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El Sacerdocio (III)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

La Confesión

Recuerdo la primera vez que me senté en el confesonario. Aunque dicen que hay una primera vez para todo, cuando se trata de iniciarse como ministro en el sublime e insondable sacramento de la Penitencia, el nerviosismo está más que justificado. A mis veinticuatro años y enteramente novato, aunque con la confianza en Dios y dispuesto a desempeñar bien mi oficio, soñaba con empezar mi tarea en el mundo del Sacramento Consolador escuchando la confesión de alguna aburrida anciana beata, cuyos pecados no pasarían de niñerías o de escrúpulos de monja. ¡Quién iba a pensar en aquel momento en los muchos penitentes, realmente duros y difíciles, a quienes realmente tendría que auxiliar, a veces con angustia por mi parte, en mis correrías pastorales por diversos países y en lugares tan distintos!

Este sacramento de la misericordia y del perdón, que a lo largo de la historia del Cristianismo ha devuelto la paz del corazón a innumerables cristianos a los que ha reconciliado con Dios, el más sublime y portador de la Alegría de todos los sacramentos después de la Eucaristía, ha sido prácticamente eliminado en la Nueva Iglesia refundada con el Concilio Vaticano II. Y es necesario reconocer que es uno de los mayores triunfos conseguidos por Satanás contra la verdadera Iglesia, con consecuencias sobre la salvación ---y la condenación--- de las almas que sólo de Dios son conocidas. ¡Ay de los responsables de tal latrocinio! Pues parece que es imposible pensar en el arrepentimiento de su culpa, ni aun siquiera en el momento de la muerte, en aquellos que se esforzaron sobremanera para abrir las puertas del Infierno a tantos desgraciados cuyo número causaría tremendo pavor de ser conocido por los vivos.

Y volvamos a los primeros tiempos del ministerio de un sacerdote joven, en los que el novel ministro del Señor pone su cuidado en atender a los penitentes con todo el amor de su corazón. Los acoge con amabilidad, los escucha con atención e intenta procurar la integridad de la confesión mirando al bien de sus almas ---cosa ésta última a veces fatigosa---, para despedirlos finalmente con una breve exhortación extraída de lo mejor de su repertorio. Lo cual exige un ejercicio del ministerio que no siempre es fácil, aunque los fieles no acostumbren a darse cuenta de los problemas que supone el llevarlo a cabo. Es bastante frecuente que los penitentes se acerquen al confesonario con cierto temor y hasta con sentimientos de vergüenza, cosa por otra parte explicable si se tiene en cuenta la condición de la naturaleza humana. Y es el ministro del Sacramento, que además de ser juez en ese momento ejerce también las funciones de padre y de médico, quien habrá de valerse de todo su amor y toda especie de comprensión y de paciencia con las almas, a fin de que confiesen la totalidad de sus pecados y se dispongan al debido arrepentimiento. Y si seguimos refiriéndonos como siempre a un sacerdote fervoroso y celoso de su ministerio, el ejercicio de las funciones de las que hablamos anda muy lejos de ser tarea fácil y sencilla. Hasta el punto de que la particular atención prestada a los penitentes, considerado cada uno como caso particular y único, suele ser causa de una enorme tensión interior.

Lo cual, como cualquiera puede suponer, produce cansancio. Que llega a ser profundo e intenso cuando van transcurridas varias horas continuadas en el confesonario. Cosa que en los tiempos actuales ya no suele suceder, después de que la Pastoral de la Nueva Iglesia, inficcionada de modernismo, ha conseguido que el clero haya desertado en masa del ministerio de la confesión y de que los fieles, alentados a menudo por los mismos sacerdotes, hayan dejado de confesarse e incluso de someterse a la necesaria integridad de la confesión. Lo cual supone a la vez un terrible pecado de la Nueva Cristiandad y un no menos terrible castigo de parte del Cielo.

Pero en los felices tiempos pasados no era así, como tampoco sucede ahora en los pocos y aislados núcleos desperdigados por el mundo que aún permanecen fieles al Catolicismo. Por lo que a mí respecta, he pasado muchos cientos de horas sentado al confesonario durante mi larga vida ministerial. A veces hasta más de veinte horas sin interrupción, sostenido por algunas tazas de café que almas buenas me llevaban al mismo confesonario. No era raro que transcurrido ese tiempo me recostara en alguna cama o sofá durante un par de horas, sin que las prisas me permitieran desprenderme de la sotana y sin conseguir que el estímulo del café me permitiera descansar, para incorporarme enseguida a seguir escuchando a los fieles. Durante mi estancia en la cordillera andina, mis indios permanecían guardando cola para conseguir confesarse hasta durante dos o tres días seguidos. Y no era raro que algunas veces yo quedara dormido en el confesonario ---o quizá privado de sentido, puesto que nunca pude saberlo--- incluso durante horas, y sin perjuicio de que los fieles siguieran confesándose sin interrupción y sin enterarse de lo que ocurría. Por mi parte jamás alimenté duda alguna acerca de la validez de aquellas confesiones.

Aun antes de que sucediera todo esto, durante los primeros años de mi ministerio, se me ocurrió algo que consideré inicialmente como buena idea, la cual podría evitarme, al menos en parte, el cansancio producido por las largas horas transcurridas en el confesonario. Al fin y al cabo yo era un ser humano, y es de todos sabido que la naturaleza anda siempre imaginando la posibilidad de practicar la ley del mínimo esfuerzo, en la equivocada creencia de que las cosas más preciosas y elevadas se pueden conseguir a bajo precio. Así que compuse un breve discurso estándar, siempre el mismo, como admonición destinada a cada penitente, la cual me ahorraría el complicado problema de ir discurriendo particulares consideraciones para cada uno.

Un recurso inteligente que sin embargo me condujo al más soberano de los fracasos, puesto que jamás pude aplicarlo ni siquiera una vez. En cada caso pude darme cuenta de que tenía ante mí una persona que era también un fiel cristiano y un hijo de Dios, con sus particulares problemas y ansiedades, con necesidades de consuelo y de paz y con su esperanza y su seguridad, al mismo tiempo, de que las encontraría en el confesonario. ¿Cómo aplicar entonces una receta estándar y despachar sin más a aquellos fieles...? Poco corazón, y aun menos amor a Jesucristo y a aquellas almas habría que tener para hacerlo. Por lo que hube de llegar a la conclusión de que había que anular el ingenioso procedimiento que en un principio había creído encontrar.

Y seguimos con el tema de la madurez y del paso de los años. Puesto que llega un momento en el que el sacerdote comprende por fin la verdadera hondura y el significado del sacramento de la Penitencia. Se trata de un auténtico abismo de profundidad que habrá de suponer para él, una vez más, otro modo de participar intensamente en el misterio de los sufrimientos derivados de la participación en la Cruz de su Señor. Sucede así cuando al fin se da cuenta de que no se trata sencillamente de absolver y perdonar los pecados, sino de que él mismo, a semejanza de su Señor y en el cumplimiento de la misma misión, también ha de cargar con ellos. Pues si Jesucristo tomó sobre Sí los pecados y las miserias de todos los hombres, haciéndolos suyos y convirtiéndose Él mismo en pecado por ellos, apareciendo ante su Padre, siendo el Inocente entre los inocentes, como si fuera culpable y cargado de toda la podredumbre humana, pero llevando así a cabo la salvación del mundo...,[1] y siendo la misión del sacerdote idéntica a la de su Maestro (Jn 20:21), quiere esto decir, por lo tanto, que la vida de las almas recibida a través del sacramento de la Penitencia solamente exige la condición de que también él cargue con las culpas de los demás y el consiguiente sufrimiento que tal cosa lleva consigo. Y así es como también aquí tiene lugar lo que decía la Carta a los Hebreos cuando aseguraba que sin derramamiento de sangre no hay remisión.[2] De tal manera que los pecados de sus hermanos los hombres estarían destinados a producir mayor dolor en su propio corazón que en el de aquellos que los cometieron. La consecuencia, que no es difícil de concluir, viene a hacer patente que la labor del sacerdote produce escaso fruto a través de este sacramento mientras que él mismo no comprende y vive la realidad de estos misterios.

 

La Predicación

He aquí otra de las pesadas cargas ---y bien pesadas--- que el Señor encomendó a sus ministros. Y de nuevo me veo en la necesidad, aun a riesgo de que se me tache de repetitivo, de decir claramente que la predicación de un sacerdote novel será ineficaz, o que producirá muy poco fruto, mientras no llegue el momento en que se encuentre convencido de que es realmente una pesada carga. Hace ya bastantes años que vengo insistiendo a los sacerdotes jóvenes acerca de un principio que no convence a todos, pero que a mí me parece seguro: el fruto de la predicación de un sacerdote es inversamente proporcional a la satisfacción personal que experimente acerca de su propia oratoria. Y al contrario, es directamente proporcional al sentimiento de la propia ineptitud y de su fracaso personal, en virtud de los cuales se vea obligado a confiar en el Señor y sólo en Él.

De todos modos, si atendemos al modo de comportarse la naturaleza humana, es comprensible y hasta lógico que el sacerdote novato comience sus tareas oratorias con ilusión.

En tiempos pasados, cuando todavía se podía hablar de oratoria sagrada en la Iglesia y de homilías que parecían tales, no era raro el sacerdote que deseaba quedar bien ante los fieles y procuraba el buen éxito de sus discursos, hasta que creía haberlo alcanzado y se llenaba de satisfacción. Hasta podía suceder que alguno de ellos alcanzara cierta fama y fuera luego solicitado para predicar de un lugar o de otro; lo que en modo alguno hubiera podido ser considerado como un mal suceso con tal que el interesado no se considerara satisfecho de sus triunfos y los atribuyera a las buenas cualidades de que había sido dotado. Después de todo eran tiempos normales.

Las personas mayores pensarán, con toda razón, que ha sido oportuno atribuir esas peculiaridades, afortunadas unas veces y menos afortunadas otras, a tiempos pasados. Puesto que no tiene objeto alguno tratar de estos menesteres según lo que sucede en la Nueva Iglesia, en la que es imposible hablar de predicación desde que no existe en Ella ninguna cosa que se le parezca. Pues ni siquiera merece el nombre de mala predicación el conjunto de chácharas con las que son castigados los pocos fieles que los domingos todavía asisten a Misa, insustanciales en el mejor de los casos o llenas de disparates, y en las que se habla de todo menos de la Palabra de Dios: Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los escucha, decía San Juan en su Primera Carta.[3]

Pero volvamos a lo normal y a imaginar que vivimos todavía en las felices épocas de las que un nuevo Don Quijote hubiera dicho, rememorando el famoso Discurso de las Armas y de las Letras, que ¡Dichosa edad y tiempos aquellos...! En los que todavía existía un Pueblo cristiano que gozaba del don de la Fe y que asistía a los cultos con devoción. Pero sea como fuere, es absolutamente normal que el sacerdote joven comience su labor de predicación con ilusión y deseos de hacer el bien a las almas..., y hasta con ánimos de quedar bien.

Pero pasan los años y de nuevo el sacerdote va comprendiendo mejor lo que es y lo que supone la Predicación de la Palabra de Dios. La transmisión a las ovejas que le han sido encomendadas de las palabras y enseñanzas de Jesús es cualquier cosa..., menos una tarea fácil. Igualmente se da cuenta de que sus palabras son escuchadas unas veces, mientras que otras muchas no lo son. Es cierto que Jesús decía a sus discípulos que lo mismo que algunos habían escuchado su propia doctrina, también escucharían la de ellos (Jn 15:20); aunque también se quejaba en otras ocasiones de que su Palabra no había sido oída, con evidente rechazo de la verdad: Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis?...[4] Si no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora no tienen excusa de su pecado.[5] Y también del Bautista se decía que era la voz del que clama en el desierto.[6]

La conclusión a deducir de todo esto es que, aun siendo importante la predicación ---¡Ay de mí, si no evangelizara!, decía San Pablo---,[7] no es preciso preocuparse demasiado por sus resultados.

El sacerdote se dispone a predicar la Palabra valiéndose de los más profundos sentimientos de su corazón, después de haber sido contrastada en la oración y a través de una vida entregada de trabajos por el bien de los fieles. Una tarea nada fácil y que ha de suponer para él sudores de sangre, acuciado por la responsabilidad y por el celo por las almas, en un trabajo elaborado una y otra vez en el diálogo de la oración y mediante los esfuerzos del estudio..., y siempre con el sentimiento, imposible de disipar, de que al fin no era precisamente eso lo que hubiera deseado comunicar a los fieles. Por lo que, consciente de su incapacidad para llevar a cabo una empresa que de todos modos le transciende, se ve obligado a poner su confianza en el Señor. Y solamente cuando ha llegado ese momento, es cuando la Predicación comienza a dar fruto.

Decía Bernanos, en su Diario de un Cura Rural, que siendo preciso que la Palabra de Dios hiera en profundidad el corazón de los oyentes para dar fruto, ha de ser precisamente el del propio sacerdote que la predica el primer afectado por ella. Pues si la Palabra no traspasa su corazón, es bastante probable que tampoco impacte con demasiada fuerza en el de los oyentes. Predicar no es pronunciar un discurso, como haría cualquier hombre de mundo, sino un acto de sumisión y obediencia a Dios que siempre supone una inmolación.[8] Con el que el sacerdote intenta entregar y transmitir a los fieles su propia vida, incluso a través de un acto en el que, con vistas al mayor fruto y una más intensa participación en la Cruz de unos y de otros, es Dios mismo quien permite que el sacerdote considere a veces como inútil (aunque en realidad nunca lo sea).

Cuando el sacerdote culmina su vida y llega a la ancianidad, si acaso mira hacia atrás comprende mejor muchas cosas del pasado con razones suficientes para comenzar a llorar. Pero ¿por qué...? ---podría preguntar alguno---. Sin duda porque la existencia aparece entonces como un fracaso, habida cuenta de las muchas cosas que quedaron por hacer y del tiempo que podía haberse empleado en amar a Dios más intensamente. Pero en realidad, si bien se considera, no todo en el pasado fue malo; e incluso existieron muchas cosas buenas y aun en mayor abundancia y en superior grado que las malas. Y en cuanto a llorar..., como decía Gandalf en la épica de Tolkien, no todas las lágrimas son malas, pues también a menudo son fruto de la alegría, e incluso de la más verdadera consideración de que Dios es bueno. Pero es que además, si la vida sacerdotal no terminara en fracaso, de nada habría valido, puesto que fracaso y no otra cosa fue la vida de Jesucristo, culminada precisamente en una Muerte de Cruz que fue la que dio la vida al mundo.

La existencia y la culminación de la vida del sacerdote no pueden ser diferentes de la de su Maestro. Y si una vez llegado al final del camino piensa humildemente que ha hecho muy poco, puede tener por seguro que oirá en ese momento las más dulces y cariñosas palabras salidas de la boca de su Señor: Muy bien, siervo bueno y fiel. Porque fuiste fiel en lo poco, yo te constituiré sobre lo mucho. Entra en el gozo de tu Señor.[9]

(Continuará)


[1] Cf., por ejemplo, Sal 22:2; 7--9; 7:17,b; Is 53: 5--6.

[2] Heb 9:22.

[3] 1 Jn 4:5.

[4] Jn 8:46.

[5] Jn 15:22.

[6] Mt 3:3.

[7] 1 Cor 9:16.

[8] Con respecto a lo que en tiempos pasados se vino llamando oratoria sagrada, preciso es reconocer que con bastante frecuencia se puso más énfasis en lo de oratoria que en lo de sagrada. A diferencia de lo que sucede en la Nueva Iglesia postconciliar, en la que ya no importa en absoluto la primera y mucho menos la segunda.

[9] Mt 25:21.