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La Danza de los Malditos (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

Mateo, o Leví, era de oficio publicano (recaudador de impuestos), considerado, por lo tanto, sin más ni más, como integrante de la casta de los malditos. A nadie le ha gustado nunca pagar tributos, como sabe quien conozca siquiera algo de la naturaleza humana, o simplemente se considere a sí mismo. Para los judíos, sin embargo, la cosa era mucho más grave, hasta el punto de que, sobre todo para la clase bien pensante, el término publicano era sinónimo de pecador. El hecho de que el Pueblo Elegido tuviera que pagar tributos a la odiada Roma era considerado como un signo oprobioso de forzada sumisión. Algunos incluso pensaban que, por inevitable que fuera la situación, no dejaba de ser delictiva o pecaminosa.[1]

Y todo por lo de siempre, a saber: por estar en juego los sagrados conceptos de Libertad y de Nacionalismo, enlazados ambos en la conocida y armoniosa conjunción que casi siempre les acompaña. En realidad otra más de las numerosas curiosidades que se ofrecen al estudioso de la naturaleza humana. Con respecto a la Libertad, por ejemplo, si bien todos hablan de ella y aun la esgrimen como bandera (generalmente asociándola a la Democracia, otro de los conceptos trampas que el Sistema ha esgrimido con éxito para engañar a millones de bobos), y pese a que se trata de uno de tantos temas decisivos claramente explicados en la Revelación ---dada su fundamental importancia---, nadie está de acuerdo acerca de su significado, ni tampoco nadie se refiere a ella en un sentido aceptado por todos. Lo cual no es todavía lo peor. En el extraño y a veces paradójico modo de comportarse el ser humano, incluso no es infrecuente verla invocada y utilizada como instrumento de opresión y de tiranía.

 Por increíble que pueda parecer, el concepto que Dios tiene de la Libertad ---y por ende, de sus contrarios Esclavitud y Opresión--- es totalmente distinto del admitido y utilizado por el mundo.[2] Por lo demás, jamás se ha hablado tanto de Libertad y de Derechos Humanos como en los tiempos modernos, y jamás han sido realidades tan pisoteadas y tan conculcadas como ahora. Los medios de manipulación de masas han sido tan profusamente perfeccionados que el ciudadano medio (también llamado de a pie) tiene pocas posibilidades, y hasta menos deseos todavía de pensar por su cuenta: la verdad, y el conocimiento de lo que realmente sucede, no son otra cosa para él sino lo que dicte el político de turno y lo que difundan la televisión y demás medios de comunicación.

 

La completa eliminación de la facultad de pensar para el ciudadano medio (digamos la inmensa mayoría de la población) ha alcanzado en los tiempos actuales incluso a los cristianos. Hasta podríamos decir, a fuer de sinceros, que principalmente a los cristianos. La papolatría, por ejemplo, y el seguimiento borreguil de los falsos Pastores y de los Maestros de la Nueva Iglesia, no es sino un grave pecado: de idiotez primero y de traición después, en el que ha caído la inmensa multitud de católicos.

Podríamos decir que los publicanos son los primeros malditos que aparecen en los albores del Cristianismo. Pero la lista alcanzaría su punto culminante en los Últimos Tiempos, como veremos en su momento.

Pues, si bien los cristianos fueron siempre perseguidos a lo largo de toda la historia de la Iglesia, nunca había ocurrido que lo fueran por los propios cristianos. Lo que jamás hubiera podido ser pensado en tiempos pasados ha sucedido por fin en los Novissima Tempora: los nuevos malditos son ahora quienes se empeñan en vivir la autenticidad de la Fe.

 

La manipulación de conceptos tales como Libertad, Democracia o Patria, llevada a cabo sobre todo en los tiempos actuales, ha conducido a la total subversión y falsificación de su significado. Y así es como ha desembocado a su vez en la exacerbación de los nacionalismos, de las etnias y de los racismos.

Sin embargo, como es fácil de apreciar en la misma Biblia, no se trata de excrecencias de nuestra época. Jesucristo, por su parte, demostró con su actitud una completa indiferencia con respecto a los nacionalismos: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.[3] Bien es verdad que a veces parece inclinarse en sentido contrario, admitiendo al parecer una cierta política de preferencia hacia los de la propia casa.[4] Pero bien pronto queda patente, si se examinan en conjunto los numerosos textos,[5] que no se trata, en todo caso, sino de una mera preferencia de turno, sin más alcance.[6]

La postura de Jesucristo sobre los pretendidos nacionalismos quedaría suficientemente clara con sólo anotar el hecho de que no le importó en absoluto la condición de maldito de Leví, el futuro Apóstol y Evangelista San Mateo. A pesar de que la posición de los bienpensantes de su tiempo era la de sentirse escandalizados ante esta situación, como queda bien patente en el Evangelio.

Pero si bien se considera, las cosas no pueden plantearse de otro modo. Los pretendidos nacionalismos no son en el fondo sino racismos, en los cuales se fundamentan siempre. Lo que equivale a decir, adhesión a una visión particularista de realidades que son de por sí universales; más a fondo todavía, tales posturas se concretan en egoísmos rabiosos e incluso maniqueos: Nosotros, además de distintos, somos los buenos; los otros en cambio son los malos. El odio de los fariseos contra los publicanos radicaba en algo más profundo que en el supuesto entendimiento de estas gentes con los romanos. Se alimentaba de una visión egoísta, y por supuesto particularista, de una realidad que quedaba más bien del lado absolutamente opuesto al cristianismo. Y no me refiero a una realidad meramente extraña, sino incluso opuesta ---repito--- al cristianismo. El Maestro lo expuso de forma tan clara como tajante: Los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de Dios.[7]

(Continuará)



[1] Los otros sinópticos, aparte de San Mateo, no dejan de señalar el hecho bien claramente (Mc 12:14; Lc 20:22). Una muestra de que el tema era de una importancia decisiva y preocupante para los judíos. Aunque no tanto por el dinero a pagar, sino por lo que significaba de sometimiento a los romanos.

[2] El concepto cristiano de Libertad está expuesto con entera claridad en diversos textos. Cf Jn 8: 32--34.36; 2 Cor 3:17; Ga 4:31; 5:13; 2 Pe 2:19.

[3] Mt 22:21 y lugares paralelos de los otros sinópticos. ¿Dónde está, por lo tanto, el problema? Lo grave de estas cuestiones consiste en dar carácter de absoluto a lo que no es más que relativo. O lo que es peor: manipular conceptos en favor de intereses ideológicos, políticos o sociales; casi siempre ocultos e inconfesables.

[4] Cf, por ejemplo, Mt 10: 5--6; Mc 7:27; cf también Hech 13:46, entre otros.

[5] Los textos paulinos sobre el tema son abundantes. Cf Ro 1:16; en algunos, el Apóstol es sumamente explícito en sentido universalista: Me debo a los griegos y a los bárbaros; a los sabios y a los ignorantes (Ro 1:14; cf Col 3:11).

[6] Mt 28:19. El mismo texto de Mc 7:27 lo dice expresamente.

[7] Mt 21:31.