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El combate en las relaciones de amor divino-humanas

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Habíamos quedado en explicar (con el fin de acercarnos al contenido del misterio del combate de amor divino--humano) las diferencias existentes entre el certamen de contendientes, según se trate de certamen de lucha real o del certamen amoroso.

En el combate real prevalece, por encima de toda otra cosa, el deseo de vencer al contendiente.

En el torneo de amor, sin embargo, cada una de las partes está llena de ansiedad de amar más y más a la otra. Lo que hace que el combate no se desarrolle aquí bajo la sombra del temor de ser derrotado, sino bajo el manto del indecible gozo al que dan lugar las siguientes circunstancias:

En primer lugar, el hecho mismo de estar contendiendo en amor con la persona amada. Lo que es causa del gozo desbordante e inenarrable que sólo puede producir el amor, que en este caso es fruto directo del Espíritu Santo. De manera que la lucha y contienda por amor, ya por sí sola, es capaz de sumergir el alma en un océano de felicidad ya próximo al que acabará gozando en el Cielo.

Por otra parte, el alma que contiende por amor con Jesucristo, desea ciertamente vencerlo en amor, si tal cosa fuera posible; aunque no le importaría tanto esa circunstancia cuanto el hecho de agradar a su Amado, hasta el punto de que desearía ser derrotada si tal cosa fuera motivo de satisfacción para Aquél a quien ama.

Como puede comprenderse, tal cúmulo de circunstancias y muchas otras, desconocidas para el común de los cristianos, serían más que suficientes para disipar miedos timoratos sobre la oración y fomentar deseos de iniciar la andadura por los caminos de la oración mística.

En el combate real, los luchadores están enteramente pendientes de conseguir la victoria, a fin de alcanzar una corona de triunfo que no pasa de ser un premio meramente humano.

En el torneo de amor, sin embargo, el sentimiento de alcanzar el triunfo es absolutamente indiferente.

En primer lugar, porque cada una de las partes contendientes se sentiría embargada por contemplar la victoria de la otra. Pues así es el amor, que sólo desea el bien y la felicidad de la persona amada.

En segundo lugar, porque puede suceder que el Esposo divino se sienta a Sí mismo rendido y arrollado por el acoso de amor demostrado por la esposa. Lo cual no deja de ser un caso frecuente que sucede con almas de muy avanzada vida espiritual. Es en estas circunstancias cuando el Esposo se considera prendido y capturado por los lazos amorosos de la esposa (Ca 4:9):

 
Prendiste mi corazón, hermana, esposa,
prendiste mi corazón en una de tus miradas,
en una de las perlas de tu collar. 

 

De manera que cabe que llegue el momento en que el Esposo, ante el encendido amor de la esposa y su entrega sin reserva alguna, se sienta herido de amor y voluntariamente se entregue, derrotado, ante la esposa.

Sería una verdadera y voluntaria rendición de amor, aunque rendición al fin y al cabo. Como otra cosa más que entra dentro del mundo de los misterios y de los gozos del amor:

 
Si al batirme contigo yo me viera,
teñido en sangre, sin poder vencerte,
perdido el casco, rota la cimera,
ciega por ti mi alma hasta la muerte,
vencido y derrotado decidiera,
rendido por tu amor, pertenecerte.
 
 

Tal rendición del Esposo es, como hemos dicho, voluntaria, tal como se advierte en el verso cuando se dice que ha decidido pertenecer a la esposa, rendido enteramente por su amor. Lo cual en modo alguno disminuye el carácter de verdadera rendición y de auténtico reconocimiento de la victoria de la esposa.

Pero al mismo tiempo la esposa se siente derrotada y confundida por el generoso acto de amor del Esposo, a quien con razón atribuye la auténtica victoria. Mientras que el Esposo, a su vez, considera igualmente la victoria de la esposa como cosa propia, puesto que todo lo que es de ella le pertenece, además de que ha sido solamente Él quien la ha conducido y llevado hasta ese lugar.

Y así es como es posible contemplar en el certamen amoroso divino--humano la increíble realidad de que ambos contendientes sean a la vez vencedores y vencidos. Con la circunstancia de que aquí se atribuye realmente la cualidad de victoria cuando se habla de victoria, y la de verdadera derrota cuando se está refiriendo a la derrota. Pues no es del agrado de Dios que sus relaciones amorosas con las criaturas se estructuren sobre la base de actitudes teatrales o fingidas que poco tienen que ver con la realidad.

Ahora es cuando la esposa ve consumada su carrera y se siente colmada de felicidad en brazos del Esposo.

El amor es devorador e insaciable, y tiende siempre a una totalidad, que siempre es mutua, y que sólo se satisface con la posesión, ya para siempre, de la persona amada:

 

Y allí mis penas fueron fenecidas
junto al mar que vio unidas nuestras vidas,
mecido en suaves ondas, producidas
por las azules aguas removidas.
 
 

(Del libro del autor El Misterio de la Oración)