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Monarquía e Iglesia (I)

Escrito por P. Alfonso Gálvez. Publicado en Escritos del P. Alfonso

 

 

Es un artículo de fe que la Constitución de la Iglesia es Monárquica por institución divina. Por lo tanto, y puesto que así lo dispuso su divino Fundador, se trata de un punto absolutamente irreversible. De ahí que los cristianos hayan considerado siempre la figura del Papa, con prerrogativas de Monarca absoluto, como la Piedra sobre la que Jesucristo edificó su Iglesia.

Y así ha sido, durante más de veinte siglos..., hasta ahora. Y dado que se trata del Fundamento base de esta Institución, nada tiene de extraño que las fuerzas del Mal se hayan esforzado siempre, y ahora con mayor intensidad que nunca, en socavarlo y destruirlo.

Las profecías referentes a los Últimos Tiempos (estamos pensando en las profecías serias, y más especialmente en las que se fundamentan en la Escritura) hablan claramente de la llegada de un momento final en el cual un diabólico y poderoso Personaje, nombrado como Anticristo, se erigirá (o será erigido) como único Jefe de la Iglesia y como Señor de todos los hombres. Su aparición irá precedida de un número no determinado de falsos profetas, de enorme poder seductor, que engañarán a muchos hasta conducirlos a la perdición.

Aunque algunos dirían que los acontecimientos que están sucediendo parecen indicarlo como cosa actual, lo verdaderamente cierto es que sólo Dios conoce el momento de la llegada de los Últimos Tiempos. Por lo que parece sumamente arriesgado aventurar predicciones acerca de este punto. Lo que sí puede asegurarse, sin embargo, dada la grave situación por la que está atravesando el mundo y la que está sufriendo la misma Iglesia, es que todo parece suceder como si la constitución monárquica de la Iglesia estuviera a punto de derrumbarse. Al menos eso es lo que puede parecer a cualquier observador honrado y carente de prejuicios, independientemente de que los discípulos de Jesucristo mantengan su fe inquebrantable en la promesa de su Señor acerca de la perennidad de la Iglesia.

La Iglesia no tiene porqué esforzarse en estar en línea con el mundo. Por desgracia, con una frecuencia mucho mayor de lo que sería conveniente, se empeña en intentarlo utilizando para ello un desgaste de energías digno de mejor causa. Con la consecuencia inevitable, como no podía ser de otra manera, de cosechar estrepitosos fracasos que además ocasionan la ruina de millones de fieles. La Iglesia se encuentra mucho mejor (aunque la asignatura no se enseñe en las Modernas Escuelas para Obispos, Cardenales y Nuncios) cuando trata de caminar en contra del Mundo, aunque sea acusada de obsoleta, alienante, ajena al progreso, etc., etc.

Algo de esto sucede con la fiesta de Cristo Rey, conmemorada por la Iglesia al final del llamado Tiempo Ordinario, inmediatamente anterior al del Adviento. Instituida por Pío XI en el año 1925, y celebrada desde entonces con gran esplendor, cabría preguntar si en los tiempos actuales, en los que la institución de la Monarquía ha alcanzado en todas partes sus cotas más bajas de degradación, todavía podría ser comprendida por los hombres de hoy. Aparte de eso, la figura de Jesucristo Rey del Universo, es cosa incontestable atestiguada por la Sagrada Escritura, por el Magisterio perenne de la Iglesia, y por la creencia nunca discutida de los fieles de todos los tiempos.

El problema, teniendo en cuenta sobre todo lo que está sucediendo actualmente en el mundo y sobre todo en la Iglesia, consistiría en explicar, a pesar de todo, la importancia y la actualidad de la figura de Cristo Rey como Fundador y fundamento de una Iglesia Monárquica, además de la oportunidad de su Fiesta litúrgica correspondiente para ser entendida por los cristianos de hoy.

Sería inútil tratar de ocultar el descrédito que, a costa de no pequeños esfuerzos, han logrado introducir en la Realeza los pocos miembros que todavía la integran (Europa es hoy casi el único punto de referencia que aún permanece).

Aquellos que no sienten ninguna clase de inclinación afectiva hacia la Monarquía o la Realeza, que son muchos, piensan que la Institución no significa hoy otra cosa que un anacronismo inútil y costoso para los ciudadanos, cuando no algo aún más nocivo. Y que debe, por lo tanto, desaparecer.

Otro gran número de ciudadanos, más o menos indiferentes a cualquier forma de gobierno, también están convencidos de la inoperancia de la Institución, y por supuesto de su descrédito.

Los partidarios de la Realeza, en cambio, suelen ser personajes de tinte romántico, profundamente convencidos y más bien aferrados a tradiciones que otros consideran como obsoletas y nostálgicas. No son muy numerosos en realidad. Aunque otras veces se trata de individuos de carácter sumamente práctico, dedicados a cultivar amiguismos que parecen producirles pingües beneficios.

Personalmente no soy un fervoroso entusiasta de la Monarquía. Aunque no la considero, de todos modos, una figura política peor o mejor que las formas de gobierno llamadas ahora democráticas, o incluso que la dictadura. Los griegos, que fueron los pioneros y los grandes artífices del Derecho Político, incluían sin rubor a la dictadura como otra posible forma de gobierno. Estaban convencidos de que, para un Pueblo determinado y en un momento histórico también determinado, podía ser la mejor forma de gobierno, e incluso hasta necesaria. Por mi parte siempre he creído que las formas de gobierno como tales no son ni buenas ni malas, sino los hombres que las regentan o los Pueblos que los eligen. Desde muy joven estuve convencido de que no existe la forma de gobierno perfecta, sino todo lo más la menos mala. Y ya entonces sospechaba que, por lo que hace al mundo de la Política, los nombres y las etiquetas encubren siempre cosas distintas de lo que proclaman: ¿Acaso puede creer alguien, por ejemplo, que en las llamadas Democracias es el Pueblo quien elige a los gobernantes que verdaderamente desea?

Pese a todo, la Monarquía y la Realeza gozaron durante largos siglos de la estima y del respeto de los Pueblos (sin que vayamos a entrar aquí en el problema de hasta qué punto fueron siempre merecidos). Y es bien sabido que, al menos hasta la caída del Antiguo Régimen, nadie puso en duda el carisma de los Reyes ni prácticamente se discutió acerca de su Poder Absoluto. Cuando en la epopeya de Tolkien, El Señor de los Anillos, se habla de las manos del Rey como manos que curan, el autor se está haciendo eco de un sentimiento por demás universal y popular del carisma cuasisagrado de los Reyes. Los grandes Imperios amasados por los Pueblos de Occidente que lograron hacer Historia, coincidieron en el tiempo con la forma de gobierno Monárquica, sin que eso quiera decir que vayamos a insistir aquí en una relación de causa y efecto. Es sabido también que los teólogos de la Edad Media, haciendo suya una tradición multisecular que se remonta a tiempos anteriores a Jesucristo, estaban convencidos del carácter divino de la Institución Monárquica: La Monarquía como forma de gobierno de Derecho Divino. Por supuesto que hoy nadie cree en esto último, con la excepción quizá de unos pocos soñadores de los que nadie hace caso.