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De la Gloria del Olivo (y VI)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El Mayor y Mejor guardado Secreto de la Iglesia Postconciliar

(Conclusión)

 

Como sabe cualquier católico, las fuentes de la Revelación son solamente dos: la Sagrada Escritura y la Tradición Apostólica. La Iglesia no ha reconocido nunca la interpretación subjetiva individual de tales fuentes, que es lo que pretendía la herejía de Lutero al preconizar la libre y personal interpretación de la Biblia, rechazando además la Tradición. Es la Iglesia como tal, y solamente Ella a través de su legítimo Magisterio, la que goza de la asistencia del Espíritu Santo para interpretar con garantía los datos de la Revelación. La Revelación escrita (Sagrada Escritura) quedó definitivamente cerrada con la muerte del último Apóstol. La Tradición Apostólica, a su vez, procede de los Apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesucristo, además de lo que aprendieron del Espíritu Santo.

Como hemos dicho, no existe en la Iglesia la posibilidad de la interpretación individual de la Revelación. La infalibilidad de la Iglesia para interpretarla y enseñarla está garantizada por la asistencia del Espíritu Santo y realizada a través del auténtico y legítimo Magisterio. El cual ha ido profundizando en la Doctrina revelada a través de los siglos, aunque manteniendo siempre la inmutabilidad del dato revelado, puesto que no puede el hombre añadir ni quitar nada a las palabras reveladas por Dios.

De lo cual se deduce la importancia fundamental y transcendental del Magisterio Eclesiástico. El mismo que, asistido por el Espíritu, se ha mantenido incólume e inmutable a través de veinte siglos. De esta manera, es la única garantía que posee el cristiano de que lo enseñado por la Iglesia es exactamente el contenido fiel de la auténtica Revelación.

Seguridad y garantía que existieron hasta la celebración del Concilio Vaticano II. Cuando se abrieron las puertas a una teología progresista enteramente impregnada de la herejía modernista. Momento en el que, sin declaración expresa alguna, comienza a aceptarse el luteranismo: a partir de ahora, la Palabra Revelada depende de los sentimientos suscitados, con respecto a ella, en el corazón de cada hombre y según las circunstancias históricas y del momento. Ya no es la Ley Divina la que juzga al hombre, sino que es el hombre quien dictamina y decide lo que propone o puede decidir la Ley Divina.

Las consecuencias se deducen por sí mismas: Si el Magisterio vacila o quedara desautorizado, mediante cambios, adiciones o sustracciones, o puesto en duda en todo o en parte, ya no puede existir seguridad en cuanto a que la Iglesia sigue enseñando la auténtica Doctrina de Jesucristo. Con lo que todo el edificio de la Iglesia se viene abajo y deja de gozar de la nota de seguridad el entero contenido de la Fe.

A partir del Concilio Vaticano II, un poderoso Movimiento dentro de la Iglesia ha intentado torpedear al Magisterio y con éxito al parecer. De ahí que grandes masas de católicos se encuentren sumidos en la confusión con respecto al contenido de su Fe.

La Teología neomodernista de los tiempos del Concilio y posteriores ha puesto en duda el valor del Magisterio anterior al Concilio. E incluso algunos miembros de la Jerarquía Eclesiástica, apoyándose en el mismo Concilio, han atacado el Magisterio de los Papas que lo han precedido. Por otro lado, la ambigüedad de algunos textos conciliares ha dado lugar a que se susciten dudas sobre verdades fundamentales de la Fe, además de ser interpretados como cambios con respecto al Magisterio anterior.

Las dudas que la Teología neomodernista ha hecho surgir, con respecto al Magisterio anterior al Concilio, han tratado de fundamentarse en el mismo Magisterio posterior. Con lo que han despojando de credibilidad tanto al uno como al otro. Es justamente el arma que necesitaba la Nueva Religión de la Nueva Edad para constituir la Nueva Iglesia.

Los ataques de la Teología neomodernista contra el Magisterio anterior al Concilio Vaticano II han ido dirigidos con frecuencia, aunque no de forma exclusiva, contra el Concilio de Trento. Tratando de fundamentarse, como era de esperar, en el mismo Concilio Vaticano II. Sin tener cuenta las consecuencias demoledoras que de ahí se derivaban para la Iglesia.

Si un Concilio anterior puede ser atacado por otro posterior, por la misma razón y según las reglas de la Lógica, el segundo puede ser también desautorizado desde el primero. Una vez admitido que un Concilio es capaz de poner en entredicho las Doctrinas proclamadas por otro, es evidente que el valor y credibilidad de todos los Concilios se destruyen por sí mismos y caen por su propio peso.

Si se alega, como viene haciendo la Teología neomodernista, apuntando sobre todo al Concilio de Trento, que las Doctrinas promulgadas en un Concilio solamente son válidas para su época y según las categorías de pensamiento propias de su tiempo, es evidente que, según eso, exactamente lo mismo podrá ser dicho de cualquier Concilio: ¿Quién será capaz de garantizar que los Documentos del Concilio Vaticano II no serán rechazados por una Teología posterior, bajo el pretexto de que habrán de ser interpretados según las categorías de pensamiento del momento, y reconocidos como válidos, por lo tanto, sólo para esa época? Con lo que desembocamos en el fundamento de las doctrinas historicistas, propias del Modernismo, que han impregnado la Teología Católica desde el Concilio Vaticano II. Para estas ideologías inmanentistas, no es la Revelación la que determina al hombre, sino el hombre de cada momento histórico quien juzga e interpreta a la Revelación. De este modo La ecuación es patente: subjetivismo, igual a Modernismo.

Pero si el ataque se hubiera realizado conscientemente, es indudable que alguien podría afirmar con seguridad que la destrucción del Magisterio era un objetivo buscado a propósito.

En el supuesto de que tal intento tuviera éxito ---cosa impensable, dada la promesa de Jesucristo acerca de que las Puertas del Infierno no prevalecerán contra la Iglesia---, una vez desaparecido el Magisterio o desautorizado por completo, los católicos carecerían de todo fundamento firme con respecto a su Fe. Desde el momento en que cualquier verdad de la Fe fuera capaz de ser cuestionada, sin nadie ni cosa alguna que la pudieran garantizar ni asegurar, todo equivaldría a la imposibilidad de creer en nada transcendente y sobrenatural. Dicho sencillamente, los católicos se encontrarían ya ante el puro ateísmo.

La Iglesia parece encontrarse en ese momento. Nunca Satanás había visto como ahora tan cercano el momento de su Victoria. Al igual de lo sucedido a Jesucristo en la Noche transcurrida entre los Olivos del Huerto.

El Cardenal Ratzinger, luego Benedicto XVI, cuando era perito en el Concilio proclamó, a propósito de la colegialidad de los Obispos, que en la Doctrina de la Iglesia se había producido una fractura con respecto a la enseñanza sostenida en la Iglesia primitiva, o de los Padres. Según el entonces Cardenal, el responsable de tal fractura había sido Santo Tomás de Aquino, al que había seguido toda la Teología Escolástica o Medieval. El Concilio Vaticano II, decía el Cardenal, vino a reparar esa brecha que se habría sostenido en la Iglesia por espacio de siete siglos.

Ya como Papa, Benedicto XVI ha negado siempre que el Concilio Vaticano II haya llevado a cabo algún tipo de ruptura con respecto a la Tradición, o Iglesia primitiva. Una afirmación que, con respecto a la anterior, habría necesitado de ser acompañada de una aclaración por parte del Papa. Pues sería interesante saber si tal conexión, nunca rota entre la Tradición y la Iglesia primitiva, llevada a cabo por el Concilio Vaticano II y confirmada por el Papa, comprende y abarca también esos siete siglos de Teología Medieval. O si, por el contrario, habría que suponer un enorme hueco o vacío en el tiempo que sería necesario saltar.

También resulta difícil explicar que el Magisterio Eclesiástico haya podido errar, y en cuestiones fundamentales además, durante tantos siglos. Sin la asistencia, por lo tanto, del Espíritu Santo.

E igualmente es conocido que el Cardenal Ratzinger (nunca desmentido por Benedicto XVI), sostuvo públicamente que la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, es un auténtico Documento ``contra--Syllabus'' (el Syllabus fue publicado junto a la Encíclica Quanta Cura, de Pío IX).

Si se tiene en cuenta que el Syllabus, junto con la Encíclica Pascendi de San Pío X, son los Documentos que condenaron solemnemente el Modernismo y pretendieron acabar de raíz con dicha herejía, no cabe duda que el problema de la aparente discrepancia de Magisterios queda claramente planteado.

Y aún se agrava más si se tiene en cuenta que algunas declaraciones de los Documentos Conciliares (del Vaticano II) se refieren a verdades fundamentales de la Fe Católica, en un evidente desacuerdo capaz de producir preocupación. Como sucede con el concepto de Iglesia, por ejemplo.

La Iglesia ha sostenido durante veinte siglos, sin la menor vacilación, que Jesucristo fundó una sola Iglesia, la cual es precisamente la Católica: Credo... in Unam Sanctam Catholicam et Apostolicam Ecclesiam. El último Documento Magisterial al respecto, anterior al Concilio Vaticano II, es la Encíclica de Pío XII Mystici Corporis (1943), en la que el Papa dice expresamente, después de insistir en que la Iglesia es un Cuerpo y es Única, que la Iglesia de Cristo ``es'' la Iglesia de Roma.

Sin embargo, el Concilio Vaticano II (Lumen Gentium, Capítulo I, n. 8, b) introduce el importante cambio de sustituir el verbo es por la expresión subsiste en. Según lo cual La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica. Lo que indudablemente la priva de su condición de Única, dando entrada así a las otras religiones a las que repetidamente se las reconoce también como válidos instrumentos de salvación.[1]

Que no se trata de una interpretación arbitraria por nuestra parte lo prueba el hecho de los Encuentros de Asís, en los que se concedió paridad a todas las religiones, incluidas las de aquéllos que no profesan culto a Dios alguno. En los altares de la Patria del Serafín de Asís fueron entronizados por igual los cultos cristianos, judíos, musulmanes, brahmanistas, hinduístas; y hasta las prácticas de los brujos africanos y la magia negra de los vudús.

Queda disipada cualquier duda cuando se considera que en las Encíclicas del Papa Juan Pablo II (especialmente las tres primeras, por él llamadas Trinitarias), se reconoce el legítimo valor de salvación de todas las religiones. Un Magisterio que, en último término, vino a acabar definitivamente con la actividad misionera de la Iglesia, puesto que las Encíclicas de Juan Pablo II también defienden la teoría del cristianismo anónimo y de la salvación universal de todos los hombres, sin excepción.

Por su parte, el Papa Pío XII (en su Encíclica Humani Generis, 1950) condenó expresamente la teoría de Henri de Lubac, según la cual la gracia es debida a la naturaleza humana, así como las doctrinas de la evolución creadora de Teilhard de Chardin. Los cuales personajes fueron rehabilitados después por los Papas Juan XXIII y Juan Pablo II (de Lubac fue elevado a la categoría de Cardenal).

Una vez puestos en duda prácticamente todos los dogmas de la Fe, y debilitado el valor del Magisterio, no es extraño que muchos católicos hayan desertado de su Religión, al mismo tiempo que otros hayan abandonado toda práctica religiosa. Y entre muchos de los que han permanecido fieles reina el abatimiento y la confusión.

Es verdad que todos los hombres soportan una vida de trabajos mientras caminan por este Valle de lágrimas. Aunque para los cristianos, sin embargo, llamados a compartir la muerte de Jesucristo, sus penas y angustias se convierten finalmente en alegría, cuando al cabo se saben envueltas en la Esperanza y en la certeza de que habrán de reunirse con Jesucristo en la Casa del Padre.

Por lo que triste cosa sería, por lo tanto, que se vieran privados de ese consuelo de una vida eterna, por la que siempre habían suspirado, y en la manera y forma que se les había prometido.

En una de sus homilías, hoy olvidadas, el Papa Benedicto XVI proclamó que cuando hablamos del Cielo no aludimos a un lugar determinado: No nos referimos a un lugar cualquiera del universo, como a una estrella o algo parecido, decía. Para continuar insistiendo en que con ese término queremos afirmar que Dios tiene un lugar para nosotros. Para explicar lo cual se valía el Papa del recuerdo cariñoso que de un fallecido conservan en el corazón sus seres queridos: Podemos decir que en ellos sigue viviendo una parte de esa persona; aunque es como una ``sombra'', porque también esta supervivencia en el corazón de los seres queridos está destinada a terminar. Añadiendo a continuación que, como Dios no pasa nunca...todos nosotros existimos en los pensamientos y en el amor de Dios. Existimos en toda nuestra realidad, no sólo en nuestra ``sombra''. Y acababa diciendo que en Dios, en su pensamiento y en su amor, no sobrevive sólo una ``sombra'' de nosotros mismos, sino que en Él, en su amor creador, somos guardados e introducidos, con toda nuestra vida, con todo nuestro ser en la eternidad.

En suma, que la vida eterna para Benedicto XVI consistirá en que viviremos en Dios. En su corazón y en su amor.

Aunque a decir verdad, lo que se dice vivir en Él, en su pensamiento y en su Amor, en realidad ya lo estamos, según proclamaba San Pablo en su Discurso ante el Areópago de Atenas (Hech 17:28). Y hasta podríamos decir que en la mente de Dios estábamos también desde toda la eternidad, y sin que tal cosa autorice a pensar que ya existíamos desde siempre.[2]

Tal vez, habida cuenta de lo que sucede con el lenguaje oral, las palabras del Papa pudieron haber sido entendidas de modo correcto. Aunque hubiera sido deseable la exclusión de ambigüedades, sin contar con la necesidad de haber añadido ciertas aclaraciones.

Pero parece más acertado decir que en la vida eterna viviremos con Dios mejor aún que vivir en Dios. Pues allí es donde, por fin, tendrá lugar la plenitud de la relación amorosa Dios--hombre, o el Amor perfecto al que siempre había aspirado el corazón humano. Por lo demás, es absolutamente cierto que el término lugar no puede ser entendido, cuando se refiere a la vida eterna, en el mismo sentido que se le atribuye en ésta. Aunque de todos modos habrá de tener un significado real. ¿Dónde, si no, se encuentran ahora los cuerpos humanos de Jesucristo y de la Virgen María? Por otra parte, la resurrección de los cuerpos es un dogma de Fe, de manera que su situación en la vida eterna no se puede reducir a la condición de un mero estado o de un recuerdo en la mente de alguien (aunque ese alguien sea Dios). A este respecto, quizá sea conveniente recordar lo que dice el Concilio XVI de Toledo (año 693), en el art. 35:

Dándonos ejemplo [Jesucristo] a nosotros con su resurrección que así como Él vivificándonos, después de dos días al tercer día resucitó vivo de entre los muertos, así nosotros también al fin de este siglo creamos que debemos resucitar en todas partes, no con figura aérea, o entre sombras de una visión fantástica, como afirmaba la opinión condenable de algunos, sino en la sustancia de la verdadera carne, en la cual ahora somos y vivimos, y en la hora del juicio presentándonos delante de Cristo y de sus santos ángeles, cada uno dará cuenta de lo propio de su cuerpo...[3]

Ni podemos olvidar tampoco las palabras del mismo Jesucristo: En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que donde yo estoy, estéis también vosotros.[4] Así pues, ¿qué querría decir el Maestro con dichas palabras...?

De ahí el grupo de católicos, llamados en la actualidad a vivir en una época de vicisitudes y contradicciones, que desean vivir en paz según la Doctrina en la que fueron bautizados y conforme al Evangelio que la Iglesia les había enseñado desde siempre. Pues, ... no es que haya otro, sino que hay algunos que os inquietan y quieren cambiar el Evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un Evangelio diferente del que os hemos predicado ¡sea anatema![5]

El Libro del Apocalipsis abunda en lo mismo: Yo doy testimonio a todo el que oiga las palabras proféticas de este libro. Si alguien añade algo a ellas, Dios enviará sobre él las plagas descritas en este libro. Y si alguien quita alguna de las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa que se han descrito en este libro.[6]

Sólo resta aludir a la última y más grave determinación llevada a cabo por el moderno Catolicismo: la práctica supresión del Misterio del Sacrificio Redentor tal como fue instituido por voluntad de Jesucristo en la Santa Misa.

Entre los Olivos del Huerto, durante aquella terrible Noche y ante la inminencia de la Pasión y de la Cruz, el Demonio estaba convencido de la totalidad de su Victoria. Sólo cuando Jesús exhaló el último aliento, el Ángel del Mal comprendió su tremendo error. Fue ahí donde apareció con claridad que la Muerte en la Cruz del Hijo de Dios había sido la gran baza que Dios se había reservado y por la que el Maligno sería vencido definitivamente.

Pero, a partir de ese instante, el Diablo ya supo a lo que atenerse. Si la clave estaba en el Sacrificio de la Cruz, he ahí entonces lo que había que suprimir a toda costa. Así fue como se impuso la difícil tarea de eliminar el Misterio de la Redención ---la idea de la Muerte Sacrificial de Cristo en la Cruz--- de la mente y del corazón de los cristianos. Cosa que no consiguió durante veinte siglos..., hasta que el Modernismo, al que ya se creía desaparecido, revivió en el seno de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II.

Fue entonces cuando lo que parecía imposible sucedió efectivamente. El concepto de la Misa como renovación del Sacrificio de Cristo ---no una repetición, sino un hacerse presente aquí y ahora en toda su realidad la Muerte del Señor--- se difumina hasta casi desaparecer, a fin de ser sustituido por la idea prevalente y casi única de la Misa como comida de solidaridad o fraternidad.

Todo el Misterio del Sacrificio Expiatorio quedaba archivado en el desván de los conceptos olvidados, como algo propio de tiempos y culturas primitivos. El hombre ya no tenía que pensar tanto en participar en la Muerte de Alguien como en vivir en comunión y alegría con sus semejantes, dentro de un Mundo que se basta a sí mismo y que reconoce como único valor a su alcance al mismo Hombre. El culto a Dios cedió su paso al culto al Hombre, de manera que, desde ahora, el valor sobrenatural del sufrimiento y de la muerte, la necesidad de expiar por los pecados y de compartir la Muerte del Redentor, fueron sustituidos por las modernas concepciones que encarnaban la Nueva Primavera y la Nueva Edad, que se abrían a un Mundo Nuevo convertido en la etapa final de la existencia humana.

No vale la pena aducir más ejemplos que, por otra parte, todos los católicos han tenido y tienen ocasión de contemplar y vivir. Pero así es como ha quedado actualizada de nuevo la Noche del Huerto de los Olivos. Otra vez Satanás se ha sentido seguro de su Victoria y esta vez sin nadie que se lo impida.

Sin nadie que se lo impida..., hasta que llegue por fin el Supremo Juez y se haga realidad lo que estaba profetizado: el Diablo, el seductor, fue arrojado al estanque de fuego y azufre, donde están también la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.[7]

Y aquéllos que permanecieron fieles al Señor y habían seguido viviendo de Esperanza, pese a todo, confiados en la Promesa de Aquél que había dicho que vendría de nuevo, verán colmados por fin los anhelos de su corazón: Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo de parte de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo;[8]... y las Puertas del Infierno no prevalecerán contra Ella.[9]


[1] Fue precisamente el Cardenal Ratzinger el principal artífice de este cambio.

[2] Homilía pronunciada por el Papa en Castelgandolfo, en la fiesta de la Asunción de la Virgen, 15, Agosto, 2010.

[3] Denzinger--Hünermann, n. 574. Los Concilios de Toledo fueron considerados siempre en la Iglesia con gran respeto y aprobación y casi equiparados a los Concilios Ecuménicos.

[4] Jn 14: 2--3.

[5] El Apóstol San Pablo en su Carta a los Gálatas (1: 7--8).

[6] Ap 22: 18--19.

[7] Ap 20:10.

[8] Ap 21: 1--2.

[9] Mt 16:18.