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Parábola del Buen Samaritano (y II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Pero fijemos ahora la atención en la segunda de las dos ideas fundamentales contenidas en la parábola, la cual tiene que ver con los diversos personajes que pasan por el camino. Con sus modos tan diferentes de reaccionar ante la desgracia del infortunado que había sido robado y malherido.

 Donde aparecen tres tipos distintos de personas, a saber: un sacerdote, un levita y un samaritano. Los dos primeros pertenecían a la clase dirigente e influyente del pueblo judío, aunque los levitas ejercían una función subordinada a la de los sacerdotes.[1] El tercero, en cambio, al que se califica como samaritano, parece haber sido puesto en la parábola intencionadamente como el más infeliz del grupo, puesto que los habitantes de la región de Samaría eran tradicionalmente despreciados por los judíos.

 Sería difícil no ver, por parte de Jesucristo, una voluntad intencionada de situar a estas diferentes clases de personas en orden descendente según categorías, de mayor a menor: un sacerdote, un levita y un samaritano. Las dos primeras pertenecientes a la clase alta de la sociedad judía, en rango de mayor a menor grado; mientras que la tercera que aparece es la de un desconocido, habitante de una región despreciada por el resto de los judíos. Enumeración claramente inversa a la que tendría que haber correspondido, si el modo de reaccionar ante la desgracia ajena hubiera sido el correspondiente al puesto ocupado según la condición de las personas: el sacerdote como el más indicado, en primer lugar, seguido del levita; y por último, uno del que menos se hubiera esperado (según las estimaciones sociales al menos).

 La enumeración expuesta en un orden intencionado es una clara muestra de la poca confianza que en todo momento de la Historia han merecido a Dios las clases dirigentes de la sociedad, tanto en el orden religioso como en el civil (la clase sacerdotal en el pueblo judío abarcaba ambos ámbitos). Los ejemplos abundan en el Evangelio, como puede verse, por ejemplo, en lo que pensaba Jesucristo respecto a los gobernantes de los pueblos (gobernantes de los pueblos puesto en plural, según aparece en el texto):

 

 Los reyes de las naciones las dominan, y los que tienen potestad sobre ellas son llamados bienhechores. [atención al término son llamados] Pero vosotros no seáis así, sino al contrario...[2]¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre vestido con finos ropajes? Daos cuenta de que los que llevan finos ropajes se encuentran en los palacios de los reyes. Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os lo aseguro, y más que un profeta.[3]

 

En cuanto a la clase dirigente religiosa, ahí están las constantes diatribas y acusaciones formuladas por Jesucristo contra los doctores, escribas y fariseos formuladas sin cesar a lo largo del Evangelio.

 La explicación del fenómeno no es difícil de encontrar si se piensa en la debilidad que en la naturaleza humana causa la concupiscencia, además del peligro que suponen el Poder y las Riquezas para aquéllos que los detentan (Mt 6:24).

 Un punto acerca del cual es obligado decir que la situación de la sociedad actual es caótica. Ciertamente los dirigentes de los Pueblos nunca han sido perfectos a lo largo del discurrir de la Historia de la Humanidad, y no siempre el bien común de los ciudadanos, al que están obligados a procurar los gobernantes, ha ocupado el primer lugar de sus preocupaciones; pero nunca como ahora había pasado enteramente al olvido para ser sustituido por la búsqueda de los intereses particulares y personales, ya sean los de los propios partidos políticos o los de las oligarquías y otros grupos de opresión. Además de lo cual, conceptos bastante comunes utilizados por todos como un dogma, como los de libertad, democracia, justicia social, igualdad de todos ante la Ley, división de poderes, etc., no pasen de ser meras verborreas que nada significan, o cuyo verdadero significado de nadie es conocido.

 Los ayes de Jesucristo contenidos en el Evangelio de San Mateo (23: 13--36) dirigidos a los escribas y fariseos, a los que tilda con el apelativo común de hipócritas, son una dura recriminación a una clase dirigente que abarcaba a la vez los ámbitos religioso y el político. Y resultaría imposible no atribuirle un sentido universal y generalizado, aplicable enteramente a las clases gobernantes de todos los tiempos en los diversos ámbitos:

 

 ---¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que cerráis el Reino de los Cielos a los hombres! Porque ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que lo desean.

 ---¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que hacer esto sin abandonar lo otro. ¡Guías ciegos, que coláis un mosquito y os tragáis un camello!

 ---¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro quedan llenos de rapiña y de injusticia!

 ---¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda podredumbre! Así también vosotros por fuera os mostráis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.

 

Aunque todas estas invectivas valen igualmente para cualquiera de los dos ámbitos, el religioso y el socio--político, algunas de ellas, sin embargo, parecen encontrar especial aplicación al sector religioso. Como puede comprobarse, por ejemplo, en la segunda de las especificadas arriba:

 

 ---¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad! Hay que hacer esto sin abandonar lo otro. ¡Guías ciegos, que coláis un mosquito y os tragáis un camello!

 

 La alusión al abandono de lo más esencial de la Ley, a cambio de ocuparse en cuestiones de distracción, tiene gran importancia. La Teología y la Pastoral progresistas de la Iglesia efectivamente han abandonado conceptos como el de la misericordia, que ha sido falseado hasta el punto de ser ejercida sin consideración alguna hacia la justicia; o el de la justicia, que también ha sido pasado por alto para ejercerla sin misericordia ni consideración alguna para aquéllos que las merecían. En cuanto a la fidelidad a la Ley, tanto a la de la Iglesia (a la Ley canónica y al Magisterio de siempre), como a la ley natural o la ley divina (aunque ambas sean la misma cosa), está quedando bien patente en la absoluta indiferencia que la Nueva Iglesia muestra ante todas ellas.

 La absoluta indiferencia ante la Ley, que incluso llega a convertirse en burla a la Norma Establecida a un nivel superior, es en realidad un lugar común a ambos Poderes, civil y eclesiástico. Los Poderes civiles, al no respetar las Leyes ya establecidas en el Estado y ni siquiera las dictadas por ellos mismos directamente; la cacareada división de Poderes de la doctrina de Montesquieu, tan celebrada y tan rocambolescamente pregonada como un triunfo de la sociedad occidental a partir de la Ilustración, no es otra cosa que una ficción que no sirve sino para ser utilizada a conveniencia de los políticos y para alimentar sus verborreas parlamentarias y mitinescas. En cuanto a los Poderes eclesiásticos, la burla ante la Ley divina se ha convertido incluso en herejía, en cuanto que han llegado a rechazar las fuentes de la Revelación y a poner en duda o a negar, no ya las doctrinas constitutivas de lo fundamental del Cristianismo, sino la Persona misma de su Fundador.

 Los dos ámbitos de las clases dirigentes ---el Poder religioso y el Poder político--- padecen de lo mismo, según Jesucristo: por fuera, ostentación de virtudes y preocupación por los gobernados, demagogia descarada, palabrería y discursos que logran el milagro del lenguaje que habla sin decir nada; pero que no es sino un ejercicio de hipocresía destinado a la consecución de los propios fines particulares o de grupo o de intereses ocultos sólo por ellos conocidos:

 

 ---¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de rapiña y de inmundicia![4]

 Cuando des limosna no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres.[5]

 

Y por último queda por examinar la conducta del tercer viandante que pasó por el camino: el samaritano, que fue el único en apiadarse del desgraciado que yacía abandonado y malherido.

 El cual no comienza por pararse a analizar la actuación de los ladrones, y menos aún por ponerse a buscar razones que pudieran haber justificado su conducta. Simplemente se apresura a remediar lo único urgente e importante en aquel momento, que no era sino la grave situación que sufría el viajero que había sido asaltado. Cosa que hace generosa y suficientemente echando mano de sus propios medios.

 La verdadera misericordia se vuelca enteramente sobre la persona necesitada que sufre, tratando de remediar en lo posible su situación. Tampoco se preocupó el samaritano de procurar la presencia de espectadores que aplaudieran su conducta. Pues la verdadera caridad es discreta y, como decía el Apóstol San Pablo, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo.[6] El padecimiento de tantas gentes que sufren en el mundo por sus seres queridos, enfermos o desgraciados a los que tal vez no pueden aliviar como quisieran, es un inmenso río cuya longitud sólo de Dios es conocida, pero cuyo caudal de aguas que lo forma jamás se ha preocupado de exigir reconocimiento alguno.

 El samaritano socorrió al viajero que había sido asaltado y herido en la medida de todas sus posibilidades, aportando ayuda para resolver el problema de forma real y hasta donde podía ser solucionado. Una vez que hubo curado y vendado sus heridas lo subió a su cabalgadura y lo condujo al mesón, poniendo en manos del mesonero una suficiente cantidad de dinero para que atendiera al herido en su ausencia, además de la promesa de pagar a su regreso si acaso se hubiera gastado de más.

 Y lo que es más importante de todo, el samaritano no ayudó al desgraciado que yacía junto al camino empeorando su situación. Lo que puede parecer una verdad de Perogrullo solamente cuando se olvida que las verdades de Perogrullo y las situaciones carentes de toda lógica tienen plena actualidad en la sociedad moderna. Sobre todo en el caso de la Iglesia, donde la teología progresista modernista está haciendo estragos.

 Por lo que hace al candente debate que en el presente otoño del año 2015 alcanzará su punto culminante, se va a convertir en tema de discusión lo que nunca podría haber sido discutido según la Ley divina: la administración de la Sagrada Eucaristía a los divorciados vueltos a casar (lo que significa una situación de adulterio) sin previa necesidad de arrepentimiento ni de ningún intento por abandonar la situación pecaminosa. Se aduce como justificación la necesidad de ejercitar la misericordia sobre estos desafortunados que, después de todo, no han perdido la fe ni desean sentirse excluidos de la plena comunión eclesial. Olvidando, sin embargo, que con tal medida se legaliza ---o se finge legalizar--- permanentemente su situación y se da lugar a lo que puede desembocar en un final de eterna condenación.

 Tales pretensiones de la Nueva Iglesia que, por otra parte, no tiene en cuenta su dependencia de la Ley evangélica, suponen el olvido de algo tan fundamental como que en Dios la misericordia y la justicia son la misma cosa. Pretender, por lo tanto que Dios sea misericordioso sin ser justo es una blasfemia y un dislate teológico. Ya vimos en el Evangelio cómo Jesucristo perdona generosamente a los pecadores previa existencia del arrepentimiento.

 La conclusión de todo lo cual es obvia: la Iglesia progresista, al admitir a los adúlteros a la plena comunión eclesial y recepción de los sacramentos, coloca a tales personas en una situación peor de aquélla en la que se encontraban. Con lo que se cumplen al pie de la letra, con respecto a los responsables del caso, las terribles palabras de Jesucristo;

 

 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que vais dando vueltas por mar y tierra para hacer un solo prosélito y, en cuanto lo conseguís, lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros![7]


[1] No está clara en la Biblia la diferencia de funciones y categorías entre unos y otros, que parece cambiar y hasta confundirse según las épocas. Tanto unos como otros solían pertenecer a la secta de los fariseos.

[2] Lc 22: 25--26.

[3] Mt 11: 7--9. En el texto es evidente la contraposición entre los que llevan finos ropajes, los cuales se encuentran en los palacios de los reyes, y el prototipo de un auténtico hombre o de un verdadero profeta, personificado en la persona del Bautista.

[4] Mt 23:25.

[5] Mt 6:2.

[6] 1 Cor 13: 4--5.

[7] Mt 23:13.