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Carta a la Iglesia de Pérgamo (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Nota Preliminar: La serie Carta a la Iglesia de Pérgamo es un capítulo del libro del autor Siete Cartas a Siete Obispos, Volumen II (este segundo volumen, inédito)

 

Al ángel de la Iglesia de Pérgamo, escribe:
Esto dice el que tiene la espada tajante de doble filo:
“Sé donde habitas: allí donde está el trono de Satanás; que mantienes mi nombre y no has negado mi fe, ni en los días en que Antipas, mi testigo fiel, sufrió la muerte entre vosotros, allí donde habita Satanás. Pero tengo algo contra ti: que admites ahí a los que sostienen la doctrina de Balaán, que enseñaba a Balac a seducir a los hijos de Israel para que comieran de los sacrificios idolátricos y fornicaran. También tienes tú seguidores de la doctrina de los nicolaítas. Por lo tanto, arrepiéntete. De lo contrario, iré enseguida adonde estás tú, y lucharé contra ellos con la espada de mi boca.”
 El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias. Al vencedor le daré el maná escondido, le daré también una piedrecita blanca, y escrito en la piedrecita un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe.  

(Ap 2: 12--17)

 

 

1. Introducción a un Tema Difícil

Fácil es comprender la dificultad que supone emprender la tarea de reflexionar sobre las Siete Cartas del Libro del Apocalipsis. El hecho, ya de por sí problemático, de escribir sobre temas eminentemente proféticos, obliga a introducirse por caminos tortuosos que acaban siempre desembocando en cuestiones discutibles y delicadas.

Siempre hemos advertido, con respecto a la veracidad que ha de atribuirse a los libros de la Sagrada Escritura, que damos por admitida su cualidad de inspirados. De la cual se deriva como indiscutible la verdad histórica del Corpus de la Revelación escrita, redactada para los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares (como se sabe, las fuentes de la Revelación son la Sagrada Escritura y la Tradición). De donde no puede limitarse el contenido de estas Cartas a los lugares concretos para los que fueron escritas. Suponer la inspiración divina para la redacción de un mensaje dirigido meramente a la Iglesia de Sardes o a la de Esmirna, por ejemplo, parece ridículo. En cuanto a minimizar y reducir el contenido de la Sagrada Escritura, es bien sabido que no es otra la preocupación constante del Modernismo. Por lo demás, y como ya se ha dicho, siempre ha de tenerse en cuenta el carácter profético del Libro del Apocalipsis.

También conviene recordar que el contenido de estos comentarios escriturísticos deja de tener sentido si se prescinde de la luz de la Fe. Una condición necesaria e imprescindible bajo la que deben ser leídos todos los Libros Sagrados, utilizados aquí como base y fundamento de toda argumentación.[1]

Como puede darse por supuesto en temas tan difíciles como los proféticos, los comentarios han de ceñirse aquí necesariamente al ámbito de las hipótesis y de las sugerencias, las cuales pueden resultar más o menos acertadas según los conocimientos y la perspicacia del autor. El buen sentido del lector sabrá obtener sus propias conclusiones y aprovecharse de lo que le parezca más razonable y concluyente.

 

 

2. Naturaleza y contenido de la Carta

Al menos a primera vista, la Carta a la Iglesia de Pérgamo parecería la más fácil de entender, aunque existen elementos en su contenido que aún permanecen desconocidos, como la identidad de los herejes nicolaítas.

Aparte de una breve alabanza inicial al Ángel de la Iglesia de Pérgamo por haber mantenido la fe y de una amenaza final por haber tolerado a herejes e incitadores a la iniquidad, podríamos considerar tres temas distintos en la Carta:

La misteriosa afirmación de que es en Pérgamo donde reside el Trono de Satanás, con todas las implicaciones que pueden suponerse pero que la Carta no especifica en concreto.

El hecho reprobable de que la Iglesia de Pérgamo tolera a herejes y agentes del Mal. Donde aparece por primera vez en la Historia el problema de la tolerancia en la Iglesia.

Las enigmáticas promesas finales referidas a las recompensas prometidas a los vencedores, cuya mera enunciación suscita curiosidad y se presta a abundantes reflexiones capaces de elaborar, a su vez, multitud de hipótesis y sugerencias que pueden resultar de extraordinario interés: el maná escondido, de una parte, y la piedrecita blanca con un nombre nuevo que sólo conocerá quien la reciba, de otra. Elevadas realidades que por su contenido absolutamente sobrenatural, y por alcanzar cotas inaccesibles por ahora a la mente y al corazón humanos (1 Cor 2:9), no pueden ser expresadas sino por medio de misteriosas metáforas.

 

 

3. El Trono de Satanás

Como casi todo lo que se dice en el libro del Apocalipsis, la expresión es sumamente misteriosa y su comentario no puede esperar otra cosa que conjeturas, más o menos aventuradas. Ya de entrada, fácilmente se comprende que se trata de una mera metáfora, aunque el problema radica precisamente en saber a lo que se refiere.

Por dos veces se dice que en Pérgamo estaba situado el trono de Satanás. ¿Acaso se refiere a que en los principios del cristianismo era allí donde residía el Centro de Poder de Satanás? Desde luego que sería imposible afirmar tal cosa con seguridad, aunque sí que parece deducirse, sin embargo, que la ciudad era un poderoso lugar de libre acción del Diablo. Tanto como para suponer que allí reinaba la iniquidad. Desde luego allí fue donde sufrió la muerte Antipas, el testigo fiel, y donde habitaban los seguidores de la doctrina de Balaán y los nicolaítas, tolerados todos ellos por el Ángel de Pérgamo. Cuyo nivel de tolerancia, así como el de maldad por parte de los herejes, debía ser bastante alto, dada la urgente exigencia de arrepentimiento y la amenaza de castigo que profiere el Espíritu contra unos y otros.

Es de suponer, por lo tanto, casi con toda seguridad, que la ciudad estaba enteramente corrompida. Tengamos en cuenta que estamos en los comienzos del Cristianismo, cuando todavía existía la posibilidad de hablar acerca de cuáles serían las ciudades consideradas como los mayores centros de perversión. En los tiempos actuales la maldad se ha extendido de tal forma por todo el mundo que sería imposible localizar el principal Centro de Poder de Satanás. A pesar de que, para los Últimos Tiempos, las profecías parecen situarlo en la mítica Babilonia, en la que muchos comentaristas y revelaciones no oficiales parecen hacerla coincidir con la ciudad de Roma.

La famosa profecía del Pseudo--Malaquías asegura que, acabado el reinado del último Papa (Petrus Romanus), será destruida la Ciudad de las siete colinas, momento en que el Supremo y Terrible Juez juzgará a los hombres. Lo que hace suponer que la Iglesia habrá alcanzado para entonces un nivel máximo de corrupción y habrá quedado consumada la apostasía anunciada por San Pablo para los Últimos Tiempos (2 Te 2:3). Y así parece sugerirlo también la misma expresión con la que la profecía se refiere a Jesucristo como Terrible Juez (Iudex Tremendus) que vendrá a juzgar a los hombres.

Como es bien sabido, las profecías privadas o no oficiales no suponen obligación alguna de fe por parte de los creyentes, incluidas las que han sido autorizadas, o incluso recomendadas, por la Iglesia; mientras que, por el contrario, es importante prescindir por completo de las que han sido expresamente rechazadas y que en la actualidad son abundantes, como suele ocurrir en todos los tiempos de crisis. La profecía del Pseudo--Malaquías no ha sido nunca reconocida ni rechazada por la Iglesia.

Con todo, esta profecía ha gozado de gran autoridad durante siglos. Los diferentes motes o títulos enigmáticos asignados en ella a cada uno de los Papas, desde Celestino II (1143--1144) hasta el último de todos señalado con el nombre de Petrus Romanus, pese a sus numerosos detractores y aunque a veces resulte bastante difícil, o casi imposible, averiguar las razones que justifiquen algunos de tan misteriosos títulos, otras muchas sin embargo pueden reconocerse claramente y con facilidad.

Ya queda dicho que nadie está obligado a otorgar asentimiento de fe a las profecías privadas. Cuando no hayan sido condenadas como falsas y vayan acompañadas de ciertas pruebas, siquiera aparentes, de credibilidad, nadie podrá ser acusado de crédulo por aceptarlas ni de mal creyente por rechazarlas. En todo caso, no parece que existan razones de peso como para rechazar abiertamente la Profecía de San Malaquías. Incluso más bien parece lo contrario, de tal manera que hasta los acontecimientos actuales parecen confirmarla.[2] 

 

 

4. El problema de la tolerancia y las dos Iglesias del Final de los Tiempos.

La Carta plantea el problema de la tolerancia ante el Mal, que se ha introducido y difundido en la Iglesia y que también da origen al de la convivencia con el Bien, para conducirnos de nuevo a la parábola de la buena semilla y la cizaña. Tal como ya hemos visto, después de la breve exhortación laudatoria al Ángel de Pérgamo en la que se alaba su fidelidad a pesar de que habitas allí donde está el trono de Satanás, el Espíritu le increpa porque admite a diversas clases de herejes y apóstatas mientras le induce al arrepentimiento, si no quiere que acuda personalmente el que tiene la espada tajante de doble filo y luche contra ellos con la espada de mi boca.

También hemos visto que le será dado al vencedor del maná escondido, además de una piedrecita blanca en la que está escrito un nombre nuevo que nadie conoce sino el que lo recibe. Lo cual va encabezado por una alusión ---El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias--- que parece contradecir, una vez más, la atribución a Jesucristo como personaje principal que habla en la Carta. Es de suponer que el texto hace referencia a dos Personas divinas aunque en realidad se trata de la Voz del único y mismo Dios, y de ahí que sea indiferente escucharlo a través de cualquiera de ellas: El que me ve a mí, ve al que me ha enviado... El que me ha visto a mí, ha visto al Padre... Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo.[3]

En último término, la Carta a la Iglesia de Pérgamo plantea problemas graves que afectan a la Iglesia y de los que vamos a hablar aquí, siquiera sea de forma breve y sumaria.

Que el Mal ha estado actuando en todo momento dentro de la Iglesia desde su mismo comienzo, lo prueban todos los textos del Nuevo Testamento. Y concretamente, por lo que hace a nuestro caso, la misma Carta que estamos comentando.

La parábola de la buena semilla y la cizaña, que anda lejos de ser una mera enseñanza del Señor como dicha de paso, no es sino la crónica abreviada de la existencia de la Iglesia a través de los tiempos. La historia en la que el Bien sostiene una eterna lucha contra el Mal y en la que los seguidores del uno y del otro se encuentran siempre mezclados. El Regnum Dei inicia su andadura con el comienzo del Ministerio Público de Jesucristo (Mc 1:15), para continuar luego en continuo crecimiento, de menos a más (Lc 13:19), hasta llegar a su plenitud en el nuevo eón, cuando aparecerán unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habita la justicia.[4] En cuanto al dominio de Satanás sobre el mundo, una vez incrementada su actividad a partir del momento de la Redención, deberá alcanzará su auge al Final de los Tiempos durante el presente eón, en los momentos cercanos a la Parusía en los que al fin tendrá lugar su derrota definitiva, cuando el Diablo, el seductor, sea arrojado al estanque de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.[5]

Algo que se deduce con claridad de la Carta es que el Trono de Satanás está instalado en medio de la Iglesia. Esta misteriosa expresión ha pasado extrañamente casi ignorada a través de las vicisitudes de la Historia de la Iglesia, por más que Jesucristo llama a Satanás el Príncipe de este mundo (Jn 12:31; 16:11), que quizá sea la razón de que haya sido esta designación mucho más utilizada y conocida.[6] Sea como fuere, es evidente que los textos aluden al extraordinario Poder que ha de ejercer Satanás sobre el mundo y la Iglesia al menos hasta el momento de la Parusía, que es el que señalará también el de su derrota definitiva.

Es cierto también que Jesucristo dice en este mismo texto que Satanás ya ha sido juzgado y también que va a ser arrojado fuera.[7] Pero está claro que se trata solamente de una sentencia definitivamente pronunciada pero que no habrá de cumplirse hasta llegado su Tiempo, como atestigua con toda claridad todo el resto del Nuevo Testamento.

Es evidente que el Dominio e influencia de Satanás sobre la Iglesia ha sido siempre subestimado. Siendo éste el único texto que habla del Trono de Satanás y a pesar de que el mismo Jesucristo lo reconoce como el Príncipe de este mundo. Satanás se atreve incluso a atribuirse el derecho a ser adorado (Lc 4:8), cosa que Jesucristo le niega expresamente.

En todo lo cual, sin embargo, hay dos cosas que están demasiado claras: la enorme influencia y poder de Satanás sobre la Iglesia, de una parte, y la casi total indiferencia con que el hecho ha sido reconocido por Ella a través de los siglos, de otra.

También es evidente, según se desprende de la lectura del Nuevo Testamento y sobre todo de los Evangelios, que el Poder de Satanás sobre la Iglesia y el mundo irá en aumento hasta el instante de la Parusía, momento en el que ya se habrá hecho prácticamente casi total (Lc 18:8) y al que habrá precedido la Apostasía profetizada por San Pablo (2 Te 2:3).[8]

 (Continuará)


[1] La antigua y desaparecida ciudad de Pérgamo (noroeste del Asia Menor, actual Turquía) fue fundada, según la leyenda, por Neoptólemo y Andrómaca, personajes de la guerra de Troya. Llegó a ser una ciudad importante y sus ruinas rodean a la actual ciudad de Bergama.

[2] En mi ensayo inédito Petrus Romanus expongo las razones de conveniencia que parecen probar que el nombre corresponde exactamente al Papa Francisco.

[3] Jn 12:45; 14: 8--10.

[4] 2 Pe 3:13.

[5] Ap 20:10.

[6] Cf también 1 Jn 5:19.

[7] El texto griego de Jn 12:31, contiene el verbo griego ekbállo en modo futuro.

[8] El término apostasía hace referencia expresa a los miembros de la Iglesia, puesto que apostatar significa renegar de la Fe.