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Carta a la Iglesia de Pérgamo (IV)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

6. La Promesa hecha al Vencedor y el Maná Escondido

La recompensa que promete la Carta al Ángel de Pérgamo contiene dos partes distintas, probablemente relacionadas, en las que se asegura que al vencedor le daré del maná escondido. Le daré también una piedrecita blanca, y escrito en ella un nombre nuevo que nadie conoce sino el que lo recibe. La primera de ellas ---el maná escondido--- posee todos los indicios de referirse a la Eucaristía, y en cuanto a la condición de escondido que le asigna, parece subrayar la condición de misterioso y de lo absolutamente transcendente a todo lo puramente natural.

 Siendo el Sacramento Eucarístico el don más sublime que Jesucristo ha otorgado a los hombres, es evidente que lo hizo con la clara intención de que se aprovechen de las infinitas riquezas que contiene quienes crean en Él. Lo cual supone, por parte de los fieles, la obligación de conocer el Sacramento y de cumplir las condiciones requeridas para recibirlo. La infinidad de gracias y de dones que contiene el Sacramento, así como sus posibilidades de aprovechamiento por cada cristiano, sólo de Dios son conocidas y vienen determinadas a su vez por la gracia y por la generosidad de respuesta del hombre.

 Sin embargo, hablar de la necesidad de conocer el Sacramento, como condición necesaria para su aprovechamiento, al mismo tiempo que se le atribuye la cualidad de escondido, parece en cierto modo contradictorio. Aunque todo se aclara, sin embargo, cuando se considera que el carácter misterioso se refiere a las infinitas riquezas que contiene y que, justamente por esa razón, son inasequibles para el hombre en cuanto a la totalidad de su contenido, de una parte, y en cuanto a lo que pudiera ser un conocimiento comprehensivo de esa realidad, de otra.

 La posibilidad de aprovecharse de tan infinitas riquezas por parte del hombre depende de un doble misterio que en realidad es uno solo. Ante todo hay que contar con los designios de Dios para cada hombre, según la afirmación paulina de que a cada uno le es otorgada la gracia según la medida de la donación de Cristo.[1] A lo que hay que añadir la necesidad de cooperación de la gracia con la libre voluntad humana.

 De ahí que al Sacramento Eucarístico le corresponda por necesidad la condición de cosa escondida. Por lo que la tarea de especular sobre él, mediante el intento de avanzar más allá de lo ya dicho por la Revelación, es una empresa arriesgada. Por lo general, al cristiano le basta con conocer lo indispensable del contenido del Sacramento y las condiciones necesarias para su aprovechamiento. En cuanto a quienes desean profundizar en el Misterio, deben comenzar sobre la base de lo dicho en los buenos Catecismos, en las enseñanzas del Magisterio y Definiciones Conciliares, en los escritos de los Padres de la Iglesia, de los Santos y Doctores, de los escritores espirituales y hasta de los Místicos, cuyas enseñanzas constituyen un Cuerpo Doctrinal firme y seguro. Por más que, puestos a decirlo todo, las doctrinas siempre acaban por repetirse y por tocar un límite del que nunca se pasa. Lo cual justifica los intentos de especular a fin de profundizar en lo posible, y siempre que los pretendidos hallazgos sean auténticos hallazgos, que es algo que se podrá conocer con seguridad utilizando la piedra de toque de que jamás pongan en cuestión la Verdad Revelada, o las enseñanzas del Magisterio.

 Queda justificada, por lo tanto, la conveniencia de plantear la cuestión: ¿Estamos realmente ante un misterio en el que más allá de lo indispensable resulta inútil profundizar más...? Y la respuesta habrá de ser por supuesto negativa. En realidad todo misterio es susceptible de apertura a nuevos intentos de estudio a fin de dar paso a nuevas áreas de investigación, aunque contando siempre con las conocidas e insuperables limitaciones propias de la razón humana.

 Limitaciones que son insuperables mientras que nos mantengamos dentro del campo propio de la razón humana, que es el meramente natural. Pero la bondad de Dios quiso venir en ayuda del hombre y de ahí la existencia del campo de lo sobrenatural, que es el propio de la Revelación o de la Palabra divina comunicada a los hombres. Sobre el cual la razón humana, guiada por la luz de la Fe y avalada y vigilada por las líneas que le señala el Magisterio según lo que enseguida diremos, tiene la posibilidad de profundizar dentro de ciertos límites. Con lo cual hemos venido a parar a especificar la función propia de la ciencia llamada Teología.

 Hablar del sentido en el que pueden evolucionar los dogmas, así como de la tarea de profundizar en su contenido, requiere sumo cuidado. Siendo un tema profundamente delicado, hay que tener presentes las palabras de Pío IX contenidas en su Bula Ineffabilis Deus en la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción: Pues la Iglesia de Cristo, diligente custodia y defensora de los dogmas a ella confiados, jamás cambia en ellos nada, ni disminuye, ni añade; antes, tratando fiel y sabiamente con todos sus recursos las verdades que la antigüedad ha esbozado y la fe de los Padres ha sembrado, de tal manera trabaja por limarlas y pulirlas, que los antiguos dogmas de la celestial doctrina reciban claridad, luz y precisión; sin que pierdan, sin embargo, su plenitud, su integridad, su índole propia, y se desarrollen tan sólo según su naturaleza; es decir el mismo dogma, en el mismo sentido y en la misma significación.[2]

 Las palabras del Papa según las cuales la Iglesia trabaja fiel y sabiamente sobre los antiguos dogmas de la celestial doctrina a fin de que reciban claridad, luz y precisión, siempre y cuando la tarea se lleve a cabo bajo la vigilancia de la doctrina de San Vicente de Lerins, legitiman la labor de la Teología. En ese sentido, el desenvolvimiento dogmático supone un esfuerzo de condensación, de purificación y de clarificación que ha dado lugar a resultados tan brillantes como el consustancial de Nicea o la transubstanciación de Trento.

 Como fácilmente puede comprenderse por más que sea cosa inevitable a la vez que necesaria, la reducción dogmática no llega a igualar a la profundidad de la Escritura: el consustancial jamás tendrá la hondura de las palabras de Jesús: ``Quien me ve a mí, ve al Padre'' (Jn 14:9) ¡Qué abismo insondable representan estas palabras! ¡Qué fuente de interminables preguntas! Y sin embargo, ¡qué progreso en precisión supone el consustancial! ¡Qué fuente de deducciones teológicas![3]

 Y en efecto, ¡qué fuente de deducciones teológicas...! Y en este sentido, si acaso fuera arriesgado decir que se puede saber más, siempre será seguro afirmar que se puede conocer mejor. Es lo que justifica el intento de profundizar en las insondables riquezas del Misterio Eucarístico, ahondando en las múltiples y mejores formas de aprovecharlo, o en el más extenso conocimiento de lo que significa el amor de Quien se hizo alimento para el hombre. Todo ello sin olvidar la inmensas posibilidades de responder en justicia y reciprocidad a tal amor, o de conocer lo que supone la Humanidad de Cristo para hacer posible un amor humano perfecto, a la vez que divinizado, para la criatura humana..., la cual sólo sabe hacerlo según la naturaleza en la que fue creada.

 Aunque también conviene hacer mención de los requisitos necesarios para hacer buena Teología. Para desenvolverse dentro de un ámbito de acción sobrenatural, propio del Espíritu Santo, que opera a la luz de la Fe y en beneficio de quienes investigan sus Misterios. En último término, tales requisitos se concretan en la necesidad de practicar una seria imitación de Jesucristo conducente a la participación en sus Sufrimientos y en su Muerte. Sin olvidar la práctica de una seria y continuada vida de oración.

El objeto inmediato del Sacramento Eucarístico apunta a un verdadero intercambio de vidas, según se desprende claramente de los textos: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.[4]

Una vez más nos tropezamos con las limitaciones del lenguaje. Enseguida salta a la vista que el vocablo intercambio es insuficiente e inadecuado, que es otra muestra de la necesidad de preguntar dónde encontrar palabras y conceptos capaces de reflejar con precisión contenidos sobrenaturales. El texto de la Neovulgata, que aprovecha la fuerza expresiva de la lengua latina, parece evocar una mayor profundidad: Qui manducat meam carnem et bibit meum sanguinem, in me manet, et ego in illo, en el que puede apreciarse la mayor intensidad expresiva del verbo manere sobre el castellano permanecer. El verbo griego  m'enw, correspondiente al latino manere, es traducido por los buenos diccionarios como permanecer, quedarse, mantenerse, morar, vivir, existir, subsistir o aposentarse, residir, lo que viene a concretarse en todo un abanico de posibilidades que expresa, tanto la insuficiencia del lenguaje, como el rico y misterioso contenido del tema de referencia. En cuanto a La Bible de Jérusalem traduce aquí mediante el verbo demeurer, cuyo significado es más comprensivo que el español permanecer: Qui mange ma chair et boit mon sang demeure en moi et moi en lui. E igualmente su traducción inglesa en la The New Jerusalem Bible de Doubleday, que lo hace como sigue: Whoever eats my flesh and drinks my blood lives in me and I live in that person.

 De todas formas, aparte de las precisiones del lenguaje, es importante aquí evitar en todo caso la expresión identificación de vidas. Por razones fáciles de entender.

 Por lo demás, los textos continúan insistiendo en lo mismo: Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.[5] El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto.[6]

 Dicho lo cual, al menos para una visión simplista del problema, el asunto quedaría definitivamente zanjado. Y sin embargo nada más lejos de la realidad, desde el momento en que las preguntas comienzan a surgir ininterrumpidamente.

 ¿Qué puede significar exactamente lo que hemos denominado como intercambio de vidas...? Cualquiera comprende enseguida que la expresión es mucho más fácil de pronunciar que de explicar su significado. Es evidente que nos encontramos de lleno dentro del ámbito del Misterio.

 El llamado intercambio o fusión de vidas del que se habla no puede ignorar que la completa identidad de cada persona ha de quedar incólume y absolutamente intacta. El hipotético absurdo de la identificación de las dos personas que se aman, convirtiéndose en una sola, significaría la desaparición de toda posibilidad de existencia del amor. El problema queda claramente planteado en la sentencia pronunciada por San Pablo, dirigida a los Gálatas: Vivo, pero ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.[7] Por supuesto que siempre se puede acudir a la explicación de que el significado se reduce a una imitación de la vida de Cristo. Lo cual no parece ser una clarificación que responda suficientemente a la fuerza de las palabras de Apóstol, reforzadas además por su insistencia en que la vida de Cristo debe aparecer en la propia carne del discípulo: Llevando siempre en nuestro cuerpo el morir de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues nosotros, aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.[8] Aun reconociendo que no resulta fácil explicar el vivo yo, pero ya no soy yo paulino, es indudable que la frase tiene un sentido cuyo hondo significado no puede dejar de ser conocido, siquiera sea hasta donde le es permitido al hombre investigar en las profundidades de la Palabra revelada.

 Las palabras de Jesucristo según las cuales quien come mi carne y bebe mi sangre ``vive en mí y yo en él'' se pueden explicar de variadas maneras, aunque ninguna de ellas dejará enteramente satisfecho al entendimiento humano.[9] Evidentemente que la solución se encuentra más allá de lo que la razón humana por sí sola puede lograr, después de reconocer su impotencia para llegar al fondo de un problema cuyo contenido se encuentra al otro lado del umbral que separa al hombre del mundo de lo sobrenatural.

 Se puede hablar, por ejemplo, de identidad de pensamientos y de sentimientos, de dos corazones que laten al unísono, o de compartir las alegrías y los sufrimientos dentro de la mutua donación de amor que recíprocamente se hacen el uno al otro de los que se aman. Todo lo cual, aun siendo absolutamente cierto, no lograría explicar el profundo significado de las palabras en las que Cristo dijo que quien come su carne vive en mí y yo vivo en él.

 De donde se desprende la necesidad de seguir ahondando en la investigación si se quiere averiguar algo más acerca de las profundidades de un Misterio que, por su carácter sobrenatural y condición de sublime, sobrepasa en absoluto todas las fuerzas del hombre.

 Habíamos hablado del objeto inmediato del Sacramento Eucarístico. Pero su objeto más primordial, o el que constituye todo su fundamento, es el Amor.

 Pero el amor, por su propia naturaleza y en cuanto se identifica con Dios, es infinito. Y la Eucaristía es la más clara demostración del amor ilimitado con que Dios ha querido amar al hombre: Habiendo Jesús amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.[10]

 (Continuará)


[1] Ef 4:7.

[2] DS 2802. El Papa se remite aquí al conocido texto de San Vicente de Lerins: in eodem scilicet dogmate, eodem sensu eademque sententia (en Commonitorium primum, c. 23).

[3] Tissier de Mallerais, La foi au péril de la raison, en Le Sel de la Terre, n. 69, pag. 18.

[4] Jn 6:56.

[5] Jn 6:57.

[6] Jn 15:5.

[7] Vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Ga 2:20).

[8] 2 Cor 4: 10-11.

[9] Ha de tenerse en cuenta que aquí no se trata de que la razón humana encuentre posibles contradicciones. Puesto que el creyente sabe que la Revelación ---la Palabra de Dios--- solamente puede decir la verdad, el problema radica en averiguar cómo se resuelve la aparente antinomia. O hasta dónde llega realmente el auténtico contenido del Misterio.

[10] Jn13:1.