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Carta a la Iglesia de Pérgamo (V)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

No resulta fácil explicar el significado de la expresión según la cual habiendo amado Jesús a los suyos, los amó hasta el fin. Si Jesucristo los amó hasta el fin, convendría saber el significado exacto de tal grado de amor. El griego télos significa efectivamente fin o final, en el sentido de terminación, cese o conclusión. ¿Habremos de entender aquí una alusión al final del período de la vida terrena de Jesús, o quizá es una referencia al grado máximo de intensidad de amor al que podía llegar su voluntad humana?

Pero para entender el amor de Jesucristo al hombre sin posibilidad de errores, deben quedar establecidos con claridad los siguientes puntos:

Hay que tener en cuenta que estamos ante un solo Cristo que ama a su criatura. Se trata, sencillamente, de su única Persona divina.

Pero Jesucristo posee dos voluntades con las que la ama: su voluntad y amor divinos y su voluntad y amor humanos.

Por lo que existen en Él dos operaciones de amar: la propia de su naturaleza divina y la propia de su naturaleza humana.

El resultado final es un único efecto: el amor que el hombre recibe y que percibe de Cristo, que es divino y humano. Aunque todo ello en un mismo instante. Un amor, por lo tanto, que procede de dos operaciones distintas, pero cuyo origen es un único sujeto: la Persona de Jesús.

Por lo que puede decirse que es un verdadero amor divino--humano. Así es como el alma lo percibe y por eso ama a Jesucristo como a un verdadero Hombre, aunque haciéndolo al mismo tiempo objeto de su amor ---en un mismo acto--- como a su verdadero Dios.

Puesto que pertenece a la esencia del amor la reciprocidad, el amor hasta el fin de Jesucristo a los suyos exige una respuesta del mismo orden, la cual no puede tener lugar aquí sino en forma de totalidad, tal como se establece en los tres sinópticos: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.[1] El amor con el que Jesucristo espera ser correspondido por los suyos ---en estricta justicia, y según las exigencias de la reciprocidad en el amor--- no puede ser otro sino el considerado como verdadero amor, a saber: absoluto, total, sin condiciones ni demoras y transcendente a cualquier otra cosa. Así es como se hacen inteligibles unas palabras del Señor, aparentemente duras, pero que parecen enteramente lógicas cuando se analizan a la luz de la naturaleza del amor: Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso a su propia vida, no puede ser mi discípulo.[2]

Palabras que tradicionalmente se han entendido, según una interpretación correcta aunque insuficiente, no ya en el sentido de acudir a sentimientos de odio, sino en el de la necesidad de amar a Jesucristo en grado mayor que al padre y a la madre, etc. La realidad, sin embargo, es que palabras tan duras no encajan si no es en el contexto de un amor exigente hasta un extremo absolutamente total e incondicionado. Cualidades del amor que nunca deben entenderse como algo sobreañadido a un sentimiento por lo demás merecedor de tal cosa por las razones que fueren, sino como algo que pertenece por esencia a la misma naturaleza del amor.

En este mismo sentido, la necesaria reciprocidad en la totalidad de la entrega, convertida en realidad entre las personas que se aman, ha de contar con el límite absoluto de lo que constituye la más íntima y específica cualidad de la persona, cual es la facultad de entregar. De ahí que la persona que ama lo entrega todo..., menos la facultad de entregar. Lo que se comprende fácilmente cuando se considera que, de otro modo, perdería la condición de persona junto con la misma posibilidad de entregar. Con lo que desaparecería la más esencial de las condiciones para que pueda existir el amor. Con todo, y puesto que en el acto de amor la donación se realiza in actu permanente, que es lo mismo que decir de modo continuo y no interrumpido, la persona que ama está dando en realidad todo su ser ---también su facultad de entregar, aunque sin perderla en un presente actualizado--- haciendo así posible la absoluta totalidad.

Cualquiera podría pensar que esta exigencia de lo absoluto en todo lo que se refiere a la naturaleza y a las condiciones del amor responde a una arbitrariedad divina. Nada más falso, sin embargo, en cuanto que la realidad del Amor, junto a la cohorte de exigencias que lleva consigo y las cualidades que lo acompañan, responde a la misma naturaleza de las cosas. Dios es libre para crear o para no crear. Pero si decide hacerlo, las cosas creadas siempre serán un reflejo de su propia Naturaleza Divina, y llevará a cabo su obra conforme a las exigencias que el destello de su propia Naturaleza imprime en las mismas cosas creadas. Y cuando lo Infinito ---el Ser que se identifica con el Amor Infinito, porque Él mismo es el Amor--- decide libremente hacer participar de su propia Naturaleza al ser finito, en forma de criatura racional dotada de la consiguiente capacidad de amar, en realidad lo está dotando de una necesaria tendencia hacia lo infinito que le impide saciarse jamás con el amor limitado que las otras cosas creadas pueden ofrecerle.

Lo imperfecto tiende siempre hacia lo perfecto y lo incompleto hacia la totalidad. En este sentido, el hombre es un ser insaciable que necesariamente, lo reconozca o no, busca ansiosamente lo que le falta para sentirse completo. Que es aquello que él mismo ha dado en llamar, si bien de una manera simplista, Felicidad. Aunque tal felicidad, si puede ser imaginada como lo que realmente sería capaz de colmarlo, no es sino Dios mismo, como ya San Agustín reconoció en sus Confesiones, según aquello de Nos hiciste, Señor, para ti, y por eso nuestro corazón permanecerá inquieto hasta que no descanse en ti. De ahí que el hombre no pueda liberarse de su condición de ser incompleto e insaciado mientras dura su condición de peregrino, hasta llegar a la Patria a la que está destinado. Lo cual explica la maldición que inevitablemente recae sobre él cuando olvida que no tenemos aquí ciudad permanente, y por eso vamos en busca de la futura,[3] empeñado en hallar un descanso definitivo en una tierra que, además de no ser capaz de proporcionar jamás nada que lo sacie enteramente, se convierte también para él, por más que él mismo se empeñe en impedirlo, en un verdadero Valle de Lágrimas pero esta vez infructuoso. Cuando el hombre, en contra de los designios de Dios, intenta buscar la felicidad por su cuenta y adelantarla a su manera, dando coces contra el aguijón,[4] acaba cayendo en el profundo pozo de las totales miserias.

Pero el hombre no está condenado, mientras dura su condición de peregrino, a vivir solamente a la espera de las Realidades futuras. Pues fue el mismo amor, impaciente por su propia naturaleza, lo que impulsó al Amor Infinito a no esperar hasta el final para recibir del hombre una respuesta de amor verdadero. Y de ahí que tales Realidades futuras sean ya para la criatura humana verdaderas Realidades Presentes, según ha sido dicho: El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. Donde queda bien claro, por lo tanto, que ya pueden reafirmarse los hombres en el hecho de que nos ha sido dado, por lo que queda patente también que la condición de arras y primicias de la que ordinariamente se habla, hace referencia a algo que es bastante más de lo que sería lo que ordinariamente se entiende por meras arras y primicias; en cuanto que aquello que entregan, por más que sea solamente una parte, o promesa, de la Realidad inefable anunciada y que mientras tanto se mantiene a la espera, es capaz de sumir el corazón humano en un sentimiento de gozo imposible de traducir al lenguaje común, producido por algo que, al mismo tiempo que se deja presentir como el amor sin límites, lo sumerge en un océano de ansiedad capaz de causarle la muerte en felicidad de no ser por los auxilios de la gracia.

Tal situación de ansiedad es ya por sí misma Felicidad, puesto que la espera por lo que todavía falta supone necesariamente la posesión de lo que ya se tiene, que es mucho más de lo que cabría imaginar y suponer. Y para conseguir constancia, como prueba irrefutable, de que lo que ya se tiene es mucho más que demasiado, solamente habría que preguntarle a los verdaderos místicos y a lo que sucede en los grados elevados de la oración (sería superfluo e innecesario aquí añadir el adjetivo mística). El amor angustioso (también el gozo sin medida produce sentimientos carentes de vocablos para ser expresados) y sin límites experimentado por el alma hacia Jesús el Señor, produce a su vez una nueva ansiedad anhelante de un amor mayor. A la que se une, por razón de la reciprocidad, la ansiedad también producida en el Amante divino. Las cuales, en cuanto que carecen de límites (ni temporales ni de medida) ya en este estadio de vida terrena, se convierten así en un verdadero trasunto del amor eterno: El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él. Una promesa hecha realidad ya, y que recuerda a su vez, como un eco lejano, a la expresión humana amorosa tú eres mi vida. La misma que, si bien en el amor humano se queda reducida a algo más que a la expresión de un ardiente deseo, en el amor divino--humano se convierte en la realidad actual de algo que no ha tenido paciencia ---ni por parte del amante divino ni tampoco del amante humano--- para esperar a la consumación de la Vida Eterna.

Ciertas expresiones propias del amor humano, como tú eres mi vida, vida mía u otras parecidas, aun cuando respondan a sentimientos sinceros, su significado es esencialmente distinto a las que son semejantes en el amor divino--humano. En el amor meramente humano, por más que sea verdadero y aun elevado por la gracia, su estructura no puede ir más allá de un cierto paralelismo o identificación de los sentimientos y pensamientos del que ama con la persona amada: ambos piensan igual, sienten igual y viven una semejanza de vidas. En el amor divino--humano, por el contrario, los sentimientos y pensamientos del alma, e incluso los elementos que constituyen su propia vida, pasan a ser posesión de Jesucristo, así como los que pertenecen a Jesucristo, pasan a ser posesión del alma.

De ahí que, siempre que se tenga en cuenta la analogía, y en referencia a lo que sucede en el Seno de la Trinidad, tiene aplicación aquí lo que decía Jesucristo acerca de que todo lo que tiene el Padre es mío,[5] y también, dirigiéndose al Padre, que todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío.[6]

En el caso del amor divino--humano, la criatura entrega a Dios sus sentimientos, pensamientos, deseos, ilusiones y, en definitiva, todo lo que es y todo lo que tiene. Dios responde a su vez de modo semejante, según la regla de la reciprocidad, haciéndola participar de la plenitud de su propia Vida. Y así es como la Vida de Jesucristo pasa a ser posesión de la criatura humana, aunque en modo de participación, mientras que la vida de ésta pasa a ser posesión de Jesucristo. A su vez, y según la naturaleza del amor perfecto en la que todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, todo lo que es de la criatura y que ahora es posesión de Jesucristo, también pertenece a ella; mientras que la Vida de Jesucristo, de la que ahora participa el alma según su condición creatural haciéndola vida propia, es también posesión de Jesucristo. De esta forma, cada uno de los amantes, divino y humano, sigue siendo él mismo al mismo tiempo que vive la vida del otro.

Siempre que se tengan en cuenta las exigencias de la analogía, se puede establecer una cierta referencia entre lo que ocurre en el Seno de la Augusta Trinidad y el amor divino--humano. Al fin y al cabo, como tantas veces hemos dicho, el amor humano, cuya forma más perfecta es el divino--humano, es una participación del amor divino. Y a este tenor son de notar las palabras de Jesucristo en las que afirmaba que todo lo que tiene el Padre es mío,[7] así como también las que dirige al Padre en la Oración Sacerdotal de la Última Cena: Todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío.[8] Verdades fundamentales de la vida cristiana que, como tantas veces hemos dicho, permanecen olvidadas en el alma y el conocimiento del común de los fieles de Jesucristo. De ahí que en el lenguaje poético humano, podrían tenerse en cuenta las siguientes estrofas, pero imaginadas esta vez en boca de Jesucristo:

 
Yo tu vida viviera
si tú me la entregaras por entero,
y la mía te diera
si, en trueque verdadero,
quisieras cambiarlas, cual yo quiero.
 
Mi vida ya es tu vida
y la tuya es para siempre ya la mía;
mi vida es la comida
que yo a ti te servía
cuando tu vida diste en aquel día.

 

La regla de la reciprocidad no puede dejar de tener en cuenta la individualidad irrenunciable de cada una de las personas, puesto que ninguna de las que se aman puede dejar de ser ella misma. Es imposible dar de lado al hecho de que una es la condición de Dios y otra muy distinta la condición de la criatura.

En este sentido, la expresión paulina en la que afirma que ya no soy yo quien vive, no puede entenderse sino en el sentido de que su vida ha sido colmada u ocupada por la vida de Jesucristo (una vez más, la insuficiencia del lenguaje), que es la que ha pasado a dar forma, dinamismo y sentido a la suya propia: la cual no por eso ha dejado de ser propia, según se expresa claramente en el vivo yo. A partir de ese momento, sus actos humanos, que siguen siendo humanos y enteramente suyos, se han divinizado al quedar configurados a la Vida de Jesucristo, injertados a ella y participando de ella. De manera que la vida de Jesucristo pasa a ser la vida del Apóstol, mientras que la de éste pasa a ser enteramente de Jesucristo.

Debe tenerse siempre en cuenta, como se acaba de decir, que una es la condición de Dios y otra la de la criatura. Y siendo Jesucristo la misma Vida (Jn 14:6) y la Fuente de toda vida (Jn 1:4), no puede decirse que la vida del Apóstol Pablo llene o colme la Vida de Jesucristo. Sino todo lo más que toda la vida de Pablo había pasado a ser posesión de Jesucristo. Mientras que el Apóstol, a su vez, se ha hecho poseedor de la Vida de Jesucristo ciertamente en totalidad por su parte, aunque sólo hasta donde la criatura puede llegar a participar de la Plenitud de la Vida divina, y siempre según la medida de los designios de Dios.

La regla de la reciprocidad en el amor queda aquí salvada en el hecho de que cada uno (Jesucristo y su Apóstol) se entregan mutuamente hasta el fin. El que cada uno lo haga según su condición y capacidad no quita para nada al hecho de que ambos han llevado a cabo la entrega hasta el límite. Que tal límite sea mayor o menor no elimina en absoluto su cualidad de límite.

(Continuará)


[1] Mt 22:37; Mc 12:30; Lc 10:27.

[2] Lc 14:26.

[3] Heb 13:14.

[4] Hech 26:14.

[5] Jn 16:15.

[6] Jn 17:10.

[7] Jn 16:15.

[8] Jn 17:10.