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Carta a la Iglesia de Laodicea (II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Continuando con el tema de la tibieza, en cuanto al repudio claro y manifiesto del amor generosamente ofrecido a alguien, es evidente que al menos se han tomado en serio tanto la oferta como a la persona que la ha otorgado; de donde es preciso reconocer que quien hizo el ofrecimiento ha sido considerado y tenido en cuenta, por más que haya sido rechazado. Mientras que, por el contrario, la actitud de ni siquiera considerar la proposición ofrecida, por supuesto que equivale a no tomar en serio a la persona que la hizo. Rechazar a alguien supone al menos admitirlo como otro; al contrario de lo que sucede cuando no se llega ni a considerar al oferente, que equivale a no concederle ni aún la categoría de otro como sujeto.

En nuestro caso concreto, quien rechaza abiertamente a Dios es porque al menos lo reconoce como oponente; mientras que quien se comporta como que no lo conoce, o adopta ante Él una postura de total insensibilidad, es porque ni siquiera le concede la categoría de existente. Una cosa es afirmar que no me interesa la oferta que se me ofrece, y otra muy distinta la de mostrar absoluta indiferencia hacia la persona que la hace, que es justamente lo equivalente a considerarla como si no existiera. Y de ahí la mayor gravedad de la tibieza y la justificación de la grave increpación que merece por parte del Espíritu: ¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas porque eres tibio, estoy para vomitarte de mi boca.

Como tantas veces hemos dicho, el hombre ha sido creado para amar y para ser amado. En definitiva, todas las actividades de su vida ---acciones, pensamientos, sentimientos--- deben estar encaminadas al amor y fundamentarse en él. Como decía tan bellamente San Juan de la Cruz:

 

Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio.[1] 

 

Y si ya no tengo otro ejercicio por hacer sino el de amar, todo tiempo dedicado a cualquier actividad cuyo objeto no sea el amor es tiempo perdido:

 
En lágrimas bañado
llora mi corazón, de amor herido,
en penas angustiado
del tiempo que se ha ido
y por no haber amado se ha perdido. 

 

El tiempo es la moneda concedida al hombre para las necesidades que debe satisfacer durante su peregrinación terrestre. Por lo que malgastarlo supone una pérdida irreparable acarreadora de graves consecuencias. El corazón del sabio sabe el tiempo y el modo, ya que cada cosa tiene su tiempo y su modo, decía el Eclesiastés,[2] en una consideración del tiempo todavía veterotestamentaria pero que ya reconoce, sin embargo, que es de sabios apreciar el sentido precioso del tiempo, al igual que el de todas las cosas que Dios ha otorgado al hombre. Que por eso decía San Pablo que mientras disponemos de tiempo hagamos el bien a todos, y especialmente a los hermanos en la fe,[3] añadiendo además, en palabras que parecen misteriosas, que hemos de vivir como sabios redimiendo el tiempo ---redimentes tempus---,[4] aludiendo quizá a que hemos de sustraerlo de la postración a que ha sido sometido, a fin de aprovecharlo para la redención de la creación y consiguientemente de la nuestra.[5]

 

2. La Tibieza según el Evangelio.

 

El Evangelio no trata expresamente del problema de la tibieza, aunque sí contiene al menos dos episodios que la contemplan: el del joven rico y el del fariseo que invitó a comer a Jesús y no cumplió los requisitos rituales.

El caso del Joven Rico
(Mc 10: 17-27).

La expresión no es muy apropiada si se tiene en cuenta que el caso del joven rico no tiene nada de singular. Puesto que, por lo general, cuando se habla de el caso de en el lenguaje corriente, se hace referencia a un hecho especial de características peculiares y no demasiado corrientes, que no es precisamente lo que sucede aquí. Ciertamente el joven rico quería alcanzar la vida eterna, que es a lo mismo que aspira todo el mundo..., pero no mediante el esfuerzo de complicarse la vida, que es un planteamiento que igualmente coincide con el de la inmensa mayoría de la gente.

Por eso le pregunta a Jesús, ingenuamente pero con sinceridad, acerca de lo que había de hacer para conseguirla. El Maestro, conociendo que eran rectas sus intenciones, le propone el programa mínimo del cumplimiento de los mandamientos. Y al responder el joven que ya los cumplía, el Maestro lo mira y comprueba con agrado que decía la verdad:

Jesús fijó en él su mirada y quedó prendado de él.

Ante lo cual le propone con ardor que avance hacia adelante hacia el feliz final del camino, puesto que aún le faltaba lo más importante y esencial:

- Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego, ven y sígueme.

A lo que el joven, frente a lo que hubiera podido esperarse, reaccionó de forma negativa:

Afligido por estas palabras se marchó triste, porque tenía muchas posesiones.

Actitud en la que queda reflejada, por desgracia, la normal aspiración de la inmensa mayoría de los cristianos. La cual consiste en conseguir la salvación mediante la práctica de un cristianismo de confort y ausente de cruz, haciendo caso omiso del precepto divino de caminar por la vía estrecha (Mt 7:14) ---la única que según Jesucristo conduce a la Vida--- para preferir el camino ancho de la comodidad y de la ausencia de complicaciones. Basado todo ello, a su vez, en la falsa creencia de que el Cielo se puede adquirir sin necesidad del esfuerzo personal y de la libre cooperación a la gracia; lo que supone evidentemente un grave desprecio al concepto mismo del amor.

Jesucristo llevó a cabo el misterio de la Redención mediante su Vida y su Muerte, reanudando así la relación amorosa del hombre con Dios que había sido destruida por el pecado. Con ello otorgó al hombre la posibilidad de aceptar el sublime intercambio de existencias por el cual cada uno ---Jesús y el hombre--- hace suya la vida del otro: Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él...[6] Así como yo vivo por el Padre, del mismo modo quien me come vivirá por mi.[7] Y según el Apóstol San Pablo dirigiéndose a los Colosenses, vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.[8] De ese modo el cristiano, unido íntimamente a Cristo dentro del gran Organismo que es su Cuerpo Místico, forma con Él una sola cosa haciendo suya la vida del Señor (y viceversa), aunque conservando cada uno a la vez su propia personalidad: Vivo yo, pero ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi.[9] Pero puestas así las cosas, el cristiano ya no puede alcanzar la vida eterna sin participar de la vida y del destino de Cristo, incluidas su Muerte y su Resurrección: Sin mi nada podéis hacer...[10] Yo soy el camino, la verdad y la vida; y nadie viene al Padre sino por mí.[11]

Lo que está en juego en el fondo del problema, como ya dijimos, es el concepto del amor. Una de cuyas reglas esenciales es la de la reciprocidad, que exige por parte de la persona amada una respuesta en equivalencia a la actitud de entrega de la persona que ama. Y siendo el hombre un ser creado por el Amor y para el amor, no le es lícito responder ante su destino ---que es su Fin último y su Felicidad--- con una actitud de rechazo, y ni aun siquiera de indiferencia.

El joven rico, aunque no rechaza expresamente o con un no rotundo la propuesta de Jesús, lo hace indirectamente, sin embargo, al responder con una actitud que podría traducirse como de no me interesa. El hecho de rechazar clara y abiertamente a Dios, incluso por odio, supone al menos haberlo ponderado y tenido en cuenta; mientras que acoger sus propuestas con indiferencia equivale a pensar que ni siquiera han merecido ser valoradas por quien no ha llegado ni a molestarse en considerar a Aquél que las hacía.

Dice el texto de San Marcos que el joven quedó afligido por las palabras del Señor, por lo que se marchó triste, pues tenía muchas posesiones. La elección entre las cosas naturales, materiales y visibles, o las espirituales, invisibles y espirituales, es una decisión que todo hombre ha de tomar necesariamente en su vida y que marcará el destino de su existencia para toda la eternidad. San Pablo se lamentaba con tristeza de que su discípulo Demas le hubiera abandonado por amor de este mundo (2 Tim 4:10), y de ahí su hermosa recomendación a quienes permanecían en la fidelidad: Buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; saboread las cosas de arriba, y no las de la tierra.[12]

La actitud del joven rico, que además es idéntica a la que han mantenido innumerables seres humanos a lo largo de toda la Historia, jamás dejará de ser un misterio inexplicable. Que un ser creado conceda más valor al propio yo personal que al mismo Yo divino, como sucedió con el Ángel Luzbel en el Cielo antes de los tiempos y como sigue sucediendo en nuestros días con tantos hombres, es cosa a la que es imposible encontrar explicación alguna. Se puede aludir al misterio de la libertad creada, junto a la posibilidad de la criatura de preferir sumergirse voluntariamente en los abismos del Mal; aunque tal cosa, en realidad, no sería sino prolongar una discusión acerca de un problema cuya solución última sólo de Dios es conocida.

Dante contempla en el primer Círculo de su Infierno a quienes no hicieron nunca nada malo, pero que tampoco hicieron jamás nada bueno. Cabe pensar que no serían allí muchos los condenados, pues es bastante difícil imaginar que alguien que jamás hizo nada bueno tampoco haya hecho nunca nada malo, y ya decía San Juan que quien no practica la justicia no es de Dios.[13] No es exactamente el caso del joven rico, desde el momento en que no se puede considerar como actitud inocua la indiferencia o desprecio ante el ofrecimiento que le hace Jesús.

Y aun después de ponderadas estas consideraciones, además de las que aún nos restan por hacer sobre el tema, justo es reconocer que hallar una clave que explique, siquiera sea de algún modo, la actitud del cristiano tibio, sigue siendo tarea difícil y hasta equivalente a la de abordar un misterio. Ni frío ni calor, como términos siempre preferibles a otro probablemente intermedio que sería el de la tibieza. Pero con respecto al primero de ellos ---el del frío--- podríamos preguntar: ¿Se refiere quizá a quien conoció de algún modo el amor, e incluso comenzó a amar, pero luego se quedó detenido en los comienzos...? ¿Acaso haber conocido el amor y haberlo desdeñado es una actitud más condenable que la de quien ---culpablemente o sin culpa--- no lo ha conocido? ¿Hubo alguien que empezó a caminar, pero que luego no quiso seguir adelante pensando que no valía la pena, cometiendo así el mayor desprecio a la sublime realidad del amor que imaginar cabe...? Y así queda todavía abierta una vía en la que aventurarse en la especulación. Pero en definitiva, todo parece apuntar hacia las palabras de Jesucristo: ¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él y digan: “Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar”.[14]

 (Continuará)


[1] San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual.

[2] Ece 8: 5-6.

[3] Ga 6:10.

[4] Ef 5:16.

[5] El tiempo forma parte de la creación. Y según el Apóstol, la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Ro 8:21).

[6] Jn 6:56. El verbo griego méno puede significar permanecer, residir, vivir, morar, etc., pero apuntando siempre a una idea de estar dentro, más bien que la de continuación en el tiempo.

[7] Jn 6: 57.

[8] Col 3:3.

[9] Ga 2:20.

[10] Jn 15:5.

[11] Jn 14:6.

[12] Col 3: 1-2.

[13] 1 Jn 3:10.

[14] Lc 14: 28--30.