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La Danza de los Malditos (II)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

El capítulo 4 del Evangelio según San Juan nos narra un episodio que arroja luz abundante sobre el tema; empezando por el hecho de hacernos comprender que el problema no es de hoy, por más que en los tiempos modernos se haya agudizado. Todo el mundo conoce la enemistad existente entonces entre judíos y samaritanos. Tanto unos como otros eran parte integrante del mismo Pueblo Elegido; lo que no era obstáculo para que ambas comunidades se consideraran mutuamente extrañas, y hasta como poseedoras exclusivas, cada una de ellas, de la única clave correcta para solucionar el problema. El diálogo de Jesucristo con la mujer samaritana zanja la cuestión de una vez por todas, trazando expresamente una visión universalista del Cristianismo que hoy, desgraciadamente, parece haber sido olvidada de nuevo: Créeme, mujer: llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis, mientras que nosotros adoramos lo que conocemos; porque la salvación viene de los judíos.[1] Con intención o sin ella, es evidente que los samaritanos estaban pretendiendo circunscribir la religión del único Dios verdadero a un ámbito territorial, que hoy incluso tacharíamos de nacionalista; y además bastante limitado, que es lo que suele suceder. Lo que nos hace comprender, una vez más, lo que significa la visión chata, particularista, mediocre y alejada de la realidad, cual suele ser la específicamente humana, frente a la visión amplia y profunda de la realidad de las cosas que es la propia de Dios.

Esta visión particularista del Cristianismo es la propia de ciertos Grupos surgidos en el mundo eclesial con fines apostólicos renovadores y revolucionarios. Su principal característica consiste en la separación del núcleo central de la Iglesia para constituir un Grupo cerrado, con pretensiones de poseer la exclusiva de la verdadera interpretación del Cristianismo auténtico. Defienden que el Cristianismo ha sido erróneamente entendido durante veinte siglos..., hasta que finalmente ellos han aparecido. No valen dos mil años de mártires, de santos, de Padres y Doctores de la Iglesia, de Papas, de Magisterio, y ni siquiera cuentan las promesas de Jesucristo sobre la infalibilidad y la perennidad de la Iglesia. Hacía falta la aparición de los fundadores de estos Movimientos para que se hiciera la luz para la Cristiandad. En cuanto al hecho de que Dios se hubiera demorado tanto para destruir la falacia de Jesucristo y de una Iglesia hasta ahora engañadora..., es un misterio que no ha sido desvelado hasta ahora por los iluminados fundadores.

Como no podía ser menos, tales Grupos esgrimen la bandera del progreso, de la revolución, de la modernidad, y del hallazgo definitivo de los auténticos valores. Sin embargo, como por paradoja y a pesar de tanto progreso, no vacilan en volver a prácticas, creencias y cultos antiguos definitivamente abolidos por Jesucristo y eliminados por la Buena Nueva del Evangelio.

Jesucristo ---o lo que queda de Él--- pasa para estos Grupos a un muy segundo término. Aborrecen la Cruz y cualquier signo de sacrificio o de Redención, conceptos que no quieren ni nombrar. El sacerdocio ministerial queda reducido para ellos al sacerdocio común de los fieles, con absoluto predominio del laicado.

Como sucede en las sectas, predomina en estos Grupos el esoterismo y el secretismo. Los estamentos inferiores de tales Organizaciones desconocen el funcionamiento, propósitos y estatutos de los estamentos superiores (que son los que detentan todo el poder). Con mayor razón, nadie ajeno a esos Grupos conoce los propósitos ni las normas de comportamiento de sus organismos de gobierno. Todo ello en enorme contraste con el comportamiento de Jesucristo, quien decía de Sí mismo que Yo he hablado claramente al mundo, he enseñado siempre en la Sinagoga y en el Templo, donde todos los judíos se reúnen, y no he dicho nada en secreto.[2] Y también recomendaba a sus discípulos: Lo que os dije al oído, predicadlo desde los tejados.[3]

Con todo, son millones los católicos que los siguen ciegamente. Los que están fuera, que tampoco tienen acceso a sus cultos siempre celebrados aparte, son ahora los modernos malditos.

La salvación viene de los judíos, por supuesto. Pero si procede de ellos es justamente porque no se queda en ellos, sino que irradia desde allí, como foco luminoso e incandescente, para los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos.[4] De ahí el texto famoso y tan conocido de San Pablo, en el que el Apóstol se hace eco de las palabras y de las intenciones del Maestro: No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; ``no hay hombre ni mujer''; ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.[5]

No es necesario decir que el entrecomillado del texto, en el que se dice que ``no hay hombre ni mujer'', es exclusivamente mío. Pero subrayado o no, es texto revelado; y además nos conduce derechamente a algunos de los problemas candentes de nuestro tiempo, como son los tan cacareados temas del machismo y del feminismo, por ejemplo. Si aludimos aquí a ellos es porque parecen estar íntimamente conectados a los exacerbados racismos y nacionalismos de nuestro tiempo.

Tal vez nos convenga comenzar con la advertencia de que aquí no vamos a aludir siquiera a la doblemente ridícula acusación del carácter de machista atribuido a San Pablo. No quisiera ser propuesto tampoco para la medalla de la Estupidez de Primera Clase, tan justamente merecida y conseguida por algunos sectores de la teología exegética de nuestro tiempo.

Tuve ocasión de conocer a unas monjas expertas según las cuales la Biblia no era machista, por supuesto (siempre es de agradecer esa concesión que nos tranquiliza). Pero en cambio San Pablo estaba bien claro, según ellas, que sí que lo era. La caridad cristiana nos aconseja hacer cualquier clase de comentarios sobre el caso. Me limitaré a señalar que los expertos en cuestiones eclesiales (clérigos o laicos) no es infrecuente que se conviertan en un peligro para los ciudadanos normales. Pero cuando se trata de monjas que tal vez han alcanzado ---o se han atribuido a sí mismas--- la condición de eruditas, ya no queda otro camino que el de implorar la misericordia de lo Alto. Las monjas teólogas es uno de los peores castigos que está sufriendo la Iglesia actual.

Lo que queda claro en el texto de San Pablo es la evidencia de que, desde el punto de vista cristiano, ni siquiera puede plantearse la dicotomía machismo--feminismo; ni tampoco pueden ser llamados a estudio como problemas distintos e independientes, propios de la naturaleza humana. Para el Cristianismo no existen como fenómenos de excrecencia ni el machismo ni el feminismo. Solamente hombres y mujeres: ambos con igual dignidad, aunque con funciones y misiones distintas y complementarias. Por supuesto que el Nuevo Testamento contempla de manera especial todas y cada una de las miserias de la naturaleza humana: lujuria, avaricia, soberbia, etc., etc. El conjunto de todo lo que es propio de la naturaleza caída, la cual, aunque reparada por la gracia, no por eso ha sido enteramente liberada de la concupiscencia.

Pero el machismo y el feminismo, en la medida en que realmente existan, no son principalmente el fruto de la lamentable concupiscencia que hace presa en el ser humano. Son más bien el resultado de una deliberada y maligna voluntad, cuyo objeto a perseguir no es otro que el de la destrucción de la persona humana, y más concretamente de la familia (sobre todo cristiana) como soporte y fundamento de la Sociedad y célula del Cristianismo.

(Continuará)



[1] Jn 4: 21--22.

[2] Jn 18:20.

[3] Mt 10:27.

[4] Nótese bien que el texto no dice que la salvación sea para los judíos. Tal aberrante interpretación estaría en contra de todas y cada una de las páginas del Nuevo Testamento.

[5] Ga 3:28. Cf Ga 5--6; Hech 15: 8--9.