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Sodoma y Gomorra

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

 “En el día del Juicio la tierra de Sodoma y Gomorra será tratada con menos rigor que esa ciudad”

Estas palabras son del mismo Jesucristo, y están contenidas en el Evangelio de San Mateo, 10:15.

Y lo primero que se deduce de ellas es que Jesucristo reconoce como verdadero castigo el que sufrieron las dos ciudades. E igualmente, por lo tanto, como verdaderos pecados los que ambas cometieron y por los que sufrieron la ira de Dios, en forma de fuego caído del cielo que las redujo a cenizas. Los cuales quedan suficientemente especificados en la completa narración que hacen del suceso los capítulos 18 y 19 del Libro del Génesis.

Pero las palabras de Cristo fueron pronunciadas para los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. De donde podemos deducir, con toda seguridad, que el mismo castigo será aplicado a cualquier ciudad que se encuentre en las mismas circunstancias. Por lo que sería llegado el momento de preguntarnos cuál pudiera ser esa ciudad, a la que se refiere Jesucristo, y que será tratada con mayor rigor aún que Sodoma y Gomorra. Para lo que quizá podrían ayudarnos las conocidas palabras de San Agustín: Dos amores hicieron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, hizo la ciudad del mundo; el amor de Dios, hasta el desprecio de sí mismo, hizo la Ciudad de Dios (San Agustín, La Ciudad de Dios, Libro 14, capítulo 28).

Aunque es verdad que la ciudad del mundo siempre ha estado en lucha y contraste con la Ciudad de Dios, es evidente que esta contienda ha alcanzado su punto culminante en los tiempos actuales. Los hombres se han decidido por fin a prescindir por completo de Dios ---ahora ya abierta y descaradamente--- y erigir su propia Religión, en la que el culto a Dios ha sido reemplazado definitivamente por el culto a ellos mismos. La Iglesia ha entrado en una nueva fase de su Historia que la hace aparecer como nueva y distinta de lo que había sido hasta ahora. La Jerarquía de la Iglesia no siente ya recato alguno en reconocer que la Iglesia Católica no es la única Iglesia y que, por supuesto, en modo alguno posee el monopolio como camino de salvación. Estamos ante la Iglesia Universal, preconizada por la Nueva Edad, que comprende y abarca a todas las religiones, sean cualesquiera sus creencias y hasta sus no creencias. Ya no cabe duda de que la Ciudad de Dios ha cedido el lugar a la ciudad del mundo.

 Si alguien alberga todavía alguna duda de que la Iglesia de siempre ha cedido su lugar a la Nueva Iglesia, no tiene sino contemplar la nueva y revolucionaria Moral que ahora se practica. La predicación pastoral y difusión pública de la cual, que todavía no se hace abiertamente, se lleva a cabo sin embargo, y de modo muy eficiente, de dos maneras:

En primer lugar, por medio de frases entrecortadas, a menudo bien claras, pronunciadas en forma privada (aunque dando paso a su publicidad), con frecuencia con palabras ambiguas, aprovechando seguramente momentos y ocasiones clave (que parecen venir a propósito para darles acogida), o sancionando favorablemente conductas claramente contrarias a la Moral de la Iglesia. Todo lo cual es pronta y sabiamente recogido por la gran prensa, siempre contraria a la Iglesia y muy dispuesta a dar pleno sentido y pregonar desde los tejados a lo que quizá fue dicho al oído.

En segundo lugar, por medio de la tolerancia y el más completo silencio por parte de prácticamente toda la Jerarquía de la Iglesia.

Los matrimonios entre personas del mismo sexo se celebran como cosa normal y ordinaria en numerosas partes de la Iglesia universal. Los cónyuges son bendecidos solemnemente por sacerdotes revestidos con ornamentos sagrados y hasta se les llega a leer en la ceremonia, celebrada en algún lugar determinado, el texto evangélico correspondiente a las bodas de Caná. Al parecer no importan para nada la profanación del Templo como lugar sagrado ni la profanación del Sacramento del Matrimonio, así como tampoco la burla más descarada que se hace a la Iglesia, a los verdaderos cristianos y, en definitiva, al mismo Dios. Y por supuesto, como no podía ser menos, también se bautiza solemnemente a los hijos de matrimonios formados por homosexuales o lesbianas.

Las nuevas prácticas litúrgicas y la nueva Moral se han extendido ya por toda la Iglesia, sin que se oiga voz alguna discordante que ponga un punto de protesta a tan nueva situación. Los sacerdotes imparten tranquilamente la absolución a homosexuales y lesbianas (sin arrepentimiento por su parte) y recomiendan abiertamente el uso de anticonceptivos. El Cardenal Arzobispo de Nueva York autoriza al loby gay (homosexuales, lesbianas y transexuales) para que formen parte del desfile en el día de San Patricio. Es frecuente que, ya dentro de la Iglesia, sean amonestados quienes se atreven a levantar su voz, siquiera sea tímidamente, ante tales cosas. En suma y para abreviar: la Nueva Moral ha suplantado abiertamente en la Iglesia a la que ya se considera como Antigua Moral.

Queda, sin embargo, por formular una pregunta importante con respecto a este tema: ¿Por qué será castigada con más rigor que Sodoma y Gomorra la ciudad que practique los mismos vicios nefandos que los que se llevaban a cabo en esas ciudades? Y la respuesta no parece difícil: aquellas ciudades no habían conocido la Luz del Evangelio, mientras que la actual ciudad del mundo, antes cristiana, ha apostatado claramente de su Fe. Por lo que es evidente que merece mayor castigo.

Y para que no quede duda alguna acerca de la relación de la conducta permitida por la Nueva Moral con los pecados de Sodoma y Gomorra, ahí está el texto de San Pablo en Romanos, 1: 24--30. En el que habla claramente el Apóstol acerca de la impureza con que deshonran entre ellos sus propios cuerpos, describiendo hasta de manera cruda (el texto completo es estremecedor) las conductas nefandas practicadas y mereciendo en sí mismos el pago merecido por sus extravíos.

Por supuesto que la Nueva Moral de la Nueva Iglesia, en la que ya se ha dado cabida claramente a las doctrinas de la herejía modernista, tiene también preparada una respuesta para este tema: La Sagrada Escritura es cosa pasada. No puede ser interpretada sino según los criterios y el pensamiento de los hombres en cada momento histórico. De manera que, según lo cual, lo que era verdad en una época ya no lo es en ésta. La pretendida verdad contenida en la Palabra de Dios no puede serlo sino según el modo de ser interpretada según la filosofía y racionalidad de los hombres que viven en este momento de la Historia.

Lo que sería quizá admisible si no tropezara con un escollo absolutamente insalvable. Y me refiero a las palabras de Jesucristo que contradicen a ese razonamiento de la dependencia de sus Palabras según el tiempo en el que sean oídas, pero no en otro. Y las palabras son exactamente éstas: El cielo y la tierra pasarán; pero mis palabras no pasarán.

Por supuesto que cada uno puede hacer su opción. Yo, por mi parte, entre las enseñanzas del Modernismo y las Palabras de Jesucristo, me quedo con las de Jesucristo. Por lo que pueda pasar.

Y ya no quedaría por añadir, con respecto a las nuevas doctrinas de los modernistas, sino las palabras de San Agustín contenidas en su Libro Las Confesiones. En ellas dice el Santo claramente que nova sunt quae dicitis, mira sunt quae dicitis, falsa sunt quae dicitis. Que significan exactamente: Nuevas son las cosas que decís, maravillosas son las cosas que decís, falsas son las cosas que decís.