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Bálsamo para cristianos actuales

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

 
Nunca como ahora ha necesitado el hombre
que se le hable del sentido del sufrimiento.
 
Nunca como ahora ha necesitado el hombre
que se le hable del Amor de Dios.
 

Al tratar de explicarnos los primeros momentos de la vida espiritual del alma, podemos dar paso a nuestros sueños ---no exentos de realidad--- y dejarlos rodar, a fin de imaginar que el duro invierno había cubierto ya con su manto de nieve pueblos y lugares, que las lluvias tenían inundados los caminos y encharcados los campos, y que el frío obligaba a las gentes a buscar presurosas el refugio de sus hogares. Pero después de que todo ya ha pasado, es cuando tiene lugar la llamada del Esposo divino a la esposa (Ca 2: 10--11):

 

Levántate ya, amada mía,
hermosa mía, y ven:
Que ya ha pasado el invierno
y han cesado las lluvias...
 

Ahora que ya todo ha pasado ---el invierno, el frío, las lluvias--- es el momento de escuchar la llamada del Esposo.

Sin duda que el sufrimiento habrá intensificado las angustias del alma por encontrarse con Él, y la misma perseverancia habrá sido la prueba de la autenticidad de su amor. No ya que el Esposo precise prueba alguna del amor de la esposa, o de si ya ha alcanzado el punto de madurez necesario para hacer efectiva su entrega. Pero sí es necesaria para la esposa la prueba del verdadero amor: la obtenida en el fuego del crisol del sufrimiento y de las obras realizadas en Cristo, las cuales no son otras que el ramillete de las virtudes cristianas.

 La razón última de este proceso habrá que buscarla en las consecuencias ocasionadas por la caída. Desde entonces, sólo el sello del dolor es capaz de autenticar en la criatura la realidad del amor. Únicamente el sufrimiento soportado por causa de la persona amada, por el gozo de que es por y para ella, es la verdadera prueba del amor. El alma enamorada de Jesús se sentirá necesariamente impulsada a sufrir y morir con Él sin desear ninguna otra cosa.

Y en cuanto al punto a considerar como el común denominador de todo, no es otro sino el de que los enamorados desean ardientemente, cada uno de ellos, compartir la vida del otro. Porque el alma enamorada de Jesucristo no considera ni mide la dificultad de los sufrimientos en atención al grado de su intensidad, sino que los acepta y desea porque son los mismos sufrimientos de su Maestro y Señor, al cual considera como el único sentido de su existencia. De manera que el motor que impulsa el sufrimiento en Cristo es el amor (primero de los frutos del Espíritu Santo), y el ánimo que los hace, aún más que soportables incluso deseables, es el gozo (segundo de los frutos del Espíritu Santo).

He ahí el secreto de que el alma que ama a Dios sufra con alegría y encuentre siempre sentido a las pruebas y dificultades de esta vida. Mientras que quien no lo ama está destinado a sufrir, sin otro horizonte que marque su existencia del que proporciona la desesperación.

 

Pasado ya el invierno, el frío y las lluvias, el alma se siente por fin capaz de oír la voz del Esposo. A la oscuridad sigue la luz, a la noche el día, a la tempestad la calma. Y al silencio, el dulce sonido, como la llamada del clarín que suena en la lejanía, de la voz del Esposo. Ha llegado el momento de olvidar lo pasado y emprender el vuelo:

 

De tu vergel un ave
por tu ausencia cantaba en desconsuelo;
y oyó tu voz suave
y, alzándose del suelo,
a buscarte emprendió veloz su vuelo.
 

El alma se siente emocionada al oír la voz del Esposo. Quizá solamente la escuchó a través de su propia imaginación, lo que no impidió que la llamada hiciera eco en lo más profundo de su ser como si realmente fuera la de Él. Pero de todos modos poco va a importar si acaso el Esposo, aun sin haber llegado todavía, ha puesto esa ilusión en el corazón de la esposa como un adelanto de su encuentro con ella. O tal vez ha sido realmente la voz del Esposo, y es cuando ha parecido que los luminosos rayos del Cielo se esparcían sobre la Tierra. Aunque, sea de ello lo que fuere, el alma siente de todos modos el ímpetu incontenible de su corazón, o el mismo que la empuja a cantar acerca del gozo que van a producir en ella las palabras del Amado:

 

Son tus dichos de amores
como una tela de suaves hilos
sobre un lecho de flores.
Ven a mi lado, y dilos,
en mi jardín de rosas y de tilos. 
 

En el transcurso de la verdadera oración es imposible pensar que la esposa no oye la voz del Esposo. El modo y manera como tal cosa se lleva a cabo no viene al caso describirlos aquí ni seguramente sería posible hacerlo; mientras que lo único que cabe asegurar es el ardiente deseo, por parte del Esposo, de ver a la esposa y escuchar su voz, lo que supone necesariamente la absoluta necesidad del diálogo amoroso (Ca 2: 13--14):

 

Ven, paloma mía,
que anidas en las hendiduras de las rocas,
en las grietas de las peñas escarpadas.
Dame a ver tu rostro, dame a oír tu voz,
que tu voz es suave y es amable tu rostro.
 

Y el corazón de la esposa, a su vez, incluso por encima de las nebulosas vigilias del sueño, no deja de percibir la voz del Esposo (Ca 5:2):

 

Yo duermo, pero mi corazón vela.
Es la voz del Amado que me llama.
 

Son muchos los que dejan transcurrir su vida sin haberse enterado jamás de que Dios estaba enamorado de ellos. Y son muchos igualmente los que nunca han sospechado que tuvieron la oportunidad de enamorarse de Dios. El Enemigo de Dios y del hombre ha sabido difundir la idea de que la oración mística es cosa para muy pocos, misteriosamente escogidos y seleccionados. E incluso multitud de almas consagradas a Dios piensan exactamente lo mismo; justamente porque, víctimas del engaño en el que están sumidas, nunca se han detenido a pensar que la selección efectivamente existe y es Dios su principal responsable, pero que, en último término, son los mismos hombres quienes efectivamente la deciden a través de su libre y voluntaria cooperación.

¿Qué sabe un alma acerca de lo que ocurriría si tuviera la valentía de responder generosamente al amor de Dios? Absolutamente nada. Pues sólo Dios conoce hasta dónde podría llegar un Amor infinito ofrecido, que luego es libre y generosamente correspondido hasta la entera capacidad de amar de la criatura: El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, y no sabes ni de dónde viene ni adónde va (Jn 3:8). Y nadie ha sido coartado en cuanto a la capacidad de entregar por amor su propia vida, puesto que Jesucristo habló para todos los que quisieran escucharlo sin señalar restricciones ni imponer discriminación alguna: Quien pierda su vida por mí, la encontrará (Mt 10:39). Existe algo, sin embargo, que puede tenerse por definitivamente seguro: que quien no responda a la llamada, no irá a ninguna parte.

(Del libro del autor El Misterio de la Oración)