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La Gran Cena y los Invitados Descorteses (IV)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Los verdaderos pobres son los débiles y despreciados del mundo, a menudo incluso perseguidos, como ocurre en la actualidad con los cristianos leales a su Fe y acosados por la Iglesia modernista.[1] Puesto que la pobreza es una excelsa virtud vinculada a la caridad, con respecto a la cual es condición indispensable (el que ama lo entrega todo por amor y se encuentra en situación de desposesión), es tan difícil de practicar como imprescindible para poder considerarse discípulo de Jesucristo ---Quien no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo---[2]. De ahí que para comprenderla sea conveniente llevar a cabo una aproximación a la persona y vida de San Francisco de Asís, también llamado el Poverello, que es uno de los personajes de la historia de la Iglesia que más perfectamente han vivido la pobreza, hasta un grado asombroso y verdaderamente singular.

Si la pobreza se fundamenta en la caridad, y puesto que el verdadero amor significa totalidad, la verdadera pobreza exige una desposesión absoluta. Rara vez se entiende que solamente el amor verdadero se identifica con el amor total y sin condiciones profesado a la persona amada. Pues solamente se ama cuando se ama de verdad, aunque es en el amor divino o en el divino--humano donde mejor y más fácilmente se cumplen las condiciones requeridas para el amor perfecto. De este modo puede suceder que la virtud de la pobreza, lo mismo que ocurre con cualquier virtud, quede reducida en la vida de un cristiano a un grado menor o incluso mínimo de perfección, con lo que se da lugar al drama de una existencia mediocre dominada por la tibieza y hundida en la vulgaridad.

Las enseñanzas de Jesucristo en este sentido son, una vez más, tan claras y terminantes que hasta pueden parecer escandalosas: Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí...[3] Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.[4] Donde de nuevo aparece el carácter rotundo y categórico de una vida cristiana que, al mismo tiempo que exige una plena autenticidad, se declara opuesta a las medianías, las indecisiones y vacilaciones, las condiciones y demoras y, en general, a todo lo que carezca del carácter de generosidad y que, por eso mismo, deja de llevar el sello del amor. Una vez más aparece el mandamiento nuevo como la piedra de toque de la existencia cristiana, y de ahí que la prueba del amor perfecto haya de superar el desafío que requiere poner a Dios por encima de todas las cosas tal como exige el mandamiento primero. Por eso decía Jesucristo que el padre debe amar a Dios más que a sus hijos, los hijos deben amarlo más que a sus padres, el esposo más que a su esposa o la esposa más que a su esposo, etc. Dicho de otro modo, el cristiano pone su amor a Dios por encima de lo más querido en su vida. De hecho han sido muchos los hombres que han visto destruida su vida para siempre por culpa de unos padres que creyeron que podían disponer de sus hijos según su capricho, enteramente convencidos de que les pertenecían en propiedad y en exclusiva posesión. Una situación frecuente que conduce al camino en el que pueden perderse para siempre la existencia de ciertos padres junto a la de sus hijos.

Todo lo cual hace que la vida del cristiano se traduzca en una situación de permanente tensión, tal como corresponde a la continua enemistad irremediablemente establecida entre su existencia y el mundo. Por lo eso decía San Pablo que nosotros nos acreditamos... en honra y deshonra, en calumnia y en buena fama; como impostores, siendo veraces; como desconocidos, siendo bien conocidos; como moribundos, y ya veis que vivimos; como castigados, pero no muertos; como tristes, pero siempre alegres; como pobres, pero enriqueciendo a muchos; como quienes nada tienen, pero poseyéndolo todo.[5]

Para juzgar acerca de estas especificaciones del Apóstol bastarían unos pocos ejemplos para comprender su oportunidad:

Como impostores, siendo veraces... El testigo y portador de la verdad, discípulo de quien dijo de Sí mismo: Yo soy la Verdad... Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad, tiene que soportar verse acusado constantemente de embustero, difusor de mitos, embaucador de las gentes y todo tipo de imputaciones que hacen alusión al uso de la falsedad. No en vano el Maligno, que como Espíritu que es de la Mentira vive eternamente sumido en la desesperación de su propia contradicción, acostumbra a atribuir a quienes aborrece sus propias iniquidades como si fueran ellos los verdaderos culpables. Cuando las ideologías enemigas del Cristianismo se sienten incapaces de refutar la verdad, acumulan sobre él todo género de falsedades y de acusaciones sin fundamento.

Como desconocidos, siendo bien conocidos... Porque los discípulos del Maligno se esfuerzan en acusar a los cristianos de ser extraños al mundo, de vivir ajenos a la marcha de la Historia, de desconocer la realidad de las cosas, de despreciar la cosmovisión de la ciencia para acogerse al universo de la fantasía y de los ensueños... Y cuando los cristianos llevan a cabo obras o trabajos dignos de toda mención el Mundo se empeña en mancharlos de desprestigio, o en el mejor de los casos en disimularlos bajo la ley del silencio. Pero la iniquidad descubre claramente la mendacidad de sus afirmaciones, puesto que si los cristianos nada significan y no cuentan para el mundo, ¿para qué molestarse en desperdiciar tanto tiempo y tantas energías en demostrarlo? Por otra parte la herejía modernista, hoy imperante en la Iglesia, construye sus fundamentos ideológicos en las filosofías idealistas inmanentistas, todas ellas contrarias a filosofía del ser, con lo que el Modernismo se define a sí mismo como el que verdaderamente está fuera de la realidad

Como tristes, pero siempre alegres... Los seguidores del Maligno proclaman a los cuatro vientos que son a la vez los únicos que conocen la realidad, los verdaderos dueños del presente y quienes determinan el futuro. Se consideran a sí mismos como los que han rescatado al mundo de las tinieblas en las que yacía y como los auténticos descubridores de la verdadera naturaleza humana, la cual queda enmarcada en un ámbito puramente mundanal carente de connotaciones sobrenaturales. Juzgan a los cristianos como establecidos en un pasado de mitos e imaginarias realidades sobrenaturales que los determina a vivir en un mundo, tan inexistente como irreal, que los priva de influir en el presente y de edificar el futuro. Consideran al Cristianismo como una ideología definida por un cierto ambiente de pesimismo y de confusión ---su época histórica más emblemática es la llamada Edad Oscura---, que ha infundido en el hombre sentimientos de amargura y abatimiento suficientes para impulsarlo a huir de este mundo y buscar otro radicado en la utopía. No es de extrañar que algún Jerarca de la Nueva Iglesia, demasiado influida por estas ideologías, haya llegado a afirmar que el cristiano suele tener cara de pepinillos en vinagre.

El problema al que se enfrentan estas ideologías ateas consiste en que no logran que su concepto materialista de la existencia supere el horizonte carente de esperanza de un mundo que no tiene otra cosa que dar. Las carencias y defectos de que acusan a los cristianos no son sino las carencias y defectos que descubren en ellas mismas, como el propio reflejo de quien se contempla en un espejo. En cuanto a la vida, en realidad no existe otra que pueda llamarse verdadera sino la que procede del Autor de la Vida (Jn 1:4), o Aquél que dijo de Sí mismo que Él era la misma Vida (Jn 14:6) que había venido al mundo para traerla a los hombres (Jn 10:10). Y en lo que respecta a los cristianos, aun en medio de las pruebas y sufrimientos que han de soportar mientras peregrinan en este mundo, en realidad son los auténticos señores de la Tierra, tal como escribía el Apóstol San Pablo a los fieles de Corinto: Todo es vuestro: ya sea Pablo, o Apolo o Cefas; ya sea el mundo, la vida o la muerte; ya sea el presente o el futuro. Todo es vuestro, y vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios.[6] De ahí que la Alegría Perfecta sea patrimonio exclusivo suyo, como fruto recibido del Espíritu Santo (Ga 5:22) y según lo que les fue prometido por el mismo Jesucristo.[7]

(Continuará)


[1] Nada tiene de extraño que el Mundo persiga a quienes viven la verdadera pobreza. Siendo una virtud de tan elevado valor testimonial, posee la cualidad de poner en evidencia la locura de un Mundo que persigue alocadamente unas riquezas (entiéndase Dinero o Poder) que sólo pueden proporcionarle el vacío del alma. Por otra parte, puesto que la pobreza es la manifestación más patente del verdadero amor, es la prueba más visible de la mentira de un mundo que lo desconoce, pues siendo el amor sinónimo de verdad ---Dios es la Verdad y es también Amor (Jn 3:33; 14:6; 1Jn 4:16.)---, quien carece de él permanece en la mentira, ¿y quién soporta ser puesto en evidencia como mentiroso?

[2] Lc 14:33.

[3] Mt 10:37.

[4] Lc 14:26.

[5] 2 Cor 6: 8--10.

[6] 1 Cor 3: 21--23.

[7] Jn 16:22; 16:24; 17:13.