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De la Gloria del Olivo (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El Mayor y Mejor guardado Secreto de la Iglesia Postconciliar

(Primera Parte)

 

1. Introducción

De la Gloria del Olivo, traducido del latín De Gloria Olivæ, es el lema que la lista de Papas de la llamada Profecía de San Malaquías atribuye a Benedicto XVI.[1]

Advierto de antemano que no voy a insistir en lo ya dicho en mi ensayo sobre Pedro Romano. Es bien sabido que es ésta una profecía de carácter privado (aunque reconocida como seria), y de ahí que no goce de sanción oficial alguna. Por otra parte, tampoco ha sido nunca aprobada ni rechazada por la Iglesia. Por lo que existen razones para que cualquiera se sienta libre de aceptarla o rechazarla. Tampoco pienso repetirme en lo ya dicho de que nos encontramos dentro del ámbito de las hipótesis, por lo que resulta innecesario insistir en que no pretendo establecer demostración alguna. Con lo que queda abierto el campo a las variadas y diversas opiniones u objeciones que los lectores puedan ofrecer, dentro del acostumbrado y mutuo respeto que siempre suele guardarse entre personas serias.

Bien entendido que lo dicho en cuanto a que nos encontramos en el terreno de las hipótesis se refiere solamente a la interpretación del lema De la Gloria del Olivo con respecto a la persona de Benedicto XVI, así como al entorno de su Pontificado.

 Pero de ningún modo en cuanto al juicio sobre el pensamiento del Cardenal J. Ratzinger y las consecuencias de su Pontificado una vez convertido en Papa Benedicto XVI.[2] Las reflexiones aquí expuestas son fruto de un estudio serio y prolongado del tema, en la medida en que ha sido posible a alguien que actúa movido por la buena fe y el amor a la verdad. Con todo, sólo pretenden mover a reflexión a las personas de buena voluntad y carentes de prejuicios, a fin de que las consideren si lo juzgan oportuno con el fin de establecer sus propias conclusiones. Y contando siempre, por supuesto, con la falibilidad de los juicios humanos y el amor a la verdad por parte de unos y de otros.

 Dicho esto, aún conviene añadir que el tema a tratar es tan delicado como para esperar de antemano que su enfoque será rechazado por la mayoría de los lectores. Muchos de los cuales, movidos a escándalo, se apresurarán a arrojarme a los leones. Todo ello debido a que lo que significa la persona de J. Ratzinger--Benedicto XVI, unida al conjunto de su Pontificado, es un tema casi enteramente desconocido por la inmensa mayoría de los católicos.

Es bien conocida la aureola de bondad, sabiduría y excelencia que se fue creando en torno a su persona después de su renuncia al Papado. Sin embargo, aun sin negar para nada la veracidad de las cualidades que se le atribuyen, estoy convencido de que mucho ha contribuido a la creación de la aureola la Propaganda del Sistema, bien conocedora por cierto de la naturaleza humana. A medida que transcurría el Pontificado de su sucesor, el actual Papa reinante Francisco, y conforme aumentaba el descontento del sector de católicos llamados tradicionalistas, así como el estupor de la inmensa mayoría restante incluidos a la vez progresistas y neocatólicos, la comparación entre uno y otro se imponía.

El Papa Francisco, que aparecía como Papa malo para unos y como Papa desconcertante para otros,[3] fue dando lugar en una gran masa de católicos a un sentimiento de añoranza con respecto al Papa dimitido. Ante lo reconocido para algunos como alguien encuadrado dentro de la categoría de Papa rechazable, pronto fue apareciendo otro contrapuesto como incluido en la de menos mala para pasar enseguida a la de buena e incluso pronto a la de muy buena. La psicología de masas actúa así, por más que lo haga de un modo inconsciente.

El hedonismo reinante en la sociedad occidental, junto al absoluto rechazo de todos los valores cristianos que ha desembocado en una general apostasía, ha conducido a la gran masa de católicos a pactar una opción ---más o menos consciente--- con la mentira y adoptar una actitud contraria a todo lo que suponga lo que ordinariamente se llama complicarse la vida. Así se ha dado lugar a que el mayor número de católicos haya pasado, sin plantearse problemas, a formar parte de una Nueva Iglesia regida por los principios de la teología progresista. La insignificante circunstancia de que tal Iglesia sea o no la fundada por Jesucristo les importa un bledo, si queremos hablar in roman paladino. Por otra parte, la actitud de no complicarse la vida conlleva necesariamente la pérdida de memoria, que es otra circunstancia que induce a que nadie recuerde para nada el desastre que supuso para la Iglesia el Pontificado del Papa Benedicto XVI. Un Pontificado que no fue sino la culminación del empezado por Juan XXIII, que fue luego continuado y amplificado en sus efectos por el de Pablo VI, superado después por el de Juan Pablo II, para ser por fin apuntillado por el Papa Francisco, según dicen los tradicionalistas al mismo tiempo que aseguran que están amparados por la contundencia de los hechos.

El comentario que voy a exponer sobre el lema de La Gloria del Olivo en cuanto a que corresponde al Papa Benedicto XVI, tiene su principal fundamento en el huracán destructor que arrasó a la Iglesia durante y a causa de su Pontificado (anunciado ya por los fuertes vientos que comenzaron a soplar desde Juan XXIII). Una situación que a su vez vino a significarse como la Víspera de la Gran Desolación ocurrida y consumada después bajo Pedro Romano, último de los Papas según la Profecía de San Malaquías. Y dado que afirmación tan seria no puede aparecer como fruto de ocurrencias arbitrarias subjetivas y sin fundamento, por supuesto que va a requerir la aportación de una diversidad de argumentos que traten de justificarla. Aunque teniendo en cuenta, de todas formas, la necesidad de atenerse a la obligación de resumir y compendiar, puesto que intentar otra cosa supondría un grueso volumen cuya elaboración no es el objeto de este trabajo.

Tal intento, dentro de la introducción al presente Ensayo, supone dos partes de las cuales es la segunda la más importante.

La primera de ellas, que como ya hemos dicho no es la decisiva, se refiere a los hechos que definieron el Pontificado de Benedicto XVI. No los vamos a referir sino de manera sucinta, puesto que son bien conocidos a pesar de que, como ya dijimos arriba, hayan sido olvidados por el común de los católicos.

En justicia no debe dejar de mencionarse, en plan de sincero agradecimiento en este caso, la promulgación de su Motu Proprio Summorum Pontificum (año 2007), por el que reglamentaba y restituía la Liturgia Romana que había estado en vigor hasta el año 1962, declarando la licitud de la Misa Tradicional que Pablo VI había declarado (falsamente) como que hubiera sido abrogada. Desgraciadamente el Motu Proprio apenas si tuvo consecuencias prácticas, por la resistencia de los Obispos y la debilidad del Papa para imponerlo. En general una característica muy propia de su Pontificado, que la mayoría, precisamente por eso, consideraron frustrado por la falta de decisiones positivas.

En cuanto a los hechos y sucesos desafortunados de su Pontificado, nos limitaremos a mencionar, casi como de paso, la continuación por su parte de la infausta política de Juan Pablo II sobre los llamados Encuentros de Asís, y que bajo el pretexto de ecumenismo (a todas luces falso), tanto daño y desolación ha ocasionado a la Iglesia. Desde el momento de difundirse la doctrina según la cual todas las religiones son válidas, y útiles igualmente como instrumento de salvación, la identidad única y necesidad de la Santa, Católica, Apostólica y Romana pasó a ser un cuento de hadas para el común de los católicos. Decir otra cosa es faltar a la verdad.

No vamos a pararnos en cuestiones como el desgraciado asunto de la gestión de las finanzas vaticanas que tuvo lugar bajo su Pontificado, los escándalos suscitados a propósito del fundador de los Legionarios de Cristo, las filtraciones de documentos de la diplomacia romana y tantas otras que, si bien no se le pueden imputar personalmente y de manera directa, no se puede decir lo mismo acerca de muchas de sus estridentes declaraciones entre las cuales, como botón de muestra, no vamos a recordar aquí sino la referente a la licitud del uso de los preservativos en determinadas circunstancias.[4]

Pero todo eso, lejos de ser lo más importante, no es sino lo que el pueblo llano calificaría como peccata minuta. Pues la verdadera influencia de la persona del Papa Benedicto XVI radica en su pensamiento. Sus teorías inmanentistas e historicistas sobre la Tradición Viviente y la Hermenéutica de la Continuidad, y más que nada sus doctrinas sobre la Evolución de los Dogmas (nada de fórmulas fijas, puesto que toda verdad depende de las circunstancias del momento histórico y de la reflexión del hombre sobre el dato revelado), difuminaron una Doctrina que hasta entonces había sido considerada como revelada, fija, inmutable, y fundamento de todo el basamento sobre el que se levanta la Roca que es la Iglesia. Ahora el Edificio ya podía tambalearse, como de hecho sucedió. Hablaremos de todo eso en capítulos posteriores.

Como es lógico, y según tantas veces hemos repetido, todo esto pasa desapercibido para el común del Pueblo cristiano. Como tampoco se dan cuenta quienes añoran al Papa dimitido y rechazan al Papa reinante, que en realidad no existe absolutamente ninguna diferencia ideológica entre uno y otro:

Diarquía o no, lo cierto es que no hay argumentos para subrayar en exceso la discontinuidad entre ambos pontificados. Es cierto que las formas, a las que volveremos a aludir, marcan una gran distancia entre el que fuera profesor universitario alemán y el jesuita porteño. Pero tampoco cabe olvidar las líneas maestras de la actuación de Bergoglio al frente del episcopado de Buenos Aires al que fue elevado por Juan Pablo II en 1992 (y al cardenalato en 2001), descritas magistralmente en artículos y libros como los de Antonio Caponneto. Que el perfil doctrinal del entonces cardenal Bergoglio era, en muchos aspectos, muy semejante al de Joseph Ratzinger lo afirmaba Giorgo Bernardelli en Febrero de 2013; es decir, antes de que Bergoglio se convirtiera en Francisco. No es necesario, pues, recurrir a las fantasías y a las conspiranoias para detectar que, por debajo de las enormes diferencias de origen, carácter y formación, entre Ratzinger y Bergoglio, late una profunda continuidad en la “operación sucesión” llevada a cabo entre Febrero y Marzo de 2013.[5]

Y por si a alguien le quedaba alguna duda, podemos valernos de un hecho significativo, entre los muchos a elegir y escogido entre los más recientes:

En el inquietante discurso que pronunció en la ceremonia de erección de los nuevos cardenales (14, Febrero, 2015), el Papa Francisco, manejando una original interpretación de los textos evangélicos, delimitó claramente las dos facciones distintas que las decisiones que el Sínodo de la Familia del próximo Octubre 2015 previsiblemente van a provocar en la Iglesia. Del discurso parece desprenderse que el Papa Francisco, incluso conociendo el peligro de la situación según algunos deducen de sus palabras, está decidido a establecer una nueva doctrina que nada tiene que ver con la Ley divina ni con la Tradición. Por lo que, a no ser que Dios intervenga, la posibilidad de un cisma se vislumbra en el horizonte. Por más que la cristiandad, una vez más y como siempre, ni siquiera parezca haberse enterado.

El llamado Papa Emérito Benedicto XVI estuvo presente en la ceremonia y escuchó el discurso. Pero nadie fue capaz de percibir en su persona, ni en ese momento ni tampoco después, el menor gesto de disconformidad o la más mínima palabra de recusación. De manera que hechos están ahí, como para hacer pensar a cualquiera.

 (Continuará)


[1] Acerca de la credibilidad de esta profecía y de sus orígenes históricos, puede verse el breve resumen contenido en mi estudio sobre Pedro Romano, Introducción y Primera Parte.

[2] Lo que se va a decir aquí sobre el pensamiento de J. Ratzinger vale igualmente para el de Benedicto XVI. No se conoce ningún documento o alocución en los que el Pontífice hubiera rectificado en lo más mínimo su pensamiento como Cardenal o en las etapas previas de su vida.

[3] El adjetivo desconcertante puede ser tomado aquí en variados sentidos. Si para muchos ha significado admiración, para otros ha significado asombro y confusión. De todos modos, desconcertante para todo el mundo.

[4] Hablar de algo permitido en ciertas circunstancias, o utilizando expresiones semejantes como la de en caso de razones graves abren la puerta, como todo el mundo sabe, al uso indiscriminado y arbitrario de lo que la gente desea.

[5] Padre Ángel David Martín Rubio, en adelantelafe. com, 12, Febrero, 2015.