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La Gran Cena y los Invitados Descorteses (III)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Según la parábola, los invitados alegaron diversas excusas para no acudir a la fiesta a la que habían sido convocados. Todas las cuales, y tantas otras como podrían ser imaginadas, coinciden en la circunstancia de preferir la vida que cada cual ha elegido para sí mismo frente a la preparada por los amorosos planes de Dios. Sin que importe la poca monta y la vulgaridad de una existencia puramente natural, carente de otros horizontes más elevados, frente a la grandeza de un destino sobrenatural que podría elevar al hombre a cimas jamás sospechadas por su mente ni tampoco por su corazón.

Por desgracia el cristiano no suele tener en cuenta palabras de Jesucristo que, por otra parte, son decisivas y determinantes no ya para su propia vida en este mundo, sino para su destino eterno. Cualquier hombre comienza su existencia planificando el modo como ha de afrontar el futuro de su vida ordinaria: conseguir la mejor preparación para desenvolverse en mundo en el que ha de vivir, optar a una profesión, formar una familia y ocupar un puesto en la sociedad, etc.

Aunque suele olvidar que su existencia personal abarca dos etapas distintas, aunque bien conexas y dependientes la una de la otra. La primera de ellas, corta y efímera, es tan importante como que es la determinante de la segunda, la cual es eterna y decisiva. La segunda es su destino definitivo o estación término, a diferencia de la primera que es solamente como un apeadero de paso.

Su tragedia consiste precisamente en creer que el apeadero es su destino definitivo, con lo que su existencia queda truncada ya desde el comienzo. Pero no para terminar en eso, puesto que su destino sigue siendo eterno, sino solamente para dar lugar a un cambio de vías que cambien el tren de su vida hacia otro final, que ahora es sin embargo de condenación. Y todo a causa del grave error de planificar la propia existencia sólo para una primera parte (corta, efímera) que en realidad no era sino preparación y determinante de la segunda (definitiva y eterna). En definitiva, nos encontramos ante la tremenda equivocación de planificar la entera existencia sin tener en cuenta la sentencia de Jesucristo según la cual quien busque su propia vida, la perderá.

Unas palabras de Jesucristo, que al menos aparentemente son de las más duras y paradójicas del Evangelio, aseguran que el único medio de ganar la propia vida consiste en perderla por amor a Él. De ahí que sea preciso reconocer que la libre disposición a perder la propia vida es uno de los misterios exclusivos de la existencia humana, cuya única explicación además es el amor. Si amar significa entregar, la donación de aquello que el hombre más estima ---su propia vida--- supone el mayor amor: Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos.[1]

Lo que no deja de plantear un importante problema. Pues lo que podría parecer un acto heroico adquiere, sin embargo, el carácter de normal como algo perteneciente a la esencia de la existencia cristiana. Lo que equivale a decir que la vida cristiana es siempre naturalmente heroica, aun cuando transcurra dentro de las circunstancias más ordinarias que delinean la existencia de cualquier cristiano corriente. Y por sorprendente que parezca, tratar de entender la Fe cristiana de otro modo es apartarse de las Fuentes de la Revelación en las que está plasmada la doctrina predicada por Jesucristo, transmitida luego por los Apóstoles y conservada y custodiada finalmente por la Iglesia.El Modernismo se encuentra en las antípodas de esta doctrina. Niega el carácter sacrificial y propiciatorio de la Redención, la existencia del pecado, la necesidad de la penitencia para la salvación, etc., defendiendo en cambio una ética naturalista de la comodidad incompatible con cualquier vestigio de esfuerzo y de lucha personal por parte del cristiano, así como con cualquier medio conducente a compartir la Cruz de Jesucristo como instrumento de salvación. [2]El mismo Jesucristo, que aseguró de su propia Persona que Él era el Camino y el único modo de llegar al Padre (Jn 14:6), enseñó también que la senda que conduce a la Vida pasa a través de una puerta angosta y estrecha que muy pocos encuentran.[3]

Esta configuración de la existencia cristiana anda lejos de ser una arbitrariedad divina. Ya hemos dicho que el heroísmo inherente a la vida cristiana es el resultado del amor, el cual es por naturaleza totalidad y ausencia de cualquier tipo de condicionantes: Amarás al Señor con “todo” tu corazón, con “toda” tu alma, con “toda” tu mente... Amáos los unos a los otros “como Yo os he amado”... Habiendo Jesús amado a los suyos que estaban en el mundo, “los amó hasta el fin”... Como el Padre me amó, “así os he amado yo a vosotros”... Ya no os llamaré siervos, “sino amigos”... Pues el Cristianismo, frente a lo que muchos creen, no es una doctrina para tomar y dejar según gustos, sino exclusivamente para tomar: El que no está conmigo está contra mí, y quien conmigo no recoge, desparrama,[4] lo que da de lado a las posturas intermedias y a los estados de indecisión o indiferencia al mismo tiempo que establece una afirmación categórica: o con Cristo plenamente o contra Cristo plenamente, según la enseñanza expresa y explícita del mismo Señor. Una de las notas más características de la actual Iglesia modernista es su lenguaje anfibológico, equívoco, verborreico y ampuloso. En claro contraste con el lenguaje conciso y claro de Jesucristo: Que vuestro modo de hablar sea “si, si”, “no, no”. Todo lo que exceda de esto, viene del Maligno.[5] Y según decía el Apóstol Santiago, que vuestro sí sea sí y que vuestro no sea no, para que no incurráis en sentencia condenatoria.[6] La falsa Teología y la extraviada Pastoral de la Iglesia modernista se atreven a cuestionar, no solamente las palabras de Jesucristo, sino su misma existencia histórica, en una clara evidencia de que la Apostasía general anunciada para los tiempos apocalípticos ha marcado su sello también en la misma Jerarquía.

Y continúa la parábola diciendo que el padre de familias se irritó ante el fracaso de la convocatoria que había cursado a sus posibles invitados. Que eran gente selecta, al parecer, según el sentido de la narración, de quienes se esperaba que acudieran al gran banquete que se les había preparado. El sentimiento de decepción del anfitrión es humanamente comprensible, puesto que se trataba del intento ---seguramente ardoroso y provocado por un hondo sentimiento de afecto--- de ofrecer un obsequio, sumamente caro y exquisitamente preparado, pero que sin embargo fue rechazado por quienes estaba destinado con la agravante de la alegación de razones irrelevantes y a todas luces falsas.

Conviene tener en cuenta que el padre de familias ---en este caso Dios, según el sentido de la parábola--- había pagado un precio sumamente elevado por la gran cena preparada para los invitados: nada menos que la sangre de su propio Hijo. Por otro lado, las excusas mentirosas de los invitados no constituyeron en este caso un mero intento de justificarse a sí mismos, sino de engañar al anfitrión que aquí es el mismo Dios, a quien al mismo tiempo se afrenta mediante el menosprecio mostrado hacia el regalo que ofrece.

Sobradas razones para justificar la irritación del padre de familias y para que la invitación ya no se repitiera para los invitados que habían sido llamados. Detalle de la parábola que suele pasar inadvertido y que viene a mostrar, una vez más, que no hay segundas oportunidades o al menos puede que ya no las haya; lo que es suficiente motivo para no exponerse al fracaso de la propia existencia. Que es a lo que se refería San Agustín cuando decía timeo Jesum transeuntem et non revertentem (temo a Jesús que pasa y que quizá no vuelva a pasar). Si ya es peligroso jugarlo todo a una sola carta, es mucho más expuesto arriesgar un destino personal eterno a lo que puede ser una única oportunidad en la que el fracaso no admite vuelta. Que es, ni más ni menos, lo que hacen cada día millones de cristianos que piensan, al parecer, que la vida ---la única que les ha sido concedida y de la que depende su entera existencia--- es un juego de niños tan intrascendente como irrelevante y frívolo.

La ira animó al padre de familias a dirigirse acto seguido a su criado para urgirle a que actuara con rapidez:

---Sal enseguida a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y a los cojos.

La expresión enseguida, en boca del padre de familias, indica a la vez irritación ante la ofensa recibida y el deseo de no volver a acordarse de los primeros invitados. Lo que viene a acentuar lo dicho acerca de lo arriesgado que puede resultar despreciar a Dios.

Esta segunda llamada, que es la que en definitiva viene a resultar efectiva, pone de manifiesto un hecho, tan llamativo como peculiar, acerca del cual ya hemos hablado antes pero que todavía se presta a consideraciones importantes. Algo que fluye con claridad del texto es que no son los ricos y poderosos de este mundo los que acuden al ofrecimiento divino, sino los pobres, los cuales vienen a ser los despreciados y olvidados por el mundo. De este modo queda patente, a los ojos de quien quiera ver la realidad, que el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia y al que oficialmente pertenecerían todos los cristianos, se divide en dos grandes grupos que además de distintos resultan antagónicos:

De un lado están los que responden a la llamada divina ---los pobres y desgraciados de este mundo---, que son quienes constituyen el primer grupo. Y de otro los que la desprecian ---los ricos y poderosos del mundo---, como integrantes del segundo. Para desembocar en la extraña situación de que la inmensa mayoría de los cristianos se empeñan con ardor en formar parte del segundo grupo, como si fuera el mejor y la clave de su destino, al tiempo que desprecian y huyen de todo aquello que pudiera conducirlos al primero y olvidando, sin embargo, que es éste y no el otro el único camino que los conduciría a la Vida y a la definitiva existencia para la que fueron creados.

Todo lo cual conduce a conclusiones tan interesantes como importantes. Las diversas doctrinas y teorías sobre las clases sociales (comenzadas especialmente a partir de las obras de Carlos Marx y de Max Weber), su evolución y el papel que cada una ha desempeñado en momentos distintos de la Historia, la influencia de la teoría marxiana de la lucha de clases en el siglo XX, etc., han configurado el mundo de la sociología y de la política. Y sin embargo, tan extensa y abrumadora problemática viene a resolverse finalmente con la visión escatológica del destino de la Humanidad, y no ya solamente como punto final de la Historia, sino como juicio definitivo sobre la misma. Tal visión escatológica se atiene al juicio divino tal como se expone en el evangelio de San Mateo (Mt 25: 31--46). Según el cual sólo serán consideradas como consistentes, y aun como estructura de la urdimbre que forma el tejido de la Humanidad, dos clases de seres humanos que el lenguaje escriturístico denomina como las ovejas y los cabritos y cuya significación no es otra que la de salvados y condenados. Un enunciado que viene a coincidir, en último término, con los dos diferentes grupos de invitados que, según la parábola, reaccionaron de modo tan contrario al llamamiento divino.

De la lectura detenida de la parábola se desprende claramente que, tanto la doctrina como su aplicación a la existencia de quienes pretenden ser cristianos, pertenecen exclusivamente a los pobres. Sólo a ellos van destinadas y sólo por ellos son recibidas: Escuchad, hermanos míos queridísimos: ¿acaso no escogió Dios a los pobres según el mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? [7]Y como puede verse bien claramente según las mismas palabras del Apóstol Santiago, los conceptos de pobre y de pobreza han de ser entendidos en sentido cristiano: a los pobres según el mundo, afirma el apóstol, que es lo mismo que decir a los que el mundo considera pobres y desprecia como a tales. Y todo ello para hacerlos ricos en la fe además, y no precisamente en el dinero. Donde queda patente, una vez más, que el concepto de pobreza según el mundo y el concepto de pobreza cristiano son contrarios y enteramente incompatibles.

La Revelación en sus dos formas (Escritura y Tradición) repite insistentemente, por más que no se quiera entender ni admitir, que el Cristianismo es contrario a los criterios sobre los que se desenvuelve el mundo. Aunque la Doctrina de los tiempos más recientes, y principalmente a partir del Modernismo, se empeña en apoyar lo contrario, la verdad es que no cabe conciliación alguna entre el Cristianismo y el Mundo: ¡Adúlteros! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, el que desee ser amigo de este mundo, se hace enemigo de Dios.[8] Y San Pablo ya decía que él sólo predicaba a Cristo crucificado, aun sabiendo que tal cosa suponía un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles.[9] Locura y escándalo que han continuado, sin embargo, a lo largo de toda la Historia, hasta que en nuestros días han adquirido un extraordinario auge con la irrupción en la Iglesia de la herejía modernista. La cual no ha vacilado en destruir los cimientos de la Revelación y del Magisterio para edificar una Nueva Cristiandad y una Nueva Iglesia, regidas ambas por criterios mundanos alejados de todo vestigio de sobrenaturalidad, pero a las que no ha vacilado en adherirse alegremente la Jerarquía católica casi en pleno y millones de fieles con ella. Con lo que estamos de nuevo ante la parábola del administrador infiel, con su insistencia en presentar la contraposición entre Dios y el mundo exponiendo las dos propuestas presentadas que obtuvieron tan diferentes resultados: la ofrecida a los ricos (traducida en fracaso), y la posterior convocatoria hecha a los pobres (con resultado exitoso).

El pobre en sentido cristiano se considera desposeído de todo y mira a las cosas del mundo como enteramente secundarias. Bien entendido que el concepto de secundario no significa carente de importancia, sino subordinación de algunas cosas con respecto a otra considerada como principal y a la que hacen referencia las demás. En realidad nadie otorga más importancia que el cristiano a las cosas de este mundo, consideradas por él como creadas por Dios y dispuestas para su propia salvación.

El hombre mundano las utiliza para su propio provecho ---o al menos así lo piensa él---, con lo que no consigue otra cosa que llegar al final de su vida en la absoluta desnudez que lo acompaña al sepulcro, puesto que no puede llevarse ninguna de ellas. El cristiano, en cambio, las utiliza para ofrecerlas a Dios y en su alabanza, con lo que alcanza la culminación de su vida rodeado de la gloria y el esplendor que el savoir faire acerca de las cosas le ha proporcionado.

Todo lo cual queda confirmado cuando se observa la actual situación del mundo y de la Iglesia. ¿Quiénes son los pobres y, por lo tanto, los verdaderos cristianos? ¿Los Cardenales, los Obispos, los religiosos o el clero secular en su inmensa mayoría? ¡Pero si casi todos ellos desertaron en su día para adherirse a la Nueva Iglesia...! ¿Tal vez los Gobernantes, los Políticos o quienes figuran al frente de la sociedad y la dirigen? ¿Los Poderosos y acaparadores del dinero? ¿Quienes se han apoderado de los medios de comunicación y se dedican a engañar y lavar el cerebro a las muchedumbres en favor de sus ideologías, de los intereses del dinero o de los manejos políticos más o menos turbios pero siempre en provecho propio? ¿Los que se consideran a sí mismos como los artífices del mundo de la intelectualidad o los del mundo de las Artes? Si bien a estos modernos intelectuales y a los que se auto denominan artistas, se les debe al menos el agradecimiento de poner en evidencia, para risa de las personas sensatas, su propio ridículo, que es el mismo en el que vive el mundo moderno. ¿Son quizá los adoradores del Maligno, dedicados a practicar toda clase de aberraciones degradantes, mientras que se definen a sí mismos como únicos legisladores de la Moral social? ¿Los que desde la sombra, a través de las Sociedades Secretas, manejan y dirigen los destinos del Mundo? ¿Quiénes son los que ostentan los puestos de responsabilidad, tanto en la sociedad civil como en la Iglesia? ¿Son seguramente los mejores, los más honrados, los más inteligentes, los más fieles a los auténticos valores, los más desprendidos y preocupados por el bien de los demás..., o son más bien los carentes de principios, los aduladores y trepas, los embusteros y los calculadores? ¿Acaso no son los masones, los descreídos e inicuos, los enemigos de los valores más elevados del hombre, los estafadores y explotadores, los racistas y opresores de los débiles, quienes manejan el gobierno del Mundo y en el que jamás toman parte los cristianos? No en vano un adagio antiguo aseguraba que para comprender el aprecio en que Dios tiene al dinero no hay más que ver las manos en que lo pone. Sin olvidar tampoco algo que conviene tener presente y que subyace en todo este asunto: que el dinero o las riquezas suelen ir unidos, o son casi sinónimos, de lo que se llama el Poder tal como lo entiende y ejerce el Mundo.

He aquí de nuevo, a modo de resumen, los personajes de la acción descrita por la parábola: los invitados al banquete en primer lugar; los más brillantes pero que no quisieron acudir y aun así son los únicos que cuentan para el Mundo. Y los llamados en segundo lugar y que aceptaron la invitación siendo los más débiles y desgraciados, pero que sin embargo son los únicos que cuentan para Dios.

Pero conviene insistir en el concepto de pobreza. Porque entendida en sentido cristiano, que en realidad es el único merecedor de ser tenido en cuenta, la pobreza es una de las virtudes más importantes y bellas de la vida cristiana. Aunque también de las más difíciles de ser entendidas y más aún de ser practicadas.

Y es precisamente por su importancia ---por su gran valor como testimonio--- por lo que corre el peligro de prestarse fácilmente al histrionismo, como de hecho está sucediendo en la actualidad con frecuencia por obra de la demagogia de la Iglesia modernista y concretamente por parte de la Jerarquía. Son los falsos ministros y predicadores de la Iglesia de la progresía quienes la utilizan como disfraz sobre sus propias personas, y con notable éxito.

(Continuará)


[1] Jn 15:13.

[2] El Modernismo se encuentra en las antípodas de esta doctrina. Niega el carácter sacrificial y propiciatorio de la Redención, la existencia del pecado, la necesidad de la penitencia para la salvación, etc., defendiendo en cambio una ética naturalista de la comodidad incompatible con cualquier vestigio de esfuerzo y de lucha personal por parte del cristiano, así como con cualquier medio conducente a compartir la Cruz de Jesucristo como instrumento de salvación.

[3] Mt 7:14.

[4] Mt 12:30.

[5] Mt 5:37.

[6] San 5:12.

[7] San 2:5.

[8] San 4:4.

[9] 1 Cor 1:23.