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Pedro Romano (y VII)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El nombre de Petrus Romanus

(Conclusión)

 

Durante muchos siglos, los incesantes embates del Enemigo contra la Iglesia acabaron estrellándose contra la Roca sobre la cual está edificada. Las herejías fueron fácilmente extirpadas, y en cuanto a los cismas terminaron siempre por quedar claramente delimitados, calificados y contenidos de tal forma que todo el mundo sabía a lo que atenerse.

Al menos así sucedió hasta mediados del siglo XX, coincidiendo aproximadamente con la muerte de Pío XII.

Pero Juan XXIII, nada más ser nombrado Papa, ordenó abrir las ventanas del Vaticano. Con lo cual, además de dejar a sus Predecesores (hasta ahora habían sido de feliz memoria) en una situación no demasiado brillante, obtuvo un resultado parecido a lo que se cuenta sobre la historia de la caja de Pandora. Si fue aire fresco, o fue tal vez otra cosa lo que entró a través de las ventanas, nadie sabría decirlo con exactitud. Aunque pocos años después fue precisamente otro Papa ---Pablo VI, de quien es de suponer que tendría razones para saber de lo que hablaba--- quien dijo que lo penetrado a través de ellas no fue otra cosa que el humo de Satanás. Lo que no tiene nada de extraño si se piensa que, después de todo, es lo que suele suceder cuando se hacen funcionar los sistemas de ventilación en medio de una atmósfera y de un ambiente sobrecargados de miasmas; o cuando se abren las ventanas sin cerciorarse primero de la clase de vientos que soplan en el exterior, que hasta podrían ser huracanados.

Desgraciadamente, el ambiente que se respiraba en Europa hacia la mitad del siglo XX estaba demasiado saturado de sustancias en descomposición.

En los momentos actuales ---segunda decena del siglo XXI--- la Iglesia está siendo atacada con mayor ferocidad que nunca. Con la novedad de que ahora está sucediendo desde dentro de la propia Roca sobre la que fue erigida. La Piedra inamovible, base y fundamento que habría de asegurarla para siempre contra cualquier intento de destrucción, está sufriendo en este momento gravísimas acometidas por parte de Alguien o de Algo que ansía derribar todo el Edificio que se sustenta sobre ella. Y la operación posee todas las trazas de lograr el éxito que pretende.

Con respecto a lo cual, si hay quien se encuentre dispuesto a establecer un paralelismo entre los ataques sufridos por el Papado a lo largo de toda una Historia de veinte siglos, y la gravedad de los que actualmente están siendo dirigidos contra el Bastión de Pedro, o bien desconoce la Historia de los hechos pasados, o bien padece ignorancia acerca de la Historia de los actuales.

El Enemigo ha logrado penetrar en la Fortaleza ---también es frase de Pablo VI--- y ahora está centrando la fuerza de sus ataques contra la misma Base y Fundamento que la sustentan. Que es lo mismo que decir sobre el Papado. Mientras tanto, todo parece indicar que ninguno de los Papas postconciliares ha dado muestras de ofrecer resistencia. A no ser que se quieran tener en cuenta, como algunos buenistas pretenden hacerlo, algunos tímidos intentos de Benedicto XVI que comparados, sin embargo, con el conjunto de su actuación como Papa, quedan reducidos a lo mismo que queda de un azucarillo cuando se disuelve en un vaso de agua.

Y aquí no vamos a hablar ---son cosas demasiado conocidas--- de la eliminación de los emblemas e insignias papales, de la supresión de la tiara y de la silla gestatoria, de la desaparición del Anillo del Pescador, de la sustitución del Trono de San Pedro por una silla, etc., etc.

Pero lo curioso del caso es que tan radical supresión de símbolos ha venido acompañada, por contraposición y como por paradoja, por un abuso del simbolismo cuando se refiere a verdades doctrinales que la Teología progresista no quiere admitir. Hasta el punto de que es justamente a eso a lo que a menudo queda reducida toda la Teología: Los dogmas, por poner el ejemplo más importante, quedan reducidos para el Modernismo a meros símbolos de los sentimientos religiosos que el hombre experimenta en cada momento histórico. Con lo que se ha llegado a cosas tan extraordinarias como el hecho de que la Eucaristía, por citar otro impresionante caso, ha sido sustituida en la Doctrina y Pastoral postconciliares por lo puramente simbólico (si alguien lo duda, vea en lo que ha quedado el Sacramento en la práctica ordinaria de los fieles, tanto sacerdotes como laicos).

Viajar a la isla de Lampedusa, por ejemplo, y celebrar la Misa con un cáliz expresamente hecho para el caso con madera procedente de restos de barcos, puede ser una señal de pobreza y de solidaridad con los desgraciados. Pero sin duda que es más convincente y atractivo ---¡oh la belleza de la naturalidad!--- arribar a Lampedusa y utilizar el mismo cáliz con el que se celebra la Misa todos los días. Y todo ello sin más preámbulos, declaraciones, adornos u otros aditamentos. Pues, como todo el mundo sabe, la verdadera Pobreza nunca se proclama a sí misma, una vez demostrado que, en realidad, cualquier acto humano que pretenda fundamentarse en la sobrenaturalidad, pero que no vaya acompañado a la vez de una sincera naturalidad, más que un acto humano propiamente, se convierte en un acto puramente circense.

La Teología postconciliar rechaza los signos cuando le conviene. Aunque luego los utiliza con profusión y precisamente en las cosas más fundamentales, dando así lugar a que el parecer prevalezca sobre el ser, tal como lo exige la filosofía inmanentista. Si la Celebración Eucarística, por continuar con el ejemplo más importante, es un mero símbolo de solidaridad entre los hombres, pero no es el Sacrificio y Muerte del Señor ni contiene el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, en realidad es un mero simbolismo que tampoco significa nada.

Por supuesto que los ataques contra la Roca están todos destinados a estrellarse en vano, gracias a la promesa de Jesucristo: Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos (Lc 22: 31--32).

Sin embargo, conviene tener en cuenta que esta garantía no es perpetua. Pues sólo tiene asegurada su duración hasta que se inicien los Momentos Finales, cuando solamente permanecerán el amor y la fidelidad a Jesucristo en aquellos que serán los elegidos:

Cuando veáis la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel, sentarse en el lugar santo... (Mt 24:15).

O las otras palabras, también pronunciadas por Jesucristo, y que son quizá las más terribles de las contenidas en el Nuevo Testamento:

Pero cuando venga el Hijo de Hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? (Lc 18:8).

La perenne batalla contra la Iglesia alcanzará su culminación en el Asalto Final contra la Roca. El cual es evidente que ha comenzado ya, como puede comprobar cualquiera que tenga ojos para ver.

Pero el Asalto definitivo a la Roca con la consiguiente Apostasía de la Iglesia Universal no hubiera tenido lugar jamás, ni gozar de la menor oportunidad de éxito, sin el consentimiento de lo Alto. Sin embargo, Dios dará en aquellos momentos licencia y poder al Enemigo para hacer la guerra contra los santos y vencerlos (Ap 13:7).

Y sucede que todos los síntomas que apuntan hacia el final de la Batalla son favorables al Enemigo, con el terrible resultado que parece previsible. Lo cual quiere decir, para quien tenga entendimiento, que los momentos actuales por los que está atravesando la Iglesia, y pese a la extraña inoperancia y absurda indiferencia de sus fieles, serían más que suficientes para inquietar a cualquiera.

¿Coincidirá la figura del Papa Francisco con la de el Pedro Romano anunciado por San Malaquías?

Y todo parece indicar que sí.

O tal vez no, en cuyo caso le quedará a la triste Humanidad la confianza en un nuevo y verdadero Amanecer, presidido por la que es Madre de toda la Iglesia, la Virgen María, la Mujer que al fin aparecerá vestida del Sol, la Luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12:1). La misma que será para los fieles su única y verdadera Esperanza, mientras dura el tiempo de los dolores y hasta que amanezca la luz del nuevo día:

Y cuando al cabo apareció la Luna
ya no hubo oscuridad ni sombra alguna.

 Y con esto damos por terminado nuestro estudio sobre Pedro Romano. No sin antes advertir, con vistas sobre todo a los desmemoriados:

Que ya advertimos desde el principio que la Profecía de San Malaquías, aunque universalmente tenida por seria, es una profecía puramente privada, con todo lo que ello comporta en cuanto a la obligación de credibilidad. La Iglesia no la ha aprobado nunca ni tampoco la ha rechazado. Por lo que nadie que no la acepte puede ser tachado de incrédulo ni nadie que le otorgue credibilidad puede ser considerado como crédulo.

Que igualmente habíamos insistido en que aquí nos estábamos moviendo en el terreno de las hipótesis y de las meras especulaciones. En ningún momento hemos dicho que el Papa Francisco sea el Papa que responde al lema de Pedro Romano, limitándonos solamente a afirmar que se trataba de una hipótesis razonable y en modo alguno desechable.

Por lo tanto, y según lo dicho y como ocurre con todas las hipótesis, también ésta queda abierta a toda clase de críticas y de objeciones. Cualquier lector preparado puede sentirse autorizado a opinar y a intentar abrir nuevos campos a la investigación.

Dicho lo cual, sólo nos resta por añadir que la Barca de Pedro continuará su navegar incierto por mares procelosos, conducida de la mano de su último timonel, Pedro Romano. Hasta que llegue el día, cuando todas las esperanzas se encuentren casi a punto de desfallecer, en que aparecerá de nuevo Simon el hijo de Juan, el verdadero Capitán a quien primero le había sido encomendada la Nave y que, en realidad, nunca la había abandonado. Será entonces cuando todos verán con claridad que él, y solamente él, había sido siempre la verdadera Piedra angular, puesta por Jesucristo como Base y Fundamento de su Iglesia, destinada a durar por siempre y hasta el fin de los Tiempos, sin que las Puertas del Infierno lograran jamás su propósito de derribarla. Mientras que Pedro Romano y la Ciudad de las Siete Colinas habrán desaparecido, a fin de ceder el puesto a aquél que había amado a su Maestro más que los demás discípulos (Jn 21:15) y que ahora se aprestaba a entregar de nuevo las llaves de la Iglesia. En un tiempo muy atrás recibidas como Vicario y que ahora ya, en este momento, una vez llegada la Nave al Puerto definitivo de la bienaventurada Eternidad, podía devolver para siempre a su Verdadero Dueño y Señor, Cabeza y Fundador de su Iglesia, Jesucristo, Rey Inmortal por los siglos de los siglos.

 Fin del Ensayo Pedro Romano.

 Próxima entrega: Primera Parte del Estudio De la Gloria del Olivo: El Mayor y mejor guardado secreto de la Iglesia Postconciliar. Una reflexión sobre el Papa Benedicto XVI y su relación con el lema de San Malaquías De la Gloria del Olivo.