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Desafío y Combate en las Relaciones Divino-humanas

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Si la relación amorosa de la criatura con Dios, según el texto de El Cantar de los Cantares, es un verdadero combate o torneo de amor, tal cosa quiere decir que quien inicia el camino de la oración contemplativa ha de estar dispuesto a emprender una empresa arriesgada en la que habrá de afrontar un serio y grave desafío.

En las situaciones que se suceden en las relaciones de la criatura con Dios no existe el lenguaje figurado, ni tampoco las actitudes fingidas. Lo que significa que cuando se habla de un acto de amor, es que estamos ante un verdadero amor; o si de un certamen o contienda, es que se trata de un verdadero combate. Y cuando sucede este último caso puede afirmarse, con seguridad plena, que ambos contendientes se van a ver empujados a medir sus fuerzas.

Según lo cual, el alma que está dispuesta a adentrarse por los caminos de la oración mística, ha de saber que habrá de hacer frente a un verdadero desafío.

Y como lo que se ventila en esta justa o combate es nada menos que el amor, la conclusión es clara. Aquí no se trata de un ejercicio de exhibición, ni se le van a otorgar ventajas o consideraciones a la parte más débil, ni se va a especular acerca de las circunstancias que cuentan a favor del contendiente más fuerte. Si cualquiera de las partes, y esto vale sobre todo para la menos capacitada (en este caso el alma humana), se ha sentido con la suficiente audacia para afrontar el reto, tendrá que cargar también con todas las consecuencias.

Esta circunstancia, como tantas otras, no ha sido tenida suficientemente en cuenta a lo largo de la Historia de la Espiritualidad. Ya por sí sola sería suficiente para apartar a cualquiera de la prueba. Lo que supondría una desgraciada decisión que dejaría de tener en cuenta dos cosas: la grandeza y maravilla de lo que aquí se ventila (por lo que ya vale la pena arriesgarse), y las especiales circunstancias en las que ha de celebrarse el combate. Acerca de estas últimas ha de tenerse presente que Dios no estaría dispuesto a someter el alma a una prueba imposible o en la que faltara en algún momento el sentido de la equidad.

Que la situación de la que hablamos es un verdadero desafío se desprende claramente de las mismas palabras de Jesucristo:

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga (Mt 16:24).

Quien no renuncia a todas las cosas que posee, no puede ser mi discípulo (Lc 14:33).

Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, e incluso a su propia vida, no puede ser mi discípulo (Lc 14:26.).

Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará (Mc 8:35).

Las zorras tienen cuevas, y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Lc 9:58).

Etc.

Dado que, según lo que hemos dicho acerca de una verdadera justa o torneo, y tal como conviene al hecho de que el amor es la realidad que más en serio es contemplada en la Revelación, queda planteado el problema, supuesta la evidente disparidad de fuerzas, de si acaso admite esta situación la posibilidad de que la criatura venza en el combate.

Y la respuesta, que de ningún modo ha de sonar a extraña, no puede ser sino afirmativa.

Existen precedentes en los textos sagrados:

En primer lugar, la misteriosa relación de Ge 32: 25--30, en la cual se dice que Jacob luchó contra un Ángel, del que poco más adelante se dice que era Dios y que además fue vencido por Jacob. De las muchas interpretaciones que se han dado de este texto, ninguna de ellas es por completo satisfactoria. Pero de hecho es un texto inspirado, contenido en el Génesis, y es bien sabido que Dios no habla al albur o simplemente por hablar.

En cuanto al Nuevo Testamento, existen los precedentes de las parábolas de los talentos y de las minas. Según las cuales, algunos de los siervos que recibieron bienes de su señor para que los negociaran durante su ausencia, fueron capaces de devolverle hasta el doble de lo que habían recibido.

Dado el problema, tal como lo hemos planteado en El Cantar de los Cantares y avalado por los restantes textos bíblicos, para el que la relación amorosa del alma con Jesucristo se desarrolla al modo de torneo de amor en las condiciones ya explicadas, cabe preguntar si existe la posibilidad de que Dios sea vencido en amor por la criatura.

Ya hemos dado un adelanto de la respuesta en sentido afirmativo, para cuya solución nos hemos ayudado de la referencia al texto del Génesis y a las parábolas de los talentos y la de las minas. Pero el problema comienza cuando se pretende explicar el porqué y el modo como pueda llevarse a cabo esa victoria por parte de la criatura.

Para encontrar alguna forma de solución, habría que penetrar en lo más profundo del misterio de la relación amorosa divino--humana. Y como cualquiera puede comprender, tal cosa es imposible. Salvo que medien especiales auxilios divinos que permitan un cierto acercamiento al misterio por parte del hombre.

Sin embargo, como hemos dicho otras veces, no tendría sentido para la inteligencia y para la bondad divinas que Dios revelara al hombre ideas ininteligibles que jamás podrían ser descifradas. Y puesto que el fin de la Revelación no es otro que el de la salvación del hombre, buenamente puede suponerse que Dios habrá pretendido entregarnos con tales palabras al menos alguna clave del misterio. La cual será más que suficiente para contribuir, no solamente a la salvación y consolación de nuestras almas, sino también a que participemos, ya desde ahora, de la munificencia y de la maravilla de sus dones.

Un primer paso para acercarse al contenido del misterio podría consistir en someter a examen las semejanzas y diferencias existentes entre el certamen de contendientes, según se trate de certamen de lucha real o del certamen amoroso. La cuidadosa consideración de ambas diversas circunstancias puede arrojar luz para contemplar increíbles escenas que, al mismo tiempo que inducen a pensar en desconocidos mundos de fantasía, muestran la indecible grandiosidad, belleza, heroísmo, derroche de generosidad, renuncia de sí mismo y esforzados intentos de superación del amor de la otra parte que tienen lugar en el segundo.

 (Continuará. Del libro del autor El Misterio de la Oración.)