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Los Santos han muerto

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

 Uno de los resultados más impactantes del Concilio Vaticano II, a pesar de que apenas ha suscitado comentarios, ha sido la muerte de los Santos. Para la que podríamos señalar como fecha inicial del desgraciado evento la del once de octubre de 1962, que es justamente cuando el Papa Roncalli abrió el Concilio Vaticano II en la Basílica de San Pedro en Roma.

 Claro que los Santos no han muerto en la Iglesia Triunfante, que es la parte principal de la Iglesia y en la que ya han sido coronados de gloria para siempre. Sino solamente en la Iglesia Militante o peregrina, que es la que camina todavía en período de prueba y viene a significar solamente un momento dentro del gran Organismo del Cuerpo Místico que es la Iglesia de Jesucristo.

 Pero dentro de la Iglesia Militante, que es la única visible y tangible para los viatores que andan todavía por este Valle de Lágrimas, efectivamente los Santos han muerto. Claro que, tal como sucede en casi todas las muertes de los humanos, también ésta tiene su historia. Y como ocurre igualmente en muchas de las muertes de los humanos, tampoco ésta ocurrió de un modo repentino.

 Los Santos, o los héroes de Cristo que ya habían recibido su corona de gloria, ocuparon siempre un lugar importante dentro de la Iglesia, e incluso podríamos considerarlo como fundamental. Ya los primeros mártires fueron honrados por Ella con suma veneración, de manera que los restos de sus cuerpos fueron considerados siempre como objetos de culto. Podríamos afirmar con seguridad que es imposible imaginar la Iglesia sin sus mártires y sus santos, los cuales significaron siempre una parte importante de su incalculable y precioso Tesoro acumulado en su seno por los méritos de Jesucristo sobre todo, pero también por los de ellos mismos.

 El Pueblo cristiano, se acostumbró a vivir dentro de una cierta cercanía y comunidad de vida con los Santos. En el culto diario, en el conjunto de las actividades sociales, en las fiestas populares, en la vida de los hogares y hasta en la de los individuos, los Santos se convirtieron en algo íntimo y familiar, siempre presentes en todo. Y así funcionaron las cosas, dentro de la mayor normalidad a través de siglos y siglos..., hasta la llegada del Concilio Vaticano II.

 La proclamación de los Santos, en cuanto a su reconocimiento como tales Santos, ha sufrido grandes variaciones a lo largo de la Historia de la Iglesia. Originalmente los Santos eran aclamados vox populi, que quiere decir por aclamación popular. Pero ya San Cipriano de Cartago, a mediados del siglo III, recomendó que se observara la máxima diligencia en la investigación de las denuncias de los que se decía habían muerto por causa de la Fe. A finales del siglo X se realizaron los primeros procesos canónicos, hasta que finalmente, en el año 1234, se reservó oficialmente a los papas el derecho de canonización. Y ya en 1588 el Papa Sixto V puso el proceso en manos de la Sagrada Congregación de Ritos. Los procesos fueron adquiriendo paulatinamente el aire de máxima seriedad en el examen de las exigencias requeridas (que básicamente se resumían en la práctica de las virtudes heroicas o martirio por la fe, además de la realización de milagros) que llegó a su punto culminante a fines de la época preconciliar. Aparte de lo que pudiera existir en cuanto a un cierto y casi admitido universalmente del carácter de infalibilidad en las proclamaciones de los Santos, es completamente seguro que el Pueblo cristiano jamás dudó, a lo largo de los siglos, de la condición de autenticidad en alguien cuya santidad hubiera sido reconocida por la Iglesia.

 Como hemos dicho arriba, todo cambió desde la celebración del Concilio Vaticano II. Por lo que hace a los procesos, las exigencias se fueron relajando paulatinamente, e incluso a veces no tan paulatinamente. El mecanismo de los procesos se fue simplificando y las exigencias requeridas a los candidatos se fueron haciendo más humanas y menos restrictivas, según una hoja de ruta que aproximadamente se reguló según el siguiente trayecto:

 La investigación acerca de la autenticidad de los milagros, hasta ese momento estricta y absolutamente seria, se fue haciendo menos exigente, hasta que los hechos examinados fueron perdiendo su anterior carácter de asombrosos, de extraordinarios y de absolutamente inexplicables. A partir de ahora, cualquier monja aquejada de una afección de garganta, por ejemplo, pero que se hubiera encomendado a la hora del descanso a cualquiera de los santos (preferiblemente modernos y postconciliares) y apareciera curada a la mañana siguiente, era ya un hecho considerado como objeto de un milagro. También se fue reduciendo, paso a paso, el número requerido de milagros: de tres se pasó primero a dos y por fin a uno..., hasta llegar a ninguno. Esto último no sin cierta lógica, puesto que los milagros, que cada vez parecían carecer menos del carácter de tales, hasta llegó a hacerse difícil encontrar alguno. Su carácter, cada vez menos extraordinario y más aparentemente normal (pese a la organizada publicidad en contrario), los iba haciendo difusos y sospechosos, y de ahí que tal vez pareciera lo mejor quitarlos de en medio. Se suele contar de un cierto prestidigitador, en alguno de los teatros del mundo, que se dirigió al público de la manera siguiente:

 ---Si llamo a alguno de ustedes para servirme de ayudante en mis experimentos, van a pensar todos que estábamos previamente de acuerdo.

 Por lo tanto, dirigiéndose ahora al proscenio y llamando, ---¡Pepe, ven a servirme de ayuda!

 Como es lógico, igualmente se fue rebajando el nivel requerido de virtudes heroicas para la declaración de santidad. De manera que ahora se consideraba más bien necesario, como principal requisito, el nivel de asimilación del espíritu del Vaticano II por parte del candidato. La exigencia de una práctica de virtudes heroicas cristianas quedó oscurecida de momento hasta sumergirse en el olvido. Por no hablar de la exigencia de una vivencia de la Fe y fidelidad a la Iglesia hasta sus grados extremos; puesto que tales grados extremos pasaron a la condición de ninguno. La profesión de doctrinas contrarias a la Fe, o la aceptación de modos de vida enteramente ajenos a las enseñanzas del Evangelio por parte del candidato, ya no significaban escándalo ni suponían obstáculo alguno. A excepción, claro está, de grupos de cristianos tradicionalistas y timoratos, ajenos al espíritu del Concilio y renuentes a aceptar la Nueva Iglesia.

 Pero todo esto, junto a otros elementos que ahora recordaremos y que contribuyeron también a la muerte de los Santos, vino después.

 Reanudando el hilo de nuestra extraña historia, y tal como hemos dicho antes, los santos formaban parte de la vida cotidiana de los fieles y alimentaban su fe y su devoción. Considerados como mediadores, eran presentados como objeto de admiración, instrumentos de intercesión y verdaderos modelos a imitar. En realidad, porque todo hay que decirlo, más de admiración y bienaventurados a quienes acudir en busca de ayuda que de imitación, aunque el Pueblo nunca dejó de amarlos y venerarlos. Hasta que cambiaron los vientos en la Pastoral de la Iglesia y la devoción de los fieles cambió de rumbo. Después de todo, es natural que los héroes, y más aún los de extraordinaria condición, dejen de serlo cuando su vida se aproxima demasiado a la de los hombres normales.

 Lo que no obsta para que los santos representaran siempre un papel fundamental en la devoción y en la vida de piedad de los simples fieles; quienes, de alguna manera al menos, los incorporaban al quehacer de su existencia. En cualquier pueblo o villorrio podía faltar sin que ocurriera nada, al menos de momento, el médico o el alcalde; aunque en ningún momento podía discurrir la vida y continuar el libre curso de las actividades de los ciudadanos sin acogerse a la protección del Santo Patrón. Los labradores confiaban en la intercesión de San Isidro para el buen resultado de sus cosechas. Todos los que poseían animales, domésticos o destinados a usos de labranza o del consumo alimenticio, acudían a la ermita de San Antón para recabar para sus bestiezuelas la bendición del Santo en el día de su fiesta. Los agricultores reclamaban la protección de Santa Bárbara ante los peligros que suponían para sus cosechas las tormentas y pedriscos. Los afectados de ciertas enfermedades, como las de afecciones de garganta por ejemplo, acudían a San Blas a cuyas manos encomendaban fervorosamente su curación. Las muchachas casaderas confiaban ciegamente en San Antonio para asegurar sus aspiraciones, hasta el punto de considerar al bendito discípulo de San Francisco tan obligado a concederlas que hasta su imagen era hecha objeto de castigo cuando se demoraba en escucharlas. Y así sucesivamente.

 Por supuesto que en todo esto ha habido siempre mucho de exageración y hasta de superstición. Pero sustentadas, sin embargo por un fondo de verdadera fe y de auténtica devoción que indudablemente han ayudado al ejercicio y fomento de la vida cristiana. Es cierto, por ejemplo, que jamás se ha demostrado hasta la certeza que una tormenta haya sido eliminada por la intercesión de Santa Bárbara, con el consiguiente alivio para los agricultores. Y también resulta bastante difícil imaginar que San Antonio dedique sus actividades y recursos en el Cielo al oficio de arreglar noviazgos y de buscar candidatos para tantas jóvenes que aspiran a lo que el Pueblo simple llama casorrio.

 Aunque no conviene olvidar, dentro de este tema, el importante capítulo al que podríamos resumir en dos puntos tan seguros como consoladores. Cuales son, en primer lugar, el alivio y la paz que tantos cristianos han sentido en el momento de su muerte al entregar toda su existencia a Dios por medio del amor y cariño del Bendito San José. Y después, como lo más importante de todo, la incalculable multitud de gracias, cuidados y consuelos otorgadas a infinidad de cristianos que, a lo largo de milenios, han confiado en la que consideraron con toda verdad como su Madre del Cielo (y también de la Tierra) la Bienaventurada Virgen María.

 Por otra parte, también resulta imposible demostrar que los labradores no hayan sido liberados de ésta o aquella tormenta por la intercesión de Santa Bárbara. O que el bueno y milagrero de San Antonio no haya intervenido en alguna ocasión escuchando las súplicas de alguna joven a la que horrorizaba la posibilidad de quedarse para siempre solterona. El Pueblo cristiano ha creído siempre en la poderosa intercesión y ayuda de los Santos, por lo que resulta imposible pensar que este sensus fidei de los simples fieles, mantenido y fomentado siempre por la Iglesia, no sea otra cosa que una vulgar superstición mantenida a través de los siglos.

 Todo parece indicar que nadie se ha apercibido de lo que significa el hecho, extraordinariamente importante por lo demás, de que le haya sido robada al Pueblo cristiano la devoción a los Santos. Para demostrar la transcendencia de lo que supone la eliminación de uno de los pilares, que por supuesto no son esenciales pero sí básicos y fundamentales, entre los que sostienen la Fe de toda una Cristiandad, basta con llamar la atención acerca de los múltiples e inteligentes esfuerzos, llevados a cabo por el Sistema, para terminar con el culto a los Bienaventurados. Semejante trabajo de tan potente ingeniería social, encaminado a construir una auténtica máquina destructiva, sólo se justifica cuando el objeto al que se dirige la operación es considerado importante.

 El primer paso de la operación, extraordinariamente inteligente por lo demás y el más adecuado para pasar desapercibido dentro de su eficacia, consistió en multiplicar exponencialmente el número de santos.

 Las canonizaciones comenzaron desde la primera mañana después de acabado el Concilio. Alguna decena de nuevos santos, más o menos, cada domingo del calendario. Sólo a Juan Pablo II se le calculan más canonizaciones que todas las realizadas por el conjunto de todos los Papas que ha tenido la Iglesia. Y continúa en la actualidad la serie ininterrumpida de nuevos luceros en el firmamento de la Iglesia. De todas las condiciones, modos de vida y provenientes de todas las clases sociales. Llevando las cosas hasta el extremo, y no sin un cierto humor pero no falto de fundamento, hasta hubo quien dijo que a nadie faltaba algún santo que habitara en su día como vecino en el piso de arriba, o que formara parte como cuñado, primo o de cualquier grado de parentesco, dentro de la propia familia.

 El resultado no podía ser otro sino el exigido por la Lógica. El diamante, por ejemplo, es una joya preciosa producto de la talla de un mineral de carbono que ha cristalizado y convertido en cristal brillante, a lo largo de un proceso que ha durado miles o tal vez millones de años. Por su carácter de alhaja preciosa y sumamente rara, dada la escasez de su número en la Naturaleza, alcanza precios altamente elevados solamente accesibles a muy pocas personas. Pero si imaginamos que su abundancia llegara a ser tan normal como la de los vegetales que sirven para la alimentación humana, pronto caeremos en la cuenta de que su precio igualaría enseguida al de los tomates o al de las patatas.

 Nadie puede saber cuáles fueron las intenciones de quienes montaron tal Fábrica de Santos, preparada al parecer para trabajar horas extraordinarias. Y ni siquiera se podría tachar de ingenuo a quien pensara que las intenciones fueron buenas, en cuanto que todo es posible. Pero en cambio se conocen bien unos hechos que se imponen necesariamente y que están a la vista de todos. Conocí a un sociólogo barato, producto de las nuevas hornadas de jóvenes profesores universitarios, que aseguraba que los hechos sociales son como bolas macizas. Tal vez sea cierto. Pero de todos modos es seguro que la naturaleza humana deja de estimar a un producto cuando está al alcance de cualquiera, que es justamente lo que ha sucedido con la devoción a los Santos. Los héroes fueron siempre considerados, por definición, como seres extraordinarios y sumamente raros; menos cuando todo el mundo se ha convertido en héroe, que es cuando entonces desaparecen los héroes como por encanto.

 A medida que los viajes papales se fueron multiplicando por todo el mundo se vio la conveniencia de que ninguno de los países visitados, grande o pequeño, civilizado o atrasado, careciera de su santo correspondiente. Claro que no siempre ni en todos los lugares se encuentra gente que haya practicado las virtudes heroicas o distinguido por una vida de un notable acercamiento a Dios. Con lo que no quedaba otro recurso que el de rebajar aún más las exigencias requeridas, con la consiguiente disminución de la categoría de los nuevos santos y beatos y una nueva alarmante subida en el índice del número de canonizados. Lo que ocasionaba a su vez un grave descenso en la estimación de los fieles hacia unos personajes cuyas virtudes heroicas solamente eran conocidas por los documentos que las proclamaban, y de cuya fama de santidad nadie se había enterado hasta ahora. Como compensación, siempre quedaba la satisfacción eclesial de que cada país, en cualquier rincón del mundo, ya poseía su santo o santa particular. La Iglesia es Madre de todos.

 Todo esto me recordó un episodio que yo tuve ocasión de vivir durante mi estancia misionera en El Ecuador, hace ya demasiados años. Se encontraba el país en época de elecciones (cosa en aquella época demasiado frecuente) y, como es de suponer, todos los candidatos hacían furor con sus campañas. Se cuenta de uno de ellos, un politicastro ni mejor ni peor que todos los demás, que proclamaba ardorosamente durante el fervor de un mitin en uno de los numerosos y pobres poblados de su recorrido:

 ---¡Y en este pueblo os construiremos un puente!

 Cuando alguien le susurró rápidamente al oído:

 ---Señor, en este pueblo no hay río...

 El candidato no se intimidó y encontró una respuesta rápida:

 ---Entonces, ¿no hay río en este pueblo...? ¡Pues entonces os traeremos un río!

 Así fue como el número de personas beatificadas y canonizadas fue aumentando, al mismo tiempo que el Santoral se engrosaba con nuevos nombres, casi siempre desconocidos para el común de la Cristiandad, pero que por su enorme número fueron sumergiendo en el olvido a los clásicos y casi legendarios personajes que los fieles siempre habían conocido, admirado y venerado.

 Y con todo, lo más grave se suscitó cuando la lista de canonizables se incrementó con personas cuya vida y doctrina ofrecían problemas de conciencia a la estimación de los fieles.

 Es bien sabido que el común del Pueblo cristiano no suele estar enterado del complejo entramado del mundo eclesial. Desinformado con respecto a la verdadera doctrina desde hace demasiados años, víctima a su vez de una Propaganda muy difundida por el Sistema que ha contribuido a alimentar su fe a través exclusivamente de una teología progresista, amén de una información proporcionada por los mass--media todos ellos pertenecientes al Sistema, casi nunca suele estar al tanto de la verdad de los hechos.

 De ahí que los simples fieles apenas si sepan nada, aparte de lo que les ha suministrado la Propaganda, acerca del papel desempeñado por los Papas postconciliares y de sus correspondientes doctrinas. Sin embargo la situación cambia cuando se trata de católicos cultos o bien informados. Pues siempre puede ocurrir, aparte del respeto debido a las personas y los cargos que ostentaron, que haya quien tropiece ante su conciencia con graves problemas para aprobar ciertos hechos o admitir determinadas doctrinas como conformes con la Fe.

 Aun prescindiendo del hecho de que en tales canonizaciones no hubo intención de poner en juego el carisma de la infalibilidad, es cierto sin embargo que podrían estar induciendo a ciertos actos que supondrían una determinada contradicción con la razón humana.

 La Fe es la creencia en lo que no se ve o lo que no se entiende. Pero a lo que se presta asentimiento por la razón de que el Dios que revela es infinitamente Veraz y no puede engañarse ni engañar a nadie. En cambio no puede considerarse Fe al hecho de creer que lo que se ve claramente como que es negro haya que considerarlo blanco; o que lo que está ante la vista como que es blanco, sin embargo haya que decir que es negro. Que es justamente el problema con el que se tropieza un católico que conozca la Historia de la Iglesia del postconcilio y la labor e influencia llevada a cabo por los Papas potconciliares, además del contenido y la doctrina de sus escritos, discursos y exhortaciones.

 La verdad revelada potencia y eleva a la razón humana, pero sin violentarla ni contradecirla. El hombre puede creer en lo que no ve o no comprende, aunque apoyado en la garantía que le proporciona un Dios que es la Verdad infinita y que no puede, por lo tanto, engañarse ni engañar. Las verdades por Él propuestas, si bien transcienden y superan las posibilidades de la razón humana, sin embargo nunca la contradicen. Por el contrario, ¿qué hacer cuando se proponen para ser creídos hechos de los que consta con certeza que carecen de un fundamento de verdad, o doctrinas de las que se desprende con evidencia que no son conformes a la Fe?

 Sea como fuere, es lo cierto que el sensus fidei de un Pueblo cristiano que, después de todo, había recibido el bautismo, no ha desaparecido del todo. Y de ahí que la confianza en los Santos se haya ido debilitando hasta casi desaparecer. La gente ya no muere sin el consuelo de encomendarse a San José, los labradores solamente confían ya en los partes metereológicos, y las muchachas ya no piensan en tener ocupado a San Antonio, desde el momento en que utilizan procedimientos para encontrar pareja que nada tienen que ver con los sobrenaturales, además de que si apenas ya quedan jóvenes de cualquiera de los dos sexos que piensen todavía en contraer matrimonio cristiano. Los Santos han desaparecido del horizonte del quehacer cotidiano de la vida cristiana, sus imágenes han sido eliminadas de los templos, y en cuanto a sus nombres, antes tan queridos y en los que ciegamente se confiaba como protectores, ahora son sustituidos para los nuevos cristianos por otros tomados de una Antigüedad pagana a la que la Cristiandad ha preferido volver.

 La Primavera de la Iglesia sigue cosechando sus frutos.