pedregal20102.jpg

Carta a la Iglesia de Pérgamo (VII)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Hemos afirmado repetidas veces que una de las leyes esenciales del amor es la reciprocidad. Lo que induce a pensar que en el amor divino--humano no es solamente el corazón humano el que queda lacerado y herido, sino también el divino:

 
Allí, junto al Amado,
en silencioso amor correspondido,
estando yo a su lado,
Él díjome al oído
que también por mi amor estaba herido. 

 

Lo cual es así porque el amor profesado por Jesucristo al alma enamorada es tan humano como divino, que es lo mismo que decir divino--humano. Que al hacerse realidad en el corazón humano de Jesús pone en evidencia, una vez más, la necesidad y la conveniencia de la Encarnación, en cuanto que Dios quería mantener con el hombre relaciones de perfecto amor.

 En este sentido, es posible que algunos versos de El Cantar de los Cantares, acostumbrados como estamos a leerlos siempre bajo el prisma poético de la metáfora, posean sin embargo un significado mucho más cercano al literal que el que se les acostumbra conceder:

 
Eres, amada mía, hermosa como Tirsa,
bella como Jerusalén,
terrible cual escuadrón ordenado en batalla.
Aparta ya de mí tus ojos,
que me matan de amor.
Es tu cabellera rebañito de cabras
que ondulan al subir por el monte de Galad.[1]
 

 Cuando un enamorado califica a la persona amada con el epíteto de terrible, en un sentido que jamás pretende ser peyorativo, incluso en el amor puramente humano el hecho es bastante expresivo. Aunque es más aún en el divino--humano, donde los nombres y calificativos alcanzan significados reales que transcienden en mucho la mera metáfora. Por otra parte, el adjetivo terrible, si bien posee en el lenguaje humano un sentido normal que señala hacia algo que induce temor o quizá miedo, cambia por completo su significado cuando se refiere al ámbito de lo amoroso. Donde entonces puede aludir a lo que es capaz de suscitar asombro, admiración, entusiasmo, rendición ante lo bello, gozo intenso, exultación y a la vez exaltación de lo numinoso como contemplado..., y capaz de herir de muerte de amor a la persona enamorada.

 Esto último está contemplado aquí cuando el Esposo le dice a la esposa que aparte de Él sus ojos porque lo matan de amor, donde, como hemos dicho arriba, también aquí cabe el peligro de que se haya limitado el alcance de la mera metáfora. Se trata también del amor divino--humano, del que ya hemos dicho que sus expresiones y dichos alcanzan un nivel de realidad que transcienden a todos los tropos y figuras del lenguaje humano. Muy diferente es lo que sucede en el amor puramente humano, en el que las expresiones que usa apenas si superan el nivel de meras formas de hablar o de gestos ordinarios, por muy sinceros y amorosos que puedan ser.

 Y como una constante en el amor, la ley de la reciprocidad, vuelve a aparecer una y otra vez:

 
Pasando por el prado
tus ojos con los míos se encontraron;
y en nuestro hablar callado,
dos encendidos dardos se cruzaron
y dos llagas de amor los dos causaron. 

 

Otra de las notas más peculiares del amor, no siempre suficientemente resaltadas pero que también están contenidas en la ley de la reciprocidad, es la de la necesidad que cada uno de los amantes experimenta con respecto al otro. Y la razón de que esta característica acostumbre a pasar desapercibida se halla precisamente en lo que suele suceder en el amor meramente humano. En el que la necesidad del amante con respecto a la persona amada, con su consiguiente reciprocidad, suele ser mucho más tenue y radicada ordinariamente, además, en sentimientos y palabras que tienden a ser proclives, o bien a desvanecerse con facilidad, o a bien a desaparecer paulatinamente con el tiempo.

 Lo que es muy distinto de lo que sucede en el amor divino--humano. En el que la necesidad que cada uno de los amantes experimenta con respecto al otro se convierte en algo tan intenso y urgente como para producir el sentimiento de no poder vivir sin la persona amada. Y una vez más, habremos de descartar, también aquí, lo que sería una mera metáfora para dar paso a la más profunda de las realidades. Puesto que de hecho, cada uno de los dos amantes ha entregado su propia vida y ha hecho suya la del otro. Cristo el Señor llevó a cabo una vez tal donación en el patíbulo de la Cruz, y ahora hace suya la vida del ser humano amado, al mismo tiempo que le entrega la propia:

 
Yo tu vida viviera
si tú me la entregaras por entero,
y la mía te diera
si, en trueque verdadero,
quisieras cambiarlas, cual yo quiero.
 
Mi vida ya es tu vida
y la tuya es por siempre ya la mía;
mi vida es la comida
que yo a ti te servía
cuando tu amor me diste en aquel día.

 

Las palabras dulces del amor han dado paso, en el amor divino--humano, a los hechos reales del amor. Porque el verdadero y perfecto amor solamente se prueba y se consuma mediante la verdadera y perfecta donación de la propia vida: Nadie demuestra más amor que aquél que da la vida por sus amigos.[2]

 Como es fácil suponer, todos estos misterios y profundidades del amor divino--humano no se encuentran en un compás de espera para hacerse realidad en la Patria del Cielo. Si acaso, se encuentran aguardando su consumación. Pero tienen su comienzo y hasta alcanzan un alto grado de desarrollo ya durante la etapa del peregrinaje terrestre. El amor, como tantas veces hemos dicho, es por naturaleza impaciente, y ni Dios ni el alma iban a estar dispuestos a llevar a cabo un más o menos largo período de espera y de meras expectativas. Es verdad que este amor conoce las esperanzas y vive de ellas; pero alimentadas y animadas por la realidad de un amor ya presente que, si aún no puede considerarse consumado y completo, posee sin embargo tal grado de suficiencia como para hacer que el alma siga su peregrinaje, aunque gustando al mismo tiempo los gozos anticipados del encuentro definitivo con el Esposo al final del Camino.

 Y con esto hemos llegado hasta los umbrales de la más elevada vida mística. Reservada, por desgracia, a tan escasas y escogidas almas. No por voluntad de Dios, que es generoso de por Sí y siempre premia a los que lo buscan (Heb 11:6), sino por la estrechez del corazón humano, que rara vez sabe abrirse y responder por completo a la llamada del Amor.


[1] Ca 6: 4--5. 

[2] Jn 15:13.