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Carta a la Iglesia de Pérgamo (II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El Poder de Satanás sobre la Iglesia a lo largo de los siglos, si bien ha sido importante, puede ser considerado a pesar de todo como algo normal. La Iglesia ha venido sorteando sus embates y salido airosa incluso en ocasiones bastante difíciles. Como las herejías de los primeros siglos, el vendaval del arrianismo, los nominalismos medievales, la terrible crisis de la Reforma Protestante, la Ilustración, el Siglo de las luces y el racionalismo, el nacimiento y la expansión del marxismo, y los peligrosos intentos de invasión del Modernismo que, si bien en un principio fueron contenidos y casi ahogados por los Papas preconciliares, encontraron carta blanca después del Concilio Vaticano II y proporcionaron un giro a la Iglesia como nunca había conocido en la larga trayectoria de su existencia. Y hasta aquí llega la que hemos llamado normalidad en el Poder del Maligno.

Pues la llegada del Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII en 1959 y clausurado por el Papa Pablo VI en 1965, supuso un giro radical en la Historia de la Iglesia Católica. La apertura de las ventanas del Vaticano, proclamada alegremente por Juan XXIII al inicio de su Pontificado, dio lugar a la entrada de vientos fuertes, y hasta huracanados, muy distintos de los que habían sido previstos por el Papa, quien no estaba al parecer muy al tanto de la clase de vientos que soplaban en aquellos momentos. Los cuales, impulsados a su vez por el famoso aggiornaménto de la Iglesia emprendido igualmente por Juan XXIII, dieron lugar a la irrupción, ahora ya sin trabas, del Modernismo hasta entonces trabajosamente contenido por San Pío X, Pío IX y los Papas posteriores hasta la llegada del Concilio.

El Papa Juan XXIII había decidido la convocatoria del Concilio, según afirmación propia, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Siguiendo en eso la costumbre, hoy muy de actualidad en la Iglesia, de atribuir al Espíritu Santo multitud de gracias que se suponen concedidas como dones del Cielo y que algunos Movimientos eclesiales ---como los Carismáticos y los Neocatecumenales--- practican con profusión. Sea como fuere, la costumbre de atribuir inspiraciones al Espíritu con el fin de justificar actuaciones o principios doctrinales, a falta de un fundamento serio, no parece muy afortunada ni tampoco suele ser avalada por los hechos. En el caso del Papa Juan XXIII, sin pretender por nuestra parte dictaminar acerca de la veracidad de su supuesta inspiración, es evidente que los hechos posteriores parecieron desmentirla.

El ámbito de las inspiraciones del Espíritu siempre fue considerado como algo serio, personal e íntimo y extremadamente delicado. No dedicado a proclamaciones públicas salvo voluntad expresa del mismo Espíritu Santo, nada fácil de suponer y siempre sujeta a las verificaciones de seguridad aconsejadas por la Iglesia en casos semejantes. El simple hecho de publicar alegremente pretendidas inspiraciones, por parte de visionarios y visionarias (siempre abundantes en las épocas de crisis), suele ser una prueba inequívoca de su falsedad y de la fatuidad de quien se las atribuye.

La llamada hermenéutica de la continuidad, luego completada con la hermenéutica de la reforma ---hoy generalmente olvidadas--- fueron expresiones acuñadas por el Papa Benedicto XVI que, a pesar de sus proclamaciones en contrario, resultaron difíciles de demostrar que no suponían una ruptura con la Tradición. Así se dio lugar a una tremenda crisis (cuyos detalles hemos estudiado en otros lugares) que, por otra parte, ya se venía gestando desde los mismos comienzos del Concilio y que llegó a su auge bajo el Pontificado del Papa Francisco. Momento en el que la apostasía en la Iglesia se ha convertido ya en deserción y desbandada generales, encabezadas en buena parte por la misma Jerarquía, con la consiguiente universal confusión por parte de los fieles. La Iglesia ha quedado así sumida en una situación de desolación y de ruina como nunca había conocido a lo largo de su Historia.

Los fenómenos y sucesos ocurridos a lo largo de la Historia son tan difíciles de estudiar y de comprender como el conocimiento de la sociología y del comportamiento humano. Cosas tan evidentes como la luz del día son negadas rotunda y tranquilamente por toda la Humanidad, sin que apenas nadie se atreva a levantar la voz en contrario o manifestar extrañeza. Que es exactamente lo que sucedió con el terremoto eclesial que ha devastado a la Iglesia con motivo y a partir del Concilio.[1] La proclamación al son de marchas triunfales de la Nueva Primavera Eclesial, del Nuevo Pentecostés y de la Nueva Edad de la Iglesia, a pesar de lo que aparecía como el más evidente de los desastres a todos los niveles y en todos los sentidos, fueron una triste realidad desmentida después aún más tristemente por los hechos. La Primavera Eclesial resultó ser el más gélido de los inviernos, y en cuanto al Espíritu Santo del Nuevo Pentecostés no se mostró por ninguna parte, y más bien fueron otra clase de espíritus los que aparecieron. En los momentos actuales, pasados más de cincuenta años, un discreto manto de silencio ha cubierto aquellas expresiones triunfales, debido, sin duda alguna, a la contundencia de los hechos, pero sin que nadie con autoridad hasta ahora las haya desmentido.

De donde se deduce, además de la influencia de Satanás sobre la Iglesia y acerca de la cual ya hemos hablado, el enorme poder de la mentira, tal como es continuamente engendrada y producida por su propio Padre y el de todos los Mentirosos (Jn 8:44). De ahí que la mentira se haya constituido en el elemento principal del lenguaje moderno, como una realidad que se percibe sobre todo en el mundo de los mass media, del cine, de los negocios, de los políticos y hasta de la Jerarquía eclesiástica.

Sería improcedente por nuestra parte suponer que estamos ante el Final de la Historia y el momento de la Parusía, puesto que el tiempo preciso de tales acontecimientos, según revelación del mismo Jesucristo, queda reservado a los secretos de Dios (Hech 1:7). Pero tampoco sería prudente no tomar en consideración las señales o sucesos que, habiendo sido revelados también por Jesucristo, señalarán el Final de los Tiempos (Lc 21: 7 y ss.). Los cuales, aun siendo bastante claros y evidentes, no serán suficientes para que los hombres, endurecidos por la ceguera de su corazón, se aperciban de que ha llegado el momento de la Segunda Venida del Señor. Por lo que se hundirán en un estado de ruina y de total perdición que los sorprenderá absolutamente desprevenidos (1 Te 5:3).

Pero en todo caso las señales existen. Por lo que no podemos suponer que fueran anunciadas por el Señor para que no sirvieran de nada a los hombres. Se dirá que se dieron para que se muestre claramente y quede constancia de la dureza de su corazón, y hasta es probable que sea esa la verdadera razón. Pero de todos modos las señales están ahí, a disposición de quien las entienda y quiera aprovecharse de ellas. Y siempre existirá un pequeño resto que sabrá acogerlas en su corazón, como también está dicho y previsto seguramente pensando en el exiguo número de los elegidos: Vigilad orando en todo tiempo, a fin de que podáis evitar todos estos males que van a suceder y estar en pie delante del Hijo del Hombre.[2]

Y aun manteniendo como cosa cierta el secreto que Dios se ha reservado acerca del momento preciso (Hech 1:7), e insistiendo en que los hombres no sabrán o no querrán reconocer tales señales, lo que es seguro en todo caso es que serán más que suficientemente claras como para alertarlos..., si ellos hubieran querido caer en la cuenta acerca de su significado. Por lo menos podrían servir para hacer pensar a los avispados de mente y sencillos de corazón que tal vez estemos ante la proximidad de los Tiempos Finales; o que todo está sucediendo, al menos, de tal forma que descartar sin más la inminencia de tal cosa sonaría a imprudencia.

La apostasía general, como es fácil de comprender, solamente ha sido denunciada por el pensamiento tradicional dentro de la Iglesia. Sin embargo, es indudable que en la actualidad ha surgido una Nueva Iglesia enteramente impregnada de Modernismo. Que no solamente está tratando de sustituir a la verdadera Iglesia fundada por Jesucristo, sino que de hecho casi lo ha conseguido ya prácticamente. Son millones los católicos que se han integrado en ella proclamándola como la auténtica y fiel intérprete de las doctrinas del Concilio Vaticano II, a pesar de la evidencia de que los principios doctrinales por los que se rige y la Jerarquía que la gobierna son claramente modernistas. Cosa esta última que nadie dentro de la Nueva Iglesia estaría dispuesto a admitir.[3]

Que la Nueva Iglesia haya sustituido de modo oficial a la Iglesia verdadera, hasta el punto de haber conseguido, al menos aparentemente, que ésta última desaparezca, es algo que ha sucedido de manera silenciosa. Del hecho prácticamente casi nadie parece haberse sorprendido, y apenas unos pocos se han manifestado para expresar algún tipo de objeciones o para esgrimir alguna forma de protesta. Desde luego no puede decirse que los haya habido entre la Jerarquía, con la excepción de alguna voz aislada a la que hay que añadir la de unos pocos laicos; pero que pronto han sido silenciadas y hasta amordazadas. Tan asombroso silencio universal ante hecho tan importante y sorprendente sólo tiene una explicación posible: no se han levantado protestas ni objeciones porque apenas si existe nadie para protestar, pues efectivamente la apostasía es absolutamente universal: Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?[4]

Lo que ha ocasionado que el pequeño resto de lo que constituye la verdadera Iglesia ---las Puertas del Infierno no prevalecerán...--- se vea obligado a vivir, no ya en la clandestinidad, sino incluso bajo le persecución por parte de la Nueva Iglesia. Con lo que nos enfrentamos a otro hecho insólito en la Historia de la Iglesia jamás visto ni conocido hasta ahora, cual es la persecución de los cristianos por parte de los mismos que se dicen cristianos.

Aunque Dios haya otorgado al hombre la capacidad de asombrarse, los hechos históricos sobrepasan algunas veces toda ponderación y alcance de la imaginación humana. ¿Quién hubiera sido capaz de suponer, a pesar de la claridad de las profecías, que tales cosas pudieran llegar alguna vez a convertirse en realidad...? El constante adoctrinamiento en base modernista del Pueblo cristiano, llevado a cabo durante más de cincuenta años de postconciliarismo, ha terminado por dar sus frutos, como no podía ser menos.

La Carta a la Iglesia de Pérgamo puede ser interpretada como un alegato de reprensión o censura dirigido a los malos Pastores de la Iglesia. Y el pecado concreto que se les imputa, al menos a primera vista, es el de la tolerancia con respecto a los errores que, con tanta frecuencia, aparecen en el seno de la Iglesia.

La Carta puede ser entendida como dirigida por el Espíritu a los malos Pastores de la Iglesia universal, de manera que sería un grave error minimizar su contenido y dejarla circunscrita a la Iglesia de Pérgamo, integrada como está en el Libro inspirado del Apocalipsis y formando parte, por lo tanto, del Corpus de la Revelación.

Dado que el contenido de la Carta se refiere a la conducta de los Pastores, y al parecer expresamente a la tolerancia, parece lógico considerar que su período de vigencia acaba con el Concilio Vaticano II. Aunque este punto necesita explicación.

Consideradas las cosas bajo esta perspectiva, podemos dividir la Historia de la Iglesia en dos grandes partes: un primer período de tolerancias, que llega hasta el Concilio Vaticano II, para ser seguido de otro más radical de claro aperturismo a toda clase de doctrinas extrañas. En este segundo período ya no existen trabas de ninguna clase para la difusión de los errores ni se ponen impedimentos a la predicación de doctrinas extrañas y hasta contrarias a la Fe. Es el momento en el que la Iglesia da por terminada la época de la condenación de herejías y errores y se rinde abiertamente al Modernismo, hasta entonces contenido y frenado por los Papas preconciliares.

Los tiempos anteriores al Vaticano II --- al que hemos llamado período de tolerancia--- también conocieron numerosos errores y hasta demasiadas demoras a veces para corregirlos, como la misma Carta al Ángel de Pérgamo demuestra. Herejías y doctrinas extrañas que permanecieron consentidas durante bastante tiempo, pero que fueron frenadas definitivamente, antes o después, aunque demasiado tarde en ocasiones. Pero de todas formas los errores acabaron siempre siendo condenados, que es lo que distingue a este período del momento actual que está viviendo la Iglesia.

El problema de la tolerancia al error envuelve indirectamente al de los malos Pastores, quienes, por otra parte, siempre han existido en la Iglesia. De ahí que valga la pena considerarlo en las reflexiones a llevar a cabo a propósito de la Carta a la Iglesia de Pérgamo.

 (Continuará)


[1] Solamente después de más de cincuenta años han comenzado a aparecer pequeños grupos aislados que manifiestan su protesta ante la destrucción de la Fe tradicional, aunque tan tímidamente y con tan escasa fuerza que pronto han sido fácilmente reducidos.

[2] Lc 21:36.

[3] Es un principio, mantenido siempre con firmeza por el Modernismo, el de no reconocerse jamás como una doctrina que la demuestre claramente como herética. De ahí su uso constante y exclusivo de la terminología católica, pero a la que siempre asigna un significado distinto y carente de carácter sobrenatural. El mimetismo es una cualidad esencial que el Modernismo ha utilizado con eficacia para introducirse dentro del Catolicismo y transformarlo desde sus mismas bases.

[4] Lc 18:8.