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El Buen Pastor (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

1.Consideraciones Previas.

De algunos errores sobre la división
de Pastores y Fieles en la Iglesia[1].
 

              Jesucristo fundó su Iglesia instituyendo en ella dos clases de fieles: Los Pastores y los simples fieles. De ahí que la Doctrina considerara siempre a la Iglesia como dividida en dos estamentos distintos, aunque formando un solo Cuerpo. Los cuales son llamados, respectivamente, Iglesia docente o de los Pastores e Iglesia discente, formada por el resto de los fieles.

Corresponden a la primera, integrada por los Pastores, las funciones de santificar, enseñar y gobernar al resto de los fieles. Mientras que a la segunda compete la disposición a escuchar la recta doctrina de boca de sus Pastores, recibir de ellos los medios para su santificación y obedecer sus mandatos.

Esta forma de constituirse la Iglesia es de disposición divina y no puede ser cambiada, por lo tanto, ni siquiera por la misma Iglesia. Lo cual es una verdad de Fe, reconocida siempre por la Iglesia, que no admite discusión alguna. O al menos eso es lo que debiera ser, aunque de hecho no haya sucedido así siempre y especialmente en los tiempos más modernos.

Por más que se diga que el hombre es un ser de naturaleza racional, sería falso asegurar que siempre actúa racionalmente. Y para decir toda la verdad, incluso hay que reconocer que la mayoría de las veces anda lejos de comportarse conforme a la manera que correspondería a su naturaleza.

Aunque parezca difícil de creer, no hay sino reconocer que la fidelidad a Jesucristo es cosa de excepción en la Iglesia. Ni por parte de los Pastores ni por parte de los fieles. Que es lo que ha dado lugar a la aparición de Pastores que nunca han sabido ser Pastores y que forman un conjunto de variadas especies de las que después hablaremos. E igualmente han surgido multitud de ovejas que se consideran Pastores, por no haber llegado a comprender el carisma propio de los seglares y su función en la Iglesia. Todo lo cual debido a un desbarajuste de ideas confusas en gran parte introducidas por la teología de la Nueva Iglesia.

Aunque conviene sin embargo, antes de continuar con el tema, hacer una referencia a las razones que han contribuido a hacer posible la aparición de un fenómeno que ha transformado la vida de la Iglesia y ha dado la vuelta a todas sus estructuras. Los cambios importantes de ideas que se producen en una sociedad no surgen de forma repentina o improvisada, sino que proceden de un punto en el que confluyen una serie de antecedentes y de causas por lo general bastante complejos.

En nuestro caso concreto, el precedente más próximo debe ser señalado en el movimiento de ideas surgidas del Concilio Vaticano II. El cual, se quiera reconocer o no, estuvo manejado por grupos progresistas adictos a la herejía modernista que fueron quienes determinaron los procedimientos y pautas a seguir. La principal arma del modernismo, como todo el mundo sabe, es el manejo de la confusión, para lo que utiliza principalmente el instrumento del lenguaje, inteligentemente manipulado como medio de introducir las ideas que se pretenden difundir.

El hecho de que más de dos mil Obispos de la Iglesia, procedentes de todas partes del mundo, coincidieran en firmar y proclamar una serie de ideas y doctrinas con frecuencia contrarias a la Tradición de la Iglesia, al fin y al cabo un suceso sin precedentes en la vida de la Iglesia y la historia de los Concilios, es un misterio imposible de aclarar acudiendo a razones históricas o sociológicas que siempre resultarían insuficientes a pesar de lo que se diga. Han transcurrido más de cincuenta años, después de haber sido clausurado el Concilio, y ahora es cuando parece menos probable que nadie vaya a atreverse a plantear el problema.

Pues efectivamente no es costumbre para los hombres reconocer estos hechos, ya que siempre se han sentido reacios a explicar las verdaderas razones de ciertos acontecimientos graves de la Historia; por lo que no han querido aplicar los medios para descubrir las auténticas causas que los motivaron. Quizá porque en el fondo las conocen y les horroriza la posibilidad de verse en la situación de confesarlas ante sí mismos, tal como ocurre con ciertas verdades desagradables que a menudo atormentan la vida de cualquier ser humano.

El espíritu modernista de algunos Documentos del Concilio, junto a su lenguaje deliberadamente ambiguo utilizado para dar paso a ciertas doctrinas ajenas a la Revelación y a la Tradición bimilenaria de la Iglesia, desataron una ola devastadora de confusión que afectó tanto a los Pastores como a los fieles. La consecuencia inmediata tomó cuerpo a través de una apostasía que desembocó en la deserción de la casi generalidad de los Pastores y de un número de fieles que habrá rebasado el de muchos millares; todos los cuales, de una manera más o menos consciente pero siempre culpable, pasaron a formar parte de la Nueva Iglesia.

Esta deserción, cuya verdadera causa de motivación es la apostasía, se ha manifestado, como no podía ser de otra manera, de múltiples y variadas maneras. Pero, por lo que hace concretamente al problema de la distinción de Pastores y simples fieles, el fenómeno ha aparecido con manifestaciones externas extraordinariamente peculiares e incluso curiosas, aunque nadie se haya atrevido a reconocerlas. Las figuras surgidas, enteramente híbridas y hasta ridículas por lo demás, del Pastor empeñado en no distinguirse del mundo o clérigo secularizado; y su contraria del seglar clericalizado, son fruto en último término de un vergonzoso aunque inconfesado complejo de inferioridad hijo a su vez del miedo.

Cuando el Papa Juan XXIII pronunció con toda solemnidad, en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II, la consigna proclama de que la Iglesia se abría definitivamente al mundo, dio entrada libre sin saberlo a una legión de demonios que aguardaban impacientes a las Puertas de un Recinto que hasta ahora no habían logrado traspasar.

Las decisiones sobre hechos que atentan contra la misma naturaleza de las cosas siempre dan lugar a desastres, cuyos daños y consecuencias son difíciles de calcular de momento e imposibles de prever para un futuro más o menos próximo.

La gran verdad, por nadie reconocida, consiste en que la Iglesia no podía abrirse al mundo en modo alguno, desde el momento en que tal cosa sería atentar contra su propia naturaleza tal como había sido creada e instituida por Jesucristo. Desgraciadamente, sin embargo, los muchos años de crítica racionalista bíblica protestante ya habían hecho mella por entonces en la Teología católica, por lo que se había alcanzado un punto en el que apenas si se se creía ya en la Revelación. A pesar de que la doctrina estaba contenida en ella demasiado claramente: ¡Adúlteros! ¿No sabéis que la amistad con este mundo significa la enemistad con Dios? Quienquiera que se haga amigo de este mundo se hace enemigo de Dios.[2] Y Jesucristo, por su parte, hablando de sus discípulos en la Oración Sacerdotal dirigida a su Padre: Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, lo mismo que yo tampoco soy del mundo. No pido que los saques del mundo, sino que los guardes del Maligno. No son del mundo, lo mismo que tampoco yo soy del mundo.[3] El mismo apóstol San Juan ahondaba, por su parte, en el tema exhortando en su Primera Carta: No améis al mundo ni a las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.[4]

Si el pecado introdujo la muerte en el mundo, el discurso inaugural de Juan XXIII introdujo la confusión en la Iglesia en todos los órdenes. Los Obispos, por ejemplo, se sintieron obligados a acercarse a los fieles haciendo alarde de gestos de aparente humildad que en realidad eran más bien de estupidez. Tomar posesión de una nueva Diócesis y saludar a los fieles mediante el anuncio de que el Obispo llegaba a ellos con ánimo de aprender, dicho por un sucesor de los Apóstoles, Maestro y Padre en la Fe al que se le ha encomendado la delicada tarea de guiar a las ovejas, es cosa difícil de explicar. Cualquiera puede imaginar lo que sucedería en una escuela cuando el nuevo maestro se presentara ante los niños diciendo que había ido allí para aprender. Nada tiene de extraño, por lo tanto, que toda la Cristiandad se sintiera confusa ante el gesto del nuevo Papa Francisco, cuando apareció en el balcón para presentarse a la muchedumbre pidiendo ser bendecido por ella.

Aún fue mayor, si cabe, el desbarajuste producido entre los estamentos del simple clero y el del laicado. Dos principales patrañas, tan burdas como extravagantes, difundidas cada una en los distintos estamentos por los peritos modernistas del Concilio, bien instruidos en el manejo de los instrumentos de confusión mediante la utilización de toda clase de operaciones necesarias (manipular las Escrituras, utilizar el lenguaje ambiguo, desautorizar el valor de la Tradición y la autoridad de los Concilios, ridiculizar el tomismo, declarar obsoleto a todo el Magisterio preconciliar, etc.), fueron suficientes para desorganizar hasta su práctica destrucción a ambos estamentos de la Iglesia.

El hecho de que partes importantes de la sociedad, e incluso a veces la sociedad entera, acepten sin la menor discusión las mentiras más disparatadas sería un arduo misterio de no estar suficientemente comprobada por la experiencia la eficacia de la consigna de Lenin: mentir de la mayor forma posible, puesto que la aceptación de la mentira es directamente proporcional a su magnitud.

La falacia introducida entre el simple clero parecería demasiado cerril y arrabalera como para que fuera aceptada por cualquier ser dotado de capacidad de entendimiento. Sin embargo el hecho está ahí, en cuanto que fue aceptada sin el menor examen por el clero en su totalidad. Y se materializó en lo que se aceptó como la necesidad de eliminar cualquier diferencia de apariencias entre el sacerdote y el simple laico con el fin de lograr una mayor eficacia pastoral. Puesto que la Iglesia acababa de abrirse por completo al mundo, era preciso que el sacerdote no apareciera como distinto a los demás hombres, una vez que quedaba demostrado que el mejor acercamiento a ellos le obligaba a ser uno más entre los demás. O dicho con otras palabras, la manera más eficaz de ser sacerdote no era otra que la de no aparecer como sacerdote ni actuar como sacerdote. Después de todo fue un modo de convertir el absurdo en algo racional y de enviar la Lógica al cubo de la basura.

Como resultado de todo este alucinamiento, la Cristiandad asistió asombrada a la aparición de la figura del sacerdote aseglarado, o más propiamente la del sacerdote seglar. El ambiente eclesial y pastoral se pobló de sacerdotes descamisados vestidos de pantalones vaqueros; de clérigos sesentones vestidos al estilo de jóvenes de quince años; de sacerdotes, sobre todo jóvenes, que se esforzaban en adoptar maneras que los aproximaban más fácilmente a la juventud (¡Llámame Pepe!), etc. En definitiva, que al inmenso e incalculable daño que se hizo al conjunto de todos los fieles hay que sumar la situación de general ridículo que ofreció ante el mundo el clero de la Iglesia: tanto por parte del clero bajo como por la del clero alto.

 (Continuará)


[1] Jn 10: 11—16.

[2] San 4:4.

[3] Jn 17: 14—16.

[4] 1 Jn 2:15.