropelías evangelizadoras de una tropa que se había visto de repente convertida en oficialidad. La euforia se hizo general y las librerías diocesanas se llenaron de volúmenes de la especie de La hora de los laicos, Laicos en marcha o cosas semejantes, casi todos ellos escritos por jesuitas y tan rebosantes de teología como lleno pueda estar un cántaro para agua cuando va camino de la fuente. Todo ello como si los laicos no hubieran visto nunca su hora ni hubieran significado nada desde el principio del Cristianismo, o porque tal vez habían permanecido en estado de somnolencia mientras que los clérigos continuaban disponiendo a su antojo y avasallando al infeliz estamento secular.

Como decía el Segismundo de Calderón en La vida es sueño, aunque refiriéndose a los reyes. En una expresión que en este caso, extrapolada del auto sacramental, podría hacer referencia a una imaginaria situación de opresión por parte del clero y que, según los modernistas de la Nueva Iglesia, debía ser extirpada radicalmente:

 

con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando. 

 

El primer efecto devastador producido por todo este barullo, aunque no el menos grave, consistió en la pérdida de la propia identidad por parte de los seglares y el olvido de la transcendencia de su propio carisma, con el abandono de las importantes funciones propias de su estado y a las que por vocación habían sido llamados.

Los seglares cristianos, como bautizados miembros de la Iglesia, participan del sacerdocio de Jesucristo ---el sacerdocio común de los fieles--- en primer lugar. Mientras que, por otra parte, por el sacramento de la confirmación han sido constituidos como soldados de la Milicia de Jesucristo ---milites Christi---, con la singular e imprescindible tarea de dar testimonio de Él en medio del mundo y de santificar sus estructuras desde su condición de seglares. Según lo cual les corresponden las tareas que rigen el funcionamiento de la Sociedad: las funciones de Gobierno y de relaciones internacionales, orden público, administración de la Justicia, educación, sanidad, beneficencia y jubilación, comercio, finanzas, industria, investigación científica y mundo cultural, régimen de espectáculos, etc., etc. Todas ellas funciones exclusivas y propias de los seglares y que en modo alguno corresponden al clero.

Aunque el papel más importante asignado por Dios a los seglares es el que corresponde a la creación y funcionamiento de la familia, que es la célula básica de la organización y mantenimiento de la sociedad. Dentro de la cual es donde deben llevar a cabo la obra más importante que Dios les ha encomendado como tarea más específica y fundamental: la formación y educación de los hijos como hombres y como cristianos. Una función que corresponde en primer lugar a los padres y no a los sacerdotes, quienes con respecto a ellos ejercen en esta materia un papel de segundo orden.

Aquí es preciso insistir en que el Gran Engañador produjo en este orden de cosas un daño devastador. Con motivo de los nuevos vientos que soplaban en la Iglesia, multitud de seglares se sintieron animados a convertirse en semiclérigos dispuestos a realizar funciones evangelizadoras y de culto. Con el resultado de un efecto asolador que con toda seguridad habrá conducido a la perdición a un número de almas sólo de Dios conocido.

Los ministros eucarísticos en particular, con toda seguridad que sin proponérselo por su parte, han causado un grave daño a la Fe de los fieles; por más que esta afirmación escandalice los oídos de muchos, los cuales no estarán dispuestos a examinar serenamente los hechos.

Partiendo de la realidad de la insuficiencia de sacerdotes, pareció razonable la opinión de muchos de ellos que se sentían desbordados para administrar la Eucaristía. De ahí que se concluyera en la necesidad de instituir los ministros eucarísticos, lo cual se llevó a cabo por cantidad de millares con personas de todas clases y condiciones. De forma restringida al principio pero a compuertas abiertas después. Se elaboraron listas que en un primer momento fueron estrictas en la elección de personas aptas para recibir este ministerio. Pero no pasó mucho tiempo sin que el número de personas consideradas adecuadas para distribuir el Sacramento se fuera incrementando hasta hacerse demasiado numeroso, a tal punto que resultaba mucho más fácil enumerar a las personas no autorizadas para recibir este ministerio. Así se fue dando lugar al espectáculo de mujeres sin medias o con calcetines cortos, de jóvenes minifalderas, o incluso de gentes sin fe o de conducta dudosa distribuyendo la Eucaristía mientras los sacerdotes permanecían sentados en sus asientos. Todo lo cual en multitud de lugares, y especialmente en los grandes Congresos Eucarísticos Internacionales, fue ocasión para que se produjeran infinidad de sacrilegios.

Antes de enumerar las verdaderas causas que originaron la aparición de este fenómeno en la Iglesia, conviene notar que hubo en este caso una exagerada estimación del problema. Admitiendo la indiscutible realidad de la extraordinaria falta de sacerdotes, también es razonable recordar que la fatiga y el cansancio son condiciones inherentes al ministerio del sacerdote, cuyas manos son las únicas que fueron consagradas para tocar y distribuir la Eucaristía: Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, permanece solo; pero si muere, entonces da mucho fruto.[5] Siempre fue el agotamiento el instrumento con el que los verdaderos sacerdotes realizaron en la Iglesia la labor de evangelización, y hace ya demasiado tiempo que el general cartaginés Almircar Barca dijo que solamente los soldados cansados son los que ganan las batallas.

En cuanto a las causas a las que asignar la aparición de los ministros eucarísticos, lo primero que salta a la vista es la costumbre, ya generalizada en la Iglesia, de dar de lado al origen de los problemas o, en todo caso, de achacar su existencia a razones que nada tienen que ver con la realidad. Con respecto al asunto concreto que estamos comentando, fueron varias y muy graves las circunstancias que dieron lugar a su aparición.

La crisis de identidad del sacerdocio, como idea surgida de las interpretaciones originadas según el llamado espíritu del Concilio y fomentadas por toda la teología modernista posterior. No poco contribuyó también la libertad general de secularización del clero permitida por Pablo VI, de la que no tardó en arrepentirse al comprobar la deserción general de la que fue seguida. Ambas razones se alimentaron mutuamente.

La pérdida de prestigio y de autoridad por parte de la Jerarquía, junto a las ideas de democratización de la Iglesia, también introducidas por el Concilio y que contribuyeron a diluir la importancia del papel del sacerdote entre los fieles.

La falta de cuidado y de atención al clero en general por parte de la Jerarquía de la Iglesia. De hecho se abandonó la atención y vigilancia a los Seminarios, Facultades Teológicas y Centros de formación, descuidando por completo la atención a la enseñanza que se prestaba en ellos. Junto a eso se permitió la infiltración, con toda impunidad y durante muchos años especialmente en los Seminarios, de las doctrinas marxistas, de las teorías favorables a la homosexualidad e incluso de los elementos que la practicaban. Alcanzando el colmo de la gravedad del problema una vez surgido el lamentable y triste fenómeno de la pederastria, ocasión aprovechada por la Autoridad eclesiástica para arremeter contra el bajo clero y atribuirle todo el peso de la culpa.

Y para concluir el tratamiento de este tema, ya solamente resta aludir al principal y más grave efecto producido por la aparición en la Iglesia de los ministros eucarísticos. Los cuales han contribuido, como una de las principales causas, a la actual falta de respeto a la Eucaristía que se observa en la inmensa generalidad de los fieles, en primer lugar. Pero sobre todo y principalmente, a la pérdida de la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía por parte de la práctica generalidad del Pueblo cristiano.

 

Nota aclaratoria final:

La institución de los ministros eucarísticos no tiene fundamento alguno, ni en la Constitución divina de la Iglesia ni en la Doctrina de la Fe. Todo lo más está basada en enseñanzas y disposiciones disciplinares de la Iglesia carentes de cualquier pretensión de infalibilidad. Por lo tanto es materia que puede ser objeto de sana crítica, supuestos siempre el respeto debido y la buena fe por parte de quienes ejercen tales ministerios. Aunque teniendo en cuenta, sin embargo, que la buena fe no siempre es causa que justifique la ingenuidad, además de que es deber de cualquier cristiano el buscar sinceramente la verdad.

 (Continuará)


[1] Heb 5:1.

[2] Heb 5:2.

[3] Jn 10:11.

[4] 1 Pe 5:4.

[5] Jn 12:24.