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La Gran Cena y los Invitados Descorteses (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

(7, Junio, 2015)

Amados hermanos, en los Corazones del Señor y de la Virgen María Nuestra Madre:

En el día de hoy, domingo segundo después de Pentecostés, y según lo prescrito en la forma llamada Extraordinaria del Rito Romano de la Santa Misa, la Iglesia nos invita a considerar, como lectura evangélica, un fragmento de San Lucas en el que se nos cuenta la narración de los invitados a una gran cena. Los cuales, al contrario de lo que hubiera sido lógico esperar, comenzaron a excusar su asistencia, uno tras otro, con diversos pretextos.

Según uno de ellos, había comprado una hacienda y tenía que ir a verla, por lo que ofrecía sus excusas. Otro argumentaba que acababa de adquirir cinco yuntas de bueyes y quería ir a probarlas, por lo que igualmente rogaba que se le perdonara la ausencia. Alguno explicaba que había contraído matrimonio, por lo que consideraba justificado el hecho de no poder asistir.

El padre de familias, o el anfitrión que había invitado a la gran cena del banquete de bodas, se sintió tan molesto que ordenó a su criado: Ve enseguida a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres, a los tullidos, a los ciegos y a los cojos. Así lo hizo el siervo y dijo entonces a su amo: Ya lo he hecho, señor, y todavía hay lugar. A lo que respondió su señor: Pues ve entonces a los cercados y a los caminos y oblígalos a entrar, porque quiero que mi casa se llene de invitados.

La parábola o narración es bastante expresiva y, como siempre sucede con las enseñanzas del Señor, se presta a muchas y detalladas consideraciones.

Lo primero que llama la atención en el texto es el hecho de que los invitados fueron llamados a una gran cena ---cenam magnam---. Con lo cual la enseñanza evangélica comienza subrayando el hecho transcendental de la invitación que Dios ofrece a los hombres, que consiste nada menos que en la donación del Amor incondicional de su propio Corazón. Sin embargo los hombres, lo mismo que los invitados a la gran cena de la parábola, suelen responder declinando el ofrecimiento e inventando las más diversas excusas para justificar su conducta. Lo que obliga a pensar en la necesidad de que cada cristiano procure verse a sí mismo como uno de los invitados renuentes, pues esa suele ser la respuesta de la mayoría ante el ofrecimiento que Dios hace de su Amor y de su Amistad.

Lo inexplicable de todo esto es el hecho de que alguien pueda creer que los proyectos que ha imaginado para sí mismo puedan ser más interesantes que lo que Dios le ofrece. Y a este respecto, cualquiera puede mirar en torno suyo, y principalmente a su propia persona, para comprobar que eso es precisamente lo que normalmente suele suceder. Porque cuando Dios ofrece el Todo, el hombre elige la parte. Y si le otorga la posibilidad de la grandeza, el hombre prefiere la pequeñez. E igualmente cuando le abre el camino de la Felicidad perfecta, porque el hombre se hace el desentendido y considera mejor elección la de hacerse con los minúsculos placeres que le ofrece la existencia terrena: Dos males ha cometido mi pueblo: Me abandonaron a mí, fuente de aguas vivas, y se hicieron cisternas, cisternas agrietadas que no pueden contener el agua.[1] No quiere darse cuenta el hombre que sus pensamientos, planes y proyectos, son siempre pequeños y hasta ridículos comparados con los pensamientos y proyectos de Dios, tal como los había preparado para él. Y todo eso a pesar de que Jesucristo ya había advertido, en una de sus enseñanzas que parecen caer siempre en saco roto puesto que casi nadie las escucha, que quien encuentre su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.[2]

He aquí la gran tragedia de la Humanidad. De un lado existe la opción por los bienes sobrenaturales, espirituales e imperecederos, los cuales son capaces de proporcionar a los hombres el verdadero sentido de su existencia y las claves para alcanzar la Perfecta Alegría (en arras en esta vida y en ciernes con respecto a su plenitud en la otra). Del otro se ofrecen al hombre los bienes materiales y sensibles que lo rodean y que continuamente lo solicitan, cuya bondad y belleza son innegables como cosas creadas por Dios y reflejos de su divina Esencia, pero efímeros al mismo tiempo, incapaces de saciar su corazón y limitados en magnitud comparados con los otros bienes. Y puestos a reconocer la verdad completa, ya no resta sino decir que la diferencia entre ambos supone una distancia infinita.

Es entonces cuando entra en juego el misterio de la libertad del hombre a través de los insondables e impredecibles sentimientos de su corazón. Con la posibilidad de que una importante consigna del Apóstol San Pablo, definitoria por otra parte de toda la existencia humana, quede olvidada y no se tenga en cuenta: Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Saboread las cosas de arriba, y no las de la tierra.[3]

Un texto en el que debe prestarse atención a la fundamental razón que aduce el Apóstol para que se busquen las cosas de lo Alto: porque allí es donde está Cristo, sentado a la diestra de Dios. Pues Cristo es la Vida del hombre (Col 3:4), la única cosa que colma las ansias de su corazón, el resumen de todas sus esperanzas y la clave de la Perfecta Alegría que él siempre había buscado. De todo lo cual están convencidos los cristianos de buena voluntad, aunque luego se imponga la realidad de la lucha necesaria para ponerlas en práctica..., y a la que no todos están dispuestos.

La debilidad y fragilidad de la naturaleza humana inducen al hombre a dejarse cautivar fácilmente por las cosas de este mundo, más fáciles de adquirir y al alcance de la mano, sin hacer demasiado caso de que carecen de la sublime grandeza de las cosas sobrenaturales. Como puede comprobarse en el amor humano, por ejemplo, por puro y elevado que sea, que jamás podrá compararse con el Amor divino o con el amor divino--humano, dada la inconmensurable diferencia que media entre ellos. Y aquí radica la necesidad de luchar que urge al cristiano, como peregrino de la Iglesia militante que camina, a través de trabajos y sudores, por la senda que conduce a la Vida (Mt 7:14) hasta llegar a la Meta a la que solamente llegan los que perseveran hasta el fin (Mt 24:13).

De este modo la vida de todo hombre que viene a este mundo se enfrenta con la inexorable disyuntiva ante la que tiene que elegir: la de las cosas de arriba o la de las cosas de abajo. Por eso decía el Libro de Job que la vida de todo hombre es milicia durante su estancia en la Tierra (Jb 7:1); y de ahí también la promesa que hace el Espíritu contenida repetidamente en las Siete Cartas a las Iglesias del Libro del Apocalipsis: el premio solamente será otorgado a los vencedores.[4]

Ya hemos visto que los invitados al banquete declinaron su asistencia alegando diversas excusas. Las cuales no son sino un reducido ejemplo de los infinitos pretextos, a cual más variado, invocados con frecuencia por el hombre para rechazar el ofrecimiento divino. Y que no son otra cosa, a su vez, que un medio más de los muchos que utiliza para engañarse a sí mismo.[5]

Lo cual significa para el hombre una decisión trágica. Pues habiendo sido creado para un destino de felicidad eterna lo cambia por otro de felicidad temporal, que a él se le antoja definitiva pero que está destinada a culminar en un eterno fracaso carente de toda posibilidad de reparación. Y todo porque su capacidad de auto engaño es prácticamente ilimitada.

Y ahí quedan relegadas al olvido las palabras de Jesucristo según las cuales quien busque su propia vida, la perderá, pues es necesario perderla por su amor para poder hallarla (Mt 16:25). Desgraciadamente el ser humano es poco adicto a las paradojas, y menos todavía a las que afectan a su propia existencia. Y el problema se complica más cuando, como sucede en este caso, anda de por medio el amor; ya que no basta con estar dispuesto a perder la vida, sino a perderla precisamente por amor. El hombre fue creado para amar y para ser amado. Pero el pecado blindó el alma humana con una capa refractaria al amor, empujando al hombre a encerrarse en su egoísmo cuando en realidad estaba destinado a abrirse a los caminos que conducen a la propia entrega. Los cuales necesitan para su viabilidad contar necesariamente con el otro, punto clave al fin y al cabo sin el que no puede darse el diálogo amoroso, o elemento último y definitorio de la existencia humana.

Las palabras y enseñanzas de Jesucristo pueden parecer duras a una naturaleza humana aquejada de la debilidad a la que ha sido sometida por el pecado. Por eso se resiste a admitirlas, a pesar de que el mismo Jesucristo dijo de ellas que son espíritu y vida,[6] sin parar mientes en que su rechazo ha dado lugar, entre otras cosas, a la llamada cultura de la muerte (con la aparición de aberraciones como el aborto y la eutanasia). De ahí que resulten duras de oír, demasiado profundas para ser entendidas y difíciles de explicar. Cosa esta última que puede comprobarse por el hecho de que su predicación ha sido abandonada por la Pastoral moderna, amordazada por el miedo a herir los oídos del mundo y en clara demostración de que ha dejado de creer en ellas.[7] La circunstancia de que en algunos lugares, aquí y allá, haya existido una predicación católica de la doctrina evangélica, no deja de ser un hecho real aunque excepcional. No es extraño que sigan teniendo actualidad las palabras del Apóstol San Juan: Ellos son del mundo, por eso hablan del mundo y el mundo los escucha.[8]

Sin embargo se impone ante cada hombre la cruda realidad de la existencia. Porque si alguien quiere encontrar el sentido de su vida, escapar del vacío que el mundo y sus cosas causan en el alma, liberarse de las garras de un entorno en el que imperan la mentira y la falsedad, evadirse de las tinieblas que ciegan la mente y endurecen el corazón, acabar con los sentimientos de angustia y abatimiento con los que el espíritu de la modernidad trata de ahogar la propia personalidad..., tendrá que recurrir entonces a las palabras de Jesucristo, como el único recurso que lo conducirá a la verdadera Vida que Él mismo dijo que había venido a traer a los hombres (Jn 10:10).

Preferir la vida que uno ha elegido para sí mismo prescindiendo de la voluntad de Dios, equivale a tropezarse con el fracaso de la propia existencia. Y sin posibilidad de vuelta alguna, puesto que a ningún hombre le ha sido concedida la alternativa de vivir otra vida, y sin que valgan para nada los absurdos y banalidades propugnadas por filosofías extrañas como la de la reencarnación, en las que casi nadie cree. La verdad es que cada hombre decide su propia vida en una hoja de ruta que delinea a su elección, pero en la que no cabe la posibilidad de vuelta una vez que se ha llegado definitivamente a la meta. Ni tampoco será admitido como argumento válido el pretexto de haber cometido un error. En último término, lo que aquí está en juego es, nada más y nada menos, que el problema de la salvación o la condenación eternas.

Ante la posibilidad de cometer la equivocación de elegir el camino que conduce a la perdición eterna, es absolutamente necesario que cada hombre piense en la realidad del Infierno. El cual está incluido dentro de un ámbito de eternidad en el que no existe el tiempo, por lo que ni siquiera se puede hablar en él de un tiempo inacabable. Tampoco se plantea en ese lugar la posibilidad de un final, puesto que tampoco existe la de un comienzo (factores que necesariamente dependen del concepto tiempo), sino que se trata de un mero estar ahí, en total abstracción de realidades ahora ya inexistentes como pueden ser las de antes o la de después. Al haber desaparecido toda posibilidad de esperanza, al condenado no le resta otra cosa que la de considerar su vida pasada como una posibilidad malgastada, ahora convertida en insufrible maldición que durará sin dar lugar a consideración alguna de duración.

Son muchos los hombres que intentan engañarse a sí mismos y niegan la existencia del Infierno.

Pero la realidad se muestra igualmente indiferente a los buenos como a los malos augurios del hombre. El cual puede soñar con un futuro mejor o temer por un mañana más bien desgraciado, vivir de ensoñaciones a afincarse en la realidad, afirmar lo que se le antoje o negar lo que quiera, decidirse por la verdad o pactar con la mentira... En definitiva, hacer cualquier uso de su libertad. Pero el mundo de las realidades no depende de lo que él piense o deje de pensar acerca de ellas, sino de lo que son realmente las cosas y del modo en que lo son. La verdadera catástrofe para la Humanidad tuvo su comienzo cuando el hombre abandonó la filosofía del ser para decidir que el pensamiento no depende de la realidad, sino que es la realidad la que resulta determinada y definida por el pensamiento. Claro está que tales filosofías tropezaron siempre con algo tan palmario y evidente como son las conclusiones del sentido común, que es la facultad otorgada por Dios al hombre para andar por el mundo con los ojos abiertos sin caer en barrancos ni precipitarse en el abismo. Cuando el hombre decide que su facultad de aprehensión no depende de la realidad de las cosas, sino que la realidad de las cosas depende de su propia aprehensión, es porque propiamente se ha convertido en un ciego, con las consecuencias ya conocidas sobre el caso: ¿Es que puede un ciego guiar a otro ciego? ¿Acaso no caerán ambos en un hoyo?[9] Y como fácilmente puede comprobarse en el acontecer de la vida diaria, la circunstancia de dar de lado al sentido común conduce irremediablemente a la locura de la mente y a la badomía de la estupidez.

(Continuará)


[1] Jer 2:13.

[2] Mt 10:39.

[3] Col 3: 1--2.

[4] Ap 2:7; 2:11; 2:17, etc..

[5] El engaño al prójimo es el resultado de un estado anímico de maldad, de difícil explicación. Mientras que el engaño a uno mismo es la consecuencia de sufrir una situación de suprema estupidez, de imposible explicación.

[6] Jn 6:63.

[7] Desde el siglo XX hasta nuestros días la predicación ha pasado en España por varias fases que, simplificando la cuestión, podríamos resumir en tres etapas. La primera abarcaría hasta bien entrado el siglo XX, e ilustra un período de oratoria sagrada en el que se acostumbraba a poner más énfasis en lo de oratoria que en lo de sagrada. La segunda llenaría el final de la época franquista y los primeros años de la llamada transición, y en ella hizo furor una predicación política antifranquista sustancialmente marxista, seguida de un período de años de predicación de banalidades. La tercera etapa comprende todo el período postconciliar, y se caracteriza por el absoluto predominio de la predicación modernista.

[8] 1 Jn 4:5.

[9] Lc 6:39.