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Disquisiones Agresivas (La Oración Mïstica)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

DISQUISICIONES AGRESIVAS

(LA ORACIÓN MÍSTICA)

 

NOTA PRELIMINAR: Hablar de oración en estos tiempos de la Nueva Iglesia o, de lo que es todavía más grave, de oración mística, es una incitación al escándalo. Para la mayoría de los modernos cristianos, es una gran estupidez y una tremenda locura. Pues, ¿quién va a pensar ahora en cosas tan obsoletas...? Ni son momentos éstos para aferrarse a tradiciones pasadas, de museo, o a formulaciones fijas capaces de coartar la libertad del individuo. Muy al contrario, porque ha llegado el tiempo en que el cristiano salga de sí mismo y se disponga a esperar nuevas sorpresas de parte de Dios. La tristeza y rigidez de épocas pasadas han de dar paso a la alegría, a la improvisación y a una apertura de corazón que esté dispuesta a acoger a todos, sin consideración de buenos o malos. Los sentimientos de prohibición, de castigos o de arrepentimiento han muerto por fin, para dar lugar a los de misericordia, a los de comprensión y a los de aceptación de todas las situaciones que sean consideradas buenas por cualquier ser humano.

De ahí que las naves que cruzan los océanos hayan decidido, con justa razón, dar al traste con los mapas, con las cartas de navegación, con las brújulas y radares, con las comunicaciones con satélite y hasta con los partes metereológicos. Instrumentos antes considerados indispensables, pero que por fin han sido descubiertos como inútiles y que no sirven sino para coartar la libertad y el espíritu de improvisación de los navegantes. ¿Peligros de colisiones, de tormentas, de arrecifes, de bancos de arena o de la posibilidad de no llegar nunca al destino...? ¡Pero si es mucho mejor y más emocionante someterse al azar de posibles sorpresas...! Y por supuesto, porque en el caso de ser abordada las nave por piratas, se les debe recibir con sentimientos de comprensión y de amor, así como proporcionarles cariñosa acogida e integrarles en la tripulación.

Sin embargo, y aun a sabiendas de escribir para muy pocos, para casi nadie o tal vez para nadie, aquí vamos a tratar de lo sublime. Pese a que en la Nueva Iglesia ya nadie considera necesario hablar con Dios. Los modernos católicos, tocados de modernismo, piensan que no existe otro diálogo que no sea con el hombre mismo; mientras que los pocos que aún se mantienen firmes en la Fe, consideran la conversación y amistad con Dios como algo raro y sólo para elegidos.

Contra todo lo cual, vamos a comentar temas hoy por desgracia desconocidos, pero que conciernen a la más pura esencia de la existencia cristiana; aunque hayan sido enteramente olvidados por los modernos cristianos y relegados por los demás al desván de los recuerdos. Con los tristes y desastrosos resultados que están a la vista.

 
Me ha llevado a la sala del festín
y la bandera que ha alzado contra mí
es bandera de amor. 
 

 La declaración que hace la esposa en este texto de El Cantar de los Cantares (2:4) es de una extraordinaria importancia. En ella están contenidos dos temas, dependientes el uno del otro pero con matices enteramente distintos. La sala del festín, o lugar donde van a celebrarse las bodas del Esposo y la esposa (Dios y la criatura humana), es uno de ellos; y el certamen de amor que tendrá lugar allí mismo y que enfrentará a ambos en la más singular de las contiendas imaginables, es el otro. Aquí los vamos a considerar separadamente.

Según la esposa, ella ha sido conducida a la sala del festín con la indudable intención, por parte del Esposo, de celebrar los desposorios de ambos al mismo tiempo que contienden en una justa o torneo de amor.

En cuanto al lugar de la celebración ---la sala del festín---, si paramos la atención en el hecho de que el certamen amoroso se ha de llevar a cabo en un lugar propio de banquetes y saraos, y hasta parece que coincidiendo con el momento de las celebraciones nupciales, podremos concebir alguna idea de lo que el Esposo desea proporcionar a la esposa.

La circunstancia de que se afirme de que se trata de un festín a celebrar, nos proporciona un indicio con el que imaginar lo que tal idea suscita en las mentes humanas: delicadas viandas y exquisitos manjares, selectos y abundantes vinos, músicas y ambiente festivo por doquier y cosas semejantes propias del caso. Claro está que esto no es sino la idea de lo que un festín humano, por suntuoso que pueda ser imaginado, sería capaz de crear en la mentalidad de los hombres; pero que, a decir verdad, poco o nada tendría que ver con la realidad de los festines divinos, dado que estos últimos se celebran dentro de un orden enteramente distinto y esencialmente superior. Cuando se lleva a cabo el salto desde el orden natural al sobrenatural, cualquier intento de descripción empleando palabras y conceptos humanos se sabe de antemano condenado al fracaso, por más que la moderna teología modernista se sienta inclinada, no ya a pasar con facilidad de un orden a otro, sino a prescindir enteramente del sobrenatural.

Por lo que no nos resta sino hacernos cargo del problema mediante la elaboración de algunas disquisiciones capaces de aportar una cierta aproximación ---idea de cercanía, poco apropiada para ser utilizada aquí--- a la realidad de las relaciones amorosas divino--humanas, que aquí han alcanzado un punto culminante. La necesidad ineludible de utilizar el lenguaje humano obliga a reconocer la limitación que suponen los simples esbozos de borrosas y débiles analogías. Los cuales muy poco van a decirnos con respecto a la realidad, aunque serán, sin embargo, suficientes para conducirnos hacia un suave sentimiento de nostalgia y de gozo.

En esta situación solamente la poesía podría acercarnos a la idea de lo que sería una bulliciosa jornada de alegre festividad, en este caso pastoril. Dentro de las limitaciones que lleva consigo el difícil intento de elevar la mente, desde un ambiente meramente humano a otro que es enteramente divino:

 
Los rayos que la aurora derramaba
la vida al verde valle devolvían,
y abajo en la cañada se escuchaba
el melodioso son, que al par hacían,
rabeles y guitarras
y el áspero runrún de las cigarras. 
 

La oración mística ha de ser considerada como un abundante festín. En el cual es indiferente que el alma encuentre al Señor en el fervoroso gozo de la intimidad amorosa o cuando es llamada a compartir con Él la dureza de la Cruz. Pero de lo que no puede dudarse es de que, de un modo o de otro, ha llegado para ella el tiempo de la Perfecta Alegría.

La esposa se alegra de estar por fin junto al Esposo, después de haber podido comprobar el modo como Él se fue acercando a ella:

 
Vino hasta mí el Amado
cuando el sol se asomaba por el teso,
y habiéndome mirado,
sentí en sus ojos eso
que sólo amor lo sana con un beso. 

La idea del descanso definitivo, del amor llegado a su cumbre y de la felicidad perfecta la expresa tan bellamente como siempre San Juan de la Cruz. El Santo, en su Cántico Espiritual, habla del ameno huerto deseado para referirse a la sala del festín, de la que habla la esposa en El Cantar:

 
Entrádose la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado. 

Ahora el alma ha dejado de pertenecerse a sí misma y ya es toda del Esposo divino. Que no es otra la meta de la existencia del cristiano y aquello para lo que fue creado. Lo que viene a significar que el alma ha hecho suya la vida de Cristo para poner la propia en manos de su Señor y Esposo. Cumpliendo al fin el lema que proclamaba la ley fundamental del amor (Ca 2:16):

 

Mi amado es para mí y yo soy para él. 

 

He ahí el gran secreto de la existencia: el descubrimiento de que hay más alegría en dar que en recibir (Hech 20:35). Que no por otra cosa el nombre más apropiado asignado al Espíritu Santo, utilizado desde antiguo por los Padres, es el de Don. Claramente expresivo de lo que constituye la esencia de la Trinidad: la eterna Donación o entrega de Amor, mutua y recíproca, entre el Padre y el Hijo.

El alma que ha avanzado por los caminos de la oración ha alcanzado un estadio en el que no piensa tanto en recibir cuanto en amar a Dios, después de haberse dado cuenta de que la Perfecta Alegría no consiste en otra cosa que en entregar todo al Amado de su corazón. De ahí la relación de la verdadera pobreza con el amor, cuando el alma comprende claramente que todo lo que es pertenece a Jesús y ya nada es propio de ella: Pues ninguno de nosotros vive para sí, ni ninguno de nosotros muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Porque, en fin, sea que vivamos o sea que muramos, del Señor somos (Ro 14: 7--8).

La verdadera oración nada tiene que ver con cualquier acto rutinario de culto, realizado a diario y sin otro aparente objetivo que el de contribuir de algún modo a la propia salvación eterna. La constancia en la conversación y trato con el Señor, acompañada de la autenticidad conferida por las buenas obras, conduce infaliblemente a la Alegría. Sólo posible en el lugar donde, ante la vista y la posesión del Esposo, se escuchan los antiguos y eternos cantos sólo conocidos de los enamorados:

 
A las nevadas cimas
de las altas montañas subiremos
salvando abismos y saltando simas.
Y, cuando al fin lleguemos,
los cantos del amor entonaremos. 

 

Toda historia en tanto es verdadera historia en cuanto que posea un final. No existe la Historia Interminable de la que se habla en la famosa y bella fantasía de Michael Ende. Un eterno retorno al principio sería un absurdo que no tendría sentido alguno en una criatura racional, mientras que un camino sin final no conduciría a ninguna parte. Por eso llega un momento, pasado el largo y duro itinerario transcurrido en una vida de fatigas, sufridas por amor, y de búsqueda ansiosa del Señor también a través de la oración ---en un tiempo de duración indeterminada y sólo conocida de Dios---, en que el alma contempla el final de sus trabajos y la consumación de su existencia. La cual significa para ella la posesión del Esposo en un amor que ahora es ya perfecto y para siempre.

Ahora es cuando el alma, no solamente reconoce al Esposo como su Creador y como el Principio de todo, sino también como su último Fin al cual estaba destinada y ahora es ya alcanzado y conseguido: Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el principio y el Fin (Ap 22:13).

Los sufrimientos, ansiedades, incertidumbres y trabajos han desaparecido y quedan ya definitivamente atrás:

 
Si pues andamos juntos el sendero,
deja que me adelante yo el primero,
allí donde se acaba la vereda
y el duro trajinar atrás se queda.
 
 

(Del libro del autor El Misterio de la Oración)