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Pentecostés (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

PENTECOSTÉS

(24, Mayo, 2015)

Amados hermanos en el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo y en el de la Virgen María Nuestra Madre:

En el día en que celebramos la fiesta de Pentecostés recordemos que la Persona Divina del Espíritu Santo se designa bajo diversos nombres y que se le atribuyen variedad de oficios, funciones y carismas.

Aunque no todas las funciones y carismas que se atribuyen o asignan al Espíritu Santo, por parte de unos o de otros, se corresponden siempre con la realidad. En la actual Iglesia progresista, inficionada de Modernismo, han aparecido multitud de formas de devoción y de culto al Espíritu Santo que, además de que no siempre se ajustan a la ortodoxia doctrinal, poco o nada tienen que ver con la verdad.

Los abusos se llevan a cabo por Grupos e Instituciones dentro de la Iglesia que pretenden poseer la facultad de manejar al Espíritu Santo a su capricho, a través sobre todo de sus especiales liturgias y particulares formas de interpretar la Doctrina Católica: invocaciones al Espíritu según antojos y ocurrencias personales y atribución ad libitum de carismas variados, tales como milagros, profecías, curaciones, inspiraciones y revelaciones. Todo lo cual indiscriminadamente y en abundancia.

Cualquier observador que contemple el caos existente en este punto en la actual Iglesia progresista no puede dejar de recordar las palabras de Jesucristo: El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de donde viene ni a donde va;[1] o las de San Pablo a los Corintios: Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad.[2] Y en otro lugar dice también que todas sus operaciones y carismas las distribuye a cada uno el Espíritu Santo según quiere.[3] Lo cual no parece estar conforme con la función de servidumbre que muchos quieren asignar al Espíritu Santo.

Es preciso reconocer que en no pocos Movimientos existentes hoy en la Iglesia, pese a estar reconocidos, aprobados y bendecidos, la sana Teología acerca del Espíritu Santo se encuentra tan ausente como la verdad con respecto a la mentira. La multitudinaria y entusiasta aceptación con que han sido acogidos demuestra la eficacia con la que una teología desnortada postconciliar, orquestada por una bien dirigida y poderosa propaganda, ha manipulado la mente de los fieles; además de la facilidad con la que la mayoría se ha dejado seducir, la cual hace pensar en la misteriosa opción por la mentira propia de los cristianos de los tiempos de la Apostasía General.

El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santa Trinidad y su estudio dentro de la Teología supone una tarea seria y difícil. Tal como corresponde a la compleja, delicada y decisiva función que esta Divina Persona desempeña en la Iglesia, que en modo alguno puede ser tomada a la ligera, tal como algunos pretenden.

Dios es Caridad, como decía el Apóstol San Juan (1 Jn 4:16), aunque es al Espíritu Santo a quien se atribuye especialmente en la Trinidad el atributo del Amor. Y siendo el amor esencialmente libertad, y aun siendo verdad que podría existir la libertad sin amor, pero no el amor sin libertad. El amor ama porque quiere, cuando quiere y a quien quiere, en completa ausencia de cualquier tipo de coacción.

Frente a lo que muchos parecen pensar, la función principal del Espíritu Santo no es la de repartir carismas indistintamente, en la profusión y a la medida de la voluntad de cualquiera tal como muchos pretenden. Su papel principal, claramente explicado en la Escritura en palabras sobre todo de Jesucristo y del Apóstol San Juan, consiste en hablar de Jesucristo y en conducir las almas hacia Él mediante la función de darlo a conocer. Conviene subrayar que el conocimiento de Jesucristo y el correspondiente amor a su Persona, por parte de cada alma, dependen exclusivamente de la labor personal llevada a cabo en ella por el Espíritu Santo. Y así como decía Jesucristo que nadie podría llegar al Padre sino a través de Él (Jn 14:6), de igual modo nadie llega a conocer y amar a Jesucristo sino a través y conducido de la mano e inspiraciones del Espíritu Santo. Es el Espíritu quien hace presente y graba en las almas la figura de Jesucristo y quien recuerda y hace comprender a cada cual sus palabras en la profundidad de su significado (Jn 14:26).

Siendo también el Espíritu de la Verdad, tal como le llamaba como uno de sus nombres el mismo Jesucristo,[4] tiene también por misión la de conducir a sus fieles hacia la verdad completa (Jn 16:13), proporcionándoles con ella la gracia para hacer realidad en la existencia de cada uno la Vida del mismo Jesús.

Y puesto que la situación actual de la Iglesia es de confusión y desconcierto de las almas, la función del Espíritu Santo en Ella es transcendental. Siendo vital la necesaria disposición de los fieles para escucharlo con docilidad y no dejarse extraviar por el error. En una Iglesia plagada de falsos profetas y maestros inficionados de la herejía modernista, en la que la Pastoral y la Predicación se encuentran en manos de desaprensivos y los dogmas son puestos en cuestión, escuchar la voz del Espíritu es asunto en el que está en juego la salvación.

Por otra parte, el Evangelio contiene las palabras y las enseñanzas de Jesús que, como Él mismo dijo, son espíritu y son vida (Jn 6:63), pronunciadas y escritas para los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares y en donde se habla de los errores que pueden acechar, además de la pertinentes soluciones para cualesquiera problemas que se presenten al devenir de la raza humana. Y de ahí la ineludible necesidad del Evangelio y de las demás enseñanzas contenidas en la Revelación interpretados por la voz del Espíritu. La cual ha de ser, a su vez, avalada y refrendada por el Magisterio de la Iglesia.

Tres son los problemas más importantes que están afectando con grave peligro a la Iglesia actual. Siendo el primero de ellos la sodomización que ha invadido y penetrado profundamente en el Organismo eclesial.

Por escandaloso que pueda sonar a los oídos, la invasión y legitimación del abominable pecado de la sodomía, dentro y por parte de la Iglesia, es hoy un hecho real. Problema ligado en realidad al de los malos Pastores, en cuanto que muchos de ellos, o bien están afectados personalmente por dicho vicio, o bien fomentan o permiten su difusión. Se han normalizado las celebraciones de Misas para Gays, los desfiles del Orgullo Gay patrocinado a veces por la misma Iglesia, y hasta la existencia de parroquias especialmente dedicadas a los cultos para homosexuales. La misma presencia de Altos Cargos en el Vaticano conocidos públicamente como elementos homosexuales o afines a la homosexualidad, además de ser causa de escándalo para los fieles, supone un atentado a la Constitución divina de la Iglesia, a la que Jesucristo quiso dotar de Pastores aptos para conducir dignamente su Rebaño. Parece como si hubieran sido olvidadas las graves advertencias del profeta Ezequiel:

Por mi vida, oráculo del Señor Dios: Mi rebaño ha sido convertido en objeto de robo y mis ovejas en alimento de todas las bestias del campo por falta de pastor. Pues mis pastores no buscaban mi rebaño, sino que se apacentaban a sí mismos y no lo apacentaban. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor Dios: Estoy contra los pastores; reclamaré mi rebaño de su mano y les impediré pastorear a mis ovejas para que no vuelvan a pastorearse a sí mismos. Apartaré mi rebaño de su boca y nunca más les servirá de alimento.[5]

El segundo problema que afecta hoy a la Iglesia tiene que ver con su apertura al marxismo.

La readmisión y legitimación de la Teología de la Liberación, después de haber sido clara y repetidamente condenado el marxismo como intrínsecamente perverso por el Magisterio preconciliar, demuestra la incongruencia de las llamadas hermenéuticas de la continuidad y la tragedia de una Iglesia que, si bien por una parte se empeña en mantener su identidad con la Iglesia fundada por Jesucristo, por otra manifiesta a las claras que se trata de una Nueva Iglesia que poco tiene que ver con la Católica y Apostólica.[6]

La admisión en el seno de la Iglesia de una ideología enteramente materialista y anticristiana, enemiga de Dios, perseguidora de los cristianos y decidida a destruir toda clase de valores sobrenaturales, es uno de los más inexplicables misterios, además de los mayores escándalos, a los que ha dado lugar la moderna Iglesia y que más ha motivado la deserción general que ha supuesto la actual Apostasía que sufre la Cristiandad.

El tercer problema, que se puede señalar como la inmersión de la Iglesia en la herejía modernista, es sin duda alguna el más grave de todos.

El Modernismo, que había sido condenado rotundamente por los últimos Papas preconciliares y especialmente por Pío IX y San Pío X y calificado por este último como la suma y compendio de todas las herejías, parecía definitivamente erradicado hasta la apertura del Concilio Vaticano II. En el que las ideologías progresistas modernistas encontraron ocasión para difundir sus doctrinas mediante una batalla que adquirió fuerza en los años postconciliares, y que acabó ganando adeptos entre la Jerarquía y clase más intelectual del clero principalmente, de donde se extendió a la gran mayoría de los fieles. En la actualidad ---primeras décadas del siglo XXI---, no solamente la mayor parte del ámbito católico se ha convertido al Modernismo, sino que han quedado superadas la intensidad y la extensión que alcanzó la herejía arriana en el siglo IV.[7]

La herejía modernista, que por ser maestra en el arte del disfraz y del disimulo ha superando también en este punto a todas las anteriores herejías (que siempre actuaron a cara descubierta), utiliza como instrumentos de difusión una serie de doctrinas que se derivan de ella como su fundamento: el marxismo, el relativismo y las diversas normas de conducta relacionadas con él, tales como la homosexualidad, la nueva ética familiar, la nueva Pastoral sobre los sacramentos, etc. Pero su principal arma de penetración en la Iglesia ha sido la de sus teorías inmanentistas, entre las que se cuenta como principal la del historicismo; una sutil arma de destrucción que ha servido para relativizar los dogmas y cuestionar la veracidad y la credibilidad de la Escritura.

Continuará.


[1] Jn 3:8.

[2] 2 Cor 3:17.

[3] 1 Cor 12:11.

[4] Jn 14:17; 15:26; 16:13; 1 Jn 4:6.

[5] Ez 34: 8--10.

[6] El empeño en mostrar que mantiene su identidad con la Iglesia fundada por Jesucristo es puramente relativo. Como demuestra el conocido texto de subsiste en de la Constitución Gaudium et Spes, que viene a confinar a la Iglesia Católica a ser una más dentro del grupo de las Iglesias Cristianas.

[7] La herejía arriana atacaba a una parte concreta del Depósito de la Fe cual es la Cristología. El Modernismo, en cambio, socava y destruye los fundamentos mismos de la Fe.