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La búsqueda del Señor en la Oración

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El alma que con ansiedad trata de encontrar a su Señor a través de la oración, aun contando con el dolor de no haberlo hallado todavía, siente inundarse su corazón por el gozo de la tarea misma que está llevando a cabo. La posibilidad del encuentro con Jesús, como el sediento caminante en el desierto que presiente la cercanía del agua, aumenta sus ansias junto a la alegría de un probable y próximo hallazgo. Dios no deja de tener compasión de tantas pobres almas que, cargadas con el peso de sus pecados y de sus muchas faltas aún no reparadas, se consideran suficientemente pagadas con que simplemente se les permita buscarlo. Porque, de todas formas, el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre (Mt 7:8; Lc 11:10). Y si Dios es capaz de adoptar la forma de humilde peregrino que llama a la puerta implorando que se le abra,

 

Ábreme, hermana mía, esposa mía,

paloma mía, inmaculada mía.

que está mi cabeza cubierta de rocío

y mis cabellos de la escarcha de la noche. (Ca 5: 2)

 

también las almas que se saben demasiado pequeñas se conforman, por eso mismo, con aspirar a las migajas que caen de la mesa de su amo (Mt 15:27). La oración contemplativa, los elevados grados de unión con Dios, el íntimo trato amoroso del Esposo con la esposa… Pero quizá estas numerosas almas -¿acaso nosotros no hemos sentido alguna vez brotar lágrimas de alegría en nuestro rostro al conocer que estamos entre ellas?-, como el ciego de Jericó, solamente se atreven a pretender, bien que desde lejos, a seguirle por el camino (Mc 10:52). Y con sólo eso ya se sienten felices.

Uno de los mayores misterios de la vida espiritual consiste en la búsqueda ansiosa de Dios, por dolorosa y larga que pueda parecer, y puesto que está enteramente animada por el amor, se convierte en motivo de maravillosa felicidad para el alma. Mientras que, por el contrario, todos los proyectos humanos encaminados a buscar la felicidad en los bienes de este mundo van siempre marcados por el signo de la caducidad, por no hablar de su intrínseca incapacidad para colmar el corazón; como la realidad pronto se encarga de confirmar.

Durante su apasionada búsqueda de Dios, a través de los vericuetos que entrecruzan los caminos de la oración mística, es normal que el alma se encuentre a menudo desorientada y casi al borde de la desesperanza. Aunque siempre acaba divisando alguna luz que la conduce hasta otros senderos, más venturosos y transitables, donde el mero presentimiento de la cercanía del Esposo, hace ya imposible la presencia del dolor.

 

Llegué a una encrucijada del camino

sin saber de mi vida su destino,

y al caer de la noche el negro velo

perdido me encontré y en desconsuelo.

Mas cruzó por el cielo un haz de estrellas

Y vi que yo formaba parte de ellas. (A. Gálvez)

 

La oscuridad que a veces envuelve la búsqueda emprendida por el alma nunca es tan intensa como para identificarla con las tinieblas, y ni siquiera durante las terribles Noches (del Sentido o del Espíritu) descritas por san Juan de la Cruz, llega a sentirse el alma tan abandonada de Dios como para caer en la desesperación. La dolorosa angustia de las Noches, por muy dura que pueda parecer, jamás deja de ir acompañada del misterioso presentimiento de la presencia del Espíritu; uno de cuyos frutos, como se sabe, es precisamente el gozo (Ga 5:22).

 

 Tomado de: A. Gálvez, El misterio de la Oración, Shoreless Lake Press, NJ, 2014, pp. 132-136.